La profecía olvidada Capítulo 26 “Giovanna Tornabuoni”
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Capítulo 26 “Giovanna Tornabuoni”

Los tres coincidieron, sin lugar a dudas, en que aquella tabla era una auténtica obra maestra.

La belleza inmarcesible de la mujer retratada, el aura casi mágica con que el autor la había inmortalizado, la triste historia de su corta vida y la certeza de que aquel cuadro guardaba la clave para desentrañar el misterio de Bartolomé,

hacían que la pintura ejerciera sobre ellos una influencia hipnótica.

Paulo nunca había sido un gran experto en arte pictórico.

Los museos no eran su hábitat natural. Sin embargo, la mera visión de la obra que tenía ante sus ojos derrumbó de un solo golpe cualquier prejuicio.

Estaban los tres de pie, absortos frente a un rostro que llevaba más de quinientos años desafiando al tiempo, cada uno sumido en sus propias reflexiones.

De pronto, Ysabella rompió el silencio, señalando una zona específica de la pintura. —Esto es lo que me ha convencido de que este es el retrato al que se refiere Bartolomé con su «In Effigies».

Su dedo apuntaba a un cartellino —un pedazo de papel pintado a modo de trampantojo— situado justo detrás de la joven. En él, se podía leer una inscripción en latín:

ARS VTINAM MORES ANIMVM QVE EFFINGERE POSSES PVLCHRIOR IN TERRIS NVLLA TABELLA FORET MCCCCLXXXVIII

Pensando que les vendría muy bien tener una copia exacta de la leyenda, Martín se dirigió a una de las auxiliares de sala que vigilaba desde su taburete.

—Disculpe, señorita, ¿podríamos tomar una foto sin flash?

—preguntó amablemente. —No está permitido en esta sala, caballero —fue la respuesta tajante pero cortés de la joven, que añadió con una sonrisa comercial—: Pero en la planta baja, en la tienda, puede adquirir una reproducción o incluso descargarla en alta resolución desde la web del museo.

—¿Qué significa esa frase en latín, Ysabella? —preguntó Paulo en voz baja, volviendo la vista hacia el perfil de Giovanna. —Traducida al castellano, viene a decir: «¡Ojalá pudiera el arte reproducir el carácter y el espíritu! En toda la tierra no se encontraría un cuadro más hermoso».

Ysabella sacó su teléfono móvil y tecleó rápidamente la cita en el buscador.

Su rostro se iluminó de inmediato. —Parece ser —dijo, leyendo la pantalla— que Domenico Ghirlandaio incluyó ese cartellino para dar a entender que ni él, ni ningún otro genio, podría jamás plasmar en una tabla la profunda belleza interior y la bondad de Giovanna.

La frase es en realidad un extracto de un epigrama del poeta clásico Marcial.

—Eso sirve para darle aún mayor gloria a la chica —apuntó Martín, fascinado.

—Sobre todo si tenemos en cuenta que es un retrato póstumo —añadió Ysabella—.

La fecha en números romanos es 1488, el año en que ella murió.

Con toda probabilidad, Ghirlandaio utilizó los bocetos que había dibujado de ella en vida para otros frescos y compuso esta obra para consuelo de su viudo.

Paulo entrelazó sus dedos con los de Ysabella y asintió. —Es cierto. En esa frase exacta tiene que estar la clave del código numérico. Vámonos a casa a descifrar esto.

Decididos, abandonaron la Sala 5 y bajaron hacia la salida.

Atravesaron el vestíbulo mezclándose con las riadas de turistas asiáticos y salieron al Paseo del Prado.

Sus dos guardaespaldas de paisano los siguieron a una distancia prudencial.

Sin embargo, ni los policías ni nuestros protagonistas se percataron de la presencia de dos individuos vestidos de riguroso negro que habían llegado al museo pocos minutos después que ellos.

Ambos hombres permanecían de pie en la Sala 5, gélidos, con los ojos clavados en el retrato de Giovanna.

Una vez en el piso de Ysabella, y tras preparar un café rápido, se acomodaron en la mesa del salón. La tensión se palpaba en el ambiente. Había llegado el momento de la verdad.

Después de la indicación «In Effigies», Bartolomé había escrito en el manuscrito una nueva serie de números.

Asumiendo que había empleado el mismo esquema criptográfico que con el epitafio de Fra Angélico, debían sustituir cada número por la letra que ocupara esa posición exacta en el texto del cuadro.

Las secuencias de Bartolomé eran las siguientes:

(3, 11, 41, 11, 9, 11, 7) 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 ,13, 9, 63, 41, 13, 9, 1 42, 1, 2, 5, 43, 4, 3, 6, 1, 7

Martín mostró en su portátil una imagen en alta definición del cartellino

Esta era la imagen:

Se pusieron manos a la obra, contando letras con paciencia. La primera secuencia (3, 11, 41, 11, 9, 11, 7) arrojó un resultado revelador: S O L O M O N

La siguiente serie, sin embargo, resultaba desconcertante: 1, 2, 3, 4, 5.

—Es muy extraño —murmuró Paulo—. La probabilidad de que una clave use los cinco primeros números consecutivos para formar una palabra real es ínfima.

Pero al sustituirlos por las cinco primeras letras del texto, la clave dictó:

A R S V T (Arsut).

