Capítulo 8 “El Cuadrado Mágico”
El ambiente en la librería estaba cargado de una urgencia febril.
Paulo se volvió hacia Martín, asumiendo el mando de la situación.
—Copia el archivo en este lápiz de memoria —ordenó el reportero, tendiéndole un pendrive metálico—.
Y haz dos copias impresas en papel, una para Ysabella y otra para mí.
En cuanto te asegures de que los datos están a salvo en la memoria externa, quiero que borres el archivo original del ordenador de la librería.
Y vacía la papelera de reciclaje. No podemos dejar ni un solo rastro.
El muchacho asintió, tecleando a toda prisa. Minutos después, la impresora escupía las decenas de folios que componían el manuscrito de Bartolomé.
Ysabella tomó su copia aún caliente y comenzó a pasar las páginas con avidez experta.
De repente, su ceño se frunció. Se detuvo y volvió hacia atrás, comprobando la numeración.
—Martín... ¿estás completamente seguro de haber escaneado el manuscrito en su totalidad?
—preguntó, levantando la vista. —Claro —respondió el joven, a la defensiva—.
Lo pasamos página por página. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque falta algo —sentenció ella, golpeando el papel con el índice—.
Había una página con una serie de números y grafías extrañas que no aparece aquí.
No la veo por ningún lado, y recuerdo perfectamente que era una de las últimas.
Paulo se acercó, escrutando los folios. —Es cierto. Yo también recuerdo haber visto esa maraña de números, Ysabella. ¿Qué demonios ha pasado con esa hoja, Martín?
El joven se encogió de hombros, pálido. —No tengo ni idea.
A lo mejor Lorenzo la arrancó al darse cuenta de algo...
—Eso es absurdo —le cortó Ysabella—. Con el amor y la reverencia que mi abuelo sentía por los libros, jamás habría mutilado un volumen de esta antigüedad.
Jamás. —A no ser... —murmuró Paulo, con la mirada perdida en la estantería— que hubiera una razón de vida o muerte para hacerlo.
—Claro que la hay —comprendió Ysabella en un suspiro—.
Cuando mi abuelo me llamó, estaba eufórico.
Dijo que había descubierto algo importantísimo.
Seguramente se refería a la clave que ocultaba esa página: el mapa o el acertijo que lleva al paradero de La Profecía Olvidada.
—Tiene todo el sentido, pero la pregunta es: ¿dónde escondió esa hoja?
Durante dos días interminables, pusieron la librería patas arriba.
No quedó un cajón por abrir, ni un falso fondo por hurgar, ni una pila de libros por revisar.
Tragaron polvo y desesperación a partes iguales.
Al tercer día, repitieron la misma búsqueda titánica en el apartamento de Lorenzo, pero el resultado fue igual de infructuoso.
Agotados, exhaustos y con los ánimos por los suelos, se dejaron caer en los sofás del salón del difunto anciano para ordenar ideas.
—Ysabella, tú conocías bien a tu abuelo —dijo Paulo, frotándose los ojos—.
¿Tenía algún amigo de confianza extrema al que pudiera haberle entregado algo tan valioso?
¿Alguna caja fuerte secreta en el banco?
—Paulo, no había nadie en el mundo en quien mi abuelo confiara más que en mí —respondió ella, rendida—.
Además, la cronología no encaja. No tuvo tiempo de salir de la librería ni de llamar a nadie más en vista de lo rápido que ocurrió todo.
Justo en ese momento, el timbre estridente del teléfono móvil de Ysabella rompió el silencio. Miró la pantalla y descolgó. Eran de la funeraria que había organizado el sepelio.
—¿Señorita Cortés? —dijo una voz aséptica al otro lado de la línea—.
Verá, tenemos algunos objetos personales de su abuelo que olvidamos entregarle.
—¿A qué objetos se refiere? —preguntó Ysabella, incorporándose de golpe.
—Es poca cosa. Una pequeña agenda, una llave, y una hoja de papel doblada que estaba en el interior de un plástico protector.
Todo estaba en el bolsillo interior del traje oscuro que usted nos hizo llegar para vestir al difunto.
¿Desea pasar a recogerlos o prefiere que se los enviemos?
—¡Voy para allá ahora mismo! —respondió Ysabella, y colgó.
Paulo la miró, contagiado por la repentina sonrisa que iluminaba el rostro de la joven. —La tenemos, Paulo. La hoja que falta está en la funeraria.
En menos de una hora tenían en su poder la pequeña agenda de piel, la llave (que resultó ser del buzón de la librería) y la preciada hoja que Lorenzo había arrancado.
Efectivamente, el anciano había rasgado la página con sumo cuidado y la había envuelto en una funda de celofán transparente.
Gracias a ese acto reflejo de ocultación, los hombres de la Hermandad se habían llevado el manuscrito original, sí, pero estaban ciegos.
Les faltaba la piedra roseta para descifrar las incógnitas de la búsqueda.
