La profecía olvidada Capítulo 9 “El Iluminador”
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Capítulo 9 “El Iluminador”

Los días en el convento de San Domenico fueron pasando con la mansa regularidad de las horas canónicas.

Me adapté con facilidad a las estrictas normas de la comunidad y retomé el noviciado que había emprendido dos años antes.

Me sumergí de lleno en la titánica tarea de perfeccionar las lenguas clásicas —el latín y el griego— y devoré los escritos de Johannes Cassianus y de San Agustín, alternando el estudio con largas horas de oración y recogimiento.

El maestro de novicios, fray Giuseppe Nardi, fue un auténtico bálsamo para mi alma atormentada.

Era un florentino de cuarenta y dos años, de figura oronda, bondadoso y con unas facciones casi infantiles que transmitían una paz infinita.

Me ayudó a superar el luto por la violenta pérdida de mis dos mentores y, con inagotable paciencia, me enseñó a dominar la dulce lengua de la Toscana.

Seis meses después de mi ingreso, tomé los votos definitivos.

Me ordené como fraile de la orden de los dominicos observantes.

A diferencia de la rama principal de los predicadores, sometidos a una estricta clausura de oración y estudio, los observantes —a la que también pertenecía el Prior— gozábamos de mayor libertad para participar en labores manuales y artísticas fuera de los muros estrictos del claustro.

Como dictan las sagradas normas de nuestra orden, que prohíben poseer bien terrenal alguno, entregué al convento la bolsa con los veinte florines de oro que Jacobo me había legado.

Fue un acto de desprendimiento que cimentó mi estrecha relación con el Prior; desde entonces, me permitía sentarme a su lado durante los refectorios, los rezos y las interminables horas de estudio.

Pero el mayor regalo que me dio Fiésole fue conocer y trabajar junto a fray Juan el prior.

Fray Juan de Fiésole era un hombre tocado por la gracia divina, un maestro absoluto en el arte de la pintura.

Su labor principal aparte de ejercer el priorato en el convento era la de copista e iluminador de manuscritos, un oficio que me impresionó profundamente desde el primer día y que, aún hoy, me sigue deslumbrando.

Gracias a los innumerables encargos de misales y libros de horas que recibíamos de las grandes familias patricias de Florencia y de toda la Toscana, nuestra comunidad podía vivir holgadamente y dedicar sus excedentes a los pobres.

Fray Juan me tomó bajo su tutela en el scriptorium. Empecé por lo más humilde: aprendí a moler minerales en el mortero para extraer pigmentos como el lapislázuli o la malaquita, y a aglutinarlos cuidadosamente con yema de huevo para crear la pintura al temple.

Con los meses, mis manos ásperas se volvieron precisas.

Aprendí a coser los volúmenes de pergamino y a dar color a los bocetos de mi maestro.

Recuerdo la inmensa sonrisa que iluminó su rostro cuando terminé por mi cuenta el primer trabajo que me encomendó.

Con el tiempo, adquirí tal destreza que algunas familias adineradas de la sociedad florentina acudían al convento pidiendo expresamente que fuera yo quien realizara el trabajo.

Mi especialidad absoluta se convirtió en las letras capitales: me fascinaba trazar iniciales inmensas y adornarlas aplicando finísimas láminas de oro y plata, mientras otros novicios aventajados se encargaban de dibujar las figuras humanas.

Pero el talento de fray Juan no se limitaba a los pergaminos. Era un pintor de frescos sin parangón.

Él mismo había adornado el altar mayor de nuestro convento. Las imágenes religiosas que pintaba, envueltas en una devoción y una luz celestial inconfundibles, aún pueden admirarse en muchos rincones de Florencia e incluso en Roma, adonde el Santo Padre reclamó sus servicios en más de una ocasión.

Tuve el honor de acompañarle como ayudante en muchos de esos encargos.

Mi labor era puramente física, pero vital: preparaba el mortero mezclando tres partes de arena de río y una de cal para crear el arriccio, la capa base sobre el muro de piedra.

Luego, nivelaba la pared y aplicaba el enlucido fino, siempre calculando la humedad exacta para que fray Juan pudiera ejecutar su giornata, la jornada de pintura que debía completarse antes de que el yeso se secara.

Fueron horas agotadoras, pero invaluables.

Le alivié gran parte del esfuerzo que, a su avanzada edad, le suponía un sacrificio enorme.

Juntos trabajamos en las celdas del convento de San Marcos en Florencia.

