La profecía olvidada Capítulo 28 “El cuadro de Bartolomé”
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Capítulo 28 “El cuadro de Bartolomé”

Dos horas después de haber salido del museo, Paulo regresó al piso franco. Ysabella lo esperaba pletórica, mordiéndose las uñas de impaciencia. Quería mostrarle algo que acababa de descubrir y que no había querido compartir con Martín hasta que los dos estuvieran presentes.

Apenas Paulo se sentó a la mesa frente al ordenador, Ysabella abrió el navegador de internet y tecleó unas palabras.

—Esta tarde os presenté a Giovanna en el museo, ¿verdad?

—dijo, reclamando la atención de ambos. Los dos asintieron.

—Pues bien, ahora os voy a presentar a... Bartolomé Sánchez de la Vega.

Pulsó la tecla de búsqueda y, un par de segundos después, una imagen en alta resolución inundó la pantalla.

Era el fresco de San Jerónimo pintado por Ghirlandaio en Florencia en el año 1480; la misma obra en la que, según el diario que Paulo había encontrado en las montañas de Tibhirine, Bartolomé había servido como modelo vivo para el maestro.

La visión del anciano, retratado sumido en la meditación, vino a confirmar la imagen mental que Paulo y Martín se habían forjado de él.

Allí estaba: con su luenga barba blanca de notario judío, su frente despejada, su mirada profunda e inquisitiva, y unas manos delgadas que evidenciaban su entrega de por vida a la investigación y la escritura.

Allí comparecía el hombre que había trastocado sus vidas.

El pintor lo había rodeado de objetos que lo identificaban como un erudito: pergaminos con escrituras en varios idiomas, libros apilados, unas tijeras sobre un atril, frascos de cristal, un candelabro, tinteros y unos pequeños quevedos para la lectura.

—¿Este es de verdad Bartolomé? —preguntó Martín, asombrado, acercando el rostro al monitor.

—Todo parece indicar que sí. Es lo que él mismo afirma en sus memorias, y el cuadro cuadra a la perfección con la fecha y el lugar —respondió Ysabella, tajante—.

Este fresco aún se conserva en la iglesia de Ognissanti, en Florencia, justo enfrente del san Agustín que pintó Botticelli.

La satisfacción se hizo evidente en los tres.

Ahora, aquel monje que había vivido quinientos años atrás les parecía mucho más cercano, más real.

Podían ponerle rostro al hombre que, con sus palabras, los había arrastrado a una búsqueda por la que se estaban jugando la vida.

Un hombre que, a pesar de la implacable persecución de la que fue objeto, había logrado burlar a una organización todopoderosa para dejar constancia de un secreto trascendental.

Después de pasar un buen rato escrutando cada detalle del cuadro de San Jerónimo, concluyeron que no había ninguna pista numérica oculta en él, sino que era simplemente un regalo histórico para ellos. Ahora, más que nunca, estaban decididos a llevar la misión hasta el final.

Paulo había aprovechado la tarde del sábado para acercarse a las oficinas de la productora de televisión y recoger algunas pertenencias personales.

A esas horas, el edificio estaba desierto.

Paulo tuvo la sensación de caminar por un laberinto de acero y cristal.

Saludó a Sebastián, el guardia de seguridad de la planta baja, que vigilaba los monitores medio adormilado.

El vigilante enarcó una ceja, extrañado de ver a un redactor allí un sábado por la tarde.

Paulo le tranquilizó con una excusa rápida y subió en el ascensor.

Al salir, condujo su coche hasta las inmediaciones de la avenida donde había quedado con su colega Rubén Arce. Aparcó y permaneció un rato al volante, observando el ajetreo de los transeúntes y los escaparates.

Entonces, lo vio.

Un potente vehículo negro y de cristales tintados detuvo su marcha, pegado a la acera. A Paulo se le cortó la respiración. Era el mismo modelo exacto que había visto aparcado en la calle Mayor la tarde en que el anciano librero fue asesinado.

Y el hombre que se estaba apeando del asiento del copiloto no era otro que Rubén Arce.

No había margen para el error. Llevaba la misma americana sport y los mismos zapatos de diseño que la tarde anterior. Miró nerviosamente a su alrededor, cerró la puerta y se encaminó a pie hacia la terraza donde habían fijado su cita.

Paulo se quedó paralizado en el asiento, tratando de encajar el golpe.

Su amigo, el hombre al que había confiado parte de la investigación, tenía línea directa con la Hermandad de La Profecía.

Una duda terrible le asaltó: ¿Habrían sido las manos de Rubén, esas que él había estrechado tantas veces, las que segaron la yugular del abuelo de Ysabella?

Su primer impulso fue arrancar el coche y huir. Pero una frialdad desconocida se apoderó de él. Rubén no sabía que lo acababa de ver bajarse de ese coche. Tenía ventaja. Y la iba a usar.

Paulo salió del coche y caminó hacia la avenida. El sol, moribundo, proyectaba destellos anaranjados sobre los rascacielos.

Rubén estaba sentado en una mesa de la terraza, tomando un zumo de naranja y apurando un cigarrillo rubio.

Al ver llegar a Paulo, se levantó con su característica sonrisa de triunfador y le tendió la mano.

El reportero tuvo que reprimir el impulso de lanzarse a su cuello.

En su lugar, le estrechó la mano con firmeza y tomó asiento.

Pidió un café solo y un brandy doble, sabiendo que lo necesitaría.

