Capítulo 19 “El mensaje oculto”
En el silencio de mi celda, estudiando a la luz de una vela los apuntes que Alessandro había ido acumulando, descubrí unas observaciones escritas de su puño y letra en el margen de uno de los pliegos.
Estaban redactadas en un perfecto castellano. Al leerlas, sentí como si un dardo me atravesara el espíritu. Alessandro había escrito: «Para ti, Baccio». Y bajo esa llamada directa, una frase en latín:
Revelat profunda et abscondita et novit in tenebris constituta. (Él revela lo profundo y lo escondido, y conoce lo que está en las tinieblas).
Tras esa clara invitación a buscar algo oculto, había otra nota breve: «Ora et Labora, San Benito».
Y, finalmente, una tercera cita en latín:
Non contemplatibus nobis quae videntur, sed quae non videntur. (No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven).
¡Alessandro se dirigía a mí! Antes de que lo asesinaran, debió de comprender que su vida corría peligro y quiso dejar constancia de sus actos, convencido de que, tarde o temprano, yo regresaría buscando mi libro.
Las preguntas se agolparon en mi cerebro, avivando una llama de esperanza.
Comprendí que el joven novicio había logrado sacar el manuscrito de Fiésole y ocultarlo en otro lugar.
Aquellas crípticas indicaciones eran el mapa para recuperarlo.
Un tesoro que a mí me había costado años de desvelos y que a mi pobre hermano le había costado la vida.
Pero, ¿cómo desentrañar aquel enigma?
Tras muchas horas de vigilia, dándole vueltas al rompecabezas en la soledad de mi celda, llegué a la conclusión de que debía desandar los últimos pasos de su vida.
Debía pisar los suelos que él había pisado.
Sabía que era arriesgado, que si la Hermandad vigilaba me estaría metiendo en la boca del lobo, pero mi necesidad de recuperar la copia iluminada superaba cualquier cautela.
A la mañana siguiente, con el permiso del prior, me trasladé a Florencia, al imponente convento dominico de San Marcos. Se me había informado de que Alessandro había pasado allí sus dos últimas semanas de vida, alojándose en una de las celdas mientras colaboraba en la remodelación de las capillas.
¿Estaría el libro escondido entre aquellos muros?
Al llegar, el prior de San Marcos me explicó que Alessandro empleaba las mañanas en tareas de albañilería, rellenando la plementería de ladrillo, y dedicaba las tardes al estudio en la soberbia biblioteca del convento.
También me confesó, con evidente incomodidad, que la celda del novicio había sido registrada y prácticamente "saqueada" un día después de su muerte.
—Fueron dos individuos que vestían de negro, con capas y sombreros de ala ancha —me explicó el prior—.
Portaban una orden oficial de registro firmada por la Signoria, el gobierno de Florencia, y respaldada por el mismísimo arzobispo Antonino Pierozzi.
Alegaron que formaba parte de la investigación.
—¿Y se llevaron algún libro, padre? —me atreví a preguntar.
El prior se encogió de hombros. —No lo sé, hijo mío.
No estuve presente mientras ejecutaban la orden.
Con el corazón en un puño, subí a la celda que había ocupado Alessandro. Como era de esperar, estaba vacía. Los esbirros de negro no habían dejado rastro de sus objetos personales, y el escaso mobiliario se reducía a un catre, una mesa pequeña y una silla.
Me senté en la silla, tratando de ocupar el mismo espacio que él. Intentando pensar como él.
Levanté la vista y me topé con el hermoso fresco pintado en la pared por las manos de mi amado fray Giovanni de Fiésole.
En cada celda de San Marcos, el maestro había pintado un episodio de la vida de Cristo o de la Virgen para incitar a los monjes a la meditación.
La visión de sus pinceladas me trajo su recuerdo, y anhelé profundamente tenerlo allí para pedirle consejo.
Aquel fresco en particular representaba la Coronación de la Virgen María por nuestro Señor Jesucristo. En la mitad superior, celestial y divina, predominaban los blancos puros y los destellos amarillos. En la mitad inferior, la terrenal, seis santos varones presenciaban el sagrado acontecimiento.
Estando ensimismado en la contemplación, las palabras de la nota de Alessandro regresaron a mi mente: «Ora et Labora». Oración y trabajo. ¡Aquel fresco se había pintado precisamente para incitar a la oración! El lema principal de la Regla de San Benito.
¿Por qué Alessandro había mencionado específicamente a San Benito?
Me fijé en los seis santos de la pintura.
No reconocía a todos. Identifiqué enseguida a san Francisco de Asís por su tosco sayal, el cordón y los pies descalzos, pero el resto de los allí pintados me resultaban inciertos.
Salí presuroso al pasillo y tuve la suerte de toparme con el prior.
Le rogué que me ayudara a identificarlos.
Con una sonrisa paciente, el anciano entró en la celda y, señalando de derecha a izquierda, comenzó a enumerar: —San Marcos, san Pedro Mártir, san Francisco de Asís...
—su dedo se movió hacia el otro extremo—, santo Domingo de Guzmán, san Benito de Nursia y santo Tomás de Aquino.
Señalé al segundo hombre por la izquierda, sintiendo que el pulso se me aceleraba.
—¿Dice usted que este de aquí es san Benito?
—Exacto. El fundador de los benedictinos —respondió tajante, antes de despedirse y dejarme a solas con mis pensamientos.
