La profecía olvidada Capítulo 21 “Kelila”
52%

Capítulo 21 “Kelila”

(En Siena, a 20 de septiembre del año 1464 de Nuestro Señor)

El cardenal Pietro Barbo se ha convertido en el Papa de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

Estoy seguro de que, ahora más que nunca, el manuscrito prohibido corre un grave peligro.

Hasta hoy he logrado mantenerlo oculto y, al mismo tiempo, salvar mi propia vida.

Pero los tiempos que se avecinan son oscuros.

Paulo II —que así ha decidido llamarse el nuevo pontífice— hará todo lo posible, ahora que es el hombre más poderoso de la cristiandad, por encontrar el libro y reducirlo a cenizas.

Y si en el proceso logra dar conmigo, también acabará con mi vida sin pestañear.

Han pasado ya casi diez años desde aquella tormentosa mañana en que regresé a la casa del rabino Samuel Ben Yehudá con el manuscrito de mi maestro bajo el brazo.

Llegué con el alma rota y el espíritu quebrado por la pérdida del joven Alessandro.

Durante mucho tiempo me consideré culpable de su muerte; mi falta de precaución al ocultar la copia en el huerto de Fiésole le arrebató la vida a un inocente.

Fue un sacrificio inmenso superar ese remordimiento.

Derramé mares de lágrimas en la soledad, y solo logré disipar la culpa gracias al consejo incansable y la sabiduría del rabino.

Pero lo único que hizo verdaderamente llevadera aquella carga fue la presencia de Kelila.

Desde que volví de Florencia, ella siempre ha estado a mi lado.

Poco a poco, entre las paredes de aquel palacete, se fue forjando una hermosa relación entre los dos, no exenta de adversidades.

He de reconocer abiertamente que, si bien desde el primer instante me deslumbró su belleza, con el paso del tiempo me cautivaron otras virtudes mucho más profundas: su personalidad pura y transparente, su madurez insólita para una joven de su edad, y una misericordia inmensa, heredada,

sin lugar a dudas, de su padre.

A lo largo de todos estos años, he visto la sombra de la muerte rondarme en demasiadas ocasiones.

Para salvar la vida, y muy a pesar mío, me vi empujado a tomar la decisión más radical de mi existencia: colgar los hábitos, romper los votos que juré ante Dios en Fiésole y desaparecer a los ojos de la Iglesia amparado bajo un escudo que he ido forjando durante los últimos dos años mientras

estudiaba las leyes para adquirir una plaza de escribano y notario.

Y esta misma mañana, he recibido por fin el sello y la autorización oficial del gremio para trabajar en la ciudad de Siena, firmando documentos legales y formalizando contratos como un ciudadano intachable.

A lo largo de esta década, Samuel Ben Yehudá me ha tratado como a un hijo nacido de su propia sangre.

Me proporcionó un hogar, alimento y cobijo, y forjó en mí a un hombre de provecho.

A su lado aprendí el oficio de prestar con justicia y recuperar lo prestado; a comprar y vender con honradez.

Pero, por encima de los negocios, junto a él aprendí la lección más valiosa: la compasión hacia los olvidados.

Jamás le escuché negar su ayuda a quien llamara a su puerta.

Me viene a la memoria una mañana gélida en la que, estando reunidos para el desayuno, unos golpes desesperados aporrearon el portón.

Era una pobre viuda. Su marido, que había solicitado un préstamo a Samuel para comprar la modesta casa en la que vivían, había fallecido despeñado por un tajo mientras recolectaba higos, dejándola en la más absoluta de las miserias junto a sus cinco hijos.

La noche anterior, el menor de los pequeños había empeorado de unas fiebres altísimas. La pobre mujer, llorando desconsolada, confesó no tener dinero ni para las medicinas del niño ni para alimentar al resto de su prole.

Samuel la hizo pasar, sentándola junto al fuego.

La escuchó con paciencia y, tras tranquilizarla, ordenó de inmediato llenar dos grandes cestos con huevos, jarras de leche y hogazas de pan recién horneado, enviando a dos de sus sirvientes a la casa de la viuda.

Después, a pesar de que aquel día era sabbat, el rabino se vistió, tomó su bolsa de instrumental médico y acudió al lecho del enfermo.

Pasó allí el día y la noche enteros, sin probar bocado, suministrando ungüentos y cuidados al pequeño.

Al amanecer regresó a casa agotado, arrastrando los pies, pero con la cabeza alta y una sonrisa luminosa asomando en los labios: el pequeño estaba fuera de peligro.

