Capítulo 17 “Samuel Ben Yehudá”
(Roma, 22 de febrero del año 1455 de Nuestro Señor)
El dolor que me embarga en estos momentos es tan profundo que apenas encuentro consuelo.
El pasado día dieciocho de este mes, fray Giovanni de Fiésole abandonó este mundo para descansar eternamente.
Su vida y su obra han sido ejemplares; su humildad lo ha honrado más que a ningún otro hombre que haya conocido.
Su recuerdo y las lecciones que me impartió me guiarán en cada paso que dé hasta el fin de mis días.
Solo ahora que ya no está, percibo con crudeza cuánto llegué a quererlo.
Los monjes de Santa María sopra Minerva, donde ha recibido sepultura, costearon la lápida de mármol que sella su sepulcro. También se le ha honrado con un hermoso epitafio en la pared, recordando la mansedumbre de su espíritu y su devoción absoluta a la causa del Señor.
Hoy he salido de Roma. He dejado atrás a los monjes que durante dos años han sido mis hermanos, para emprender el camino de regreso a Florencia, al convento de Fiésole.
Allí espero recuperar la tranquilidad del espíritu y el gozo de servir a Dios, como prometí al hacer mis votos.
Y también, ¿por qué no confesarlo?, es allí, bajo la tierra del huerto del convento, donde descansa una parte de mi vida que no puedo ignorar.
Antes del atardecer, al llegar a las puertas de Siena, me separé de la caravana que continuaba su ruta hacia el norte.
Crucé la recia muralla de la ciudad y me dejé envolver por el bullicio.
Observé a los distintos gremios exponiendo sus mercancías en las calles adoquinadas: orfebres, ceramistas, tejedores y plateros.
También llamaron mi atención los campesinos que, a esa hora, comenzaban a desmontar los tenderetes donde habían ofrecido sus verduras.
La nobleza de la Toscana no era muy dada al consumo de legumbres; su predilección absoluta era la carne, un lujo vetado para el pueblo llano, que debía conformarse con los frutos de la tierra.
Aquel tránsito de voces y colores me recordó a los mercados de Florencia.
Al internarme por una de las callejuelas que desembocaban en la Piazza del Campo, me detuve ante el taller de un carpintero para preguntar por el paradero del rabino Samuel Ben Yehudá.
—Por supuesto que lo conozco —respondió el artesano con una sonrisa afable—.
¿Quién en Siena no conoce al mejor y más honrado de los médicos?
Dejando a un lado sus herramientas, salió a la calle para indicarme, con graciosos ademanes, la ruta exacta hasta la casa.
Mi destino no estaba lejos del corazón de la ciudad.
Pronto me encontré ante un elegante palacete.
Su fachada lucía dos soberbias columnas de mármol labrado y, en el centro, un escudo heráldico sostenido por un león, con símbolos que no logré identificar.
Todo en aquella edificación destilaba la prosperidad y el buen gusto de sus moradores.
Llamé a la puerta y me abrió uno de los sirvientes. Al confirmar que el rabino se encontraba en casa, le rogué que le anunciara mi visita.
El criado me hizo pasar a un patio interior descubierto, bañado por la luz dorada del atardecer.
Estaba rodeado por una columnata que formaba un cuadrado perfecto.
En uno de los laterales nacía una escalinata bellamente ornamentada, jalonada de grandes vasijas de barro y maceteros colgantes de los que rebosaban plantas aromáticas.
Aquella fragancia fresca y terrosa inundaba el patio, transportando mi imaginación a tierras lejanas.
Ensimismado en aquella belleza, salí de mi letargo al escuchar el crujido de una puerta al fondo de la galería. De las sombras emergió la figura de Samuel Ben Yehudá.
Lucía una luenga barba blanca y vestía un ropaje oscuro de corte sobrio. Sobre la cabeza llevaba la kipá, el pequeño solideo que todo judío piadoso porta como símbolo de sumisión al Altísimo y recordatorio de que Dios está siempre por encima de él.
Al verme, inclinó levemente la cabeza y me ofreció el saludo de su pueblo: —Shalom —dijo, deseándome la paz.
Asentí con respeto, devolviendo la reverencia.
—¿Qué puedo hacer por ti, joven? ¿Qué te trae a mi humilde hogar?
