La profecía olvidada Capítulo 12 “El Viaje”
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Capítulo 12 “El Viaje”

(Fiésole, año de 1453)

Recuerdo perfectamente una tarde, mientras acompañaba a fray Juan en el apacible descenso del sol.

Aprovechando la agradable passeggiata que acostumbrábamos a dar cuando el tiempo lo permitía, el prior apoyó con afecto su mano en mi hombro y me llamó por el diminutivo cariñoso que solía usar solo cuando pretendía convencerme de algo: —Baccio...

Aunque jamás le había negado nada —entre otras cosas porque el prior nunca me pidió nada que no pudiera cumplir—, presté atención con una sonrisa.

—¿Recuerdas el compromiso del que te hablé, ese que me obliga a viajar a Roma?

—preguntó, deteniéndose un instante en el sendero.

Asentí con la cabeza. —Necesito que alguien despierto, joven y fuerte como tú me acompañe en este viaje al Vaticano —continuó— Ya sabes que debo despachar asuntos de importancia con el Santo Padre y es muy probable que deba permanecer en Roma durante algún tiempo.

Necesito un ayudante que alivie mis cargas, me haga compañía en la ruta y sirva de escudo ante los peligros del camino.

Los asaltantes son cada vez más frecuentes, y a este viejo pobre no le sobran las fuerzas.

—Pero, fray Juan —objeté, sintiendo un vuelco en el estómago—.

Usted sabe muy bien que tuve que huir de Roma huyendo de la muerte.

¿Qué pasará si me reconocen y descubren quién soy?

Fray Juan me sonrió con una infinita paciencia, extendiendo las manos hacia mí: —Vamos, Baccio, no tienes nada que temer.

En nada te pareces a aquel rapaz asustado que llegó huyendo con las ropas de peregrino.

Mírate... con tu hábito de dominico, limpio y pulcro.

Ya eres todo un hombre, fuerte y bien formado.

Nadie va a descubrir en ti al muchacho que escapó de las garras del general Barbo, y menos aun siendo mi ayudante personal.

No temas por tu vida. Llegado el caso, yo mismo responderé por ti ante el Sumo Pontífice. Confía en mis palabras y acompáñame en este viaje; te aseguro que sacarás un gran provecho de él.

La absoluta confianza que desprendían sus palabras disipó mis temores. Acepté de inmediato. —Partiremos mañana al despuntar el alba —concluyó con una palmada en mi brazo—. Prepara tus cosas y ve a descansar.

Se marchó dejándome atónito, pero con una desbordante alegría latiendo en el pecho.

Aunque no se lo había confesado a nadie en el convento, mi secreto anhelo desde el trágico día en que asesinaron a mi maestro Fernando había sido regresar a Roma para culminar su misión: entregar el libro del conocimiento al Padre de la Iglesia.

Sin saberlo, fray Juan me estaba brindando la oportunidad con la que ni siquiera me había atrevido a soñar.

En cuanto anocheció por completo, me escabullí entre las sombras del jardín hasta alcanzar el cobertizo de aperos en el huerto del convento.

Tras comprobar que nadie me había seguido, cavé en el escondite que había preparado meses atrás y extraje uno de los dos volúmenes envueltos en piel de becerro: el libro original que mi maestro había escrito.

Volví a tapar el agujero con esmero, dejando oculto en las entrañas de la tierra el trasunto que yo mismo había iluminado.

Esa noche apenas pude conciliar el sueño en el catre de mi celda, intentando calmar los nervios ante la arriesgada aventura que estaba a punto de comenzar. Sin embargo, hacia la mitad de la madrugada, ocurrió algo que perturbó mi espíritu y me dejó sumido en la perplejidad.

Estaba sumido en un sueño ligero cuando un leve crujido quebró el silencio.

Al incorporarme de golpe, con los ojos todavía entornados por la oscuridad, alcancé a ver una sombra furtiva que se deslizaba hacia el exterior.

Justo después, escuché el sutil clic del pestillo de mi puerta al cerrarse desde fuera.

Alguien había entrado en mi celda mientras dormía.

Por un instante estuve a punto de saltar de la cama y salir en su persecución, pero el miedo me ancló las piernas. Lentamente, la prudencia se impuso: decidí quedarme quieto y fingir que nada había ocurrido. Tardé horas en volver a conciliar el sueño, devorado por la inquietud.

A la mañana siguiente nos levantamos mucho antes de la llamada para las laudes. Tras un bocado rápido en las cocinas, partimos al alba, justo cuando los primeros rayos de sol comenzaban a teñir las torres de Florencia.

Al cruzar la ciudad, nos detuvimos ante la majestuosa catedral de Santa María del Fiore, cuya enorme cúpula empezaba a reflejar la luz del amanecer con un aspecto tan espléndido como sobrecogedor.

