La profecía olvidada Capítulo 5 “Jacobo”
16%

Capítulo 5 “Jacobo”

Fray Diego y yo nos dirigimos hacia el convento de Santa María de Ara Coeli, situado en la cumbre de la colina Capitolina.

En aquellos días, el recinto había sido habilitado apresuradamente como hospital improvisado para atender a los cientos de enfermos, víctimas de una virulenta epidemia de peste que asfixiaba la ciudad de Roma.

El hedor a muerte y a carne enferma flotaba en las empinadas escalinatas que daban acceso al templo.

La intención de fray Diego era reunirse con el guardián del convento para pedir asilo y ofrecer nuestra ayuda en la agotadora tarea de socorrer a los apestados.

El superior le admitió de inmediato. El franciscano traía excelentes informes y una carta de recomendación firmada por el mismísimo obispo de Rubicón, en la isla de Lanzarote.

Enseguida se hizo cargo de las labores más penosas en la enfermería, ganándose rápidamente el respeto de todos gracias a su abnegación y a una incansable capacidad de sacrificio.

A la mañana siguiente, fray Diego me ordenó permanecer a salvo dentro de los muros del convento mientras él bajaba a la ciudad para indagar sobre la avalancha del puente.

Quería investigar la identidad de los cadáveres que, lenta y trágicamente, iban siendo recuperados de las turbias aguas del Tíber.

Nuestros peores temores se confirmaron horas después.

Según me relató al regresar, pálido y abatido, había podido identificar el cuerpo sin vida de Fernando López de Baeza entre las decenas de cadáveres a los que se estaba dando apresurada y cristiana sepultura en fosas comunes.

Aquella tarde, al darme la funesta noticia, el peso de la soledad cayó sobre mis hombros, confirmando mis miedos más oscuros.

Además, me advirtió con gravedad que había visto a hombres armados por todas partes, merodeando en las plazas, interrogando a rapaces de mi edad y preguntando insistentemente por mí en cada rincón y posada de Roma.

—Probablemente, el cardenal Barbo quiera asegurarse de que tú no sabes nada del secreto, o peor aún, de que no compartes las peligrosas ideas de tu maestro —me dijo el fraile, apretando mi hombro—. Estoy seguro de que no detendrá su jauría hasta encontrarte.

Al poco tiempo de estar allí, una mañana, el propio guardián del convento se acercó a nosotros mientras desayunábamos una simple hogaza de pan y un cuenco de leche aguada.

Sentándose a la mesa, se dirigió a fray Diego con solemnidad.

Le indicó que, a partir de ese momento, él sería el supervisor jefe de la enfermería.

Cualquier decisión médica que tomase sería dada por buena y toda provisión que necesitase le sería entregada sin reservas.

El superior confesó que jamás había visto un trato tan humano y bondadoso, incluso hacia los más miserables pordioseros que se arrastraban hasta las puertas implorando caridad.

Durante aquellas semanas aprendí muchísimo junto a fray Diego sobre cómo tratar las llagas, aliviar la fiebre y consolar el espíritu de los desahuciados. Pero también descubrí el verdadero significado de la humildad que predicaba la orden de san Francisco.

Sin embargo, mi verdadero refugio no estaba en la enfermería, sino entre legajos polvorientos.

Por las tardes, me permitían estudiar con Jacobo, un erudito anciano encargado de la vasta biblioteca del convento.

Era un hombre de movimientos pausados y mirada incisiva.

Bajo su tutela aprendí a dominar el latín culto, muy distinto del latín vulgar y tosco que mascullaba la gente común en las calles.

Mi maestro Fernando ya me había inculcado una sólida base, por lo que el aprendizaje me resultó fluido.

A Jacobo le complacía enormemente ver cómo un muchacho recién llegado aventajaba con creces a los jóvenes novicios internos del convento.

Para mí, aquellas lecciones eran vitales: me estaban dando la clave para poder leer y comprender por mí mismo lo que Fernando había dejado escrito en aquel libro que yo guardaba en secreto, atado al pecho.

De esta manera fueron pasando los meses y el dolor desgarrador que sentía por la pérdida de mi maestro se fue transformando en una cicatriz callada.

Aunque algunas noches la pesadilla volvía a asaltarme: veía a Fernando cayendo al río, abriendo los brazos y gritando mi nombre.

Me despertaba agitado, bañado en sudor frío, y la oscuridad de la celda no me permitía volver a conciliar el sueño hasta que el agotamiento me vencía.

Transcurrieron tres meses de vida monacal en aquel refugio del que guardo recuerdos tan cálidos. Pero una mañana temprano, fray Diego se acercó a mí con los ojos anegados en lágrimas. Sin mediar palabra, me abrazó con una fuerza inusitada y me besó tiernamente en la frente.

Me anunció que su deber le llamaba lejos de Roma y que debía partir de inmediato.