Mi cabeza giraba de un lado a otro, como un remolino de polvo en pleno verano. Las piezas empezaban a encajar con una precisión matemática.
«Revela lo profundo y lo escondido y descubre lo que está en la oscuridad». «No mirando las cosas que se ven, sino las que no se ven».
Lo profundo y lo escondido era el libro. Y la nota me exigía que dejara de mirar las cosas que se ven —el hermoso fresco de la pared— para buscar las que no se ven.
«Ora et labora... Ora... Orar».
Algo en mi interior hizo clic. El fresco invitaba a la oración, y para orar ante él, uno debía mostrar sumisión. Lentamente, me dejé caer de rodillas frente a la imagen de san Benito, bajando la cabeza con respeto.
Al hacerlo, mi mirada abandonó la pared y se clavó en el suelo de la celda.
Hasta ese momento no le había prestado atención. La solería estaba compuesta de losas de piedra blancas y negras, dispuestas a semejanza de un tablero de ajedrez. Y justo allí, arrodillado frente al santo, mis rodillas descansaban exactamente sobre una de las losas oscuras.
«Descubre lo que está en la oscuridad».
Acerqué el rostro al suelo. El corazón me latía tan fuerte que casi me ensordecía. La junta de mortero que unía aquella losa negra con las demás era distinta; parecía más fresca, más tosca, a diferencia del cemento seco y desgastado del resto de la habitación.
La certeza absoluta se apoderó de mí. Bajo aquella piedra negra, bajo la oscuridad, Alessandro había escondido el manuscrito. Los hombres de negro habían saqueado la habitación, pero se habían limitado a mirar las cosas que se ven.
Aproveché que unos nubarrones negros y amenazantes empezaban a cubrir Florencia para rogarle al prior que me permitiera pasar la noche en el convento, argumentando que la tormenta haría peligroso el camino de regreso a Fiésole. No puso impedimentos y me cedió la misma celda.
Una hora más tarde, el cielo se rompió. Comenzó a diluviar con una furia bíblica, ahogando cualquier ruido bajo el estruendo de los truenos.
En la negrura de la noche, con la exigua luz de una sola vela, utilicé un trozo de madera afilada que había recogido en el patio para raspar el mortero. Poco a poco, la junta fue cediendo. Introduje la madera haciendo palanca y, con un esfuerzo agónico, logré levantar la pesada losa negra.
En el hueco polvoriento reposaba un bulto. Al palparlo, la yema de mis dedos reconoció al instante el tacto inconfundible de la piel de becerro con la que yo mismo lo había protegido.
La oleada de alivio que me invadió es imposible de describir con palabras. Di gracias a Dios mil veces, llorando en silencio, y me quedé dormido abrazado al libro como si fuera mi propio hijo.
A la mañana siguiente, el temporal había dejado paso a un día primaveral radiante. Oculté el manuscrito bajo mi hábito y emprendí el camino de regreso a Fiésole.
Tras una larga caminata, cuando ya divisaba la silueta de mi convento en la lejanía, un escalofrío me recorrió la espina dorsal. A las mismísimas puertas del monasterio, dos hombres que vestían de riguroso negro, con capas y sombreros, montaban a caballo disponiéndose a partir.
Me arrojé de inmediato a la cuneta, rodando hasta ocultarme entre los espesos arbustos.
Eran ellos. Los mismos que habían asesinado a Alessandro. Los mismos que habían registrado San Marcos.
Tumbado en el barro, sin atreverme a respirar, el terror se apoderó de mí.
Pero curiosamente, mi mayor miedo no era perder la vida.
En aquel instante agónico, la imagen de Kelila, sonriéndome con aquellos inmensos ojos almendrados, cruzó mi mente.
Sentí pánico al pensar que podía morir, sin volver a ver su rostro y cruzar con ella la mirada una vez más. -.
El trote de los caballos se acercó. Al pasar a escasos metros de mi escondite, alcancé a oír el final de su conversación: —No hay duda, Tácitus —decía el jinete que iba más adelantado—.
El novicio al que silenciamos no era el que estábamos buscando.
—Opulentus nos dio malos datos, Armatus —respondió el otro, con una voz rasposa que helaba la sangre—.
Le vimos husmeando en los textos proféticos y pensamos que era él.
—Míralo por el lado bueno. Acabamos de confirmar en este convento cuál es el nombre verdadero de nuestro hombre.
Se llama Baccio. Y ahora que sabemos quién es, sus días están contados.
Espolearon las monturas y se alejaron al galope hacia Florencia.
Yo permanecí oculto en la maleza, temblando incontrolablemente.
Me faltaba el aire. Había salvado la vida por escasos minutos.
Pero, ¿cuánto tiempo podría seguir huyendo?
Ya sabían mi nombre. Y en aquel mismo momento comprendí que el convento de Fiésole había dejado de ser mi hogar; ahora era una trampa mortal.
Apreté el libro contra mi pecho y recordé a mi maestro de nuevo, gritándome que guardara el libro.
Y entonces vino a mi memoria, el consejo que fray Juan me dio en el camino a Roma, la única tabla de salvación que me quedaba: «Si tu vida llegara a estar en peligro por tener ese libro en tu poder... busca al rabino Samuel Ben Yehudá. Él sabrá qué hacer».