Capítulo 18 “El Extravío”
Cuando regresé al convento de Fiésole, mis hermanos me recibieron con verdaderas muestras de afecto, aliviados de tenerme de nuevo entre ellos.
Aquella misma tarde celebramos una misa de difuntos por el alma de nuestro prior Giovanni.
Al término del oficio, relaté a la comunidad cómo habían sido sus últimos días, cuánto se le apreciaba en Roma y cómo habían llorado su pérdida los frailes dominicos de la Minerva, donde ahora descansan sus restos.
Sin embargo, durante la celebración, me extrañó sobremanera no ver en el coro a Alessandro, uno de los novicios que había tomado los hábitos el mismo día que yo.
A la hora de retirarnos, abordé en el claustro al maestro de novicios, fray Giuseppe Nardi, y le pregunté por él.
Lo que me contó a continuación me encogió el corazón.
Resultaba que el joven Alessandro había muerto en extrañas circunstancias apenas unas semanas antes de mi llegada.
Cuando le pregunté por los motivos y los detalles de tan repentino desenlace, el maestro Giuseppe se llevó el dedo índice a los labios, exigiéndome silencio.
Con un susurro apresurado, me indicó que era mejor no hablar de aquel tema, puesto que su muerte estaba envuelta en un denso halo de misterio que nadie había logrado desentrañar.
Aquel gesto furtivo y las palabras veladas del maestro sembraron en mi interior una profunda inquietud. Un abatimiento que, lejos de disiparse, no hizo más que alimentar las peores sospechas en mi mente.
Tras el rezo de Completas, cuando el silencio del sueño se apoderó de los muros del convento, abandoné mi celda sigilosamente. Crucé la estancia de los dormitorios y, sin que nadie se percatara de mi ausencia, salí al huerto por la puerta de servicio.
La luz pálida de la luna bañaba los cultivos y proyectaba la sombra alargada del viejo cobertizo de aperos donde tiempo atrás oculté la copia que hice del manuscrito y que tanto esfuerzo me costó.
Me acerqué con el pulso acelerado, agachándome sobre la tierra apelmazada, palpando a ciegas en busca del rastro del agujero que yo mismo había cavado para enterrar mi secreto.
Escarbé una y mil veces. Hundí las manos desesperadamente en el barro frío. Pero el resultado fue siempre el mismo: no había nada. La tierra húmeda cedió paso a una realidad aplastante.
Alguien había descubierto el escondite y se había llevado la copia iluminada del manuscrito de Fernando López de Baeza. Aquella que con tanto esfuerzo y riesgo había completado en mis madrugadas en el scriptorium.
Regresé a mi aposento con el alma en los pies.
Me dejé caer sobre el camastro y, envuelto en la negrura de la celda, un recuerdo acudió a mí como un relámpago: la noche anterior a mi partida hacia Roma.
Aquel leve crujido que me había despertado y la sombra furtiva que había visto deslizarse fuera de mi cuarto.
¡Había sido él! ¡Alessandro!
La figura del joven novicio se dibujó en mi memoria y de pronto todo encajó.
De alguna manera que jamás lograré comprender, debió seguirme hasta el huerto aquella noche cuando desenterré el original para llevarlo al Vaticano.
Intrigado por mi comportamiento clandestino, se habría colado en mi celda y, posteriormente, habría regresado al escondite para apropiarse del volumen iluminado que dejé atrás.
Y entonces, una duda atroz me atenazó la garganta: si Alessandro había encontrado el libro y lo había leído...
¿estaba su extraña muerte relacionada con el secreto de la profecía?
Y lo que era peor, ¿había caído mi preciada copia en manos de los sicarios del cardenal Barbo?
Si así fuera, mi vida pendía de un hilo y el convento de Fiésole había dejado de ser un refugio seguro.
Incapaz de pegar ojo, el alba me sorprendió con un día frío, plomizo y lluvioso.
Apenas cumplí con la liturgia de la mañana, busqué con ansia al maestro Giuseppe.
Lo hallé, como imaginaba, en el scriptorium, encorvado sobre su mesa de trabajo y rodeado de manuscritos.
Aunque noté cierto recelo en su mirada cuando me vio acercarme, mi necesidad de saber qué había sido de Alessandro era mayor que la prudencia.
—Maestro —le supliqué en voz baja—, le ruego que me cuente qué le ocurrió exactamente a nuestro hermano Alessandro.