Aquel templo se había levantado con una ambición colosal; de hecho, un edicto municipal del año 1294 dictaminaba que su fábrica debía superar en belleza y magnificencia a cualquier obra producida jamás por la antigua Roma o Grecia.

Dejando atrás la maravilla marmórea, cruzamos la Piazza della Signoria pasando junto al imponente Palazzo Vecchio. En ese preciso instante, una voz rasposa rompió el murmullo de la mañana: —¡Giovanni, por Dios bendito! ¡Cuánto tiempo sin verte!

Al girarnos al unísono, vimos avanzar a un hombre de aspecto tosco y rudo, con un delantal de cuero curtido propio de los artesanos, secándose las manos manchadas de hollín en un trapo.

Era Tommaso di Curradi, el célebre orfebre florentino.

Su rostro reflejaba una alegría genuina al reencontrarse con el prior.

Ambos se fundieron en un abrazo fraternal entre risas.

—Me alegra verte, Tommaso. ¿Cómo sigue tu mujer?

—preguntó fray Juan con afecto. —Depende del día, Giovanni —suspiró el artesano, ensombreciendo el gesto—.

Desde la muerte de nuestro pequeño, le cuesta mucho levantar cabeza.

—Es una mujer fuerte; superará este amargo trago —lo animó el prior con voz firme antes de posar su mano en mi hombro—.

Ven, acércate, Bartolomé. Te presento a Tommaso di Curradi, el mejor orfebre de toda Florencia.

Bueno... orfebre y comerciante; si algún día necesitas adquirir algo de calidad a buen precio, él es tu hombre.

Tommaso me miró de arriba abajo con curiosidad, abriendo los brazos en señal de bienvenida.

—¡Muchacho! Cuando vuelvas por aquí, ven a mi taller.

Te enseñaré mis trabajos y, si te atreves, hasta puedo iniciarte en el oficio de la platería —dijo con una sonrisa franca, antes de volverse hacia fray Juan—.

De hecho, iba directito hacia allí. Acercaos un rato después del encargo, si tenéis un momento.

Fray Juan negó con una suave sonrisa, disculpándose: —Te agradecemos el convite, Tommaso, pero partimos hacia Roma de inmediato para atender unos asuntos del Santo Padre.

No sé cuándo regresaremos a Florencia, pero te prometo que, en cuanto volvamos, pasaremos por tu taller para que Bartolomé conozca tu obra y salude a tus pequeños.

Tras un apretón de manos definitivo, nos despedimos del orfebre y pusimos rumbo hacia el Ponte Vecchio, cruzando las aguas mansas del río Arno para iniciar el largo camino hacia la Ciudad Eterna.

Al otro lado del puente nos aguardaba un arriero de confianza con varias bestias de carga y un carromato cubierto que fray Juan había contratado para aliviar el peso del viaje y hacer soportable la ruta al anciano.

Antes de que cayera el sol del segundo día, divisamos a lo lejos la esbelta silueta del Campanile de la Torre del Mangia, anunciando nuestra llegada a Siena.

Allí nos acogieron los frailes de un convento amigo, donde pasamos una noche reparadora sin que nos faltara de nada gracias a la generosidad de la comunidad.

A la mañana siguiente, tras pertrechar el carro y alimentar a las bestias, retomamos la marcha surcando los caminos de la Toscana en dirección sur.

Aquella misma mañana, mientras traqueteábamos cómodamente sobre el asiento de madera del carromato, el prior volvió la mirada hacia mí y, tras un breve silencio, me preguntó con tono pausado: —Bartolomé...

El libro que trajiste al convento la noche de tu llegada, ese del que jamás te he pedido explicaciones...

¿Qué fue de él? Sentí que el corazón se me encogía, pero respondí con sinceridad: —Lo oculté a buen recaudo en el convento, fray Juan.

El anciano asintió con aprobación. —Hiciste bien, hijo.

Pero escucha lo que voy a decirte: en cuanto regresemos de Roma, quiero que lo saques de allí y lo escondas en un lugar más seguro.

Fray Juan hizo una pausa, mirándome fijamente a los ojos con una intensidad que me desarmó.

—Por eso mismo te hablé antes de mi buen amigo en Siena.

Me gustaría que, a la vuelta, trajeras el libro hasta aquí y se lo entregues en mano a un hombre llamado Samuel Ben Yehudá.

Es un rabino judío; aunque no compartimos la misma fe, es un hombre justo, recto, amado por todos y un apasionado defensor de los libros.

Si en algún momento tu vida peligra por culpa de ese manuscrito, acude a él.

Enséñaselo. Él sabrá exactamente qué hacer.

El prior me apretó el brazo con suavidad y concluyó, grabándome a fuego el nombre en la memoria: —Recuérdalo bien, Bartolomé: Samuel Ben Yehudá.