Capítulo 14 “La Misión”
Nadie en el Vaticano habría podido sospechar jamás que el joven humilde que acompañaba a fray Juan de Fiésole era el mismo muchacho que, durante tres años, había tenido en jaque a la curia romana;
el mismo que había escapado por los pelos de las garras del general Barbo llevándose consigo el volumen maldito, un secreto capaz de resquebrajar los cimientos de la fe establecida.
Entre las pocas pertenencias que guardaba en mi morral viajaba aquel tesoro prohibido. Ni tan siquiera fray Juan conocía la naturaleza exacta de lo que portaba a escondidas su ayudante. -
Tres años después de que aquel manuscrito cruzara por primera vez los umbrales del Sancta Sanctorum, volvía a entrar en él.
Pero esta vez no era para huir, sino para encontrar su hogar definitivo.
Ese era el plan que había ido madurando pacientemente en mi mente, aunque jamás imaginé que el acceso a los aposentos del mismísimo Sumo Pontífice fuera a resultar tan insólitamente sencillo.
Cuando cruzamos las puertas del despacho papal, fray Juan se arrodilló con unción, inclinando respetuosamente la cabeza. Yo imité su gesto al instante.
—En pie, en pie —nos ordenó una voz cálida, acompañada de una sonrisa amable—. Fray Juan, ya no tienes edad como para andar postrado por los suelos; levántate.
El Papa dio unos pasos al frente y extendió la mano. El prior se alzó con torpeza y se la besó con profunda devoción. Yo aguardé mi turno en silencio, imitando el ritual antes de levantar la mirada para esperar sus palabras.
—Este es Baccio, mi ayudante personal —me presentó fray Juan con orgullo—. Un joven despierto, inteligente y apasionado de los libros como pocos he conocido en mi vida.
Su Santidad me examinó en silencio durante unos segundos que se me antojaron eternos, evaluándome con una mezcla de perspicacia y benevolencia.
—Dime, muchacho, ¿qué edad tienes? —Al llegar el invierno, cumpliré dieciocho años, Señor —respondí con firmeza.
—Bueno, pues si es verdad que amas los libros, has venido al lugar del mundo donde mejor podrás saciar tu sed de conocimiento —sonrió el Pontífice, antes de volverse hacia su asistente personal—.
Acompáñalo a la biblioteca mientras el prior y yo despachamos nuestros asuntos.
Cuando ya nos disponíamos a retroceder hacia la salida, el Papa volvió a llamarme con la mirada clavada en mí.
Al girarme temeroso, vi asomar en sus labios una sonrisa socarrona, divertida, mientras levantaba el dedo índice en un gesto de advertencia: —Baccio...
si escoges acertadamente, el libro será tuyo.
El eco de sus palabras me dejó paralizado. ¿Acaso acababa de conocer al Vicario de Cristo y este me estaba ofreciendo la potestad de elegir un volumen de su biblioteca personal para quedármelo en propiedad?
Me quedé inmóvil, mudo por la estupefacción, hasta que un leve carraspeo y un gesto cómplice de fray Juan me devolvieron al mundo real. —Gracias, Señor —acerté a murmurar, antes de girarme sigilosamente tras los pasos del cardenal que asistía al Papa.
Aquel trayecto superaba con creces mis mayores fantasías.
Seguí al asistente por un laberinto de corredores flanqueados por tapices de oro y terciopelo, mientras sujetaba con ambas manos las correas del morral.
Cada paso era una tortura de nervios; temía que un roce imprevisto delatara el bulto rígido del manuscrito o que el cierre cediera y dejara al descubierto la herejía.
Si eso ocurría, mi vida terminaría en la hoguera antes del anochecer.
Subimos por una monumental escalinata de mármol veteado hasta alcanzar el ala superior del palacio.
Al final de un corredor silencioso, una doble puerta de madera noble custodiaba el tesoro.
El asistente extrajo del cordón de su hábito blanco un pesado manojo de llaves de hierro forjado y descorrió los cerrojos con un chasquido metálico.
Cuando las hojas de la puerta se abrieron de par en par, el espectáculo que ante mí se desplegó me cortó la respiración.
Jamás había contemplado tal acumulación de saber humano.