Giuseppe soltó la pluma y miró a un lado y a otro de la sala antes de responderme con un susurro áspero: —Baccio...
Alessandro no murió aquí. Llevaba dos días desaparecido cuando unos comerciantes lo encontraron tendido a las puertas del Hospital de los Inocentes, en Florencia.
Estaba prácticamente desnudo, descalzo y cubierto de inmundicia.
Al principio lo confundieron con un pordiosero más.
Las autoridades concluyeron que había pasado la noche a la intemperie y que el frío le había arrebatado la vida.
El maestro guardó silencio un instante, acercando su rostro al mío hasta que pude sentir su aliento.
—Pero yo no me lo creo, Baccio. Sospecho que Alessandro no murió como quieren hacernos creer.
—¿Por qué dice eso? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Porque a Alessandro lo mató la curiosidad.
Ese mismo mal que llevó a Adán a rebelarse contra el Todopoderoso. —No le comprendo, Giuseppe.
El anciano suspiró pesadamente. —Poco después de que Giovanni y tú partierais hacia Roma, Alessandro cambió por completo.
Empezó a actuar de forma errática. Se obsesionó con el estudio de las Sagradas Escrituras, y muy especialmente, con las profecías.
Pasaba las noches en vela leyendo en la biblioteca.
Durante el día se arrastraba exhausto y cabizbajo, durmiéndose en el coro.
Hasta que una mañana vino aquí, se sentó exactamente donde tú estás ahora y, tras un largo silencio, me preguntó si yo poseía un conocimiento profundo sobre las profecías de Isaías y Jeremías.
Aquellas palabras me golpearon con la fuerza de un martillo. No me cabía ninguna duda: Alessandro había estado leyendo el manuscrito en secreto. Y ahora estaba muerto.
Giuseppe prosiguió, ignorante de mi tormento interior.
Me relató cómo el novicio había perfeccionado su latín a marchas forzadas y cómo había agotado todos los textos proféticos de nuestra humilde biblioteca.
Al parecer, nuestra colección no sació su sed, lo que le empujó a buscar respuestas fuera del convento.
—En los últimos meses —afirmó el maestro con evidente desagrado—, bajaba a Florencia con frecuencia.
Empezó a frecuentar los círculos de los discípulos del difunto Pletón, ese filósofo hereje que predicaba el platonismo y la existencia de antiguos dioses.
A pesar de mis severas advertencias, Alessandro parecía disfrutar de la compañía de esos librepensadores.
—Maestro... —lo interrumpí con urgencia—.
¿Sabe usted si Alessandro guardaba algún cuaderno de notas?
¿Algún apunte que nos dé una pista sobre lo que estaba investigando?
Giuseppe se llevó las manos a la cabeza, como si acabara de recordar un detalle crucial.
—¡Claro! La última tarde que lo vi con vida, lo sorprendí guardando unos papeles allí —dijo señalando el alféizar de un ventanal cercano, donde se apilaban varios tomos pesados—.
Lo que fuera, lo dejó ahí, bajo esos libros.
Sin esperar permiso, me abalancé sobre la pila de volúmenes, seguido por un apresurado Giuseppe. Comenzamos a levantar los tomos, abriéndolos uno a uno y sacudiendo sus páginas con la esperanza de hallar respuestas.
De repente, la suerte nos sonrió. De las entrañas de un pesado tratado teológico, se deslizó un puñado de folios manuscritos. Estaban repletos de notas en latín, traducciones erráticas y esquemas sobre las profecías de Ezequiel e Isaías.
—¿Ves lo que te decía, Bartolomé? —exclamó el maestro—. Estaba completamente obsesionado.
Al repasar las hojas con la mirada, mi corazón dio un vuelco.
Reconocí de inmediato fragmentos transcritos textualmente del libro de mi maestro Fernando.
Evidentemente, guardé silencio para no delatarme ante Giuseppe.
—Le ruego que me dejé llevar estos folios a mi celda, maestro —le pedí, intentando mantener la voz serena—. Me gustaría examinarlos con más calma.
Giuseppe accedió a regañadientes, entregándome los papeles con gesto de advertencia.
—Ten mucho cuidado, Baccio. No dejes que la curiosidad te arrastre a ti también a la tumba, como le ocurrió al pobre Alessandro.
— —Le prometo que no iré más allá de lo razonable —mentí, ocultando los papeles en los pliegues de mi hábito.