Capítulo 34 “La esfera de Piero”
El Aeropuerto Internacional de Malpensa, en Milán, los recibió con el cielo encapotado típico del norte de Italia. Paulo e Ysabella desembarcaron en la Terminal 1 y, tras recoger un discreto coche de alquiler en los mostradores de la planta baja, se pusieron en marcha.
Salieron del área metropolitana siguiendo las indicaciones del GPS, que Ysabella se había encargado de configurar en castellano.
Pusieron rumbo sur, hacia la ciudad de Pavía.
En apenas media hora, la carretera provincial SP-35 los llevó directamente hasta los pies del imponente complejo monástico de la Certosa di Pavia.
Fundada en el año 1396 por voluntad de Gian Galeazzo Visconti, señor de Milán, Siena y Pisa, la Cartuja estaba considerada uno de los monumentos más espectaculares del gótico tardío y del Renacimiento italiano.
Su riqueza artística era abrumadora. El duque había ordenado su construcción con la megalómana intención de que sirviera como mausoleo definitivo para su familia, tal y como atestiguaba un enorme bajorrelieve en la fachada principal que conmemoraba la colocación de la primera piedra.
La vista del monasterio en todo su esplendor impresionó sobremanera a los dos viajeros, que se quedaron maravillados ante la enormidad y la belleza del lugar.
Nada más salir del coche, la mirada de Paulo fue atraída magnéticamente hacia la cúpula central que remataba el cimborrio del templo.
Allí, recortándose contra las nubes grises, se erguía una enorme esfera coronada por una cruz.
Era el punto más alto del monasterio. El emblema cartujano.
«La Cruz permanece estable mientras el mundo da vueltas», recordó Paulo, citando mentalmente el lema de la orden.
El reportero comprendió enseguida que aquella no era la esfera de Pietro puesto que lo que se veía era un bloque macizo y tosco probablemente de piedra o metal macizo, diseñado simplemente para resistir la intemperie a gran altura.
Aquella esfera no era la misma que Bartolomé Sánchez había visto forjar en el taller de orfebrería del padre de Ghirlandaio, siglos atrás, en la ciudad de Florencia.
—¿Te has fijado? —le susurró Ysabella, leyendo un folleto informativo que acababa de coger en la entrada—.
En la actualidad, la Cartuja ya no está habitada por monjes cartujos.
El monasterio lo regenta una comunidad de monjes cistercienses.
Paulo la miró, sorprendido. —¿Cistercienses?
¿La misma orden que la de los monjes del Atlas?
¿Los de Tibhirine? —Los mismos. Ellos se encargan del mantenimiento, de los oficios y de las visitas guiadas.
La coincidencia dejó a Paulo pensativo. ¿Había alguna conexión histórica profunda entre aquellas dos comunidades, o era un simple capricho del destino que el alfa y la omega de su investigación estuvieran custodiados por el mismo hábito blanco?
Encaminaron sus pasos hacia la impresionante reja que separaba la nave central del ábside, donde ya aguardaba un reducido grupo de turistas para iniciar la visita guiada.
No tuvieron que esperar más de diez minutos hasta que apareció un monje cisterciense.
Con modales exquisitos y una sonrisa afable, se presentó en italiano como fratello Raffaello.
Tras darles las buenas tardes, les rogó encarecidamente que respetaran el silencio durante el recorrido, recordando que los hermanos de la comunidad vivían bajo estricto voto monacal.
La visita duró algo más de media hora. Raffaello los guio por las partes públicas del monasterio, explicando la historia de la familia Visconti y la transición arquitectónica del complejo.
Fue una lástima que el recorrido no incluyera el acceso al claustro grande ni a las celdas privadas, las zonas donde los monjes hacían su vida de clausura y donde, con toda seguridad, se ocultaban los secretos más antiguos.
Antes de dar por concluida la visita, como era costumbre, el guía los condujo a una sala abovedada que hacía las veces de tienda.
Allí se exponía una gran cantidad de productos artesanales elaborados por los frailes: licores de hierbas, jabones aromáticos, miel, infusiones y dulces tradicionales.
Muchos turistas aprovecharon para comprar, contribuyendo así al mantenimiento de la abadía.