—preguntó con una amabilidad que me desarmó.
—Mi nombre es Bartolomé Sánchez. Me trae hasta su puerta el consejo de un amigo mutuo...
de quien, por desgracia, no traigo buenas nuevas.
Al mencionar a fray Juan de Fiésole, el rostro del rabino se iluminó con un afecto innegable, testimonio de la profunda amistad que los había unido.
Pero al escuchar mis últimas palabras, su semblante se ensombreció.
—¿Qué noticias son esas, Bartolomé? —Siento decirle que fray Juan falleció el pasado día dieciocho en Roma.
Yo era su ayudante. Cayó enfermo y no pudo recuperarse.
Su cuerpo descansa ya en la iglesia de la Minerva.
El rabino cerró los ojos y tomó asiento pesadamente en un banco de piedra, invitándome a acomodarme a su lado.
Un silencio espeso y reverente se instaló entre nosotros.
—Giovanni era un hombre justo —susurró por fin, asintiendo lentamente con la mirada clavada en el suelo—.
Aunque haya muerto, permanecerá vivo en la memoria de Dios.
Levantó la cabeza y me escrutó con sus ojos sabios.
—¿Y cuál fue el consejo que te dio Giovanni para que hayas venido a buscarme?
La calidez y la inmensa paz que irradiaba aquel anciano derribaron mis defensas.
Me sinceré con él. Le conté mi historia desde el principio, sin omitir un solo detalle: La muerte de Fernando en el puente, mi huida, mi estancia en el convento de Fiesole y el manuscrito que tenía oculto.
Me impresionó su manera de escuchar. No me interrumpió ni una sola vez; se limitó a observar mis manos y mis gestos.
Más tarde comprendería aquella actitud: el rabino solía decir que los silencios y las manos de un hombre revelan mucha más verdad que las palabras que salen de su boca.
Cuando terminé el relato, Samuel se puso en pie y me invitó a seguirle. —Ven. Voy a enseñarte algo.
Tomó un pesado manojo de llaves y salimos de nuevo a la calle. Se detuvo ante una pequeña puerta lateral anexa al palacete, que contaba con acceso independiente desde el exterior.
La estancia era amplia, aunque de techo bajo, y carecía de ventanas. Las paredes estaban forradas de estanterías rebosantes de legajos y códices. En el centro descansaba una gran mesa de lectura. El rabino encendió varios quinqués de aceite, y la cálida luz anaranjada ahuyentó las sombras.
Señalando un camastro provisto de mantas en un rincón, me ofreció asiento: —Si lo deseas, esta noche podrás descansar aquí en paz.
Dicho esto, se agachó y retiró una pesada alfombra oriental, dejando al descubierto una trampilla de madera con una argolla de hierro.
Tiró de ella y extrajo de un hueco subterráneo un pequeño cofre de caoba con remaches dorados.
—Yo también he tenido que ocultar algunos libros, Bartolomé —dijo con una sonrisa cómplice.
Del interior del cofre sacó un volumen. A pesar de mi experiencia en los scriptorium ilustrando textos, al tomarlo entre mis manos quedé hipnotizado por el alarde de belleza, color y perfección de sus trazos.
El rabino, disfrutando de mi asombro, extrajo un segundo tomo.
Si el primero me había impresionado, este me dejó sin aliento.
Lo acerqué a la luz del candil. Los destellos de las finísimas láminas de pan de oro y los pigmentos plateados de las orlas refulgían como fuego. No comprendí una sola palabra de su caligrafía, pues los caracteres estaban trazados en el rítmico y misterioso alfabeto hebreo.
—Rabí... —balbuceé fascinado—, ¿qué libros son estos?
Samuel me miró con inmensa gravedad. —Mientras me contabas tu historia, Bartolomé, he visto en ti a un hombre sincero, honrado y leal.
Por eso he decidido revelarte mi secreto.
Estos libros los heredé de mi padre. Contienen una sabiduría insondable, pero en los tiempos oscuros que vivimos, poseerlos es una sentencia de muerte.
Yo nací y me crie en la aljama de Sevilla.
Allí viví una juventud próspera y feliz, pues mi padre era un mercader adinerado y de intachable reputación.