Lo mismo ocurrió con la siguiente serie correlativa (6, 7), que formaba la palabra: I N

Después, desentrañaron la penúltima línea (13, 9, 63, 41, 13, 9, 1), y surgió un vocablo perfectamente legible: E M B L E M A

Y, por fin, la última y más larga serie numérica (42, 1, 2, 5, 43, 4, 3, 6, 1, 7) reveló una palabra que dio un vuelco a la investigación: C A R T H U S I A N

Ysabella ordenó las palabras en un folio. El mensaje final, oculto durante cinco siglos, decía así:

Solomon Arsut In Emblema Carthusian

—Solomon Arsut In Emblema Carthusian... —leyó Paulo—.

¿Qué demonios significa? ¿Quién es Solomon Arsut?

¿Te suena de algo, Ysabela ? La joven rebuscó en su privilegiada memoria, pero acabó negando con la cabeza.

—No recuerdo haber oído ese nombre jamás.

Suena a nombre judío. Sabiendo que Bartolomé se convirtió al judaísmo para salvar su vida, es muy probable que Solomon fuera un aliado o un erudito de la época, aunque de momento no ha aparecido en lo que llevo traducido.

—¿Y el resto del texto? —preguntó Martín.

—In Emblema Carthusian tiene mucho sentido.

Carthusian es la palabra latina para designar a la Orden de los Cartujos.

Se refiere a una Cartuja, a un monasterio.

—O sea, que el mensaje es: «Solomon Arsut, en el emblema de la Cartuja» —concluyó Martín.

—Exacto. Tiene que referirse a una marca distintiva o al escudo de alguno de los monasterios de esa orden.

Paulo alzó las manos, pidiendo calma ante la excitación general.

—Bien. Tenemos un nombre propio o un apodo, Solomon Arsut, y una referencia al emblema de una Cartuja.

No es mucho de lo que tirar. —Tenemos que hacer acopio de toda la información posible sobre los cartujos —se animó Martín, frotándose las manos.

—Tengo una idea —dijo Paulo, sacando el móvil—.

En la productora tengo un compañero, Rubén Arce, que alardea de tener contactos en las altas esferas eclesiásticas.

Quizá él pueda ponerme en contacto con algún experto en esta orden.

—Manos a la obra —asintió Ysabella—. Yo rastrearé las bases de datos históricas en busca de ese tal Solomon.

A última hora de la tarde, Paulo se desplazó en su coche hasta una cafetería cercana a las instalaciones de la productora audiovisual, seguido discretamente por uno de sus escoltas.

Rubén Arce lo esperaba en la terraza. Era un hombre que rondaba los cincuenta, pero cuyo cuerpo atlético, cincelado a base de gimnasio, le permitía aparentar muchos menos.

Esa percha, sumada a su labia, le facilitaba ir sumando conquistas a una dilatada lista de romances sin compromiso.

Paulo y él se conocían desde que grabaron juntos una serie de documentales sobre los monasterios del Camino de Santiago.

Rubén, gracias a los contactos de un tío suyo ya fallecido que había sido un pez gordo en el Arzobispado Castrense, le había abierto muchas puertas eclesiásticas entonces.

Mantenían un trato cordial, aunque nunca habían llegado a ser amigos íntimos.

Cuando Paulo se acercó a la mesa, Rubén apuraba las últimas caladas de un cigarrillo rubio americano junto a un zumo de naranja a medio beber.

Se levantó con una sonrisa seductora y le ofreció asiento.

—Dime, Paulo. ¿Qué es eso tan urgente que necesitas de mí?

—Rubén, antes de nada, quiero que sepas que esto requiere discreción absoluta y mucha prudencia —advirtió Paulo, bajando la voz.

—¿Qué te traes entre manos? —preguntó Arce, enarcando una ceja, intrigado por el misterio.

—Estoy en medio de una investigación delicada.

Sé que tienes buenos contactos. ¿Conoces a alguien de peso dentro de la Orden de los Cartujos?

—Por supuesto —fue la respuesta categórica—. Pero, ¿qué buscas exactamente?

Paulo sacó una cuartilla, garabateó las palabras Solomon Arsut junto a un par de notas adicionales y se la deslizó por encima de la mesa.

Rubén leyó el extraño nombre. Una mueca de sincera extrañeza cruzó su rostro.

—No me suena de nada —confesó. —Necesito todo lo que puedas averiguar sobre ese nombre, y sobre la historia, leyendas o secretos del emblema de la orden cartuja.

Cualquier detalle, por nimio que sea. —Dame esta noche y la mañana de mañana para hacer un par de consultas.

Nos vemos aquí mismo en veinticuatro horas y te cuento.

Paulo se levantó y le estrechó la mano con firmeza. —Te lo agradezco, Rubén. Me haces un favor enorme.

Paulo se alejó por la acera, buscando con la mirada a su escolta para regresar al coche.

En la mesa de la terraza, Rubén Arce esperó a que el periodista doblara la esquina. Su sonrisa afable desapareció de golpe. Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó su teléfono móvil. Marcó un número memorizado, sin necesidad de mirar la agenda.

Una voz grave, áspera y autoritaria respondió al otro lado de la línea. —Habla. Rubén tragó saliva, visiblemente tenso. —Tenemos que vernos. Me acaba de dar un dato de suma importancia para la búsqueda.