La profecía olvidada Capítulo 7 “Florencia”
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Capítulo 7 “Florencia”

Después de andar durante varios días ocultándome y alejándome de los caminos principales, una tarde, la luz del crepúsculo agonizaba cuando mis pies, magullados y cubiertos del lodo de los caminos, me llevaron hasta una vasta explanada.

El pánico de la huida y los días que anduve perdido, me había dejado exhausto, pero el espectáculo que se abrió ante mis ojos me obligó a detenerme.

Decenas de caballos, mulas de carga y pesados carros de madera formaban un campamento improvisado.

Hombres curtidos gritaban órdenes en dialectos que apenas lograba comprender, descargando enormes fardos al calor de las primeras hogueras de la noche.

Atraído por el inconfundible olor a carne asada, me acerqué temeroso.

Enseguida me fijé en un hombre corpulento y de ademanes enérgicos.

Vestía el atuendo de paño fino típico de los mercaderes acaudalados y dirigía a una cuadrilla de mozos con voz de trueno.

Me armé de valor y me acerqué a él, preguntándole si sabía hacia dónde se dirigía aquella inmensa comitiva.

El hombre se giró, me repasó de arriba abajo, evaluando mis ropas manchadas, y soltó un bufido.

—Muchacho, somos una caravana de comerciantes.

Nos dirigimos a Bolonia y a Módena. Si necesitas finas telas de Flandes, lana hilada o cualquier otra mercancía, y tienes florines para pagar, serás bienvenido a mi fuego —dijo con una sonrisa socarrona—.

Pero si tienes los bolsillos vacíos, te aconsejo que sigas tu camino antes de que los salteadores nocturnos te quiten hasta esa túnica andrajosa que llevas puesta.

Tragando saliva, le pregunté si su ruta pasaba cerca de la ciudad de Florencia.

El hombre soltó una sonora carcajada que hizo girar la cabeza a varios de sus mozos.

—¡Si pasamos cerca, dice! Esa es la joya de nuestra corona, muchacho.

En Florencia haremos noche durante varios días; muchos de los mercaderes que integran esta tropa son vecinos de allí o intermediarios de los gremios florentinos.

Sabía que llevaba veinte florines de oro cosidos al forro de mi ropa, una auténtica fortuna.

Pero mi instinto, forjado a golpes en Roma, me advirtió que no debía revelar mi riqueza si no quería acabar degollado en una cuneta.

Le expliqué que necesitaba llegar a esa ciudad urgentemente y que, una vez allí, un benefactor se haría cargo de mis gastos de viaje y le pagaría con creces.

El comerciante se acarició la barba, mirándome con ojos calculadores.

—Está bien. Me llamo Giacomo Levrino. Vendrás con nosotros y serás uno más, pero te ganarás el pan con el sudor de tu frente como todos los demás.

Yo correré con tus gastos hasta las puertas de Florencia.

Ahora bien —añadió, señalándome con un dedo grueso—, si ese misterioso benefactor tuyo se niega a pagar, te juro que trabajarás como esclavo para mí descargando lana durante dos meses completos. ¿Tenemos un trato?

—Me parece un trato más que justo, señor —accedí aliviado.

Giacomo me palmeó la espalda y me invitó a sentarme junto a su hoguera. Compartimos un asado que me supo a gloria tras días de hambre y miedo. Después, me condujo hasta un carromato cubierto con una lona recia donde ya dormía otro mozo.

—Tendrás que aguantar los ronquidos de Pietro. El vino toscano lo ha tumbado hoy antes de lo previsto —se despidió Giacomo, riendo por lo bajo.

Aunque Pietro parecía tener un fuelle de fragua en la garganta, el agotamiento físico y mental pudo más que el ruido. Me aferré a mi morral, sintiendo el duro contorno del manuscrito contra mi pecho, y caí en un sueño profundo y sin pesadillas hasta que el trajín de las bestias me despertó al alba.

Tras varios días de arduo camino, de cargar fardos y tragar el polvo de la ruta, divisamos Florencia al atardecer.

Entrar en aquella ciudad cruzando sus imponentes murallas fue como despertar en un mundo nuevo.

Si Roma era una urbe antigua, ensombrecida por la peste y el peso del Vaticano, Florencia era una explosión de vida y prosperidad.

Era el auténtico corazón del comercio y del arte.

Las calles empedradas rebosaban de talleres de tintoreros, orfebres y tejedores; el sonido de los telares y el martilleo del metal llenaban el aire.

Por doquier se alzaban iglesias de mármol de colores y palacios que dejaban embelesado a un joven que, como yo, jamás había presenciado semejante grandeza.

En cuanto nos instalamos en una posada segura, busqué a Giacomo en privado.

Decidí que aquel hombre merecía la verdad.

Le confesé el verdadero motivo de mi huida desde Roma, omitiendo el contenido del libro, pero explicándole que unos sicarios a sueldo del temible cardenal Barbo habían asesinado a sangre fría al bibliotecario que me daba asilo, justo después de haber perdido trágicamente a mi maestro.

Giacomo no era un hombre devoto; de hecho, destilaba cierto desprecio por la opulencia y las intrigas de la jerarquía eclesiástica.

Al escuchar mi relato, su expresión endurecida se suavizó.

Se compadeció de mi desgracia y me juró por su honor de comerciante que jamás me delataría, y que no me cobraría ni un solo cobre por el viaje, pues mi incansable trabajo en la caravana ya había saldado cualquier deuda.

Incluso intentó convencerme para que me quedara a su lado. Me ofreció enseñarme los lucrativos secretos del comercio de la lana. —Necesito a alguien despierto y honrado que entienda de números, Bartolomé. Es una oportunidad de oro para un chico inteligente.

