Capítulo 22 “Tommaso el Orfebre”
(Florencia. Septiembre del año 1467 de Nuestro Señor)
El trabajo y los compromisos de mi oficio de notario me obligaban a pasar cada vez más horas en esta ciudad, manteniéndome lejos de mi hogar y de mi esposa.
Por ello, tras meditar largamente la opción de trasladarnos, y a pesar de las lógicas reticencias iniciales de Kelila a separarse de sus ancianos padres, tomamos la firme decisión de abandonar Siena y cambiar nuestra residencia a Florencia.
Hoy se cumplen exactamente dos años desde que nos instalamos en nuestro nuevo hogar.
Compramos una casa en la vía de Servi, no muy lejos del distinguido palacio de la familia Vespucci.
Consta de una planta baja destinada al comedor, la cocina y otras dependencias menores, entre las que destaca un cuarto muy bien iluminado que he convertido en mi estudio y despacho notarial.
La casa se vertebra en torno a un hermoso patio central con un pozo, desde el cual se extrae el agua que abastece al hogar.
La segunda planta, amplia y provista de grandes ventanales que atrapan el sol desde primera hora de la mañana, alberga los dormitorios.
Varias mujeres de servicio nos ayudan en las tareas más pesadas, mientras Kelila disfruta apoderándose de la cocina y preparando guisos que son mi mayor deleite.
Hoy he salido de casa temprano. Tenía que atender un par de encargos ineludibles. El sol ya empezaba a calentar las calles y el cielo, como es habitual en esta época del año, se mostraba de un azul intenso y despejado, permitiendo perfilar en la distancia las suaves colinas de Fiésole.
Al cruzar el Ponte Vecchio, me topé con el ajetreo inusitado de la mañana.
Curtidores, carniceros y pescaderos se afanaban en exponer sus mercancías sobre los recios tablones de madera dispuestos a lo largo de la vía.
Los recaudadores de impuestos de la Signoria eran los primeros "clientes" en acercarse a los puestos, exigiendo con gesto adusto el estipendio que la ley imponía a cada mercader por el derecho de venta.
El olor salobre del pescado fresco se mezclaba en el aire con la peste de los restos putrefactos del día anterior, pisoteados entre los adoquines, y con el tufo penetrante de los cueros que los curtidores se esforzaban en dejar lustrosos.
Dejando atrás el puente, me dirigí hacia la Vía dell'Argento, la calle del gremio de los joyeros.
Allí, los orfebres, ataviados con sus pesados mandiles de cuero, se batían en duelo con el yunque y el martillo para dar forma al oro, a la plata y a las gemas.
Los fuelles resoplaban, avivando el fuego de las calderas hasta alcanzar la temperatura exacta para fundir el metal precioso que, tras pasar por el martillo, el cincel, la tenaza y la escofina, acabaría convertido en una joya digna de la nobleza.
Al llegar al taller de mi viejo amigo Tommaso di Curradi, quien guardaba celosamente el secreto de mi conversión a la fe judía, me encontré con un ir y venir precipitado, fruto de la sobrecarga de trabajo de aquellos días. -
Los hijos menores de Tommaso, Davide y Benedetto, estaban terminando de dar lustre a un puñado de guirnaldas de oro y plata, el adorno favorito de las jóvenes florentinas en los días de fiesta.
El viejo Tommaso había adquirido una destreza tan legendaria al fabricarlas que, por toda la ciudad, se rumoreaba que había sido él su mismísimo inventor.
A esa hora, apremiados por las entregas, todos estaban concentrados en su tarea.
Hasta el pequeño Benedetto, con apenas nueve años, se esmeraba en pulir con un paño las coronas que su hermano Davide le pasaba.
El hijo mayor de Tommaso, Domenico, no se encontraba en el taller. Era algo que ya no me extrañaba en absoluto. En aquellos días, el joven pasaba la mayor parte de su tiempo en el estudio del maestro Andrea del Verrocchio, el afamado pintor, escultor y orfebre de la ciudad.
Domenico siempre había llevado el arte en las venas.
Su primer contacto con los pinceles fue como aprendiz en la bottega de Alessio Baldovinetti.
Ahora, a sus dieciocho años, el muchacho ya destacaba por su prodigioso talento para el dibujo, muy a pesar de su padre.
Tommaso habría preferido que su primogénito siguiera sus pasos y garantizara la continuidad del taller de orfebrería que había sustentado a la familia durante décadas.
Pero Domenico estaba decidido a ser pintor.
Desde que era un crío que apenas levantaba un palmo del suelo, disfrutaba más dibujando a los transeúntes con un trozo de carbón que prestando atención al yunque de su padre.
La obstinación del joven y la belleza de sus trazos acabaron doblegando la voluntad del viejo Tommaso, quien se resignó a inscribirlo en el gremio de pintores, asumiendo que su primogénito nunca forjaría guirnaldas de oro.
