Capítulo 20 “El Secuestro”
Paulo Marín se levantó muy temprano al día siguiente del asalto a su vivienda, a pesar de haber permanecido hasta altas horas de la madrugada en comisaría prestando declaración ante el inspector Cámara.
Antes de intentar conciliar el sueño, había llamado a Ysabella para contarle, sin entrar en detalles escabrosos, el suceso de aquella noche. No quería angustiarla más de lo necesario por teléfono, así que le prometió que desayunarían juntos a primera hora.
Cuando Paulo llegó a la cafetería, Ysabella ya le esperaba sentada a una mesa, tamborileando los dedos con impaciencia.
Mientras él tomaba un café doble y daba buena cuenta de un enorme cruasán, le relató cómo se había visto obligado a sincerarse con el inspector, entregándole los avances de su investigación.
—Aquello significa tener de nuestra parte a alguien que, llegado el caso, cuenta con los recursos y la autoridad para sacarnos de un apuro —concluyó Paulo.
Ysabella asintió, visiblemente aliviada, apoyando su decisión.
Ella también traía bajo el brazo novedades cruciales.
Había logrado traducir otra sección significativa del manuscrito durante la noche, arrojando luz sobre uno de los mayores enigmas a los que se enfrentaban.
—¿Qué has descubierto? —preguntó Paulo, entrelazando su mano con la de ella sobre la mesa—.
Estoy deseando oírlo. —¿Recuerdas que Martín logró escuchar los nombres de algunos de los matones de la Hermandad en la papelería?
—Sí, claro. Comentamos lo raros y arcaicos que sonaban.
—Pues agárrate, porque en esta nueva parte del manuscrito, Bartolomé menciona exactamente esos mismos nombres persiguiéndole hace quinientos años.
—¿Cómo va a ser posible? —Paulo frunció el ceño, incrédulo—.
¿No te parece un sinsentido? —Solo hay una explicación lógica —afirmó Ysabella con los ojos brillantes por la deducción—.
Recuerda lo que me contó mi abuelo: cuando un miembro de la Hermandad muere, es sustituido por otro.
Los verdaderos miembros, solo se conocen entre ellos bajo seudónimos.
Los nombres que escuchó Martín no son nombres propios, son títulos.
—Cargos dentro de la jerarquía... —comprendió Paulo.
—Exacto. Fíjate en esto —Ysabella sacó una pequeña libreta y comenzó a anotar—.
Tenemos los nombres que escuchó Martín: Qualis, Ubert y Armatus.
Y ahora Bartolomé registra a Armatus operando en Florencia, junto a otros dos nuevos: Tácitus y Opulentus.
—Todos en latín —murmuró Paulo. —Así es.
Tácitus significa "Silencioso" o "Callado", lo que encaja con el asesino escurridizo que mató al policía ayer.
Y Opulentus significa "Poderoso", "Rico" o "Influyente". El que mueve los hilos desde arriba.
Ysabella completó la lista en la hoja, resumiendo la estructura de sus enemigos:
Qualis: El que, el cual. (Posiblemente un rastreador o analista).
Ubert: Fecundo, Fértil.
Armatus: Armado. (El brazo ejecutor).
Tácitus: Silencioso, Callado. (El sicario, la sombra).
Opulentus: Poderoso, Rico, Influyente. (El líder o financiero).
—El significado de estos nombres deja muy clara la clase de monstruos a los que nos enfrentamos —suspiró Paulo, incapaz de disimular la preocupación.
Se levantó para pagar la cuenta en la barra, dejando a Ysabella en la mesa.
Al regresar, la encontró petrificada, con la vista clavada en la pantalla de su teléfono móvil.
Las manos le temblaban de forma espasmódica y una lágrima silenciosa resbalaba por su mejilla.
—¿Qué ocurre, Ysabella? —preguntó alarmado.
Por toda respuesta, ella le tendió el terminal.
En la pantalla brillaba un escueto mensaje de texto de un remitente desconocido:
«Tenemos a Martín. Si en veinticuatro horas no está en nuestro poder la hoja que falta del manuscrito, el joven será ejecutado».
—¡Han secuestrado a Martín! —exclamó Paulo en un susurro ahogado por la impotencia—.
