Capítulo 31 “La hoguera de las vanidades”
(Siena. 7 de febrero de 1497)
Florencia se ha convertido en una ciudad peligrosa para un judío, y también para cualquiera que no piense y actúe como demanda la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana.
Hace ya dos años que mi querida esposa Kelila y yo tuvimos que volver al hogar materno de ella en Siena, huyendo de la barbarie que se instaló en Florencia. - Aquí estamos seguros. -
El fraile dominico Girolamo Savonarola ha instaurado en la ciudad de Florencia después de la expulsión de la familia Medicci, un estado de terror perenne.
Persigue y denuncia públicamente a cualquiera que vea un poco más allá de sus narices y difiera en lo más mínimo de su intransigente idea del cristianismo.
Por tanto, no apruebo en modo alguno sus maneras y sus radicales formas de actuar.
En lo único que concuerdo con él es en su denuncia del lujo y la corrupción que se han apoderado de la Iglesia y de aquellos que dicen ser los representantes de Dios en la tierra.
Si Dios se dignara a hablar... ¡cuántos reyes y señores serían humillados bajo la mano del Todopoderoso!
El fraile y sus seguidores, que son legión y a los que el pueblo llano llama los piagnoni (los llorones), han levantado en el centro de la Piazza della Signoria una pira gigantesca.
El Falò delle vanità, la Hoguera de las Vanidades, la llaman.
A ella, un gran número de florentinos, movidos por el miedo o el fanatismo, han arrojado todos aquellos objetos que, según la estricta doctrina del prior, son superfluos, frívolos y pecaminosos.
Miles de libros de poesía, música, obras de teatro y tratados científicos.
Cientos de cuadros y esculturas de un valor incalculable han sido arrojados al fuego destructor.
Tampoco se han salvado los adornos de las mujeres ni los cosméticos que utilizan para embellecerse: suntuosos vestidos de seda, collares, espejos, joyas y una larga lista de objetos que, según clama Savonarola desde el púlpito,
«solo sirven para extraviar el alma del cristiano y atarla a un mundo de corrupción y lujuria».
El propio Alessandro il Botticelli ha entregado a las llamas algunos de sus propios lienzos mitológicos, arrastrado por ese ardor religioso que parece inundar los corazones florentinos, o quizás, simplemente, quebrado por el terror que el fraile y sus discípulos inspiran.
No sé qué pensaría de todo esto mi querido amigo Ghirlandaio si todavía viviera.
Aún hoy, sentado en la tranquilidad de este hogar, me estremece recordar el suceso que precipitó nuestra marcha:
Estando yo en la notaría aquella mañana, en los días previos a que el terror de Savonarola lo inundara todo, irrumpió un grupo de niños que apenas rozaban los doce años de edad.
Eran los cachorros de los que se hace rodear el fraile, escuadrones infantiles a los que envía a patrullar las calles para requisar libros y objetos prohibidos.
Entraron en tromba y, sin mediar palabra, como si el local les perteneciera, comenzaron a rebuscar entre la multitud de legajos y libros de leyes. Lo desordenaron todo, arrojando al suelo pergaminos y pliegos de antiguos litigios de los que un servidor había dado fe.
Cuando le pregunté al que parecía ser el líder del grupo qué era lo que buscaban, me respondió con una sonrisa que percibí genuinamente malévola: —Libros...
libros que piden a gritos ser quemados. ¿Tienes tú alguno de ellos, anciano?
—No tengo nada que ocultar —le respondí, manteniendo el temple—.
Todo lo que hay en este local está a la vista y no hay ningún peligro en estos textos, a menos que las leyes y los estatutos que rigen la República de Florencia os parezcan obscenos, inmorales o peligrosos para la fe cristiana.
El jovencito levantó la mano y, dejándola caer con desprecio sobre un voluminoso ejemplar de las Leyes de la República, alzó la voz ordenando a los demás salir del local para seguir buscando material apto para la hoguera.
Cuando sus acólitos abandonaron el saqueo y salieron a la calle, el líder se volvió hacia mí.
Con la misma sonrisa perversa dibujada en los labios, me lanzó un dardo envenenado: —En su casa, ¿también son de leyes todos los libros?
Aquella simple pregunta, formulada en los labios de un descarado jovenzuelo, despertó de golpe todos los miedos y penurias de los años en los que tuve que huir para ocultar el libro de Fernando López de Baeza.
El rapaz no esperó ninguna respuesta. Dando media vuelta, salió a la calle dando palmadas para reorganizar a su grupo.
Lo agradecí en el alma, porque en ese instante, paralizado por la ansiedad y el miedo, fui incapaz de articular palabra.
Mis pensamientos volaron inmediatamente hacia mi hogar, donde mi esposa Kelila estaría atareada con los quehaceres.
Me aterrorizó la idea de que aquel escuadrón de muchachos llegara hasta ella y, sin ningún recato, comenzaran a hurgar en muebles, arcones y estantes.
Si subían a la buhardilla donde desde hace años oculto el Sefer Yetsirah y el Zohar —los tesoros cabalísticos que Samuel Ben Yehudá me regaló el día de mi boda—, y si llegaban a descubrir el compartimento secreto que yo mismo fabriqué, aquellos libros sagrados serían pasto del fuego infame.
Y, lo que es peor: mi esposa y yo nos enfrentaríamos a un peligro mortal.
Cuando regresé a la realidad, apartando tan funestos pensamientos, sentí que las manos y las piernas me temblaban, movidas por algún resorte de pánico que escapaba a mi control.
Tardé varios minutos en recuperar la compostura.
Decidí cerrar la escribanía y marcharme a casa junto a Kelila.
Al verme llegar tan temprano se extrañó sobremanera, pero para no contagiarle mi desazón ni preocuparla inútilmente, me excusé alegando una leve indisposición.
Después de comer, mientras ella descansaba, subí sigilosamente a la buhardilla. Abrí el doble fondo y saqué los preciados libros que me había legado mi suegro.
Al fondo del escondrijo reposaba también el tratado Sobre la medida de un círculo de Arquímedes.
Verlo allí volvió a recordarme el día en que acompañé a fray Juan de Fiésole a Roma para presentarnos ante el Papa, y cómo, en una arriesgada maniobra en el corazón del Vaticano, logré camuflar el manuscrito original de Fernando entre los legajos más apreciados por la Iglesia.
Me quedé en la buhardilla toda la tarde, releyendo, meditando y recordando los días de mi juventud, cuando mi espíritu estaba más presto a la lucha.
Recordé el hermoso día que conocí a Kelila.
La imagen de aquella muchacha delicada, dulce y asombrosamente madura para su edad, me transportó a un pasado que ahora se me antoja lejano.
Al evocar nuestro primer encuentro en Siena, me di cuenta de lo inmensamente afortunado que soy de tenerla a mi lado.
El Señor no ha querido bendecirnos con un hijo a lo largo de todos estos años, pero esa ausencia no ha supuesto ningún revés en nuestra unión.
Al contrario, se ha ido haciendo cada vez más estrecha y fuerte con el paso del tiempo.
Hoy sé, con absoluta certeza, que no podría vivir ni un solo día sin ella.
Esa misma noche, recogimos nuestros bártulos mas preciados y abandonamos Florencia, huyendo de aquella atmósfera opresiva que había convertido a las calles florentinas en un escenario asfixiante y de terror -