Cuando el grueso del grupo comenzó a desfilar hacia la salida, Paulo e Ysabella se quedaron rezagados a propósito. Esperaron a que el monje se quedara solo frente al mostrador. Se acercaron a él y Paulo, con una sonrisa sincera, le estrechó la mano, agradeciéndole la magnífica explicación.
Ysabella tomó la iniciativa y, sin rodeos, le lanzó en un italiano perfecto una pregunta que Raffaello no esperaba: —Fratello Raffaello, ¿conoce usted bien la historia antigua de este monasterio?
El monje alzó las cejas, sorprendido por la firmeza de la joven, y respondió con cautela: —¿De cuánta antigüedad estamos hablando, signorina?
Paulo intervino. Sacó su acreditación de prensa internacional y se la mostró discretamente, vocalizando despacio para que Ysabella pudiera ir traduciendo al unísono: —Trabajo como investigador para una cadena de televisión.
Estamos siguiendo la pista a una obra de arte histórica que fue donada a esta Cartuja en la Edad Media.
Concretamente, entre los años 1450 y 1490.
El monje asintió lentamente. Devolvió la acreditación a Paulo y negó con la cabeza, apenado.
—Lo siento, señores. Personalmente, apenas conozco los detalles de ese periodo.
Mi especialidad es la historia moderna del recinto —se quedó pensativo durante unos segundos, acariciándose la barbilla, y luego esbozó una amplia sonrisa—.
Sin embargo, conozco a alguien que podría ayudarles.
Fra Bernardo. Es el responsable del archivo y de la biblioteca de clausura.
Un auténtico erudito en la historia fundacional de la Cartuja.
—¿Sería posible hablar con él? —preguntó Ysabella, consciente del muro infranqueable que suponía la clausura cisterciense.
Raffaello soltó una pequeña risa. —En circunstancias normales, les diría que es imposible.
Fra Bernardo apenas sale de los archivos.
Pero hoy la suerte parece estar de su parte.
El bibliotecario no se encuentra en Pavía.
Los dos lo miraron, extrañados, esperando la explicación.
—Se encuentra en Florencia —continuó el monje—.
Ha sido invitado por la Galería Uffizi y el Museo del Bargello a unas jornadas sobre historia del arte lombardo y toscano.
Presentará una ponencia esta misma semana.
Si viajan hasta allí, podrán hablar con él cara a cara.
—¿Sabe dónde se aloja? —inquirió Paulo, sacando rápidamente una pequeña libreta.
—En el Hotel Brunelleschi, en la Piazza Santa Elisabetta.
A dos pasos del Duomo. Díganle que van de mi parte; estoy seguro de que les atenderá encantado.
Esa misma tarde, el coche de alquiler cruzaba los Apeninos a toda velocidad en dirección a la Toscana.
Al día siguiente, a media mañana, Paulo e Ysabella entraron en el lujoso hall del Hotel Brunelleschi de Florencia. Preguntaron en recepción por el fraile y el conserje los dirigió hacia la zona de la cafetería.
Lo localizaron al instante. Fra Bernardo estaba sentado en un cómodo sillón de orejas de cuero oscuro, saboreando un capuchino mientras leía con atención un ejemplar de la edición florentina de La Repubblica.
Era un hombre mayor, de rostro afilado y gafas de lectura apoyadas en la punta de la nariz, que vestía un sencillo clergyman negro en lugar del hábito de su orden.
—¿Fra Bernardo? —preguntó Paulo, acercándose con cautela a la mesa. El anciano bajó el periódico y los evaluó por encima del borde de sus gafas. —¿Quién lo pregunta? —respondió el fraile.
Para sorpresa de ambos, lo hizo en un castellano perfecto, con un ligerísimo acento que denotaba años de estudio o quizás estancias en España.
Se puso en pie con envidiable agilidad, a modo de bienvenida.
—Mi nombre es Paulo Marín, soy periodista.
Y ella es Ysabella Cortés, traductora e historiadora —se presentó el reportero—.
El hermano Raffaello, en Pavía, nos dijo que podríamos encontrarle aquí.
Al escuchar el nombre de su compañero de abadía, las facciones del anciano se relajaron.
—Siendo así, tomen asiento, por favor —los invitó, tendiéndoles la mano—.
Y díganme, ¿en qué puede ayudar un viejo bibliotecario a dos jóvenes españoles?