La profecía olvidada Capítulo 33 “El Alfa y la Omega”
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Capítulo 33 “El Alfa y la Omega”

Mientras Paulo e Ysabella volaban rumbo a Milán, Martín se había quedado en Madrid con un objetivo claro: desentrañar la otra incógnita que Bartolomé había plasmado en la misteriosa hoja del manuscrito; aquella que en su día había sido arrancada por la mano del viejo librero Lorenzo Cortés.

Desde el mismo instante en que tuvo conocimiento de que el maestro florentino había ocultado su firma en el retrato de Giovanna, soñaba con ser capaz de descifrar aquel reto centenario. Para ello, le había pedido a Paulo una copia del apéndice donde Bartolomé planteaba el desafío.

Se trataba de un escueto encabezamiento que rezaba: «La firma del Maestro», seguido de un enigmático y poético enunciado en castellano. –

Cuando el Alfa sea la Omega

Cuando el Alfa y la Omega sean uno... Domenico estará presente

Ni Paulo ni Ysabella habían sido capaces de entender una pizca de aquel fárrago, ni sabían por dónde empezar. Ahora, el joven Martín estaba decidido a poner luz sobre aquellas palabras.

Sentado frente a su ordenador portátil, escrutaba la imagen del cuadro de Giovanna en alta resolución buscando algún detalle, algún trazo oculto en el que se apreciara una de las dos letras griegas: Alfa u Omega.

Después de examinar la pintura desde todos los ángulos posibles —llegando incluso a invertir los colores y a mirarla a través de un espejo—, tuvo que desistir.

Allí no había ni rastro del alfabeto griego y, por supuesto, ni sombra de ninguna firma que pudiera atribuirse al pintor.

En su investigación paralela, Martín había confirmado que las letras Alfa y Omega se utilizaban en la Biblia para designar al Todopoderoso.

«Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último», le había dicho Dios al envejecido apóstol Juan cuando escribió el libro del “Apocalipsis”.

Con esta expresión, el Creador daba a entender que Él era el único Dios verdadero, abarcando la totalidad del universo, al igual que el Alfa era la primera letra del alfabeto griego y la Omega, la última.

Sin embargo, para el joven Martín, aquella grandilocuente aclaración teológica no despejaba en absoluto el acertijo de Bartolomé. Tenía que haber algún detalle visual que se le estaba escapando.

Sintiéndose abrumado y con la vista cansada por el brillo de la pantalla, decidió salir a la calle para despejar la cabeza.

Vagó sin rumbo por un Madrid adormecido por una densa capa de nubes que amenazaban tormenta.

Sin ser del todo consciente de sus pasos, la inercia le llevó por el Paseo del Prado, deteniéndose justo a los pies del Palacio de Villahermosa.

Parecía que una fuerza invisible lo guiara. Impulsado por un súbito arrebato, entró en el Museo Thyssen-Bornemisza, compró una entrada y subió directamente a la Sala 5, donde colgaba la joya de la colección.

Se plantó frente al retrato de Giovanna.

Ensimismado en la quietud de la sala, se dejó absorber por el perfil perfecto de aquella mujer, y por la diestra pincelada de Ghirlandaio.

Perdió la noción del tiempo buscando la «firma del maestro» en los pliegues de seda, en las cuentas de coral, en el libro de oraciones. No halló nada.

«Quizás haya que buscar la clave en otra parte», pensó, sintiéndose derrotado.

Le parecía totalmente inverosímil que ningún experto en arte, tras quinientos años de escrutinio, hubiera detectado la firma si realmente estaba allí a la vista. ¿Cómo iba a ser capaz él, un joven librero sin carrera universitaria, de ver algo que los eruditos no habían imaginado?

Envolviéndose en ese pesimismo, decidió marcharse. Se giró sobre sus talones. Pero, justo antes de cruzar el umbral, echó un último vistazo de reojo al cartellino clavado en la pared del fondo del cuadro.

Y entonces lo vio.

Fue una chispa eléctrica en su cerebro. Todo el universo a su alrededor dejó de existir. El tiempo pareció congelarse en aquel fugaz instante en que vio la luz.

Las letras. Las letras del borde.

—¿Cómo no me he dado cuenta antes? —susurró, con el corazón bombeándole a mil por hora.

Ghirlandaio no había justificado el texto al azar. Las últimas letras de cada renglón clamaban por ser leídas en vertical.

Salió del museo casi corriendo. Bajó las escaleras del metro de Banco de España de dos en dos, desesperado por llegar a casa y volcar sus pensamientos en un papel.

Se sentó a la mesa, todavía con el abrigo puesto, y contempló de nuevo la estructura exacta del texto que el pintor había plasmado tras la imagen. -

Era evidente. El autor del cuadro había forzado la disposición de las palabras de forma casi grotesca. ¡Incluso había partido la palabra latina TERRIS (IN TER - RIS), dejando una 'R' huérfana al final de la línea!

