La profecía olvidada Capítulo 23 “La muerte de un Papa”
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Capítulo 23 “La muerte de un Papa”

(Roma. 26 de julio del año 1471 de Nuestro Señor)

Tras despachar unos agobiantes asuntos relacionados con la cruzada que pretendía lanzar contra el Imperio otomano, el sumo pontífice Paulo II se retiró a sus aposentos dispuesto a descansar.

Media hora después de haberse acostado, seguía dando vueltas entre las sábanas de seda, incapaz de conciliar el sueño.

El peso de la púrpura, las obligaciones de su cargo y los conflictos políticos se habían aliado para atormentarle, impidiendo que su mente hallara tregua siquiera en las horas de descanso.

Estando inmerso en aquellas tribulaciones, recordó que llevaba algún tiempo queriendo releer la obra Meteorológicos de Aristóteles.

Sabía que en la biblioteca papal reposaba una excelente traducción al latín realizada por Gerardo de Cremona.

Aquel parecía el momento idóneo para sumergirse en su lectura; la experiencia le había enseñado que, a los pocos minutos de fijar la vista en un texto denso, los párpados comenzaban a pesarle y terminaba rindiéndose al sueño.

Sin pensarlo dos veces, hizo sonar la campanilla de plata que descansaba sobre su mesilla de noche.

El camarlengo de guardia se personó casi de inmediato en el umbral de la habitación.

Al ver al Santo Padre despierto y sentado al borde del lecho, no pudo disimular un gesto de sorpresa.

—¿Qué desea Su Santidad? —preguntó, visiblemente nervioso.

—La biblioteca. Necesito que me acompañes y me alumbres para encontrar un libro.

—Será un honor, Santidad —respondió el asistente con una profunda reverencia.

Caminaron en silencio por los fríos pasillos del Vaticano.

Una vez que el camarlengo abrió las pesadas puertas de madera de la biblioteca y encendió un par de antorchas en los apliques de la pared para iluminar adecuadamente la estancia, el pontífice le dio las gracias y le ordenó retirarse.

Él mismo se encargaría de buscar el volumen.

Allí, entre aquellos imponentes estantes de roble, reposaba gran parte del saber que la humanidad había acumulado a lo largo de los siglos.

Otros papas antes que él, se habían encargado de atesorar aquel inabarcable caudal de conocimiento, un tesoro del que la Iglesia y él mismo se sentían profundamente orgullosos.

Se guio por la tenue luz de su candil hasta hallar la sección donde se agrupaban los escritos de Aristóteles.

Allí descansaban los tratados de Filosofía, Metafísica, Lógica, Política y Astronomía.

Y, en efecto, tal como recordaba, allí estaba la traducción latina de Gerardo de Cremona que había ido a buscar.

Sin embargo, justo al lado de los gruesos lomos de cuero de la obra griega, otro ejemplar llamó poderosamente su atención.

Era un libro sin tapas. En realidad, no era más que un grueso puñado de folios de pergamino cosidos a mano, dejando a la vista en el lomo los toscos hilos de cáñamo que unían los pliegos. Movido por la curiosidad, el Papa lo extrajo con cuidado.

Al posar la mirada sobre el folio más grueso que servía a modo de portada, la sangre se le heló en las venas y los fantasmas del pasado lo asaltaron de súbito.

Aquel título en latín... Prophetia Oblitus. Le resultaba conocido. Demasiado conocido. Y el nombre del autor era uno que jamás había logrado borrar de su mente: Fernando López de Baeza.

Aquel hereje infame que cayó al Tíber el fatídico día en que lo conoció.

Aquel monje dominico que había tenido la osadía de presentarse ante el papa Nicolás V asegurando poseer la fórmula para demostrar empíricamente que Dios existe.

Había plasmado su herejía en un libro que él, Pietro Barbo, había tratado de localizar y destruir por todos los medios.

El mismo libro maldito que ahora, tras décadas de búsqueda infructuosa, sostenía entre sus manos temblorosas.

¿Cómo era posible? ¿Cómo había llegado semejante abominación a los estantes privados de su propia biblioteca?

¿Quién lo había puesto allí y con qué macabro propósito?

Eran demasiadas preguntas sin respuesta.

Había dedicado más de veinte años de su vida a cazar aquel manuscrito y ahora, como por arte de magia negra, había aparecido en el corazón del Vaticano, desafiando toda lógica.

Su mente se negaba a procesar la realidad.

Las manos y las piernas comenzaron a temblarle con una violencia incontrolable.

Un sudor frío, espeso como la cera, le cubrió la frente y el rostro.

De pronto, una garra invisible le oprimió el pecho con una presión insoportable.

Un dolor fulgurante le atravesó el brazo izquierdo y notó cómo su corazón, ya viejo y enfermo, palpitaba desbocado, incapaz de bombear el pánico que le ahogaba.

No tuvo tiempo de pensar en nada más. La luz de la antorcha pareció apagarse súbitamente, o al menos eso fue lo que sus ojos percibieron, mientras su pesado cuerpo se desplomaba contra el frío suelo de mármol.

Cayó aferrándose al libro contra su pecho con las últimas fuerzas de su moribundo espíritu.

A la mañana siguiente, cuando el camarlengo acudió a los aposentos papales para despertarlo, halló la cama vacía. Recordando la extraña orden de la noche anterior, corrió hacia la sala de lectura.

Lo encontró allí, tirado en el suelo, sin vida y tan frío como las losas sobre las que yacía. El libro prohibido seguía atenazado entre sus manos rígidas, como si la propia muerte se lo hubiera soldado a los dedos.

La versión oficial que la Santa Sede proporcionó al mundo fue que, a causa de haber ingerido una cantidad desmesurada de melones en la cena, el Santo Padre había sufrido una severa apoplejía nocturna.

Sin embargo, dada su conocida homosexualidad y los muchos enemigos que cosechaba dentro de los muros del Vaticano, las lenguas maledicentes no tardaron en esparcir sus propios rumores.

Por los mentideros de Roma se susurró que la verdadera causa del infarto le sobrevino mientras yacía con uno de sus pajes, e incluso hubo quien aseguró que el Papa murió sodomizando a uno de los más de cuatrocientos jóvenes de inusual belleza de los que se había rodeado nombrándolos asistentes

personales.

Pero la única y aterradora verdad yacía oculta bajo llave: el libro que el Papa había jurado destruir décadas atrás, había terminado destruyéndolo a él.