La profecía olvidada Capítulo 10 “La Hermandad”
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Capítulo 10 “La Hermandad”

(Roma, 27 de diciembre de 1450. Palacio Vaticano)

A primeras horas de la madrugada, cuando la ciudad eterna yacía sepultada bajo un silencio gélido, ocho hombres se encontraban reunidos en una estancia oculta, clausurada a los ojos del mundo en las entrañas del Palacio Vaticano.

Habían sido citados con absoluta discreción y máxima urgencia, bajo la promesa de que lo que allí se discutiera decidiría el destino de la Cristiandad.

Siete de ellos ocupaban asientos de respaldo alto alrededor de una larga mesa rectangular.

En el centro exacto brillaba un pesado candelabro de hierro forjado cuyas velas iluminaban tenuemente los rostros crispados de los presentes.

A lo largo de los muros de piedra desnuda, varios candiles de tea crepitaban, arrojando sombras danzantes sobre los tapices oscuros.

El octavo hombre permanecía de pie, inmóvil al cabecero de la mesa. Toda su cabeza y su rostro estaban cubiertos por una capucha de sayal negro, en la que apenas se habían abierto dos rendijas para los ojos y una pequeña abertura para la boca. Su identidad era un misterio absoluto.

De pronto, el encapuchado levantó una mano enguantada. El simple gesto acalló los murmullos de inquietud que flotaban en el ambiente. Todos guardaron un silencio sepulcral, clavando sus ojos en la figura amenazante.

—Señores —comenzó hablando con una voz profunda, cargada de una autoridad aplastante—, han sido convocados para atender un asunto de gravedad extrema: el statu quo de nuestra Santa Madre Iglesia corre un peligro mortal.

Un murmullo sordo de incredulidad y asombro recorrió la mesa. Algunos de los asistentes se miraron con los ojos abiertos de par en par.

El líder alzó ligeramente la voz para imponerse de nuevo:

—De entre nuestras propias filas ha surgido un enemigo. Un traidor cuyas ideas amenazan con socavar la fe católica y derribar los cimientos mismos de nuestra institución y de nuestras más sagradas convicciones.

Hizo una pausa calculada, dejando que la tensión se espesara en la sala.

—Ese hombre ya ha recibido el castigo supremo de manos de Dios; pagó con su propia vida su soberbia y su osadía.

Pero su legado sigue entre nosotros: un manuscrito maldito donde plasma su herejía.

Su paradero actual es incierto. Y esa, señores, va a ser nuestra única misión a partir de esta noche: encontrarlo, cueste lo que cueste, destruirlo...

y barrer del mapa a todo aquel que haya osado abrir sus páginas.

Uno de los presentes, un hombre de manos finas y sotana impecable, levantó tímidamente la mano. Al recibir la aprobación con un gesto de la cabeza, preguntó con voz temblorosa: —Excelencia... si puede saberse, ¿cuál es exactamente el contenido de ese libro? ¿Tan grave es lo que se esconde en él?

—¿Hasta qué punto puede comprometer la estabilidad de Roma? —saltó otro de los presentes sin esperar permiso.

El murmullo general amenazaba con desbordar la sala, pero el encapuchado golpeó la mesa con la palma de la mano. Un eco seco retumbó en las paredes y la estancia volvió a enmudecer al instante.

—Señores —dijo con frialdad glacial—, lo único que deben saber es que las tesis de ese hereje, de llevarse a la práctica y difundirse, acabarían de inmediato con la supremacía absoluta que nuestra Iglesia ejerce sobre el mundo entero.

Extendió las manos sobre la mesa, con las palmas abiertas hacia arriba, y sentenció con un tono de voz solemne: —Lo que este infeliz pretendía con su teoría era algo abominable, un desafío sin precedentes: Despertar a Dios.

La declaración cayó sobre los asistentes como una losa de plomo. Nadie se atrevió a replicar. El auditorio entero enmudeció, atrapado en una especie de parálisis intelectual, sin hallar una sola palabra ante semejante blasfemia.

El encapuchado continuó, paseando su mirada a través de las rendijas de la capucha:

—Sobran los argumentos para comprender que, a nosotros, los guardianes de la grey, nos conviene un Dios dormido, aletargado, para mantener el orden establecido.

Mientras el Creador permanezca callado, distante y quieto, Roma seguirá gobernando sin oposición y nosotros seguiremos ostentando el poder real sobre los reyes y los imperios.

Pero si alguien osa despertar a Dios... si el Altísimo interviene de nuevo de forma probada y evidente, ¿quién de nosotros sabe qué será de nuestro poder? ¿Quién subsistirá?

Las palabras del líder resonaron como un trueno silencioso en las mentes de los presentes. Nadie osó respirar hondo.

—Por lo tanto —prosiguió el hombre de la cara oculta—, a partir de este instante, los aquí reunidos constituiremos una hermandad estrictamente secreta.

Nuestra única razón de ser será encontrar ese manuscrito maldito, recuperarlo cueste lo que cueste y traerlo aquí para ponerlo a salvo de los necios, de los iluminados y de los enemigos de la fe.

Un veterano cardenal, que había permanecido con los ojos cerrados todo el tiempo, alzó la mano derecha. —¿Tendremos un nombre oficial como organización que nos distinga, Señor?

El líder esbozó una sonrisa invisible bajo la tela negra. —Por supuesto. Un nombre tan secreto como nuestra causa, pero lo suficientemente elocuente como para que no alberguéis dudas sobre cuál es nuestra verdadera misión.

Se llevó lentamente las manos a la cabeza y, ante el asombro general de los presentes, desató el nudo y se quitó la capucha de un solo golpe, revelando su rostro a la luz de las velas.

—Desde hoy —anunció con voz ceremonial—, nos llamaremos La Hermandad del Statu Quo.

Los presentes contuvieron el aliento al reconocer el rostro de quien los lideraba, un hombre cuyo poder político y eclesiástico en el Vaticano era incalculable.

—Y dentro de la organización —continuó el líder, reanudando su tono frío—, cada uno de nosotros adoptará un nombre en clave, un apelativo que refleje la función exacta que desempeñará en esta cacería.

—Perdone, Eminencia —insistió el cardenal más anciano, incapaz de sofocar su inquietud—. Antes de empezar... ¿no puede adelantarnos algo más sobre el contenido del libro? Necesitamos saber a qué nos enfrentamos exactamente.

El líder lo miró fijamente a los ojos antes de responder:

—Comprendo vuestra curiosidad, hermanos.

Pero creedme cuando os digo que el conocimiento de ese texto es una carga peligrosa.

Solo os diré una cosa más: las ideas de ese hereje tienen el potencial de destruir el edificio que hemos tardado siglos en construir.

Si se conocieran las pruebas en las que trabajaba, monarcas enteros y naciones enteras retirarían su apoyo a nuestra causa, embaucados por una certeza que destruiría los cimientos de la fe.

El líder cerró los puños sobre la madera.

—Si eso ocurriera, sería nuestro fin. Y, quién sabe... tal vez también el fin de este mundo tal y como lo conocemos.