Capítulo 29 “La muerte de Domenico”
(Florencia. 11 de enero de 1494)
Una vez más, la peste asola la ciudad de Florencia, del mismo modo que castiga otras ciudades de Italia, Francia e incluso España.
Algunos fanáticos vociferan en las plazas achacando la epidemia a un castigo divino, como si el Todopoderoso disfrutara contemplando el sufrimiento y la agonía de quienes caen presos de semejante mal.
Mi espíritu se niega a entenderlo así; tienen que ser otras las causas de semejante dolencia.
En algunos lugares, la ignorancia ha llevado a culpar a los judíos, acusándolos falsamente de envenenar los pozos de donde bebe la gente, lo que ha desatado una nueva y cruenta oleada de persecuciones contra mi pueblo adoptivo.
Hoy, mi querido amigo Domenico Bigordi, il Ghirlandaio, ha muerto víctima de la fiebre pestilente, dejándonos huérfanos de su arte y profundamente atormentados por tan irreparable pérdida.
Hace unos días acudí a su casa y lo encontré con el espíritu apagado.
Padecía fiebres altísimas y unos dolores insoportables en los brazos y las piernas.
Él ya sabía que estaba infectado por la plaga y me rogó que no me acercara para minimizar el riesgo de contagio.
Desoí sus advertencias y permanecí a su lado toda la mañana, administrándole unas hierbas que lograron calmarle, en cierto modo, el malestar que le consumía.
—Maestro... —me dijo, mirándome fijamente con los ojos enrojecidos—.
Hace tres días fui a casa de Albino el carretero para pagarle el arreglo de la rueda del carro que usamos en la bottega.
Estando allí, en las caballerizas, me picó una pulga en el cuello.
Desde hace dos días he empezado a notar estos dolores, el escalofrío y el fuego en la sangre.
—Yo siempre he sostenido que es muy probable que esos parásitos, y la inmundicia que los cría, tengan mucho más que ver con la epidemia que el castigo divino que predican los clérigos, Domenico.
—Es posible que tenga usted razón, maestro Baccio...
Le sequé el sudor de la frente con un paño húmedo. —Ahora tienes que descansar y recuperar fuerzas. Tu hermano Davide ha preparado una sopa de verduras que habrás de tomarte sin rechistar. Yo volveré mañana con algunas medicinas.
Cuando ya me disponía a marcharme y me había despedido de él, sacó fuerzas de flaqueza, me agarró de la mano y me miró a los ojos.
Forzando una sonrisa que debió de costarle una agonía, me preguntó: —Maestro...
¿lo ha visto últimamente? —Ver ¿el qué? —le pregunté, intrigado.
—El cuadro. La tabla de Giovanna, maestro.
Aquella donde oculté mi firma. —No hace más de cuatro días que la he tenido delante —le contesté, esbozando una sonrisa que intentó abarcarme todo el rostro para reconfortarle—.
Fui al palacio de los Tornabuoni para que firmaran unos documentos de un préstamo.
Lorenzo me mostró el cuadro y alabó tu trabajo por encima de cualquier otra cosa en el mundo.
Me confesó lo mucho que echaba de menos a su esposa, y me dijo que, gracias a ti, podía mirarla a los ojos todos los días.
Domenico suspiró, aliviado. —Maestro, nadie ha descubierto el arcano todavía, ¿verdad?
—Por supuesto que no. Y pasará mucho tiempo aún.
El propio Lorenzo contempla el cuadro a diario y te aseguro que, aunque viviera mil años, no llegaría a descubrir tu firma por más que lo mirase.
Pero no has de preocuparte, Domenico. Yo estoy escribiendo un libro donde dejo clara constancia de cómo ha de interpretarse el arcano.
Algún día, tarde o temprano, tu firma en esa tabla será revelada.
—Estoy convencido de que así será. Pero...
al decirme que está escribiendo su historia, me asalta una duda.
—¿Cuál, si puede saberse? —¿Qué cuenta usted de mí en ese libro?
Le apreté la mano, sintiendo el calor febril de su piel.
—Cuento las maravillosas obras de arte que has creado, Domenico.
Pero, sobre todo, cuento que eres el hombre más honrado y trabajador que he conocido jamás.
Y que habrán de pasar siglos enteros antes de que Florencia vuelva a dar a luz a un pintor con la pureza de tu alma.
—Me tiene usted sobrevalorado, maestro... —susurró, cerrando los ojos.
Al decir esto, me soltó la mano.
Ese fue el último contacto que tuve con él y las últimas palabras que cruzamos.
Al día siguiente, cuando regresé con las medicinas, su estado había empeorado tanto que no pudo ni tragar el brebaje de hierbas que yo mismo había recolectado, a pesar de los desesperados intentos de Sebastiano, su cuñado, por hacérselo beber.
Esta mañana he salido con Adriano, el encargado de la servidumbre de mi casa.
Al acercarnos a la vivienda del Ghirlandaio, vimos a un gran número de personas congregadas en la puerta y escuchamos los lamentos desgarradores de sus familiares.
Cuando encontré a su hermano Davide entre la muchedumbre, se abrazó a mí llorando desconsolado, confirmándome la muerte del maestro de la pintura florentina.
He llorado amargamente su pérdida durante todo el día.
Todavía ahora, mientras escribo estas líneas a la luz de las velas, los ojos se me tornan acuosos y las lágrimas del desamparo resbalan por mis mejillas, perdiéndose en mi barba.
Había llegado a quererlo como al hijo que nunca tuve.
Ya no está. Con apenas cuarenta y cinco años, nos ha dejado un legado inmortal de frescos y retratos, pero nos ha privado para siempre de su bondad y su sonrisa. ¡Cuánto voy a echarle de menos!
Gracias a Dios, mi esposa Kelila y yo estamos bien, al igual que los sirvientes de nuestra casa, a quienes he prohibido terminantemente pisar la calle sin mi autorización.
Mi suegro, Samuel Ben Yehudá, me aseguró en una ocasión que el aseo constante era la mejor defensa contra la pestilencia.
Recordando sus sabios consejos, he dado órdenes estrictas a las mujeres para que extremen la limpieza del hogar y mantengan sus cuerpos escrupulosamente aseados.
Mientras persista la pandemia, Adriano y yo seremos los únicos en salir para abastecer la despensa.
Le he explicado a Adriano cómo ha de anudarse un pañuelo sobre la boca y la nariz para no respirar los aires corrompidos de la ciudad, y le he ordenado que se aleje de los apestados y jamás toque un cadáver.
En la Ley de Moisés está escrito que quien toque un cuerpo muerto quedará inmundo y deberá lavarse y purificarse hasta el atardecer.
Moisés recibió esas leyes directamente del Todopoderoso, así que tiene que haber una razón de peso y un inmenso beneficio vital tras esas normas de higiene que Dios impuso al pueblo judío.
En mi casa vamos a observarlas a rajatabla mientras nos quede aliento, y en mayor medida, mientras la sombra de la peste siga sobrevolando Florencia.