Pero, ¿cómo han conseguido tu número? Ysabella lo miró derrotada, con un deje de amargura.
—Paulo... se llevaron mi portátil. Tienen acceso a mi correo, saben dónde vivo, saben dónde vives tú.
La pregunta real es: ¿qué es lo que no saben de nosotros?
—Tenemos que avisar a Cámara inmediatamente —sentenció Paulo, sacando su propio teléfono.
—No creo que sea buena idea. Mira esto. Acababa de entrar un segundo mensaje.
«Mantengan alejada a la policía o Martín no vivirá para contarlo».
Nuevas lágrimas asomaron a los ojos de la joven. Paulo, sintiendo que el cerco se estrechaba sobre ellos, la tomó del brazo con firmeza y la sacó de la cafetería. Caminaron a paso rápido hacia la trastienda de la librería antigua, su único refugio y cuartel general.
—Si queremos sacar a Martín de esta, tenemos que terminar de traducir ese maldito libro —dijo Paulo una vez encerrados, desplegando los materiales sobre el escritorio—.
Es nuestra única moneda de cambio. Si logramos ir un paso por delante y encontramos La Profecía Olvidada, Martín seguirá vivo.
Se frotó el rostro con las manos, exhausto.
—Ysabella... no puedo evitar sentirme culpable de haberos arrastrado a esto.
A veces pienso que lo más sensato sería entregarles la maldita clave, salvar a Martín y olvidarnos de todo.
—Ni se te ocurra decir eso —le cortó ella, rotunda—.
Si nos rendimos ahora, la muerte de mi abuelo y la de todas esas personas en el pasado habrán sido en vano.
No, Paulo. Vamos a descifrarlo. Vamos a vencerles.
Se acercó a él y le besó tiernamente en los labios, infundiéndole un valor que él creía haber agotado.
Trabajaron sin descanso hasta la hora de comer, cruzando datos, personajes y lugares geográficos mencionados por Bartolomé. Pidieron unas pizzas para no perder tiempo y reanudaron la investigación por la tarde.
Justo cuando la luz del sol empezaba a decaer, el móvil de Ysabella vibró con una nueva notificación.
—¡Es del teléfono de Martín! —gritó ella.
Era un mensaje a través de una aplicación de mensajería instantánea.
No había texto, solo un paquete de datos con una geolocalización del GPS.
—Es increíble... —murmuró Paulo—. Martín ha logrado forzar un envío de coordenadas en segundo plano antes de que le quitaran el móvil. —¡Escríbele! ¡Pregúntale cómo está!
Mandaron varios mensajes, pero el terminal ya aparecía desconectado. Sus secuestradores debían de habérselo incautado finalmente. Sin embargo, el rastro digital ya estaba en su poder.
Paulo volcó las coordenadas en un mapa satelital en el ordenador.
La chincheta roja marcaba un punto aislado a las afueras de Madrid, cerca de la carretera de Andalucía.
La imagen aérea mostraba lo que parecía ser un antiguo caserío medio derruido.
El campo base perfecto, aislado y fuera del radar, para la Hermandad.
Durante la siguiente hora, Paulo se debatió en una agonía silenciosa. ¿Debía llamar al inspector Cámara, arriesgándose a que los secuestradores cumplieran su amenaza al ver acercarse las sirenas policiales? ¿O debía actuar por su cuenta?
No se consideraba un héroe de acción, pero la lealtad pesaba más que el miedo.
En los días que llevaban trabajando juntos, había llegado a apreciar al joven librero.
Ysabella le había confesado el duro trasfondo familiar de Martín: huérfano de padre desde los diez años por un brutal accidente de tráfico, y con una madre recluida en un centro psiquiátrico, incapaz de superar la tragedia y un hermano mayor adicto al alcohol y las drogas.
Esa carga de dolor explicaba por qué el muchacho había cedido a la tentación de vender información a la Hermandad para conseguir dinero fácil.
No era mala persona; solo estaba desesperado.
Paulo tomó una decisión. Iría allí en cuanto anocheciera para reconocer el terreno. Ysabella se negó en rotundo a quedarse atrás, zanjando cualquier discusión con una mirada inflexible.
Tras una cena rápida y silenciosa, subieron al Ford Mondeo de Paulo y enfilaron la carretera de Andalucía bajo un cielo nocturno despejado.
