La profecía olvidada Capítulo 16 “La Confesión”
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Capítulo 16 “La Confesión”

Cuando Paulo dobló la esquina de su calle, un destello intermitente de luces rojas y azules le golpeó las retinas.

Le extrañó ver semejante alboroto alrededor de su edificio: dos ambulancias con los motores en marcha, tres coches patrulla de la Policía Nacional cruzados en la calzada y un enjambre de agentes entrando y saliendo del portal.

Un nudo helado se le formó en el estómago. Intuyó lo peor.

Al llegar al vestíbulo, antes siquiera de poder acercarse a los ascensores, dos policías uniformados le cortaron el paso.

—Oiga, no puede pasar. La zona está acordonada —le advirtió uno de ellos, interponiendo el brazo.

—¿Qué está pasando aquí? Vivo en el octavo...

Soy Paulo Marín. El agente cambió el gesto y asintió levemente.

—El inspector Cámara le está esperando arriba, señor Marín.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron en su planta, el panorama era desolador. La puerta blindada de su vivienda había sido reventada de cuajo, exactamente con la misma brutalidad que la de Ysabella el día anterior. La madera de los marcos asomaba astillada.

Los asaltantes no habían tenido el más mínimo miramiento.

El interior del piso era una zona catastrófica: muebles volcados, libros arrancados de las estanterías y cojines rajados.

Paulo comprendió de inmediato que la Hermandad de La Profecía les pisaba los talones y no se detendría ante nada hasta conseguir su propósito.

El inspector Cámara estaba sentado en el único sofá que había quedado en pie en el salón. Su semblante, sombrío y endurecido, lo decía todo. Al ver a Paulo cruzar el umbral calibrando el desastre, el policía se puso en pie pesadamente.

—Señor Marín. Le estaba esperando. Como la puerta ya estaba abierta, me he tomado la libertad de pasar.

—¿Qué ha pasado aquí, inspector? —preguntó Paulo, conociendo de antemano la respuesta, pero necesitando escucharla.

—No lo sé —respondió Cámara con un sarcasmo amargo—.

Dígamelo usted. Paulo tragó saliva, contemplando el caos.

—Han sido ellos. Los mismos que robaron en casa de Ysabella. Los que asesinaron a Lorenzo.

Cámara dio un paso hacia él, acortando la distancia.

Su voz sonó grave, tensa como la cuerda de un arco.

—Lo que usted no sabe, señor Marín, es que, a primera hora de esta mañana, uno de mis hombres ha sido asesinado a sangre fría mientras efectuaba labores de vigilancia aquí abajo, en las inmediaciones de su domicilio.

El inspector guardó silencio unos segundos, dejando que el peso de la noticia aplastara a Paulo. —Esta situación nos ha golpeado muy duro. Física y moralmente.

A Paulo le fallaron las fuerzas. Sintiendo que las rodillas le temblaban, se dejó caer en la butaca desvencijada frente a Cámara, mirándolo a los ojos con genuina desolación. —Señor... Siento muchísimo lo de su compañero. ¿Cómo...? ¿Cómo ha sido?

Cámara se llevó dos dedos a la yugular, simulando un tajo.

—Justo en el momento en que estaba hablando conmigo por teléfono.

El asesino le ha rebanado el cuello con un arma afilada como un bisturí.

El chico no tuvo tiempo ni de darse cuenta de que se moría.

—¡Son unos malditos asesinos! —masculló Paulo, apretando los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.

—Ya le advertí que esta gente no son rateros de tres al cuarto, señor Marín.

Estamos tratando con profesionales muy preparados que no dudarán un segundo en quitarle la vida a usted o a su amiguita para conseguir lo que buscan.

El inspector se inclinó hacia delante, clavando su mirada de sabueso en el reportero. —¿No cree que ya va siendo hora de que me cuente qué demonios me está ocultando?

Paulo dudó un instante. Miró a su alrededor, evaluando las opciones. Estaban acorralados. Suspiró profundamente y, metiendo la mano derecha en el bolsillo interior de su cazadora, sacó con sumo cuidado una funda rígida de metacrilato transparente.

Ante la mirada atónita del inspector, la depositó sobre la mesa de centro destrozada.

—Esto es lo que están buscando esos hijos de puta —dijo Paulo con tono solemne—.

Es una hoja que Lorenzo arrancó del manuscrito la noche en que robaron en la librería.

—¿Y qué tiene de especial un trozo de papel viejo?

—preguntó el inspector, acercando la mano para cogerlo.

