Capítulo 30 “Solomon”
Cuando Paulo regresó al piso franco, encontró a Ysabella y a Martín sepultados bajo una montaña de papeles.
Tenían imágenes de cuadros y frescos descargadas de internet, diccionarios de latín, griego y hebreo abiertos de par en par, y un sinfín de notas con las que trataban de cruzar los datos de Giovanna Tornabuoni con la historia de la Orden de los Cartujos.
Hasta ese momento, no habían encontrado nada que arrojara luz sobre el enigma.
Paulo cerró la puerta con doble llave y les relató su tenso encuentro con Rubén Arce en la cafetería.
La noticia de la traición cayó como una losa sobre la mesa.
Asombrados y consternados, ambos coincidieron en que desenmascararlo había sido la mejor jugada, aunque ahora Rubén corría un grave peligro al haberse mezclado con sicarios.
—Esto nos da una idea de hasta dónde extienden sus tentáculos —dejó caer Ysabella, con el semblante ensombrecido—.
Han logrado llegar hasta uno de tus contactos, comprarlo y usarlo para que nos espiara.
Tienen recursos ilimitados. —Razón de más para ir un paso por delante —sentenció Paulo—.
¿Habéis descubierto algo sobre Solomon Arsut?
Les conté lo del emblema de la Cartuja, pero, ¿qué hay del nombre?
Ysabella negó con la cabeza, frustrada, y Martín chasqueó la lengua.
—Nada de nada —bufó el librero—. He rastreado listas de priores y monjes cartujos en Italia, Francia y España, y no hay nadie con ese nombre.
Paulo, ¿y si la expresión Arsut no es un apellido?
Hemos dado por sentado que acompaña a Solomon como un nombre propio, pero a lo mejor estamos haciendo algo mal.
Paulo se dejó caer en una silla y se frotó las sienes.
Recordó entonces las últimas palabras de Rubén justo antes de separarse.
—Oídme... —empezó Paulo, mirándolos fijamente—.
¿Y si Solomon no se refiere a un prior, a un monje ni a un notario judío?
¿Y si se refiere al mismísimo rey Salomón de la Biblia?
Rubén me dejó caer esa idea antes de huir.
Ysabella parpadeó, procesando la información.
—No se me había ocurrido... Pero tiene todo el sentido del mundo.
El rey Salomón es el arquetipo de la sabiduría.
Escribió varios libros del Antiguo Testamento y, siendo Bartolomé un erudito bíblico y un converso al judaísmo, debía conocer sus textos de memoria.
—¡Espera, espera, espera! —saltó Martín, poniéndose de pie de un brinco.
Sus ojos brillaban con la chispa de la inspiración—.
Paulo, Ysabella, pensadlo bien. Hemos convertido la serie de números 1, 2, 3, 4, 5 en las letras A-R-S-V-T usando el cartellino del cuadro.
Pero, ¿y si Bartolomé no quería que sacáramos letras?
¡¿Y si esos números son, literalmente, números?
! —¿Números para qué? —preguntó Paulo, contagiándose de la expectación del muchacho.
—¡Para una cita bíblica! —exclamó Martín—.
Solomon 1, 2, 3, 4, 5. Libro, capítulo y versículos.
Ysabella se llevó las manos a la boca. —¡Claro!
¡Una referencia cruzada! Eres un genio, Martín.
Rápidamente, Ysabella tecleó en su ordenador.
—A ver, hagamos memoria. El rey Salomón fue hijo de David.
Famoso por su inmensa sabiduría... como en aquel juicio en el que propuso partir a un bebé en dos con una espada para descubrir quién era la verdadera madre.
Escribió al menos tres grandes libros de la Biblia: Eclesiastés, el Cantar de los Cantares y Proverbios.
—¿Y cuál es el primero de ellos? —la apremió Paulo.
—El canon judío divide la Biblia en la Ley, los Profetas y los Escritos —explicó Ysabella mientras leía la pantalla a toda velocidad—.
Los textos de Salomón están en los Escritos.
Y el que encabeza la lista, el libro sapiencial por excelencia, el número uno...
¡es el Libro de los Proverbios! —Vale —dijo Paulo, acercando su silla a la pantalla—.
Sigamos la lógica de Martín. Si "Solomon 1" significa el primer libro de Salomón, o sea, Proverbios...
entonces el "2" tiene que ser el capítulo dos.
—¡Y el 3, el 4 y el 5 son los versículos! —remató Martín.
El silencio se apoderó del salón. La ecuación perfecta colgaba en el aire: Solomon (1) 2 : 3, 4, 5 (Libro de los Proverbios. Capítulo 2, versículos 3, 4 y 5).
Martín no necesitó que le dieran ninguna orden. Sus dedos volaron sobre el teclado del portátil, abriendo una versión online de la Biblia Reina-Valera. Escribió Proverbios 2 en el cuadro de búsqueda y le dio a Enter.
Al instante, el texto sagrado apareció en la pantalla. Ysabella leyó en voz alta los versículos tres, cuatro y cinco. Sus palabras resonaron en el salón como una revelación venida de otro mundo:
³ Si invocas a la inteligencia y pides que la prudencia te asista; ⁴ si la buscas como si fuera plata y la examinas como a un tesoro, ⁵ entonces entenderás el temor de Dios, y hallarás el conocimiento de Dios.
Los tres se quedaron sin habla. Un escalofrío recorrió la espalda de Paulo.
Había pasado casi tres mil años desde que el rey Salomón escribiera aquellas líneas, y más de quinientos desde que Bartolomé las codificara en el cuadro de una difunta, pero el mensaje les estaba hablando directamente a ellos.
—«Si la examinas como a un tesoro... hallarás el conocimiento de Dios» —susurró Martín, extasiado.
—Estaba claro —dijo Paulo, con la voz ronca por la emoción—.
Ese es el manuscrito de Fernando de Baeza.
El libro de las matemáticas. "El conocimiento de Dios".
Bartolomé nos está diciendo que su libro es ese tesoro escondido.
—Y hay algo más —añadió Ysabella, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso—.
Fijaos en la estructura completa del mensaje que nos dejó Bartolomé.
Después de la cita bíblica sobre buscar el tesoro, la frase terminaba con «In Emblema Carthusian».
Ysabella agarró un rotulador y escribió la traducción definitiva de la pista en un folio en blanco, empujándolo hacia el centro de la mesa:
Busca el conocimiento de Dios como a un tesoro... en el emblema de la Cartuja.
Martín alzó los brazos al techo con un grito de júbilo ahogado.
—¡Lo tenemos! —Eso es lo que nos está gritando Bartolomé desde el siglo quince —sentenció Ysabella, visiblemente satisfecha—.
El libro que demuestra la existencia de Dios está escondido en un monasterio cartujo.
Más concretamente, en algún lugar relacionado con su emblema.
Paulo se recostó en la silla, asimilando la magnitud del hallazgo. Habían desentrañado un código imposible. Pero el reloj seguía corriendo, y la Hermandad ya sabía que iban tras la Cartuja. El verdadero reto acababa de empezar.