Capítulo 24 “Una visita al Museo”
Al día siguiente del rescate de Martín, Paulo se dirigió a primera hora a la comisaría de policía buscando al inspector Cámara para ponerle al corriente de todo lo ocurrido la noche anterior.
Tras la lógica y monumental bronca del inspector por no haberle advertido y haber actuado por cuenta propia, Paulo se excusó alegando la urgencia de la situación.
Le juró una y otra vez que no volvería a pasar y que había procurado no poner en peligro la vida del rehén.
Cámara, consciente de que la Hermandad no se quedaría de brazos cruzados tras haber perdido a su prisionero, agilizó los trámites con sus superiores.
Cuando Paulo regresó al domicilio de Ysabella, lo hizo flanqueado por dos fornidos agentes de paisano. A partir de ese momento, aquellos hombres serían la sombra de los tres investigadores hasta que se lograra desarticular a los asesinos de Lorenzo.
Mientras los hombres lidiaban con la policía, Ysabella había pasado toda la mañana traduciendo el manuscrito y cruzando datos. Había avanzado lo suficiente como para tener un punto de partida sólido.
Ya no albergaban ninguna duda: el epitafio de fray Juan de Fiésole (Fra Angélico) los había conducido a un misterioso personaje femenino cuyo nombre era Giovanna.
Ysabella estaba convencida de que esa enigmática mujer era el eje central del rompecabezas de Bartolomé, así que había devorado el texto hasta dar con su historia.
Ante la insistencia de la joven, Martín (aún magullado pero con el ánimo recuperado) y Paulo se acomodaron en el salón, flanqueados por la atenta mirada de uno de los escoltas desde la puerta.
—Escuchadme bien, porque esto es fascinante —comenzó Ysabella, desplegando sus notas sobre la mesa de centro—.
Resulta que esta mujer, Giovanna, fue una joven florentina de una belleza legendaria, miembro de una de las familias más influyentes de la ciudad: los Albizzi.
—¿Y qué relación tenía con nuestro monje?
—preguntó Paulo. —Bartolomé había realizado algunos trabajos de caligrafía y ornamentación para su padre, Maso di Luca degli Albizzi.
Cuando Giovanna estaba a punto de casarse, su padre le encargó a Bartolomé la confección de un libro de oraciones, un misal, como regalo de bodas.
Ysabella hizo una pausa para asegurarse de que comprendían la magnitud del dato.
—Durante meses, Bartolomé elaboró una auténtica obra maestra, repleta de múltiples ilustraciones y hermosas letras capitales de oro y plata.
El padre de la joven pagó una fortuna por él.
Terminó siendo el regalo favorito de la novia, que desde entonces lo llevó siempre consigo.
—Un libro dentro de otro libro... —murmuró Martín, frotándose la barbilla—.
¿Y con quién se casó? —Con Lorenzo Tornabuoni.
Un matrimonio que unió a dos familias antaño enemistadas.
Y ojo al dato: la familia del novio estaba emparentada directamente con los amos de Florencia, los Medici.
La suegra de Giovanna era nada menos que la madre de Lorenzo el Magnífico.
Ysabella les relató los fastos de la boda, las justas, los banquetes y cómo, tristemente, la felicidad de la pareja fue efímera.
—Poco después de dar a luz a su primer hijo, cuando aún no había cumplido los veinte años, la hermosa Giovanna murió por complicaciones en su segundo embarazo.
Fue enterrada en Santa María Novella en octubre de 1488.
Su esposo y toda Florencia quedaron desolados.
—Es una historia trágica —concedió Paulo—, y has hecho un trabajo de investigación excelente, Ysabella.
Pero sigo sin ver cómo nos va a guiar una mujer que murió hace quinientos años.
Mientras Martín asentía dándole la razón a Paulo, Ysabella sacó la hoja plastificada con las claves de Bartolomé y la extendió sobre la mesa.
Como en ocasiones anteriores, se enfrentaban a un conjunto de números sin coherencia aparente, pero esta vez estaban precedidos por una escueta frase en latín:
In Effigies
—¿In Effigies? —leyó Martín en voz alta—.
¿Qué significa? —Se traduce como «En el retrato» —respondió Ysabella con una sonrisa enigmática—.
Y si la clave anterior decía que Giovanna nos mostraría el camino, está claro que se refiere a un retrato suyo.
—Me parece a mí que te estás guardando un as en la manga, Ysabella —la instó Paulo, cruzándose de brazos—.
