La profecía olvidada Capítulo 6 “El Crimen”
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Capítulo 6 “El Crimen”

Habían sido necesarias grandes dosis de persuasión para que Paulo aceptara separarse del manuscrito.

Finalmente, la profunda confianza que Ysabella le inspiraba inclinó la balanza.

Acordaron dejarle el libro a Lorenzo durante dos días, el tiempo justo para que el anciano pudiera estudiarlo en profundidad y extraer conclusiones sólidas sobre sus próximos pasos.

—Está bien, de acuerdo. Pero solo cuarenta y ocho horas —había sentenciado Paulo—. El viernes por la tarde volveremos a vernos y trazaremos un plan de acción.

Ysabella se había despedido de su abuelo con un sonoro beso en la mejilla, dejándolo fascinado, casi rejuvenecido, rodeado por las montañas de libros de su trastienda.

La espera consumió los nervios de Paulo. Sin embargo, el viernes a media tarde, el teléfono sonó antes de lo previsto. Era Ysabella.

—Paulo... —Su voz temblaba al otro lado de la línea, cargada de una urgencia eléctrica—.

Mi abuelo me acaba de llamar. Dice que ha descubierto algo importantísimo.

Estaba muy agitado. Quiere que vayamos a la librería de inmediato.

—Nos vemos a las cinco en punto en la Cafetería Central y vamos juntos, ¿te parece? —Allí estaré. No tardes —cortó ella.

A las cinco menos cuarto, Paulo ya aguardaba acodado en la barra del local.

Ysabella llegó puntual, con el rostro pálido y la respiración entrecortada.

Él intentó invitarla a un café para templar los nervios, pero ella lo rechazó de plano; un mal presentimiento le oprimía el pecho y no quería perder un solo segundo.

Salieron a toda prisa, detuvieron un taxi en la misma acera y en apenas diez minutos las ruedas del vehículo se detenían frente a la Librería Antigua.

Mientras Paulo pagaba la carrera, su mirada de reportero captó un detalle que le heló la sangre.

De la puerta del local acababa de salir un hombre corpulento, ataviado con una gabardina negra y un sombrero que le ocultaba el rostro.

Llevaba un maletín oscuro aferrado con fuerza contra el pecho.

Sus movimientos eran rígidos, apresurados.

Sin mirar atrás, el hombre se metió de un salto en un coche oscuro que lo aguardaba a escasos metros con el motor en marcha.

Los neumáticos chirriaron sobre el asfalto mojado al acelerar bruscamente.

La escena disparó todas las alarmas en la cabeza de Paulo. Intercambió una mirada de pánico con Ysabella y ambos cruzaron la calle corriendo.

Al cruzar el umbral, la campanilla de la puerta sonó con su habitual tintineo melancólico, pero el ambiente en el interior era radicalmente distinto al de dos días atrás.

Un silencio sepulcral, espeso y antinatural, flotaba entre las estanterías.

No olía a papel viejo; había un hedor dulzón y metálico en el aire.

—¿Abuelo? —llamó Ysabella, dando unos pasos hacia el mostrador—. ¿Abuelo?

No hubo respuesta.

Paulo avanzó instintivamente, interponiéndose entre ella y el mostrador de caoba.

Al asomarse por encima del mueble, el corazón le dio un vuelco brutal.

Lorenzo yacía en el suelo. Sus ojos, antes llenos de sabiduría, estaban abiertos y fijos en el techo.

Un oscuro y extenso charco de sangre se expandía desde su cuello, empapando las baldosas.

Ysabella se asomó por su lado. Un grito desgarrador, un sonido roto que a Paulo se le clavaría en el alma para siempre, escapó de los pulmones de la joven.

Sus rodillas cedieron al instante ante la visión del único ser querido que le quedaba en el mundo, asesinado brutalmente.

Paulo reaccionó con rapidez felina, atrapándola en sus brazos justo antes de que se desplomara inconsciente sobre la madera del suelo.

En apenas diez minutos, la calle se transformó en un circo de luces rotativas y sirenas. La librería era un hervidero de agentes de policía, sanitarios y técnicos de la policía científica moviéndose como fantasmas con trajes blancos entre los libros.

Mientras los paramédicos atendían a Ysabella en la parte trasera de una ambulancia, tratando de sacarla del profundo estado de shock, Paulo se enfrentaba a las afiladas preguntas de Enrique Cámara, el inspector de homicidios al cargo del caso.

—¿Y dice usted que el móvil del crimen es un libro? —preguntó Cámara, encendiendo un cigarrillo a medias y mirándolo con escepticismo—. ¿Un simple libro antiguo?

—No lo sé con absoluta seguridad, inspector —respondió Paulo, manteniendo la calma pese a la rabia que le hervía por dentro—, pero todos los indicios apuntan a ello.

Era un manuscrito de mi propiedad. Se lo presté para que lo tradujera.

He echado un vistazo rápido al mostrador y no está por ningún lado.

Sabiendo que el anciano me lo iba a devolver hoy mismo, blanco y en botella.

Cámara asintió despacio, exhalando el humo.

—¿Ese hombre de la gabardina negra que vio al llegar...

