Capítulo 13 “El Epitafio”
Paulo no había querido dejar sola a Ysabella en su piso, temiendo que los hombres de la Hermandad de la Profecía regresaran. Para evitar cualquier imprevisto, ambos habían dormido bajo el mismo techo.
Él se había levantado temprano y, con mimo, había preparado un desayuno completo a base de pan integral, mantequilla, cereales, queso fresco y café recién hecho.
Cuando Ysabella se despertó y sintió el aroma embriagador de la cafetera, saltó de la cama de inmediato.
Antes de que Paulo pudiera darse cuenta, ya estaba sentada a la mesa untando mantequilla en una tostada con voracidad.
—¿Tiene hambre la señorita? —se burló Paulo con una sonrisa.
—Mmm... —murmuró ella con la boca llena—. Sería capaz de comerme un buey entero.
Efectivamente, Paulo comprobó divertido que no exageraba mientras la veía dar buena cuenta de los víveres.
—Muy bien, señorita —dijo él una vez terminaron—. Ve preparándote, que hoy tenemos mucho trabajo por delante.
—Dame diez minutos para arreglarme y estoy contigo.
A las diez en punto de la mañana, tras haber quedado con Martín por teléfono, los tres se encontraban reunidos a puerta cerrada en la trastienda de la librería antigua, con la copia del manuscrito y todo el material de apoyo desplegado sobre la mesa.
—Fijaos en esto —dijo Paulo, sacando la copia de la hoja arrancada—.
Estuve anoche dándole vueltas al texto y cruzándolo con los datos históricos de Bartolomé.
El autor menciona constantemente a un tal Fray Juan, prior del convento de Fiésole.
Martín, haz una búsqueda rápida en internet a ver qué encontramos.
No había terminado de hablar cuando Martín ya tecleaba en su ordenador: Fray Juan, Fiésole.
Los resultados aparecieron al instante en la pantalla. Martín leyó en voz alta la primera entrada de la Wikipedia:
«Beato Angélico O.P., más conocido como Fra Angélico o Fray Juan de Fiésole (Vicchio di Mugello, Florencia, c. 1390 – Roma, 18 de febrero de 1455), fue un pintor cuatrocentista italiano que supo combinar la perfección la vida de fraile dominico con la de pintor consumado.
Fue llamado Angélico por la serenidad de sus obras y su extraordinaria devoción. Beatificado por Juan Pablo II en 1982.»
—Es él... No hay ninguna duda —murmuró Paulo, impresionado.
—Entonces... —intervino Ysabella con los ojos abiertos de par en par—, nuestro Bartolomé fue discípulo directo de Fra Angélico.
—Así es —asentía el reportero—. ¿Conocéis alguna obra suya?
—La verdad es que no mucho —confesó Ysabella—. La mayoría son frescos que siguen en Florencia, aunque hay algunos repartidos por la Toscana y Roma. Y creo que en España también conservan alguna obra.
Paulo acercó el portátil hacia sí y volvió a fijar la vista en el documento.
—Esperad un momento... —dijo de pronto, señalando el papel con los números—. Fijaos en la frase que encabeza esta sección: “In epitaphium Guido”. Si el verdadero nombre de Fra Angélico era Guido di Pietro...
—¡Está claro! —completó Ysabella—. Se refiere sin duda al epitafio de Guido.
El reportero extendió la hoja en el centro de la mesa. Durante varios segundos, los tres se quedaron absortos, contemplando aquella nueva serie de cifras que Bartolomé había dejado plasmada quinientos años atrás:
—En el epitafio de Guido... —repitió Paulo en voz alta—. ¿Qué demonios significarán estos números, Martín?
—No lo sé, pero ocultan un código que Bartolomé cifró para despistar a la Hermandad —respondió el joven, mirando a Ysabella en busca de una chispa de inspiración.
Ella asintió despacio, analizando la secuencia.
—No parecen fechas... Fijaos bien: casi todos son números pares, a excepción del 1 y del 5, que además se repiten varias veces.
—Es verdad —apuntó Martín aguzando la vista—.
Y si os fijáis en los pares, guardan una proporción geométrica clara: tenemos el 2 y su doble, el 4; el 4 y su doble, el 8; el 12 y su doble, el 24; y el 10 con su doble, el 20.
Todos están emparentados por multiplicación o división por dos... excepto uno.
—Exacto —señaló Paulo—. El número 14 también es par, pero no tiene pareja directa en la serie.
Ysabella, con la mente trabajando a velocidad de vértigo, cogió un lápiz y comenzó a agrupar los dígitos sueltos en un papel auxiliar. Su rostro se iluminó de repente.