—¿Cómo va la investigación? —preguntó Rubén, aparentando interés. —Esperaba que me dijeras tú algo que yo no sepa —respondió Paulo, afilando la voz. —La verdad es que no he podido ahondar demasiado... pero sí he averiguado un par de detalles interesantes sobre la Orden de la Cartuja y su emblema.

Rubén se acomodó en su silla y adoptó un tono profesoral.

—Como sabrás, es una orden contemplativa fundada por san Bruno en 1084.

Su lema es «Stat Crux dum volvitur orbis», que significa: «La cruz permanece estable mientras el mundo da vueltas».

El emblema actual de la orden es un globo terráqueo coronado por una cruz, sobre la que orbitan siete estrellas.

—¿Y siempre ha sido ese el emblema? —le interrumpió Paulo, recordando que Bartolomé vivía en el siglo XV.

—Buen apunte —concedió Rubén—. En los comienzos solo se empleaba una simple cruz.

En el siglo XIII apareció el globo coronado por la cruz.

Las siete estrellas que simbolizan a los fundadores no se añadieron hasta el siglo XVII.

Por lo tanto, si buscas algo antiguo, céntrate en el globo con la cruz.

En cuanto a la frase de la cinta, no se usó hasta bien entrado el año 1600.

Paulo guardó silencio, asimilando la precisión histórica de los datos. El globo con la cruz.

—Eso es todo lo que he logrado sobre la Cartuja —continuó Rubén—. En cuanto al nombre que me diste, Solomon Arsut, no existe registro de ningún prior o personaje ilustre con ese nombre en la historia de la orden. ¿Tienes alguna fecha o lugar que pueda ayudarme a acotar la búsqueda?

Paulo negó con la cabeza, fijando sus ojos oscuros en los de su interlocutor.

—No tengo nada más, Rubén. —Pues lo siento, no puedo ayudarte.

Pero permíteme una indiscreción, Paulo: ¿qué demonios estás buscando exactamente?

Si me contaras un poco más sobre qué va esto de la Cartuja, sería más fácil echarte una mano.

Paulo apuró el brandy de un solo trago, dejando que el ardor le bajara por la garganta, y se inclinó sobre la mesa.

—Sabes muy bien lo que estoy buscando, Rubén.

—¿De qué hablas? —Arce frunció el ceño. —De que te acabo de ver bajarte del coche negro.

El mismo coche del que se bajaron los sicarios que degollaron al anciano Lorenzo Cortés.

La sangre se evaporó del rostro de Rubén Arce. Se quedó blanco como el papel. Paulo alzó un dedo acusador, a un palmo de su nariz. —Dime que no tuviste nada que ver con la muerte de ese anciano, porque te juro que me levanto ahora mismo, llamo a la Brigada de Homicidios y te busco la ruina.

Sintiéndose acorralado y sin escapatoria, Rubén asintió débilmente.

Paulo hizo ademán de levantarse, pero Arce le agarró del antebrazo con desesperación.

—Paulo, por favor, siéntate. Te lo explicaré todo.

Paulo se zafó del agarre con un tirón, pero permaneció de pie.

—Me has decepcionado, Rubén. —¡Yo no tengo nada que ver con ellos!

—suplicó el relaciones públicas, mirando aterrado a su alrededor—.

Hace tres días se presentaron en mi casa dos individuos trajeados.

Me dijeron que te habías metido en un problema gravísimo y que la única forma de ayudarte era que yo les informara de tus avances.

A cambio, me pagarían bien. ¡Te lo juro por mi vida, no sabía nada de ningún asesinato!

—¿Y no preguntaste de qué problema se trataba?

—¡Claro que sí! Me dijeron que tenías algo que les pertenecía.

Algo extremadamente peligroso. Me hablaron de un libro.

Dijeron que contenía información que era una auténtica bomba de relojería si llegaba a hacerse pública.

Y luego... pusieron un fajo enorme de billetes sobre la mesa.

Yo debía contactar contigo casualmente, pero tú te me adelantaste ayer llamándome.

—¿Cuánto dinero había en ese sobre? —Mucho...

—tragó saliva Rubén—. Más de lo que tú y yo ganamos en dos años en la productora.

¿Qué hubieras hecho tú en mi lugar? —Para empezar, no venderme a unos putos asesinos —lanzó Paulo, implacable—.

Ya sabes que el dinero fácil siempre tiene trampa.

Y la tuya ha sido traicionar a un amigo.

Paulo sacó un billete arrugado del bolsillo y lo dejó caer sobre la mesa.

—Págate el zumo. —Paulo... —le llamó Rubén a la desesperada cuando ya se alejaba—.

Paulo, espera. El único Solomon importante que se me ocurre que pueda tener que ver con un misterio de este calibre...

es el rey Salomón. El periodista se detuvo en seco y giró la cabeza.

—¿El rey de Israel? —Sí. El hombre más sabio de la Antigüedad.

Se dice que escribió varios de los libros sapienciales de la Biblia. Quizá tu pista vaya por ahí.

Paulo asintió levemente, aceptando el dato, y antes de darle la espalda de forma definitiva, le lanzó una última advertencia. —Esa gente te matará en cuanto dejes de serles útil, Rubén. Aléjate de ellos si quieres conservar el cuello.

Mientras Paulo enfilaba la avenida hacia su coche, su mente bullía a mil por hora. Solomon. ¿Y si no era un notario o un aliado judío de Bartolomé? ¿Y si se refería a un texto escrito por el mismísimo rey Salomón?

Pero, en ese caso... ¿qué demonios significaba la palabra Arsut?

Tenía que volver con Ysabella. El puzle estaba a punto de resolverse.