? ¿Coincide la hora? —Salió a toda prisa justo antes de que cruzáramos la calle.

Subió a un coche que lo esperaba con el motor en marcha.

Era una huida en toda regla. —¿Pudo ver la matrícula?

¿El modelo del coche? —No. Ojalá lo hubiera hecho —se lamentó el reportero—.

Ocurrió demasiado deprisa. —La nieta del fallecido ha mencionado de pasada que el anciano tenía un ayudante.

Un chico llamado Martín —inquirió Cámara, escrutando la reacción de Paulo—. ¿Sabe usted algo de él?

Paulo frunció el ceño. —No tenía ni idea.

No lo he visto nunca. —Al parecer, es un universitario de veintidós años.

Hacía las fotocopias y ayudaba en la limpieza.

Podría tener llaves o saber qué había de valor aquí dentro.

El inspector sacó una tarjeta de su gabardina y se la tendió a Paulo.

—Llámenos si recuerda cualquier otro detalle, por insignificante que le parezca.

El coche, los rasgos del hombre, cualquier cosa.

En cuanto el inspector se alejó para hablar con los forenses, Paulo corrió hacia la ambulancia. Ysabella estaba sentada, envuelta en una manta térmica, con la mirada vacía. Él se arrodilló a su lado y le tomó las manos con fuerza, sintiéndolas heladas.

—Ysabella... lo siento en el alma —le susurró, atormentado por la culpa—.

Si no hubiéramos traído ese maldito libro, tu abuelo aún estaría vivo.

Ella parpadeó, volviendo lentamente a la realidad.

Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

Negó con la cabeza y le apretó las manos.

—No te atormentes, Paulo. Tú no empuñaste ese cuchillo.

Y además... tú también has perdido algo incalculable hoy.

La autopsia confirmó la brutalidad del ataque: tras un breve forcejeo, el asesino le había seccionado la vena yugular al anciano con un corte limpio y profesional, sin darle oportunidad de pedir auxilio.

Al día siguiente, un cielo encapotado lloraba sobre el cementerio de la Almudena. El sepelio de Lorenzo Cortés congregó a un grupo reducido de personas: algunos libreros de la Gran Vía, profesores jubilados que compartieron claustro con él y antiguos alumnos.

Mientras los operarios sellaban el nicho bajo la atenta y destrozada mirada de Ysabella, Paulo se dedicó a observar a los asistentes.

Le llamó la atención un muchacho pálido, vestido de riguroso luto, que se mantenía rezagado bajo un paraguas negro.

Lloraba desconsoladamente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano temblorosa en un gesto casi infantil.

Paulo no necesitó que nadie se lo presentara. En cuanto los asistentes comenzaron a dispersarse, acortó distancias y se situó caminando a la par del muchacho.

—Tú eres Martín, el chico que ayudaba en la librería, ¿verdad?

—disparó Paulo sin rodeos. El joven se sobresaltó, mirándolo con ojos enrojecidos.

—Sí... ¿Quién es usted? —Soy el dueño del libro que se llevaron los asesinos de Lorenzo —sentenció el reportero, clavándole la mirada—. ¿Sabes tú algo de ese manuscrito?

Martín se detuvo en seco. Los labios le temblaron.

De repente, el frágil muro de su contención se derrumbó por completo.

Se llevó las manos a la cabeza, tirándose del pelo, y rompió a llorar en medio de la calle con sollozos que le desgarraban la garganta.

—¡Ha sido por mi culpa! ¡Dios mío, yo tengo la culpa de todo! —gemía, casi sin poder respirar.

Desconcertado ante semejante ataque de histeria, Paulo le echó un brazo por los hombros para evitar que se derrumbara. En ese instante, Ysabella se acercó corriendo, alertada por los gritos.

—¿Qué pasa? Martín, ¿de qué estás hablando? ¿De qué tienes la culpa? —preguntó ella, lívida. —¡Han sido ellos, Ysabella! Los que se llevaron el libro... ellos lo han matado. ¡Tengo mucho miedo!

Paulo, temiendo que llamaran demasiado la atención, cortó la escena de raíz.

Llevó al chico a trompicones hasta una cafetería cercana y pidió dos cafés y una tila doble para Martín.

Solo cuando la infusión caliente calmó un poco los espasmos del muchacho y las palabras de consuelo de Ysabella surtieron efecto, Martín pudo hablar.

—Ysabella... hace un par de años, un par de hombres trajeados aparecieron por la librería una tarde que Lorenzo no estaba —confesó, mirando la mesa—.

Me preguntaron por el catálogo de libros antiguos.

Les enseñé lo que teníamos a la vista, pero querían cosas más raras.

Les mencioné de pasada que el jefe guardaba dos manuscritos muy valiosos en la caja fuerte.

Me dieron trescientos euros solo por decirles de qué trataban.

Paulo apretó los puños debajo de la mesa. Ysabella le indicó a Martín que continuara con un gesto tenso.

—Les dije la verdad: que uno era un tratado botánico y el otro una traducción del Talmud, pero que Lorenzo jamás los vendería.

