Capítulo 32 “El emblema de la Cartuja”
Después de varios días de arduo trabajo, Ysabella, con el apoyo incondicional de los dos hombres, había logrado traducir la práctica totalidad del diario en latín escrito por Bartolomé Sánchez de la Vega.
Por más que buscaron, leyeron y releyeron sus páginas, no hallaron ninguna otra mención explícita al "emblema de la Cartuja", aparte de la que habían desencriptado en el mensaje final.
Aquella tarde, la frustración reinaba en el piso franco.
La investigación parecía haber chocado contra un muro de piedra; sabían que tenían que buscar una Cartuja, pero había decenas de ellas repartidas por Italia, Francia y España.
Después de que Martín se marchara a su habitación a descansar, abrumado por el cansancio y las ojeras que enmarcaban su rostro, Paulo se acercó a Ysabella.
Al ver el agobio reflejado en la mirada de la joven, le acarició la mejilla y la besó tiernamente en los labios.
Acto seguido, sacó del bolsillo interior de su chaqueta dos entradas de papel satinado.
Conocedor de sus gustos y aficiones, había comprado dos de las mejores butacas para un estreno teatral que se celebraba esa misma noche en el Teatro Lope de Vega de la Gran Vía madrileña.
Los ojos de Ysabella se abrieron de par en par, brillando con una luz que disipó de golpe la fatiga de las traducciones. El fuerte abrazo que le dio en ese instante, enredando sus brazos en el cuello del reportero, convirtió a Paulo Marín, por un momento, en el hombre más feliz de la Tierra.
Además de las entradas, Paulo había reservado una mesa en un elegante restaurante cercano al teatro.
La instó a prepararse con tiempo para no llegar tarde.
Se había propuesto alejarla por unas horas de los diccionarios, los manuscritos y la opresiva sombra de la Hermandad.
«¿Quién sabe? Quizás desconectando un poco la mente, el subconsciente encuentre el camino acertado», se dijo a sí mismo.
Veinte minutos más tarde de lo acordado, mientras Paulo empezaba a impacientarse paseando por el pasillo, Ysabella apareció en el umbral del dormitorio, dejando al reportero sin habla y con los ojos clavados en ella.
Ysabella parecía haber mutado. El cansancio había desaparecido, dejando paso a una mujer electrizante.
Un entallado vestido rojo carmín se ceñía a su figura, dándole un aire deslumbrante.
Llevaba su larga melena oscura suelta, cayendo en cascada sobre su esbelto cuello, del que colgaban unos pendientes de plata que trazaban un armonioso y sensual baile con cada uno de sus movimientos.
Paulo tragó saliva, convencido de que tenía ante sí a la mujer más hermosa que había pisado jamás las calles de Madrid.
—Estás preciosa, Ysabella. No sé ni qué decir —admitió, rindiéndose a la evidencia.
—Pues no digas nada y vámonos, que nos están guardando la mesa y ya llegamos tarde —le guiñó ella el ojo, cogiéndole del brazo.
Media hora después, estaban sentados frente a frente, a la luz de las velas, mientras un atento maître les ofrecía los exquisitos platos que habían dado fama al local.
La cena transcurrió envuelta en una burbuja de romanticismo.
Ysabella le confesó lo segura y a gusto que se sentía a su lado, y cómo deseaba que aquel paréntesis de normalidad no terminara jamás.
Paulo se sinceró con ella, hablándole de su vida, de los desengaños del pasado, y dejándole claro, con la intensidad de su mirada, lo profundamente enamorado que estaba.
Le prometió que jamás permitiría que los asesinos de la Hermandad le pusieran un dedo encima.
Inevitablemente, sin que ninguno de los dos se lo propusiera de forma consciente, la conversación volvió a derivar hacia el manuscrito de Bartolomé.
Fue en ese preciso instante, entre el postre y las copas de sobremesa, cuando Ysabella vio la luz.
Recordó un fragmento del diario del monje; un pasaje al que no le habían prestado especial atención en su momento, pero que ahora, visto desde la perspectiva del código que acababan de descifrar, abría de par en par las puertas del misterio.
—Paulo... —dijo de repente, dejando la cucharilla sobre el plato con un tintineo—.
Creo que ya sé cuál es el emblema de la Cartuja.
El reportero casi se atraganta con el último sorbo de su licor de hierbas.
—¿Qué quieres decir? —El manuscrito. Bartolomé nos lo dejó escrito delante de nuestras narices en uno de los capítulos centrales.
Estoy segura de que esa es la pista geográfica que nos falta.
—Vas a tener que explicármelo despacio, porque me he perdido —pidió Paulo, mirándola asombrado.