Al unir la última letra de las cuatro primeras líneas, Martín obtuvo una secuencia que le pareció intencionada: S - E - R - T.

Con el pulso tembloroso, sacó su teléfono móvil y tecleó un mensaje de texto para Ysabella, cruzando los dedos para que tuviera cobertura en Italia:

«¿Conoces alguna palabra en latín que se corresponda con la raíz SERT?»

Diez angustiosos minutos después, el teléfono vibró sobre la mesa.

«No me consta. ¿Por qué lo preguntas, Martín?»

«Creo que he encontrado la firma de Ghirlandaio en el cuadro. Sigo investigando».

«¡Ojalá encuentres lo que buscas, Martín!», fue el último mensaje de Ysabella.

La noche ya se había cernido sobre la ciudad de Madrid, tiñendo las calles con el resplandor rojo de los faros de los coches.

Martín continuó mirando la imagen en su pantalla. Le faltaba algo. Tenía la raíz S-E-R-T, pero la inscripción del cuadro tenía una quinta línea: la fecha en números romanos MCCCCLXXXVIII (1488).

Recordó lo que Ysabella le había explicado en el museo: aquella no era la fecha en que se pintó el cuadro, sino el año de la muerte de la joven florentina.

«Año de la muerte», razonó Martín. «En latín... Anno Mortem. A.M.»

Si añadía las siglas A.M. (de la quinta línea) a la secuencia de las cuatro primeras (S-E-R-T), el resultado era: S E R T A M.

Martín frunció el ceño. Sertam. Recordó vagamente sus clases de latín del instituto. La terminación -am era la marca clásica del acusativo femenino singular (como rosam o vitam). Desde el punto de vista gramatical, Sertam parecía una palabra latina auténtica y perfectamente construida.

Pero de pronto lo comprendió: era una trampa. Bartolomé había creado un "señuelo perfecto" (un red herring gramatical) para despistar a cualquier erudito que llegara hasta ahí creyendo haber resuelto el misterio.

Martín volvió a leer el acertijo de Bartolomé:

«Cuando el Alfa sea la Omega...»

El Alfa es la A (la primera letra de Anno Mortem, y también la primera vocal). ¿Pero qué pintaba la Omega?

Martín cerró los ojos y visualizó la grafía de la letra mayúscula griega en su mente. La gran Omega...

Un escalofrío le erizó el vello de los brazos.

¡La Omega era visualmente idéntica a una letra "U" invertida! Bartolomé no solo estaba haciendo un juego teológico sobre el principio y el fin de las vocales; estaba usando el símbolo griego como una pista geométrica para dibujar la letra que faltaba.

Cuando el Alfa sea la Omega…….

Cuando la A se convierta en la U.

Temblando, cogió su móvil y escribió un nuevo SMS a Italia:

«SERTAM era un señuelo. Cambia la A por la U. SERTUM. ¿Te dice algo esa palabra?»

La respuesta de Ysabella lo dejó sin palabras, haciéndole vibrar de emoción:

«¡Por Dios bendito, Martín! SERTUM es un sustantivo neutro en latín. Su traducción exacta significa "Guirnalda". En italiano: Ghirlanda. ¡ES LA FIRMA DEL MAESTRO!

Y lo mejor de todo es que tiene un rigor histórico absoluto: Ghirlandaio era un obseso de esconder su apodo en sus obras.

En la iglesia de Santa María Novella camufló las palabras "Bighordi e Grillandai" pintadas como si fueran madera, y en la Capilla Sassetti se autorretrató señalando a una guirnalda de piedra.

¡Ese era su modus operandi real y tú acabas de descubrir que también lo hizo en su cuadro más famoso! ¿De dónde has sacado esto?»

Martín dejó caer el móvil sobre la mesa. Se frotó la cara con las manos y se dejó caer contra el respaldo del sofá, riendo en voz alta en la soledad de su piso, incapaz de dar crédito a lo que acababa de conseguir.

Al sustituir el acusativo falso por el sufijo neutro -um, había revelado la firma oculta de Il Ghirlandaio, "el hacedor de guirnaldas" cuyo sobrenombre en realidad había heredado de su padre Tomasso,

al que se le conocía así por los adornos en forma de guirnalda que fabricaba para las jóvenes de Florencia. -

Martín pensó en la enorme cantidad de eruditos y expertos que habían visto el cuadro de Giovanna sin imaginar siquiera que, tras la disposición torpe de aquel cartellino, se escondía un doble arcano criptográfico.

Un arcano que Bartolomé Sánchez había creado para su amigo el “Ghirlandaio”.

-Y solo él, el ayudante del librero asesinado, había tenido el privilegio de sacarlo a la luz.

Aquella noche, el joven Martín no pudo pegar ojo.