Fue allí donde, en un gesto de suprema confianza, me entregó los pinceles y me permitió plasmar con mis propias manos algunos detalles menores en un fresco sobre las tentaciones de Nuestro Señor Jesucristo, guiando cada uno de mis trazos.

Su fama cruzaba fronteras. Años atrás, el papa Eugenio IV le había encargado la decoración de la capilla del Sacramento en la basílica vaticana, y más recientemente, el papa Nicolás V le había requerido para ilustrar los frescos de las vidas de San Lorenzo y San Esteban en los aposentos papales.

Siempre dando muestras de su maestría y humildad, fray Juan permitía que sus ayudantes ejecutáramos pequeñas partes de la obra.

Pero mientras mis días transcurrían entre andamios, pigmentos y polvo de cal, mis noches albergaban un propósito mucho más oscuro y trascendental.

Había solicitado al Prior un permiso especial para permanecer en la biblioteca una hora más después de completas, cuando el resto de la comunidad ya dormía.

A la luz parpadeante de una simple lámpara de aceite, rodeado por el silencio absoluto de la noche, me dediqué a copiar en secreto el libro hereje de mi maestro.

Llevé a cabo un trabajo minucioso y extenuante, al estilo de los antiguos escribas. Para no cometer el más mínimo error que alterase la demostración empírica de Fernando, contaba las letras y las palabras de cada renglón, anotándolas en un pliego aparte.

Pero no me limité a copiarlo. Decidí ocultar su verdadero valor a simple vista, transformándolo en una obra de arte.

Apliqué todo lo que había aprendido de fray Juan, arriesgándome a sustraer con pulso tembloroso diminutas pizcas del tesoro más codiciado del scriptorium: el azul ultramar.

Aquel pigmento, extraído de las exóticas piedras de lapislázuli de Badajshán, superaba con creces el valor del oro puro, y fray Juan lo custodiaba bajo llave con celo implacable, reservándolo estrictamente para los mantos de la Virgen y las representaciones más sagradas.

A veces, mientras perfilaba con él las letras capitales a altas horas de la madrugada, no podía evitar sentir el vértigo de la contradicción.

Me preguntaba si no sería una terrible blasfemia utilizar el color de la divinidad, el tono más puro y sagrado de la Iglesia, para embellecer un libro que precisamente cuestionaba los cimientos de su poder.

Sin embargo, el miedo pronto se disipaba al recordar la mirada bondadosa de mi maestro y su trágico final en el puente de San Pedro.

Pensaba en Fernando y sentía que su memoria, su inmenso sacrificio y el amor filial que le profesaba valían mucho más que cualquier condena terrenal.

Aquel azul celestial era lo mínimo que merecía su legado.

Ilustré el pergamino, diseñé complejos cuadros de palabras para encriptar los mensajes más peligrosos y puse un énfasis obsesivo en adornar las iniciales con orlas magistrales, ocultando sutiles símbolos en forma de animales, plantas y figuras celestiales.

Letra a letra, trazo a trazo, fui dando forma y belleza a un libro que, bajo su deslumbrante apariencia, escondía la mayor amenaza para el Vaticano.

Después de casi un año de trabajo clandestino, di por finalizada la copia.

Ahora tenía en mi poder dos volúmenes: el original escrito por Fernando López de Baeza y el trasunto iluminado que yo mismo había creado.

Mi pequeña celda ya no era un escondite seguro, pues pasaba demasiadas horas fuera del convento ayudando a fray Juan en sus encargos por la ciudad.

Si alguien descubría aquellos textos, mi vida terminaría en la hoguera.

Durante días busqué el lugar perfecto. Por fin lo hallé en los confines del huerto del convento, en un viejo y ruinoso cobertizo donde se guardaban las hoces, azadas y guadañas para el labrado de la tierra.

Aprovechando la oscuridad de la madrugada, cavé un hoyo profundo bajo la tierra apelmazada.

Envolví ambos libros por separado en gruesas y resistentes pieles de becerro para protegerlos de la humedad y la podredumbre, y los sepulté en el agujero.

Pisé la tierra con fuerza y disimulé el escondite cubriéndolo con aperos oxidados y hojarasca seca.

Allí debían permanecer, dormidos en las entrañas de la tierra, hasta que llegara el momento de llevar a buen término el plan que había trazado en mi mente. Un plan que, si es la voluntad de Dios y sobrevivo a los días venideros, dejaré plasmado en estas mismas páginas.