Capítulo 11 “El Robo”
Durante casi dos horas, los dos jóvenes investigaron a fondo la copia impresa del manuscrito de Bartolomé, contrastando los datos con búsquedas en la red sobre los acontecimientos históricos que el monje mencionaba.
Descubrieron, con gran asombro, que los sucesos narrados eran rigurosamente reales. El accidente en el puente de San Pedro había ocurrido exactamente el 24 de diciembre de 1450, coincidiendo con el año jubilar proclamado por el papa Nicolás V.
Aunque no hallaron rastro en los registros del fraile Fernando López de Baeza ni del propio autor Bartolomé Sánchez, sí comprobaron que el temible cardenal Barbo era un personaje histórico perfectamente documentado,
un prelado ambicioso que años más tarde alcanzaría el Pontificado bajo el nombre de Pablo II.
Agotados por el esfuerzo intelectual, decidieron dejar el resto de la investigación para el día siguiente.
Eran cerca de las doce de la noche cuando Ysabella llegó al portal de su edificio.
Al subir a la octava planta y acercarse a la puerta de su apartamento, un detalle le heló la sangre: un tenue haz de luz se filtraba desde el interior.
La puerta estaba ligeramente entreabierta.
Instintivamente, dio un paso atrás, presa del pánico.
¿Qué estaba pasando? Recordaba perfectamente haberla cerrado con doble vuelta al marchar por la mañana.
Un escalofrío recorrió su columna. Sin pensarlo dos veces, dio media vuelta y echó a correr escaleras abajo, sin atreverse a esperar el ascensor.
Una vez en la calle, al alcanzar la seguridad de una parada de taxis cercana, sacó el teléfono móvil de su bolso con las manos temblando y marcó el número de Paulo.
Cuando éste contestó la voz de Ysabella era un hilo de puro nerviosismo.
Paulo intentó calmarla, pero ella apenas pudo articular: —Paulo...
tienes que venir. Ha pasado algo terrible en mi apartamento.
La puerta estaba abierta y no me he atrevido a entrar.
—No hagas nada. Quédate exactamente dónde estás, voy para allá ahora mismo —sentenció el reportero con firmeza.
—Te espero en la parada de taxis... Por favor, no tardes. —Y colgó de inmediato.
Cuando Paulo llegó en su coche, subieron juntos con el pulso acelerado. Al llegar a la octava planta, comprobaron con horror que la cerradura había sido forzada violentamente, con el pestillo destrozado.
Una vez dentro, el panorama era desolador.
El piso entero había sido puesto patas arriba: cajones vacíos esparcidos por el suelo, los armarios abiertos de par en par y la ropa arrojada por el suelo.
En el dormitorio de Ysabella, los cajones de la mesilla de noche yacían volcados sobre la cama, y su ropa interior aparecía desparramada por todas partes, como si un intruso depravado se hubiera ensañado buscando algún tipo de trofeo morboso.
Estaba claro que los asaltantes buscaban algo muy concreto y no lo habían encontrado.
La pequeña biblioteca del salón tampoco se había librado de la furia de los saqueadores. Los volúmenes formaban montículos caóticos sobre la alfombra, y algunos manuscritos modernos yacían abiertos y volcados sobre la mesa de centro que hacía las veces de escritorio.
En un gesto de absoluta impotencia, Ysabella se llevó las manos a la cabeza y rompió a llorar, apoyando el rostro en el hombro de Paulo.
En ese preciso instante, mirando hacia la mesita central, un pensamiento cruzó su mente.
—Paulo... mi ordenador portátil. Ya no está.
Lo tenía ahí encima —dijo, señalando el mueble con un temblor en la voz.
—¿Había información confidencial o de trabajo?
—preguntó el reportero con el ceño fruncido.
—Nada comprometedor. Solo informes rutinarios y algunas traducciones que tenía pendientes —suspiró ella, angustiada.
Paulo apretó los dientes, sintiendo una fría punzada en el estómago. —Han sido ellos. La Hermandad. Esta gente es extremadamente peligrosa, Ysabella. Tenemos que avisar a la policía de inmediato.
Sacó su teléfono y marcó sin dudar el número de la tarjeta que el inspector Enrique Cámara le había entregado días atrás.
—¿Inspector Cámara? Dígame —sonó una voz grave al otro lado de la línea.
—Buenas noches, inspector. Soy Paulo Marín.
Acabamos de sufrir un allanamiento de morada y un robo en el domicilio de la señorita Ysabella Cortés.
—No toquen absolutamente nada —ordenó Cámara con voz cortante—. Salgo para allá ahora mismo.
El inspector Cámara hizo acto de presencia veinte minutos más tarde, acompañado por dos agentes de la policía científica equipados con maletines metálicos.
Los peritos peinaron la estancia minuciosamente, tomando fotografías de todo el desorden que la estancia presentaba y buscando huellas dactilares.
Sin embargo, el resultado fue frustrante: los intrusos habían actuado con tanta profesionalidad que las únicas marcas halladas en todo el piso pertenecían a la propia Ysabella. No habían dejado ni un solo rastro.
Cámara se acercó lentamente a la joven, observándola con fijeza a través de sus ojos cansados. —Señorita Cortés, resulta evidente que este asalto guarda relación directa con el asesinato de su abuelo. Está claro que ustedes poseen algo que esta gente ansía recuperar a cualquier precio.
El inspector desvió la mirada inquisitiva hacia Paulo. —¿Hay algo que me estén ocultando?
Paulo levantó ligeramente la barbilla, manteniendo el tipo. —Inspector, lo que sabe es exactamente lo que ha ocurrido. Esos individuos robaron el manuscrito original en la librería, y al parecer siguen buscando algo más que ni nosotros mismos sabemos qué es.
Cámara suspiró, cruzándose de brazos. —Muy bien, señor Marín.
Pero le advierto que estos sujetos no juegan limpio; ya ha podido comprobar de lo que son capaces, incluso de segar una vida si lo consideran necesario.
Les aconsejo encarecidamente que me cuenten toda la verdad y no se guarden ningún detalle.
—Dando la vuelta, añadió con tono seco—: Voy a indagar en el portal, a interrogar al conserje y a los taxistas de la zona por si alguien vio algo sospechoso.
Antes de cruzar el umbral tras sus agentes, Cámara se detuvo un instante, observó la cerradura reventada y miró de nuevo a Ysabella. —Si tienen seguro del hogar, llamen cuanto antes para que envíen a un cerrajero de urgencia y reparen este destrozo.
En cuanto la puerta se cerró y se quedaron solos en medio del caos, Ysabella no pudo contenerse más y se derrumbó, arrojándose a los brazos de Paulo.
Él la estrechó con fuerza contra su pecho, rodeándola con un abrazo protector, intentando transmitirle una seguridad que en ese momento ni él mismo sentía.
—Siento tanto haberte arrastrado a este infierno, Ysabella... Todo esto es por mi culpa —murmuró él con infinita tristeza, apartándole con el dedo pulgar una lágrima rebelde que resbalaba por su mejilla.
Ysabella levantó la vista hacia él. En sus ojos enrojecidos no había reproche, sino una profunda ternura que disipaba toda culpa.
Lentamente, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir, sus rostros se fueron acercando en la penumbra hasta que sus labios se encontraron en un beso cálido, tierno y desesperado a la vez,
sellando de la manera más imprevista los sentimientos que habían estado germinando entre ellos en medio de la tormenta.