Capítulo 15 “La Clave”
El inspector Cámara no se había equivocado al apostar una patrulla secreta para vigilar el apartamento de Paulo. Aquella decisión, tomada por pura intuición policial ante la evidencia de que los hombres de negro no se detendrían ante nada, era el único escudo con el que contaban los jóvenes.
Las pesquisas acumuladas hasta el momento dibujaban un panorama aterrador: tras el asesinato de Lorenzo operaba una organización hermética, dotada de recursos ilimitados y dispuesta a segar vidas a sangre fría con tal de recuperar un manuscrito capaz de sacudir los cimientos de la fe.
Los dos agentes de paisano habían cumplido las directrices al milímetro.
Ocultaron su vehículo en un rincón apartado de la calle, bajo la frondosa sombra de un enorme arce que mitigaba el calor de la mañana.
Habían llegado al alba, tomando notas discretas sobre cada movimiento en el aparcamiento y en el bloque residencial de Paulo.
Sin embargo, el destino es caprichoso. Justo cuando uno de los policías se ausentó brevemente para buscar un par de cafés, Paulo salió portal afuera, subió a su coche y abandonó la zona a toda prisa.
Fue en ese preciso instante cuando el asesino silencioso actuó.
Oculto entre los arbustos del jardín interior con la paciencia felina de un depredador al acecho, uno de los sicarios de la Hermandad —conocido en sus círculos como Tácitus— había estado vigilando el coche patrulla desde antes de que amaneciera.
Al ver que el conductor se quedaba solo en el habitáculo mientras la claridad del día lo delataba, se deslizó de entre las sombras con pasos de pluma.
El agente que se había quedado al volante apenas tuvo tiempo de reaccionar. Cuando el inspector Cámara descolgó su teléfono al otro lado de la línea, respondiendo a la llamada de alerta que su subordinado intentaba iniciar, la voz de este quedó cortada en seco.
Un escozor gélido en la garganta fue lo último que sintió.
Tácitus le había propinado un corte limpio y milimétrico con una afilada navaja de barbero.
La sangre brotó con violencia incontenible mientras los ojos del policía, fijos en los de su verdugo, reflejaban una agonía muda.
En su rostro pálido, el asesino mantenía una mueca fría e imperturbable.
El oxígeno dejó de regar el cerebro del agente, y la oscuridad lo devoró todo.
Cinco minutos después, su compañero regresó portando los dos vasos humeantes.
Al asomarse a la ventanilla, el impacto visual lo dejó petrificado.
Los cafés se le escabulleron de las manos, estrellándose contra el asfalto y salpicando sus pantalones.
Con los reflejos entrenados por el pánico, deslizó automáticamente la mano a su pistola reglamentaria —una H si esa página caía en manos de la Hermandad, estarían un paso por delante de nosotros.
Gracias a que la ocultó, seguimos en la brecha.
—Pero, un momento... —interrumpió Martín frunciendo el ceño—. ¿Quién diablos es esa tal Giovanna? ¿Y de qué forma se supone que va a mostrarnos el camino si vivió hace quinientos años?
Ysabella le devolvió una mirada cargada de determinación.
—La respuesta no está en internet, Martín. Está en las páginas del manuscrito que todavía nos falta por leer y traducir a fondo.
Paulo se incorporó de la silla, con el rostro serio y la mandíbula tensa.
—Pues no perdamos ni un segundo más. Urge terminar de desentrañar el libro. La Hermandad no tardará en volver a golpear, y esta vez debemos adelantarnos nosotros.