Agradecido hasta las lágrimas por su inmensa bondad, le confesé que mis pasos me guiaban irremediablemente hacia el claustro y no hacia el mercado. Le hablé del Convento de Fiésole y de la carta de recomendación que llevaba cosida al pecho.

Giacomo me abrazó con la fuerza de un oso.

Nos despedimos con la promesa de que, si algún día mis pasos me llevaban a Bolonia, iría a visitarle.

Nunca más volví a verle, pero hasta el último de mis días guardaré el recuerdo de aquel mercader bonachón que me dejó sano y salvo a las puertas de mi salvación.

El convento dominico de Santo Domingo de Fiésole se alzaba sobre las colinas, gobernando Florencia desde las alturas. Al cruzar sus muros, un silencio purificador, que olía a cera de abejas y a piedra antigua, me envolvió.

El Prior me recibió en sus austeros aposentos en cuanto supo el nombre de quien me enviaba.

Era un hombre enjuto, de rostro sereno y mirada profunda.

Al preguntarme por su viejo amigo de la infancia, Jacobo di Viccio, el nudo que llevaba semanas oprimiéndome la garganta se deshizo.

Mis ojos se anegaron en lágrimas. Con manos temblorosas, descosí el forro de mi túnica y le entregué la carta lacrada.

El Prior rompió el sello, se acercó al ventanal para aprovechar la luz de la tarde y comenzó a leer en absoluto silencio. Cuando terminó, el pergamino temblaba ligeramente entre sus dedos. Se volvió hacia mí.

—Bartolomé... ¿Jacobo ha muerto? —preguntó con un hilo de voz.

Incapaz de articular palabra, asentí con la cabeza mientras las lágrimas resbalaban por mis mejillas. El Prior cerró los ojos, tragó saliva y acortó la distancia para envolverme en un abrazo protector que me recordó al de mi maestro.

Cuando logré recuperar el aliento, le supliqué que me dejara vivir allí, oculto de aquellos que deseaban segarme la vida.

El Prior me separó suavemente por los hombros y me clavó una mirada escrutadora. —Dime la verdad, muchacho. ¿Llegó Jacobo a leer ese libro que escribió tu maestro?

—Sí, padre —confesé—. La noche antes de morir.

Se quedó en mi celda y no pegó ojo hasta terminarlo.

A la mañana siguiente salió a toda prisa hacia el Vaticano para hablar con el Santo Padre.

Me froté los ojos, reviviendo la pesadilla.

—Ese mismo día lo encontraron flotando en el Tíber, con una daga en el corazón.

El Prior guardó un silencio sepulcral. —¿Puedo ver ese libro, Bartolomé? —pidió, extendiendo la mano.

Temblando, abrí el morral y saqué el voluminoso manuscrito de pergamino. Se lo tendí. Pero en el instante en que sus dedos rozaron el cuero gastado de la cubierta, el pánico me dominó. Me aferré al libro y rompí a llorar de nuevo con desesperación.

—¡No lo lea usted también, se lo suplico! —le imploré, tirando del libro hacia mí como si quisiera apartarlo del fuego—. ¡Por piedad, no lo abra! Ya han muerto dos hombres buenos por culpa de lo que hay aquí escrito... No quiero que vuelva a ocurrir. No soportaría cargar con su muerte también.

El Prior detuvo su mano. Me observó durante unos segundos eternos, midiendo la magnitud de mi terror, y finalmente asintió, retirando los dedos de la cubierta.

—Que sea como tú pides, Bartolomé. Te doy mi palabra ante Dios de que no lo leeré.

—Hizo una pausa y su tono se volvió inmensamente solemne—.

Pero voy a darte una advertencia. Si el contenido de esas páginas fue capaz de arrastrar a la muerte a un hombre tan prudente, brillante y erudito como mi amigo Jacobo...

estoy seguro de que, cuando llegue el momento, a ti también te cautivará.

Se inclinó hacia mí. —¿Tú lo has leído ya?

No quise mentirle en aquel santuario. Le confesé que, debido a mi incipiente latín culto, aún no lo había terminado, pero que mi firme propósito era descifrarlo en su totalidad para comprender la maldita verdad que se había cobrado la vida de mis seres más queridos.

Poniendo su mano tibia sobre mi cabeza, el Prior musitó una oración en latín y trazó en el aire la señal de la cruz, bendiciéndome.

Luego me hizo jurar, por la salvación de mi alma, que jamás le mostraría ese libro a nadie dentro de los muros del convento y que lo mantendría oculto bajo las losas de mi celda. Accedí de inmediato.

—Ven conmigo, muchacho —dijo, suspirando—. Voy a mostrarte tus aposentos.

Le seguí en silencio a través de un claustro bañado por la luz del atardecer, hasta adentrarnos en un largo corredor jalonado por pesadas puertas de roble. Era la zona destinada a los novicios. Al llegar al extremo del pasillo, en la crujía derecha, empujó una puerta.

La pequeña celda era el epítome de la austeridad: paredes de piedra desnuda, un crucifijo de madera y un camastro rústico como único mobiliario.

—Aquí estarás a salvo. Esta será tu morada mientras permanezcas bajo mi protección —me dijo el Prior, señalando el catre—. Descansa, Bartolomé. Que la paz del Señor vele tus sueños esta noche.

Y cerrando la puerta tras de sí, me dejó a solas en la penumbra de la cámara que, durante un largo e intenso periodo de mi vida, se convertiría en mi hogar, mi refugio y mi cárcel voluntaria.