¿Qué más has descubierto? La sonrisa de la joven se ensanchó.
—He estado rastreando en las bases de datos de arte renacentista.
La hermosa Giovanna fue retratada en su época por varios maestros.
Uno de ellos fue Sandro Botticelli. —¿El que pintó El nacimiento de Venus?
—se asombró Martín. —El mismo. Aunque en ese cuadro su musa fue Simonetta Vespucci, Botticelli pintó un fresco por encargo del suegro de Giovanna en el que ella aparece recibiendo unas flores de la diosa Venus.
Está en el Louvre de París. —¿Crees que Bartolomé se refiere a ese cuadro de París?
—preguntó Paulo, calculando ya mentalmente los horarios de los vuelos a Francia.
—Al principio lo creí. Pero tras examinar imágenes en alta resolución del fresco, estoy segura de que no es ese.
No hay nada en él que pueda albergar un mensaje criptográfico.
—¿Entonces? —insistió Paulo, tomándole la mano—.
¿Hay otra pista? —Hay otro cuadro —sentenció Ysabella, levantándose de golpe—.
Y la buena noticia es que no tenemos que coger ningún avión.
Está a menos de quince minutos de aquí. Preparaos, chicos, porque después de comer nos vamos al museo.
El Palacio de Villahermosa se yergue como uno de los edificios más imponentes del Paseo del Prado de Madrid. Situado en el llamado "Triángulo del Arte", alberga una de las colecciones que el Gobierno de España adquirió en 1993: el Museo Thyssen-Bornemisza.
Aquella tarde, las puertas del edificio bullían de actividad.
En el exterior, un ir y venir apresurado de turistas, en su mayoría grandes grupos asiáticos que descendían de sus autobuses, tomaba el museo pertrechados con cámaras y teléfonos de última generación.
Paulo, Ysabella y Martín, seguidos a una prudente distancia por los dos escoltas de paisano, se abrieron paso hasta las taquillas.
Mientras los hombres sacaban las entradas, Ysabella consultó algo con una de las auxiliares de información. Guardó el secreto hasta que las puertas del ascensor se abrieron en la segunda planta. —Es por aquí. Seguidme.
Con paso decidido, giró a la izquierda, adentrándose en las galerías dedicadas a los maestros del Renacimiento. Dejaron atrás rápidamente las primeras salas, sin apenas detenerse a mirar.
Al atravesar la Sala 4, Martín frenó en seco.
Un cuadro de intensa temática religiosa y colorido vibrante había captado su atención.
Leyó la cartela dorada junto al marco y se quedó sin aliento.
—¡Chicos, mirad! ¡Es de Fra Angélico! La Virgen de la Humildad.
Quiso detenerse a admirar el trabajo de quien había sido el prior y maestro espiritual de Bartolomé, pero al ver que Paulo e Ysabella ya desaparecían por el siguiente umbral impulsados por la urgencia de su misión,
aceptó a regañadientes que tendrían que dejar la contemplación estética para otro momento.
Aceleró el paso y alcanzó a sus amigos en el centro de la Sala 5.
Ysabella se había detenido en seco. Dio media vuelta, esperó a que Paulo y Martín se situaran a su lado y, con la solemnidad de quien desvela un tesoro milenario, levantó el brazo derecho.
—Caballeros... —anunció en un susurro cargado de emoción—.
Tengo el inmenso honor de presentaros a Giovanna degli Albizzi Tornabuoni.
Los dos hombres siguieron la dirección de su mano y se quedaron mudos.
Colgando de la pared, iluminada por los focos de la sala, se encontraba la pintura de una joven de una belleza y una sublimidad arrebatadoras.
El artista la había retratado de estricto perfil y de medio cuerpo.
Llevaba un suntuoso vestido de seda aterciopelada con brocados dorados, y su rubia cabellera estaba exquisitamente recogida en un moño que dejaba al descubierto un cuello esbelto y grácil.
Pero lo que verdaderamente hizo que el corazón de Paulo se desbocara no fue la muchacha, sino lo que el pintor había decidido retratar al fondo de la estancia.
Detrás de la modelo, descansando sobre una pequeña alacena esculpida en la pared, había pintados varios objetos personales: un collar de cuentas de coral, un broche idéntico al que ella lucía en el pecho y, apoyado con un delicado equilibrio,
un hermoso libro de oraciones con las páginas entreabiertas.
El mismísimo libro que Bartolomé le había regalado siglos atrás.