La profecía olvidada Capítulo 25 “Domenico, el maestro”
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Capítulo 25 “Domenico, el maestro”

(Florencia, año 1480 de Nuestro Señor)

Domenico, el hijo mayor de Tommaso el orfebre, estaba terminando en la iglesia de San Salvatore un magno encargo que le había hecho el principal de la familia Vespucci, el noble Nastagio.

En aquella obra, Domenico demostró al mundo ser uno de los más grandes maestros de su tiempo, aplicando los colores y manejando los pinceles con una facilidad asombrosa, casi como si jugara con ellos.

Había transformado la pared plana en un espacio profundo, complementando de manera prodigiosa la propia arquitectura del edificio.

El lugar elegido por los monjes había sido el inmenso muro del refectorio, la sala donde comía la comunidad monástica.

La obra consistía en una Última Cena en la que Domenico había plasmado, con un naturalismo sobrecogedor, todos y cada uno de los detalles que narran los Evangelios.

Nuestro Señor Jesucristo aparecía sentado a la mesa, rodeado de sus discípulos, y detrás de ellos, Domenico había pintado un hermoso jardín que bien podría evocar el huerto de Getsemaní, aquel lugar adonde el Señor se retiró a orar tras cenar con los apóstoles.

El artista había poblado aquel vergel ilusorio con un sinfín de aves, árboles frutales y arbustos, logrando engañar al ojo y dilatar el espacio del refectorio.

Una mañana, cuando el trabajo estaba a punto de concluir, entró en el convento el noble Nastagio Vespucci. A la sazón, el patrón no había inspeccionado el avance del maestro Domenico desde que firmaron el contrato semanas atrás.

Cuando el Vespucci tuvo ante sí el inmenso fresco del hijo de Tommaso, iluminado por la luz natural que entraba clara y nítida por los ventanales de la sala, cayó al suelo de rodillas, abrumado por la contemplación de semejante belleza.

Se santiguó lentamente y luego, alzándose de forma torpe, con lágrimas asomando a los ojos, corrió a abrazarse a Domenico, que había salido a su encuentro.

Al finalizar la obra, el pintor recibió del noble hasta el último florín que se había estipulado en el contrato, un documento que yo mismo había tenido el placer de redactar y avalar como notario.

A los pocos días de dar por acabado el refectorio, Domenico volvió a comprometerse con Nastagio Vespucci. Esta vez, para la realización de un fresco en una de las capillas de la nave de la iglesia, en el que debía representar a san Jerónimo en su celda, inmerso en el estudio y la meditación.

No quiero omitir aquí el dato de que, en realidad, más que por necesidad o por falta de caudales, el maestro Ghirlandaio aceptó el trabajo por considerarlo un reto personal.

Casualmente, por aquellos mismos días se encontraba trabajando en la pared opuesta de la iglesia el también afamadísimo pintor florentino Alessandro di Mariano Filipepi, a quien todos llamaban il Botticelli.

Para hacer honor a la verdad, debo dejar constancia de que, a pesar del inmenso respeto y la amistad que ambos se profesaban, existía entre ellos una feroz rivalidad artística, lógica y esperable dada la enorme gloria de la que gozaban estos dos gigantes del arte florentino.

Como decía, il Botticelli había sido contratado por la familia Vespucci para pintar un fresco representando a san Agustín en su estudio.

Estaba realizando un trabajo digno de encomio.

Tuve ocasión de ver sus primeros esbozos y cartones, y más tarde pude admirar su obra terminada.

Había logrado plasmar en el muro, de una forma casi mística, la santidad y la profunda sabiduría que emanaba de uno de los grandes padres de la Iglesia.

Enfrentados, pues, los dos maestros por ver quién lograba el mejor resultado en la iglesia de Ognissanti, Domenico aceptó pintar enfrente a san Jerónimo, también rodeado de sus libros, pergaminos y objetos de erudición, como contrapartida al san Agustín de Botticelli.

Estando inmerso en semejante envite, Domenico vino a visitarme una mañana. Me disponía a salir de casa para dirigirme al mercado a comprar algunas frutas y legumbres que Kelila necesitaba, cuando lo encontré plantado frente a mi puerta.

—Messer Bartolomé —me saludó, haciendo una pequeña inclinación de cabeza como muestra de respeto a mis años y a mi posición—. Necesito de sus servicios y estoy dispuesto a pagarle con generosidad.

Bien sabía yo que, para Domenico, el dinero era de escasa importancia si se comparaba con su afán por el trabajo y la gloria. La pintura lo era todo para él, hasta el punto de olvidarse de comer o beber cuando se entregaba a la fiebre del pincel.