Por un golpe de suerte providencial, Paulo e Ysabella iban un paso por delante de los asesinos.
Regresaron rápidamente a la librería. Martín escaneó la página arrancada por ambas caras.
Paulo, implacable con la seguridad, solo permitió que se imprimiera una única copia física, guardándose el archivo digital en su propio bolsillo.
El original envuelto en plástico lo escondería al día siguiente en la caja de seguridad de su banco.
Después de una cena rápida y silenciosa, los tres subieron al apartamento de Paulo. Despejaron la gran mesa del salón y desplegaron su arsenal: las copias impresas del manuscrito, los ordenadores portátiles, libretas de notas y, en el centro, como un tesoro sagrado, la copia de la misteriosa hoja.
A la luz del flexo, la página resultaba fascinante. Estaba bellamente ilustrada con intrincadas orlas en los márgenes y redactada con una caligrafía magistral.
—El autor de estos trazos era un artista consumado —susurró Paulo, impresionado—. Un auténtico maestro del cálamo. —Es cierto —asintió Ysabella, acariciando el papel de la copia—. He visto cientos de códices, pero rara vez unas letras tan bien adornadas.
Ante ellos, en la mitad superior de la hoja, se presentaba el primer galimatías de Bartolomé Sánchez de la Vega. Bajo una críptica frase en latín, se dibujaba una cuadrícula perfecta, un bloque de letras dispuestas con una simetría asombrosa.
Paulo tomó un rotulador y, para verlo con mayor claridad, transcribió el diseño en una pizarra blanca que tenía en la pared del salón:
Paulo dio un paso atrás, cruzándose de brazos.
—Había oído hablar de este tipo de acertijos...
Cuadrados mágicos, ¿no? —Exacto —confirmó Ysabella, con los ojos brillando de fascinación académica—.
Se les conoce como palíndromos múltiples o multiformes.
La palabra deriva del griego palin y dromein, que significa "volver hacia atrás".
El más famoso de la historia es el Cuadrado Sator, que ha aparecido en excavaciones desde la antigua Pompeya hasta las piedras de la catedral de Santiago de Compostela.
Pero este... este es un diseño completamente original de Bartolomé.
Martín se acercó a la pizarra, boquiabierto. —Es espectacular. Las palabras se leen de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, de arriba abajo y de abajo arriba... y siguen siendo exactamente las mismas.
—Y fíjate en la cruz central —señaló Ysabella con un bolígrafo—. Las letras D, T, D, T, D. Tanto en la fila de en medio como en la columna central. Son las iniciales exactas de la frase que corona el cuadrado: Deus Tardus Detego Tantisper Dictus.
—¿Y qué significa esa frase exactamente? —preguntó Paulo. Ysabella frunció el ceño, conjugando los verbos mentalmente. —Es una construcción peculiar, pero se traduciría como: «Dios es lento, descubre, mientras tanto, los dichos».
—¿Y las palabras del interior del cuadrado?
—inquirió el reportero, señalando las dos primeras filas.
—ARDOR significa prácticamente lo mismo que en castellano: fuego, pasión, entusiasmo.
RATIO se traduce como cálculo, cuenta o la acción de pensar y contar racionalmente.
—¿Y las de abajo? ¿OITAR y RODRA? —No existen —admitió Ysabella, encogiéndose de hombros—.
Esas palabras no tienen significado en latín.
Martín intervino, con la agilidad mental propia de su juventud.
—No significan nada porque no son palabras reales, Ysabella.
Son simplemente el resultado de escribir RATIO y ARDOR al revés para que el cuadrado encaje.
El peso del mensaje no está en las cinco palabras, sino en las dos superiores y en la cruz central que forman las iniciales.
Paulo asintió despacio, uniendo las piezas del rompecabezas en voz alta.
—Entonces, uniendo la frase principal con los conceptos de la cuadrícula...
el mensaje completo que Bartolomé nos está lanzando desde el siglo quince sería algo como: «Mientras Dios no actúe, descubre los dichos y calcula con pasión y entusiasmo».
Ysabella le dedicó una mirada de profunda admiración.
—Visto así, tu conclusión es impecablemente lógica, Paulo.
Es un mensaje de iniciación. —Una clara invitación del escritor a no rendirnos —continuó el reportero, sintiendo un escalofrío—.
Nos está diciendo que la verdad está ahí, escondida, y nos anima a investigar con ardor.
—Sí, pero no nos engañemos —advirtió Ysabella, apoyando las manos en la mesa—.
Esta es solo la puerta de entrada. Prácticamente no había nada que descifrar aquí porque la explicación estaba implícita en la estética del mensaje.
Bartolomé empieza dando ánimos para aleccionar a quien se atreva a seguirle, porque lo que viene a continuación va a ser infinitamente más complejo.
Martín se dejó caer en una silla, sin dejar de mirar la pizarra. —Ysabella tiene razón. Esto acaba de empezar, y no va a ser nada fácil.