Capítulo 27 “El arcano de Domenico”
Algunos meses después de la muerte del maestro orfebre Tommaso di Curradi, su hijo mayor, Domenico, y yo firmamos un acuerdo de compraventa. Previo pago íntegro de cuarenta y cinco florines de oro, de peso exacto, pasé a ser el dueño del que había sido el taller de su padre en la Vía dell'Argento.
El local llevaba algún tiempo cerrado. Ninguno de los hijos había querido seguir con la vocación paterna; Davide y Benedetto habían estimado de mayor enjundia seguir al primogénito en el bello arte de la pintura, prefiriendo los pinceles a calentar las ascuas con el fuelle y golpear el duro metal.
Así que no me resultó difícil convencer a Domenico para que me vendiera la propiedad.
A decir verdad, tenían como hermano mayor a un maestro excelente, bondadoso y trabajador como pocos. Un hombre que se esforzaba por adelantar a todos los de su época y que nunca decía que no a ningún encargo, por humilde que fuera el cliente o escasa la paga.
Después de varios días de duro trabajo adecentando el lugar, la vieja herrería se transformó.
Ahora lucía como una estancia respetable, provista de una mesa robusta, varias sillas y un armario que compré a buen precio a Raffaello, el carpintero de la Vía del Sole.
Sobre la mesa dispuse un par de tinteros, plumas afiladas y varios volúmenes sobre las leyes de la República de Florencia, base sobre la cual se formalizaban contratos, préstamos y litigios.
En la pared del fondo coloqué las estanterías de mi antiguo estudio, llenándolas de legajos, y finalmente colgué un cartel sobre el dintel de la puerta, indicando a los transeúntes que aquello era una escribanía.
No tardé en hacerme con una clientela aceptable, labrándome un buen nombre entre los florentinos. Nunca me faltó el trabajo ni el respeto de mis vecinos, entre los que se contaban las familias mejor acomodadas de la ciudad: los Medici, los Vespucci, los Albizzi, los Soderini o los Tornabuoni.
Una mañana, me encontraba inmerso en mis legajos cuando vi llegar a Benedetto, el hermano menor de Domenico.
Se quedó parado en el umbral, con el semblante decaído y la cabeza gacha.
Al advertir su presencia, lo invité a pasar.
—¿Qué te pasa, muchacho? —pregunté al ver su extrema palidez.
—Maestro... ¿usted conoce bien a la familia Tornabuoni?
—¿Quién no conoce en Florencia a esa familia?
Pero dime, ¿qué ocurre con mi viejo amigo Giovanni?
—Su nuera, la hermosa Giovanna, ha fallecido hoy a causa del parto.
La noticia me golpeó con dureza. Fue una tragedia para todos, especialmente para su joven esposo, Lorenzo, que en más de una ocasión me había confesado la profunda devoción que sentía por ella.
Y, por supuesto, representó la mayor de las agonías para sus padres, con quienes me unía una sincera amistad.
Las exequias se celebraron dos días después.
La joven fue enterrada en la iglesia de Santa María Novella cuando todavía no se habían cumplido dos años de su sonada boda.
La ciudad entera se vistió de luto y lloró la súbita pérdida de una de sus hijas más ilustres.
Para mi esposa Kelila y para mí, que la habíamos tratado de cerca, fue un trago amargo.
No podía imaginar en aquel momento de duelo que, meses después, el dolor de Lorenzo Tornabuoni me serviría para llevar a cabo la jugada maestra que aseguraría la supervivencia de mi secreto.
No había pasado mucho tiempo desde el entierro cuando el noble Lorenzo logró convencer a Domenico Ghirlandaio para que pintara un retrato póstumo de su esposa, con la intención de honrar su memoria en una de las estancias del Palazzo Tornabuoni.
«¡La echo tanto de menos!», le había confesado el noble viudo al firmar el contrato.
Domenico, conmovido, prometió una obra magnífica en la que intentaría reflejar la hermosura y la piedad de Giovanna.
Para lograrlo, utilizaría los bocetos al natural que conservaba en su taller, dibujados cuando la joven aún vivía.
Por aquellos días, el maestro pintor andaba envuelto en grandes proyectos, entre ellos la decoración de la capilla mayor de Santa María Novella.
Poco antes había completado también la capilla Sassetti en la iglesia de la Santa Trinidad, una serie de frescos sobre San Francisco de Asís que muchos contemporáneos ya consideraban su obra cumbre.