Pero en España, los judíos llevamos mucho tiempo sufriendo una persecución feroz; muchos son masacrados u obligados a convertirse al cristianismo por la fuerza.
Tuve que huir siendo muy joven para conservar mi fe y mi libertad.
Mis padres, demasiado ancianos para un viaje tan duro, se quedaron atrás.
Hace tres años supe que mi madre había muerto postrada en una cama, y mi padre lo perdió todo.
Hoy sobrevive de la caridad de un hermano suyo que abjuró de nuestra fe y se convirtió al cristianismo para salvar sus negocios y su vida.
Hizo una pausa, posando su mano arrugada sobre las tapas de cuero.
—Para nosotros, estos textos son la llave para alcanzar el conocimiento más profundo del Creador.
Este primero es el Sefer Yetsirah... el Libro de la Formación.
Y el segundo es el Zohar... el Libro del Esplendor.
¿Has oído hablar alguna vez de la Cábala, muchacho?
—Sí, rabí —confesé con cautela—. Pero siempre escuché que estaba relacionada con la magia oscura y la adivinación.
Samuel sonrió con infinita paciencia. —Los hombres verdaderamente sabios no dan crédito a todo lo que oyen, Bartolomé.
Indagan por sí mismos hasta dar con la verdad.
La Cábala no es magia; es una disciplina, un camino de pensamiento para entender el sentido oculto de la Ley, lo que ustedes llaman el Pentateuco y nosotros la Torá.
El estudio de la Cábala busca acercarnos al Creador, asumiendo que el intelecto humano jamás podrá abarcarlo por completo.
En este mundo hay fuerzas evidentes que vemos actuar a diario, pero existen otras invisibles que emanan de la Primera Fuerza, de Dios.
Este libro —dijo, acariciando el Zohar— nos enseña a distinguir esas fuerzas para hallar al Todopoderoso en el tejido de la Creación.
Las horas se desvanecieron entre preguntas y respuestas. Hablamos hasta que la oscuridad de la noche devoró la ciudad. Finalmente, el rabino se puso en pie y me invitó a cenar y descansar.
Aquella noche, tumbado en el camastro, no logré conciliar el sueño.
Mi mente oscilaba entre la asombrosa belleza de los libros cabalísticos y la inmensa serenidad de Samuel.
De su espíritu emanaba una paz tan profunda que no la había sentido en ningún prior, ni en ningún cardenal, ni siquiera frente al mismísimo Papa.
Supe que aquel anciano estaba en verdadera comunión con Dios.
A la mañana siguiente, con el petate al hombro, me disponía a despedirme de mis anfitriones. De pronto, llamaron a la puerta principal. Cuando una de las sirvientas fue a abrir, un torrente de risas cristalinas y voces cargadas de alegría inundó el zaguán.
Al rabino se le iluminó el rostro. Rut, su esposa, salió corriendo hacia la entrada, moviendo las manos con nerviosismo y una sonrisa inmensa.
Instantes después, apareció en la estancia una joven que cortaba la respiración.
Llevaba un elegante vestido de seda azul turquí, ceñido a la cintura con un cinturón adornado de fina pedrería.
Se arrojó a los brazos de Rut, fundiéndose en un abrazo infinito.
Era Kelila, la única hija del matrimonio, que acababa de regresar de Florencia tras pasar unas semanas cuidando de un pariente enfermo.
Tras los besos y los saludos apasionados, el rabino, hinchado de orgullo, se volvió hacia mí. —Bartolomé, te presento a la luz de mis ojos: mi hija, Kelila.
La hermosa joven se giró. Hizo una leve inclinación de cabeza en señal de respeto, y noté cómo un sutil rubor teñía sus mejillas. Al levantar el rostro, sus inmensos ojos oscuros y almendrados buscaron los míos con una intensidad inquisitiva.
En ese preciso momento, nuestras miradas se enfrentaron por vez primera.
Aunque han pasado muchos años desde aquel instante y el tiempo ha borrado tantos recuerdos, la viveza de aquellos ojos sigue grabada a fuego en mi alma. Jamás había contemplado algo tan bello, vibrante y a la vez tan frágil.
He de confesar en estas páginas, ante el Dios del Cielo y de la Tierra y ante mí mismo, que aquel fugaz encuentro detuvo el tiempo... y cambió el rumbo de mi vida para siempre.