Al día siguiente volvieron. Se hicieron pasar por representantes de una casa de subastas de Barcelona y le compraron los dos manuscritos a tu abuelo sin regatear un céntimo.

Semanas después, volvieron a buscarme. Me dieron otros trescientos euros con una única condición: si alguna vez llegaba a la librería un texto manuscrito anterior al siglo XVI, debía llamarle inmediatamente a un número de teléfono.

El joven tragó saliva, incapaz de sostener la mirada de Ysabella.

—Yo no creí que estuviera haciendo nada malo, de verdad...

El jueves por la mañana, cuando vi el libro de Paulo, llamé al número.

Les dije el título y lo antiguo que parecía.

No volví a saber de ellos hasta ayer, cuando vi a la policía y las ambulancias...

Lo supe al instante. Sabía que habían sido ellos.

¡Maldita sea, lo siento tanto, Ysabella!

La joven cerró los ojos, asimilando la traición y la estupidez del muchacho, pero no encontró fuerzas para el rencor.

—Han sido esos asesinos los que han matado a mi abuelo, Martín.

Inculparte ahora no nos lo va a devolver.

—Pero Martín, piensa bien —intervino Paulo, adoptando su tono de reportero—.

¿Sabes algo más de ellos? ¿Nombres, procedencia, cualquier detalle?

El muchacho sorbió por la nariz, estrujando la servilleta de papel.

—Una vez los escuché hablar entre ellos mientras yo estaba escondido en el cuarto de la fotocopiadora.

Uno llamó al otro por un nombre rarísimo...

Qualis. Y el otro le respondió llamándolo Ubert.

—¿Qué clase de nombres son esos? —frunció el ceño Paulo.

—Eso no es todo —añadió Martín—. Escuché a uno de ellos hablar por teléfono.

Dijo exactamente: «No te preocupes, déjalo en manos de Armatus. Él sabrá lo que hay que hacer».

Ysabella alzó la cabeza de golpe. Una chispa de comprensión académica iluminó sus pupilas.

—Un momento. No son nombres propios, Paulo.

Son adjetivos en latín. —¿Latín? —Sí. Qualis se traduce como "Qué", "Cuándo" o "Cuál".

Ubert significa "Fecundo", "Fértil" o "Rico".

Y Armatus... significa literalmente "Armado".

La revelación cayó sobre la mesa con el peso del plomo.

—Esos términos no son nombres, son rangos o funciones dentro de una estructura —continuó Ysabella, conectando los puntos con rapidez—.

Hacen mención a su cualidad dentro del grupo.

—¡La Hermandad de la Profecía! —exclamó Paulo en un susurro ronco—.

Tu abuelo no deliraba. Esos cabrones existen de verdad, y no van a detenerse ante nada.

—Exacto —asintió Ysabella—. El tal Qualis podría ser el buscador, el interrogador.

Y ese Armatus... es el ejecutor. El sicario que enviaron a la librería.

No sabemos cuántos miembros más forman la red ni qué otros adjetivos utilizan.

Paulo se pasó las manos por el pelo, abrumado por la magnitud de la conspiración. Todo estaba perdido. El mapa hacia la demostración de la existencia de Dios estaba ahora en manos de la Hermandad.

Sin embargo, miró a Martín y, aferrándose a un clavo ardiendo, le puso una mano firme en el hombro. —Martín, piénsalo bien. Durante todo el tiempo que el libro estuvo en la librería... ¿Llegaste a tenerlo tú en las manos?

El chico parpadeó, desconcertado por el repentino cambio de actitud del reportero. —Pues claro. ¿Cómo iba a escanearlo entero si no?

Paulo e Ysabella se quedaron petrificados.

El aire pareció abandonar la cafetería. —¿Cómo?

—preguntó Paulo, creyendo haber escuchado mal—.

¿Estás diciendo que escaneaste el manuscrito?

¿Página por página? —Por supuesto —respondió Martín, encogiéndose de hombros, como si fuera lo más normal del mundo—.

Ese fue el trabajo que me tuvo haciendo tu abuelo toda la tarde del jueves.

Tenía una prisa enorme, incluso me ayudó a pasar las páginas.

Lo digitalizamos todo. —¿Y dónde está ese archivo?

—exigió saber Ysabella, levantándose de un salto.

—En el ordenador del mostrador. En la carpeta de copias de seguridad de la librería.

—¡Vámonos de aquí ahora mismo! —ordenó Paulo.

Salieron de la cafetería casi corriendo y se apiñaron en el Ford Mondeo del reportero.

Paulo condujo saltándose un par de semáforos en ámbar hasta llegar al precinto policial de la Gran Vía.

Ysabella utilizó sus llaves y su condición de familiar para entrar en la escena del crimen, bordeando la mancha de sangre seca que aún marcaba el suelo.

Tal y como había prometido el joven Martín, encendieron el PC del mostrador. Abrieron la carpeta de copias. Allí estaba.

En un nítido y perfecto archivo digital en alta resolución, las páginas amarillentas y la caligrafía culta de Bartolomé Sánchez de la Vega, escritas más de quinientos años atrás, brillaban radiantes ante ellos en el monitor.

El juego no había terminado. Acababa de empezar.