—Para empezar, tenga cuidado con ella —advirtió Paulo, deteniéndolo con un gesto—.

Tiene más de quinientos años de antigüedad.

Por eso la llevo en esta funda protectora, para evitar que la humedad o la grasa de los dedos la deshagan.

Cámara retiró la mano y se limitó a observarla de cerca.

—¿Qué significado tienen todos estos números y garabatos?

—Son la clave para encontrar otro libro.

Uno infinitamente más valioso que el que robaron.

—¿Otro libro? —Cámara resopló, incómodo.

Paulo asintió en silencio. Le estaba costando lo indecible romper el secreto de Lorenzo y arrastrar a la policía al núcleo del enigma, pero la sangre derramada esa mañana le había dejado claro que necesitaban el amparo y los recursos del inspector Cámara.

—¿Y por qué dice que es más valioso aún?

—insistió el policía. —El valor de ese libro reside exclusivamente en lo que cuenta en sus páginas, inspector.

Paulo se recostó un poco, midiendo sus palabras.

—¿Es usted creyente, Cámara? —Pues para serle sincero, no demasiado —respondió, frunciendo el ceño—.

Pero, ¿qué tiene eso que ver ahora? —Tiene mucho que ver.

Porque resulta que en ese libro que estamos buscando, según dejó escrito su autor, se expone de manera clara e inequívoca la fórmula empírica para demostrar la existencia de Dios.

Cámara lo miró fijamente durante dos segundos antes de soltar una risa seca, desprovista de humor.

—Venga hombre, no me joda... ¿Me va a decir usted que al abuelo de su amiga y a uno de mis mejores hombres los han degollado por esa chorrada teológica?

Eso no se lo cree nadie. Ni siquiera ese Dios del que usted habla.

—No han sido las únicas víctimas de esa "chorrada" —replicó el reportero con dureza—.

En el pasado, a lo largo de los siglos, han muerto muchas personas por tratar de ocultar ese libro, o simplemente por haber tenido la osadía de leerlo.

La organización que nos persigue existe precisamente para evitar que salga a la luz.

Cámara enarcó una ceja, con un ápice de ironía bailando en su mirada cansada. —Inspector, me temo que no va a tener más remedio que creer lo que le estoy diciendo, por muy absurdo que le suene. Porque es la absoluta verdad —sentenció Paulo.

El tono de voz del policía cambió drásticamente.

Dejó la ironía a un lado y adoptó su rol operativo.

—Bien, de acuerdo. Pongamos que me creo toda esta maldita historia de monjes, manuscritos y sectas asesinas.

¿Qué ganamos nosotros teniendo esto? —preguntó, señalando la hoja protegida por el metacrilato.

—Para empezar, que vamos un paso por delante de ellos.

Esta hoja es nuestra brújula para descubrir el paradero de La Profecía Olvidada, que es como se llama el libro.

Mientras la clave esté en nuestro poder, la Hermandad está ciega.

Eso les obligará a cometer algún error que los delate...

aunque, después de lo de hoy, está claro que el tablero es mucho más peligroso de lo que yo creía.

El inspector Cámara escuchó con absoluta atención, evaluando al hombre que tenía enfrente. En su dilatada carrera en homicidios había lidiado con toda la escoria imaginable: asesinos a sueldo, atracadores de bancos, traficantes sin escrúpulos, políticos corruptos y charlatanes de medio pelo.

Paulo Marín no encajaba en ninguno de esos perfiles. La intuición policial, afinada a base de cientos de interrogatorios, le decía a Cámara que aquel joven periodista era un tipo honrado. Y lo que era más importante: estaba profundamente convencido de que lo que decía era la pura verdad.

Cámara suspiró pesadamente y se enderezó.

—De acuerdo, señor Marín. Ahora va usted a venir conmigo a comisaría.

Presentará la denuncia formal por este allanamiento de morada, y una vez en mi despacho, me terminará de contar cada maldito detalle de este asunto.

También me pondrá al día sobre los avances que su amiga y usted hayan logrado con ese rompecabezas.

¿Le queda claro? Paulo asintió de nuevo.

—A partir de este preciso instante, trabajaremos juntos en este caso.

Y quiero estar informado de cada paso que den, de cada hallazgo.

¿Estamos de acuerdo? —Completamente, inspector.

Estoy dispuesto a cooperar al cien por cien.

Cámara se abrochó la chaqueta, con los ojos brillando de furia contenida.

—Bien. Porque le juro por mi vida que esos cabrones van a pagar por lo que han hecho.