—¿Para qué me necesita a mí el mejor y el más puro de los artistas de Florencia? —pregunté, intrigado y halagado a partes iguales.

Domenico se me quedó mirando fijamente, escudriñando los surcos de mi rostro como si sus ojos estuvieran ya dibujando mis proporciones. Sonrió al fin y soltó su ocurrencia: —Maestro... necesito que se trueque usted en san Jerónimo.

—¿Que me convierta en san Jerónimo? —exclamé asombrado, llevándome la mano al rostro rasurado—. ¿Con qué objeto y cómo he de lograrlo? Carezco de la larga barba blanca de un ermitaño del desierto.

Fue entonces cuando me explicó que necesitaba un modelo vivo para llevar a buen término su pugna con Botticelli.

A la hora de escoger un patrón, se había acordado de mí; estaba seguro de que nadie en Florencia encajaba mejor en el perfil de sabio y estudioso.

—¡La barba blanca ya la se la pondré yo con mis pinceles!

—rio Domenico, quitándole importancia—. Lo que no puedo inventar de la nada es la mirada pesada de un hombre de letras, y usted la tiene.

Le pagaré bien por las horas que me sirva, messer Baccio.

Además, necesitaré su permiso para trasladar parte de mi bottega a su casa.

—¿A mi casa dices? ¿Para qué?

—Como poco, necesitaré traer mis bosquejos, los cartones, la tiza y la tinta.

Tengo que dibujarlo inmerso en la meditación.

Bien sé yo que usted es un hombre de leyes aplicado, que dispone de su propio studiolo repleto de pesados volúmenes y protocolos donde pasa horas leyendo y meditando. ¿No es así?

—Fácil será que mi esposa Kelila nos eche a ambos a la calle a escobazos, y detrás de nosotros los pinceles y rollos de papel —me quejé en tono de reproche, aunque dándole a entender que dejara de rogar, pues para su asombro y el mío propio, aceptaba ayudarle en tal menester.

Al comenzar la semana siguiente, me pasé varios días encerrado en mi estudio, sumido en la lectura, vestido con el hábito humilde propio del santo que el mismo Domenico había traído consigo.

Mientras tanto, el maestro me dibujaba desde todos los ángulos posibles, rodeado de mis gruesos códices de leyes en latín, tratados de jurisprudencia, plumas, tinteros y demás artilugios desparramados sobre mi mesa de notario, ajeno al gran secreto que aquellos muros escondían de su vista.

Domenico acudía a mi hogar a primera hora de la mañana y, una vez que yo ocupaba mi puesto ataviado con los ropajes de san Jerónimo, él comenzaba a trazar líneas de forma obsesiva mientras yo posaba quieto como una estatua.

Cuando hubo terminado los cartones preparatorios, me los mostró.

Sin poder reprimir el orgullo por el excelente resultado de los esbozos, recogió sus enseres y, antes de despedirse, me pidió que estipulara yo mismo el precio por mis servicios.

—Domenico, no voy a cobrarte ni un solo florín por esto —le dije.

Ante su insistencia en pagarme, y mi reiterada negativa a aceptar su dinero, acordamos entre los dos que, a cambio, él me devolvería el favor cuando fuera yo quien necesitara de su talento en el futuro.

Algún tiempo después, acompañé a mi noble vecino Nastagio Vespucci a la iglesia de San Salvatore para asesorarle en la redacción de las cláusulas de un nuevo contrato.

Fue entonces cuando pude ver, terminada por fin, la grandiosa obra que el Ghirlandaio —pues con ese apodo se conocía ya al hijo del orfebre en toda Florencia— había dejado para la posteridad.

Al otro lado de la nave lucía el magnífico san Agustín del Botticelli.

Ambos frescos son una prueba abrumadora de la maestría de sus autores.

Para ser honesto, no sabría decir cuál de ellos me impresionó en mayor medida.

Al Vespucci parecía convencerle más el acabado y la fiereza intelectual de la obra de Botticelli, aunque en ningún momento dejó de elogiar los detalles del trabajo de Domenico.

En mi caso, el aprecio y el inmenso cariño que le tengo al Ghirlandaio, sumados al innegable hecho de ser yo mismo quien aparecía retratado allí bajo las facciones de san Jerónimo, lograron que la balanza de mi devoción se inclinara inevitablemente de su lado.

Rogándole al Vespucci que aguardara un momento, nos quedamos allí un buen rato admirando aquella pintura, en la que, he de confesarlo, me veo bastante más apuesto, vigoroso y sabio que en la realidad. Un detalle en el que, para mi desdicha, el señor Vespucci también coincidió puntualmente.

Tras concluir el asunto legal que nos había llevado a la iglesia, salimos de allí entre grandes risas y con el ánimo elevado.