Pagaron la cuenta y salieron a la animada noche madrileña, escoltados a una prudente distancia por los dos policías de paisano que el inspector Cámara les había asignado.
Sabían que los hombres de negro podían estar observándolos desde cualquier esquina.
—No sé si voy a aguantar toda la obra de teatro sin saberlo, Ysabella.
Suéltalo ya, por favor. Sonriente, Ysabella le apretó la mano mientras cruzaban las puertas del Lope de Vega.
—Aguanta. Quiero llegar a casa y releer el texto para asegurarme de que no me equivoco. No quiero darte falsas esperanzas.
La hora y media que duró la representación teatral fue una tortura china para el reportero.
Se revolvió en la butaca deseando que cayera el telón, dividido entre dos urgencias: la necesidad imperiosa de conocer la pista definitiva, y unas ganas arrolladoras de llegar a casa, arrancar a Ysabella de aquel vestido rojo y hacer el amor con ella.
Subieron al piso en silencio. Nada más salir del ascensor, Ysabella se descalzó, aliviada de librarse de los tacones, y abrió la puerta.
No hubo necesidad de encender la luz del salón, ni tiempo para sacar los apuntes.
Cerrar la puerta y abalanzarse el uno sobre el otro fue todo uno.
Las caricias, los besos anhelados y los abrazos desesperados fundieron sus cuerpos en una danza de pasión.
Ysabella se entregó ardiente, apagando el deseo que había visto brillar en los ojos del reportero durante toda la noche.
Se amaron con ternura, devoción y urgencia, hasta que, exhaustos, se quedaron profundamente dormidos y abrazados.
A la mañana siguiente, cuando Paulo buscó el calor de la joven entre las sábanas, encontró el lado de la cama vacío. Sin embargo, el inconfundible aroma a café recién hecho y a pan tostado le indicó el camino hacia la cocina. Desayunaron entre besos perezosos y miradas cómplices.
Cuando terminaron, Ysabella lo condujo de la mano hasta la mesa del salón. Allí descansaba la copia del manuscrito de Bartolomé, abierta por una página muy concreta.
—Fíjate, Paulo —dijo ella, apoyando el dedo sobre el texto traducido—.
¿Recuerdas este capítulo? Bartolomé cuenta el día que entró en el taller de orfebrería de Tommaso di Curradi, el padre del pintor Ghirlandaio.
Paulo frunció el ceño, haciendo memoria.
—Sí... Tommaso estaba forjando un encargo personal para Piero de Medici.
—¿Y recuerdas qué era ese encargo exactamente?
La mente del reportero hizo clic. —¡Una esfera!
Una enorme esfera de bronce que Piero pensaba donar a un monasterio.
Y... —Paulo abrió los ojos de par en par— ¡tenía una cruz rematando la parte superior!
—¡El emblema de la Cartuja! —exclamó Ysabella, entusiasmada.
El globo terráqueo coronado por la cruz—.
Bartolomé nos dice que ese monasterio estaba en la región de Lombardía.
Si unimos el código secreto con este pasaje, el mensaje es cristalino.
—Tenemos que buscar un monasterio cartujano en el norte de Italia —dedujo Paulo.
Ysabella sonrió con suficiencia. —Ya lo he buscado.
Anoche, cuando te quedaste dormido, me puse a rastrear mapas medievales.
Hay un único e imponente monasterio cartujano de gran relevancia histórica en esa zona.
Y además, fue financiado con dinero de los grandes señores de la época.
—¿Cuál es? ¿Dónde está? —preguntó Paulo, con la adrenalina disparada.
—La Certosa di Pavia. La Cartuja de Pavía.
A unos pocos kilómetros al sur de Milán.
Paulo dio un golpe en la mesa, decidido. —Tenemos que partir hacia allí inmediatamente, Ysabella. Hay que encontrar esa esfera.
Pasaron el resto de la mañana haciendo las maletas y comprando tres billetes de avión en el primer vuelo disponible hacia el aeropuerto de Milán-Malpensa.
Antes de salir hacia Barajas, Paulo llamó al inspector Cámara para informarle de sus planes.
Al rudo policía no le hizo ni pizca de gracia la idea, advirtiéndole a gritos por el auricular de que, en el mismo instante en que el avión despegara de suelo español, los tres perderían la escolta y la protección oficial de la policía.
Paulo se disculpó y le agradeció sinceramente todo el apoyo prestado, pero le dejó claro que no había marcha atrás.
Si querían acabar con la pesadilla de la Hermandad, su única opción era subir a ese avión y encontrar el tesoro de Bartolomé.