Millones de páginas encuadernadas en piel, hileras e hileras de estanterías de roble cargadas de códices griegos, latinos y hebreos que rebosaban sabiduría milenaria.
Mi primer pensamiento, inevitable y desgarrador, voló hacia mi difunto maestro Fernando.
¡Cuánto habría dado él por estar aquí conmigo!
Me lo imaginé recorriendo los pasillos con los ojos anegados en lágrimas de emoción, acariciando los lomos de los libros: "Mira, Bartolomé —me habría dicho con su voz pausada—, aquí están los Diálogos de Platón, los Elementos de Euclides, la Geographia de Ptolomeo...
¿Y recuerdas cuando te hablé de Arquímedes? Mira, ahí descansa su tratado Sobre la Esfera y el Cilindro".
Cuánto le echaba de menos. Y cuánto le agradecía que hubiera sembrado en mi alma esa devoción infinita por el conocimiento.
Recordé entonces una de sus máximas favoritas sobre la ignorancia: "Bartolomé, hay quien dice que solo los necios son felices, pero yo te aseguro que la verdadera felicidad nace de iluminar a los demás, y un ignorante jamás podrá lograrlo".
Más tarde, leyendo los Evangelios, encontré un eco exacto en aquellas palabras de Jesús: "Hay mayor felicidad en dar que en recibir".
En ese instante comprendí el testamento vital de mi maestro.
Absorto en mis cavilaciones, me detuve en la sección dedicada a las ciencias y a la matemática pura. Y entonces, como si una mano invisible me guiara, mi vista se clavó en un tomo reciente. No era voluminoso, pero al repararlo supe de inmediato que mi búsqueda había terminado.
Se trataba de una primorosa edición en latín de la obra de Arquímedes: Sobre la medida de un círculo.
Mi maestro me había hablado de ella innumerables veces con veneración, lamentando no haber podido tenerla en sus manos.
Ahora, la caprichosa rueda del destino la ponía a mi alcance y con suerte me pertenecería para siempre. -
Sin dudarlo un segundo, la tomé de la balda y me la apreté con fuerza contra el costado.
Me volví buscando al cardenal asistente para mostrarle mi trofeo... y descubrí, con un vuelco de alegría en el pecho, que había desaparecido discretamente tras una columna al fondo de la sala, atareado con unos legajos.
El momento con el que llevaba tanto tiempo soñando había llegado.
Con los dedos temblorosos pero certeros, deslicé el morral al suelo.
Me aseguré de que la soledad del recinto era absoluta, con el único sonido de fondo del crujir de la madera y mi propia respiración desbocada.
Extraje el manuscrito de Bartolomé —el libro maldito, el fruto del desafío a la Iglesia— y lo introduje con suma delicadeza en la estantería, camuflándolo y empujándolo con suavidad entre los volúmenes de Platón, Arquímedes y otros tratados anónimos.
Quedó perfectamente mimetizado, invisible a los ojos de los profanos.
De este modo absurdo y hermoso, el documento más perseguido, odiado y temido por la jerarquía eclesiástica acababa de encontrar refugio en el corazón de su propia fortaleza, custodiado y bendecido por la ignorancia de aquellos que pretendían destruirlo.
Un segundo después, el cardenal asomó de nuevo entre las estanterías al percatarse de mi presencia. Me acerqué a él con paso firme, alzando en alto el libro de Arquímedes.
—Excelente elección, joven —aprobó el prelado con una sonrisa condescendiente, examinando la portada—. Veamos qué le parece al Santo Padre.
Aquel día crucé las puertas del Palacio Vaticano ocultando un secreto mortal bajo el brazo. Al salir, llevaba un libro a la vista de todos, sintiéndome como un atleta victorioso que alza su trofeo ante el mundo.
Nuestra estancia en Roma se prolongó durante varios meses.
Fray Juan había sellado un acuerdo con el influyente cardenal Juan de Torquemada para acometer la decoración pictórica del claustro del gran convento dominico de Santa María de la Minerva.
Así pues, cambiamos temporalmente las colinas de Fiésole por el bullicio y la grandeza de la Ciudad Eterna, alojándonos entre los muros de aquel histórico monasterio.