A unos cuarenta kilómetros de la capital, el GPS les ordenó desviarse por una salida comarcal. Dejaron atrás el asfalto para adentrarse por un camino de tierra flanqueado por cipreses gigantescos, cuyas copas se entrelazaban formando un túnel lúgubre que engullía la escasa luz de la luna.
Cuando la pantalla indicó que se encontraban a escasos ochocientos metros del objetivo, Paulo apagó el motor y los faros. Dejó rodar el coche en punto muerto hasta camuflarlo entre la maleza, a unos cincuenta metros de la vía principal.
Recorrieron a pie el último tramo, dando un rodeo a través de un sembrado en barbecho.
La silueta del caserío se recortó contra el cielo nocturno, como el esqueleto de un gigante caído.
La hiedra salvaje devoraba los muros de adobe y el tejado presentaba enormes boquetes.
No había luz en ninguna de las ventanas.
Desde la verja de hierro oxidado y medio vencida, observaron el recinto durante largos minutos. Un silencio sepulcral reinaba en la finca.
Paulo le hizo un gesto a Ysabella para que se ocultara tras unos densos arbustos junto al acceso exterior. —Espérame aquí. Si en veinte minutos no he salido, corre al coche, lárgate y llama a Cámara. ¿Entendido? Ella asintió, pálida como la luna.
Paulo saltó la verja chirriante y avanzó pegado a las sombras de los parterres marchitos.
Al llegar a la pesada puerta principal de madera noble, comprobó que estaba entornada.
Empujó con suavidad y se coló en el vestíbulo, encendiendo su linterna táctica con el haz apuntando al suelo para no llamar la atención.
Frente a él, una escalera de mármol destrozada ascendía a la planta superior, mientras que otra de piedra desnuda descendía a las profundidades de la bodega.
De pronto, un sonido ahogado rebotó en los muros de la planta baja. Un quejido gutural.
Paulo apagó la linterna de golpe, aguantando la respiración. El sonido provenía del sótano. Desenfundó la navaja suiza que llevaba en el bolsillo, desplegó la hoja principal y comenzó a descender los peldaños de piedra con el corazón bombeándole en los tímpanos.
La escalera desembocaba en una enorme sala subterránea que apestaba a humedad y a vino rancio. Al fondo, la luz residual de la luna que se filtraba por un ventanuco a ras de suelo revelaba una puerta de madera maciza, cerrada con un grueso candado de latón.
A través de las rendijas de la madera, los quejidos se hicieron más evidentes.
Alguien forcejeaba en su interior. Paulo examinó el cerrojo.
Los tornillos de la argolla estaban oxidados y la madera podrida por la humedad.
Haciendo palanca con la hoja gruesa de su navaja, aplicó todo el peso de su cuerpo hasta que, con un crujido seco, los tornillos saltaron disparados.
Abrió la puerta de un empujón y encendió la linterna.
El haz de luz iluminó un habitáculo lúgubre.
En el centro, Martín yacía tirado sobre el suelo de tierra, con las manos atadas a la espalda mediante una gruesa brida de plástico industrial y la cabeza entera envuelta en cinta americana plateada.
Sus ojos, inyectados en sangre, se abrieron de par en par al recibir el fogonazo de luz.
En un rincón descansaba un plato con restos de comida y una botella de agua volcada.
Los secuestradores no estaban, pero el olor a tabaco negro aún flotaba en el aire. Volverían en cualquier momento.
Paulo se arrodilló junto a él. —Tranquilo, chico. Ya estoy aquí.
Con sumo cuidado, deslizó el filo de la navaja por debajo de la tensa brida de plástico y la cortó. Luego, con un tirón seco pero firme, le arrancó la mordaza. Martín soltó una bocanada de aire desesperada, tosiendo violentamente.
Minutos después, amparados por las sombras del sembrado, cruzaron la verja exterior. Ysabella salió de su escondite y se abalanzó sobre Martín, abrazándolo con fuerza mientras las lágrimas le bañaban el rostro.
Sin soltarse de la mano, los tres emprendieron una carrera silenciosa hacia el coche. El rescate había sido un éxito, pero sabían que la verdadera cacería no había hecho más que empezar.