A pesar de esa abrumadora carga de trabajo, una mañana el Ghirlandaio entró en mi escribanía con una alegría inusitada. Traía una manzana roja en cada mano. Desde la puerta, al tiempo que me daba los buenos días, me arrojó con fuerza la que portaba en la diestra.
La atrapé al vuelo por puro instinto. Él soltó una sonora carcajada.
—¡Aún se encuentra usted en forma, maestro Baccio!
Conserva los reflejos de la juventud a pesar de su barba blanca.
—Más quisiera yo que tus palabras fueran ciertas, Domenico —respondí, frotando la manzana contra mi túnica—.
Pero dime, ¿a qué se debe tan buen ánimo?
—¿Aparte del hermoso día que nos regala el Señor?
—respondió irónicamente. —Bien sé yo que tu alegría tiene otros motivos.
Habla. —Tiene usted razón. Lorenzo Tornabuoni me ha encargado el retrato de su difunta esposa.
Voy a plasmar toda la intensidad de la misericordia y la hermosura de la hija de los Albizzi.
Quiero que esta obra sea la prueba definitiva de mi valía, superando todo lo que he hecho hasta ahora.
—Estoy seguro de que sabrás hacerlo, Domenico —le animé con sinceridad.
—Aparte de los pinceles... he pensado que para reforzar la idea de su piedad, me gustaría contar con su ayuda.
El pintor agachó la cabeza, como si le avergonzara pedirme un favor, y tras vacilar unos segundos, continuó: —Maestro, yo sé que usted es un hombre de amplias lecturas.
Por eso sé que no le resultará difícil encontrar alguna cita de un poeta clásico, o idear una frase de su propia cosecha, que destaque la belleza inalcanzable de Giovanna.
—Está bien —contesté, complacido—. Trataré de encontrar las palabras apropiadas.
Dicho esto, observé que el Ghirlandaio seguía mirándome, dándole vueltas a su manzana con gesto inquieto.
—Dime, Domenico, ¿hay algo más? —Sí, maestro.
Pero no quiero abusar de su bondad. —Pídeme lo que desees.
Por la memoria de tu padre Tommaso y por el afecto que te tengo, sabes que puedes contar conmigo.
El pintor se acercó a mi mesa y bajó la voz.
—He decidido incluir en la tabla una marca personal.
Como una firma. Pero con una salvedad: quiero que resulte velada a simple vista.
—¿Te refieres a un arcano? ¿Un criptograma?
—Exactamente. —¿Y a qué se debe ese deseo repentino de ocultar tu nombre?
—pregunté, conociendo bien su proverbial humildad.
—Recuerdo unas palabras que usted mismo me dijo en una ocasión, maestro: Que el hombre dice más por lo que calla que por lo que cuenta.
Además... —sus ojos brillaron con la fiebre de la genialidad—, me resulta embriagador imaginar que dentro de cien, doscientos o trescientos años, alguien descubrirá ese arcano y leerá mi nombre, aunque yo ya sea polvo.
Al escuchar sus palabras, una revelación divina cruzó mi mente. Sonreí. El destino me estaba ofreciendo el lienzo perfecto. Si Ghirlandaio quería un arcano, yo le diseñaría uno que no solo ocultara su firma, sino que escondiera el mapa hacia La Profecía Olvidada.
—Está bien, Domenico —dije con voz serena, ocultando el temblor de mi emoción—. Voy a crear para ti ese arcano. Y te aseguro que pasará mucho, muchísimo tiempo, antes de que alguien logre descifrarlo.
Con la sonrisa amplia, me abrazó con fuerza. —¡Siempre estaré en deuda con usted! Sabía que podía contar con su intelecto. Salió por la puerta dándole un sonoro mordisco a su manzana, animándome a hacer lo mismo con la mía.
Aquella misma noche, inmerso en la soledad de mi estudio antes de que Kelila reclamara mi calor en las sábanas, hallé el epigrama perfecto de Marcial para ensalzar a Giovanna. Y, a su vez, diseñé el complejo código numérico que permitiría al Ghirlandaio dejar su marca y a mí, esconder la mía.
Solo espero que este diario vea la luz algún día, y que caiga en manos de un espíritu puro capaz de entenderlo.
Cuando al día siguiente Domenico regresó a mi despacho, le mostré la frase que debía incluir en el cartellino y le expliqué el funcionamiento del arcano. Le pareció de una sutileza ingeniosa y astuta, y se marchó inmensamente agradecido.
Antes de terminar de escribir este libro, y fiel a la promesa que le hice al hijo de Tommaso, dejaré constancia en estas páginas de la forma exacta de hallar la clave en el retrato de Giovanna Tornabuoni.