—¡No puede ser! Mirad esto...
Escribió con rapidez:
El número 1 aparece 3 veces. -3 x 1 = 3.
El número 14 aparece 1 vez. -1 X 14 = 14.
El número 5 aparece 3 veces -3X 5 = 15.
—Si unimos los resultados... —dijo abriendo las manos en un gesto de absoluta incredulidad—, tenemos el 3, 14, 15.
—¡El número Pi! —exclamó Martín boquiabierto.
Ysabella guardó silencio unos segundos, procesando la magnitud del hallazgo, antes de añadir:
—Hay quienes afirman que, para los antiguos cabalistas y sabios judíos, ese es el número oculto de Dios. De hecho, existe una correlación tradicional entre el número Pi y la revelación del nombre divino a Moisés en el libro del Éxodo, concretamente en el capítulo 3, versículos 14 y 15.
—Es increíble —susurró Paulo—. Pero, ¿qué relación exacta tiene el número Pi con el epitafio real de Fra Angélico?
Una nueva búsqueda rápida en los archivos históricos arrojó el texto exacto del epitafio del pintor dominico:
Ysabella tradujo el latín en voz alta para sus compañeros:
«No me alaben como si fuera otro Apeles, sino por habértelo ofrecido todo a ti, Cristo, ya que unas obras quedan en la tierra y otras en el cielo.
Giovanni nació en la ciudad flor de Etruria».
A pesar de tener el texto traducido, el enigma seguía intacto. ¿Qué conexión existía entre aquellas líneas y la clave numérica? Paulo se sentía estancado, bloqueado por la complejidad del jeroglífico, mientras que Ysabella, lejos de desanimarse, se tomaba el reto como algo personal.
Aquel desafío le trajo a la memoria un recuerdo de su infancia. Su abuelo Lorenzo solía aficionarla desde pequeña a los acertijos lógicos y de cálculo mental. Recordaba especialmente una tarde, cuando tenía unos once años, en la que su abuelo le planteó un problema aparentemente complejo:
—Ysabella, le preguntaron a un niño qué edad tenía, y él respondió: «Si a mi edad le sumamos su mitad, el resultado será tres veces mayor que la edad que tenía yo cuatro años atrás». ¿Qué edad tenía el chico?
En aquella ocasión, ella ni siquiera había usado papel ni lápiz; tras cerrar los ojos unos segundos, había soltado con una sonrisa: "Ocho años, abuelo". Lorenzo se había quedado tan boquiabierto y orgulloso que se pasó el resto del día presumiendo de la hazaña de su nieta ante toda la familia.
Paulo la sacó de sus pensamientos al lanzar una nueva pregunta:
—Oigan... ¿Quién es ese tal Apelles que se menciona en el epitafio?
Martín, consultando su teléfono con soltura, respondió de inmediato:
—Fue el pintor más famoso de la antigüedad clásica. Aunque hoy en día no se conserva ni una sola de sus obras, su fama legendaria perduró a través de los siglos. Había nacido en la isla de Cos, en el mar Egeo. De hecho... ¿habéis oído alguna vez el refrán de "Zapatero a tus zapatos"?
Paulo e Ysabella asintieron al unísono.
—Pues proviene precisamente de él —explicó Martín con entusiasmo—.
Según relata Plinio el Viejo en su Libro XXXV, Apeles tenía la costumbre de exponer sus obras terminadas ante el juicio de los transeúntes.
En una ocasión, un zapatero se fijó en el cuadro y advirtió un error en la representación de una sandalia.
Apeles corrigió el cuadro de inmediato, siguiendo el consejo del zapatero.
- Animado por aquello, al día siguiente el zapatero quiso opinar también sobre la pierna del personaje, momento en el que el pintor le cortó con una frase célebre: “Ne supra crepidam sutor judicaret” (El zapatero no debe juzgar más arriba de las sandalias). De ahí derivó nuestro refrán.
—Curiosa anécdota —sonrió Paulo.
—A modo de resumen —concluyó el reportero, volviendo al tablero de mandos del caso—: tenemos un epitafio en latín que a primera vista no guarda relación directa con el número Pi, a pesar de que Bartolomé lo extrajo mediante una deducción matemática brillante.
—Lo que me fascina —añadió Martín pensativo— es cómo un monje del siglo XV dominaba conceptos matemáticos tan avanzados como los decimales de Pi.
—Bueno, no hay que olvidar —concluyó Ysabella— que los sabios de la antigüedad clásica ya manejaban aproximaciones muy certeras. Es evidente que Bartolomé bebió de esas mismas fuentes durante sus estudios en el convento.