Desde aquel día, la mujer entró a trabajar para Samuel en las tareas domésticas, recibiendo un jornal tan generoso que pudo sacar adelante a sus cinco hijos sin pasar estrecheces.

Esta misma mañana, en mi primer acto oficial con mi recién estrenado sello notarial, he dado fe del documento civil mediante el cual el rabino exime a la viuda de por vida, perdonando y anulando la deuda que su difunto marido había contraído con él.

En cuanto al manuscrito de mi maestro Fernando, La Profecía Olvidada, descansa oculto en el refugio secreto del rabino, flanqueado por el Sefer Yetsirah y el Zohar, los invaluables textos cabalísticos que heredó de su padre.

Durante este encierro, he aprendido de la mano del rabino y de Kelila el alfabeto hebreo y puedo leer con facilidad los textos escritos en ese idioma.

De hecho, ya he leído ambos libros en varias ocasiones, profundizando en los misterios de la Creación.

Ese mar de nueva sabiduría, sumado al peligro inminente de ser descubierto por los esbirros de Barbo y a mi deseo profundo de formar una familia junto a Kelila, detonaron en mí una severa crisis de conciencia.

Y así, tras años de reflexión y dudas, he tomado la decisión definitiva.

En lo más íntimo de mi alma, y en el más estricto secreto de estas paredes, me he convertido a la fe judía.

Sé muy bien que, si la Inquisición descubriera mi apostasía y mi doble vida, mi destino irrevocable sería arder en la hoguera.

Pero el rabino me convenció de que mi devoción por el Creador no tenía por qué verse anulada ni pisoteada.

«La misericordia de Dios es infinita, Bartolomé —me dijo una tarde—, y Su bondad suple con creces las decisiones que los hombres nos vemos obligados a tomar para sobrevivir en este valle de lágrimas».

Al final, esta doble vida ha resultado ser la armadura perfecta. Para todo el mundo mi casa es una habitación que tengo alquilada al médico judío.

De día soy un respetado notario cristiano al servicio de la República; de noche, un judío piadoso bajo el amparo de esta casa.

Es la mayor ironía del destino: aquellos que portan el nombre de Dios en Roma me buscan para matarme, y yo he encontrado el amor y la verdadera fe refugiándome en el pueblo que ellos desprecian.

Ahora, a punto de cumplir los treinta años de edad, habiendo pasado de humilde monje dominico a escribano público e infractor de las leyes de la Iglesia, aguardo con esperanza la próxima primavera.

Si Dios así lo quiere, uniré mi vida en matrimonio, bajo el palio nupcial de una ceremonia secreta, con la única mujer que he amado: mi querida Kelila.

Hace unos días, a pesar de mis reticencias iniciales, Samuel terminó convenciéndome para que le dejara examinar el libro de Fernando.

Cuando concluyó su lectura, me hizo jurar que no permitiría que nadie más bajo su techo lo abriera.

Me imploró que jamás lo sacara de su escondite, salvo que fuera estrictamente necesario para trasladarlo a un refugio más seguro.

Y me animó a cumplir el juramento que le hice a Fernando el día que expiró en el puente: asegurar que, llegado el momento oportuno, el manuscrito viera la luz.

Aquella noche, al devolverme el volumen envuelto en piel de becerro, el rabino me miró con una mezcla de pavor y reverencia.

—Bartolomé... —susurró—. He de reconocer que tu maestro ha expuesto de manera irrebatible la única fórmula empírica para demostrar la existencia de Dios.

Ningún teólogo, ningún erudito cabalístico, ningún sabio de las Escrituras había teorizado jamás algo semejante.

Si se llevara a cabo el cálculo que Fernando sugiere, la humanidad tendría la certeza matemática y absoluta de la existencia del Creador.

—¿Y por qué algo tan sagrado provoca tanto terror, rabí? —pregunté.

—Por eso mismo es tan peligroso. Porque el mundo no está preparado para soportar esa Verdad sin volverse loco.

Porque si la fe se convierte en un hecho empírico, las instituciones de los hombres, incluida esa Iglesia que te persigue, perderían su poder sobre los ciegos.

Tratan de destruirlo porque, ante la Verdad absoluta, sus dogmas y su autoridad se desmoronarían.

Hizo una larga pausa, acariciando el lomo del libro.

—Quizás algún día los hombres estén listos para soportar este conocimiento. Pero no ahora, hijo mío. No en esta era de sangre. Ahora no.

—Entonces seguiré ocultándolo, rabí —sentencié, sellando nuestro pacto—. Lo esconderé en la oscuridad y dejaré esparcidas las claves necesarias. Si es la voluntad del Altísimo, cuando el mundo despierte, alguien sabrá encontrarlo.