Cuando entré en el taller aquella mañana, Tommaso alzó la vista y su rostro se iluminó. Avanzó hacia mí sorteando las mesas y me estrechó en un abrazo tan efusivo que tuve que rogarle que me soltara antes de que me partiera las costillas.
Desde que lo conocí aquella mañana, años atrás, cuando partí hacia Roma con fray Juan, habíamos forjado una amistad inquebrantable.
Habíamos compartido mucho tiempo, incontables confidencias y largas tertulias sentados a la puerta de su negocio.
Tommaso era de los pocos en toda Florencia que conocía mi gran secreto y mi verdadera fe.
Sus hijos ya me consideraban parte de la familia.
Se habían encariñado conmigo hasta el punto de abalanzarse sobre mí cada vez que cruzaba el umbral, llenándome de abrazos y jugueteando con curiosidad con el pesado sello de bronce y los austeros ropajes oscuros de mi oficio notarial,
mientras su padre les reñía sin éxito para que me dejaran tranquilo
Además de los pedidos cotidianos, Tommaso estaba hoy especialmente concentrado en una pieza de gran volumen.
Cuando le pregunté de qué se trataba, dejó a un lado sus herramientas y me pidió opinión.
—¿Qué te parece, Baccio? ¿Qué dirías en cuanto a las proporciones?
—preguntó, señalando la obra mientras atizaba la caldera.
Se trataba de una imponente esfera de bronce, de un diámetro algo menor que el de una braccia, coronada por una cruz del mismo metal. Tommaso había realizado unas primorosas incrustaciones de piedra que le otorgaban una belleza solemne y sobrecogedora.
—Es magnífica —dije, maravillado—. ¿Cuál es el destino de semejante pieza?
—Es un encargo personal del señor Piero il Gottoso —respondió Tommaso, bajando la voz—.
Me ha pedido que la forje para donarla a un monasterio de Lombardía.
Dice que es a modo de agradecimiento por una antigua buena acción que los monjes de ese lugar hicieron por su padre, el gran Cosme de Medici.
—¿Qué buena acción fue esa, Tommaso? —pregunté, picado por la curiosidad.
El orfebre se encogió de hombros con una mueca.
—Eso mismo le pregunté yo, Baccio. Pero me temo que no puedo darte detalles.
El señor Piero se mostró esquivo; insinuó que era un asunto turbio, un fantasma del pasado de cuando el viejo Cosme se convirtió en el hombre más poderoso de Florencia.
Justo en ese instante, como un torbellino exquisitamente ataviado, irrumpió en el taller el joven Lorenzo de Medici, hijo de Piero y nieto del gran Cosme.
Buenos días, Tommaso —saludó el joven con una sonrisa confiada y un ademán de la mano.
El orfebre hizo una reverencia profunda, agachando la cabeza.
Yo imité el gesto de inmediato. Aunque Lorenzo apenas rondaba los dieciocho años, ya gozaba de la fama de ser un hombre de intelecto brillante, digno heredero de la gloria y el poder de su estirpe.
—Buenos días, messer Bartolomé —me correspondió Lorenzo, inclinando la cabeza con genuino respeto.
Aunque nos conocíamos de vista desde hacía algunos años, nuestra relación no era estrecha.
Sin embargo, su padre, Piero, había requerido mis servicios notariales en más de una ocasión, mostrándome siempre aprecio y gratitud por mi discreción en los negocios—¿Cómo se encuentra su señor padre, don Lorenzo?
—me interesé cortésmente. —Hoy parece gozar de buen humor y sus dolores le dan tregua —asintió el joven, mientras acariciaba con la mano enguantada el bronce pulido de la esfera—.
Maestro Tommaso —dijo, volviéndose hacia el orfebre—, ¿cuándo considera que estará terminada la pieza?
—A pesar de la carga de trabajo que soportamos estos días, mi señor, me comprometo a tenerla lista para el final de la próxima semana —aseguró Tommaso.
Acostumbrado como estaba a ver a los Medici negociar, presionar y regatear los plazos con los artesanos, me extrañó sobremanera que el joven Lorenzo no pusiera la menor traba.
Con una sonrisa complacida, confirmó el trato.
—Si logras terminarla en ese plazo exacto, querido Tommaso, recibirás una gratificación especial que saldrá de mi propio bolsillo.
—Puede contar con ello, excelencia. De lo contrario, no habría empeñado mi palabra —respondió el artesano, henchido de orgullo.
—Excelente, excelente —concluyó Lorenzo, dándose la vuelta para marcharse—.
De esta manera, por fin mi padre cumplirá la voluntad de mi abuelo Cosme, y nuestra casa quedará liberada de esa vieja carga.
Dicho esto, el joven Medici cruzó el umbral y se perdió ágilmente entre la multitud de transeúntes que abarrotaban la Vía dell'Argento.