Sin embargo, insistió en que mi lugar, por ahora, era permanecer oculto en el convento de Santa María de Ara Coeli.

Me animó a seguir formándome bajo el ala de Jacobo, a realizar los votos y, llegado el día, a tomar los hábitos, prometiéndome que, si volvía a Roma, no dejaría de visitarme.

Lloré amargamente suplicándole que me llevara con él de regreso a España.

Fue él quien, con infinita paciencia, me convenció de que los hombres del cardenal Barbo vigilarían los caminos y los puertos.

Abandonar los muros del convento era una sentencia de muerte.

Me aconsejó que me amparara en Jacobo, quien se había encariñado conmigo y me trataba con el aprecio y el cuidado de un padre hacia su hijo.

—Deja que las aguas se calmen, Bartolomé —me susurró al despedirse—. Con el tiempo, el cardenal Barbo olvidará.

O, al menos, eso era lo que ambos creíamos ingenuamente.

Muy pronto tendría ocasión de comprobar por mí mismo cuán equivocados estábamos y cuán largo es el brazo de la venganza vaticana.

Mientras tanto, me volqué en mis estudios con Jacobo.

Me adentré en los misterios de la astronomía, devoré tratados de filosofía y dominé la aritmética.

¡Había tanto que aprender! Todavía hoy le recuerdo con profundo amor y reverencia por el sacrificio que supuso para él dedicarme tantas horas de abnegación.

Todo se torció una noche, varios meses después de la partida de fray Diego.

Me encontraba en mi pequeña celda, leyendo a la tenue y vacilante luz de una tea encendida.

Sin previo aviso, la pesada puerta de madera chirrió y Jacobo entró en la habitación.

Me sorprendió absorto en la lectura del manuscrito de Fernando.

Presa del pánico, traté de ocultar el grueso volumen de pergamino bajo la sábana áspera de mi jergón, pero mis manos fueron demasiado lentas.

El gesto furtivo llamó la atención de mi mentor, quien, frunciendo el ceño, me preguntó qué era ese extraño libro que tanto afán tenía por esconder.

Incapaz de mentirle a aquel hombre que me había dado cobijo y sabiduría, me derrumbé y le confesé la verdad: aquel era el peligroso legado que mi difunto maestro me había ordenado custodiar con mi vida.

La revelación de que el texto contenía la demostración fehaciente de la existencia de Dios fascinó a Jacobo. Sus ojos de erudito brillaron de codicia intelectual. Se acercó a mi catre y me rogó que se lo prestara para leerlo en sus aposentos.

Me negué en redondo, apelando a la promesa hecha a Fernando antes de morir.

Jacobo suspiró, acariciándose la barba blanca. Me dijo que comprendía y respetaba mi lealtad, pero me lanzó una súplica: que le permitiera leerlo allí mismo, sin que el libro saliera jamás de aquella habitación.

Terminé accediendo. Se sentó en un banquillo de madera, acercó la tea al texto y comenzó la lectura. Yo lo observaba desde mi jergón, arropado por la oscuridad de la noche, hasta que el arrullo de las páginas al pasar terminó por dormirme.

Cuando los primeros rayos pálidos del alba se filtraron por el ventanuco, me desperté. Jacobo seguía allí. Estaba sentado exactamente en la misma postura, pero con el manuscrito ya cerrado entre las manos pálidas. Tenía la mirada perdida en el vacío.

Había pasado la noche en vela devorando cada palabra del texto. Se había quedado inmóvil, inerte, como si el contenido del libro le hubiera vaciado el alma. Parecía petrificado, igual que la mujer de Lot huyendo de Sodoma.

Tuve que llamarlo por su nombre un par de veces para arrancarlo de aquel terrorífico estado de ensimismamiento.

Solo entonces pareció regresar al mundo terrenal.

Agitó la cabeza con fuerza, como si intentara expulsar un enjambre de avispas de su mente, se levantó con pesadez y me entregó el libro con reverencia.

—Bartolomé... —Su voz era apenas un hilo áspero—. Este libro... ¿Lo llevó tu maestro a manos del Santo Padre?

—No te lo puedo asegurar, Jacobo —respondí, frotándome los ojos, aún aletargado—.

Lo único que sé con certeza es que tenía una audiencia con el Papa el mismo día que murió en la estampida.

Su intención era mostrárselo y debatir con él, pero no sé si llegó a cruzar los muros del Palacio o si el cardenal Barbo se lo impidió a la fuerza.

Una expresión de abismal gravedad se apoderó del rostro enjuto del anciano.

—Bartolomé, escúchame bien. El Papa debe tener noticias inmediatas de esto que ha escrito Fernando. No puede quedar en la sombra. Y yo mismo voy a encargarme de hacérselo saber.

Me quedé helado.

—Levántate, vístete y baja a desayunar —me ordenó con una autoridad que no admitía réplica.

Y sin añadir una palabra más, salió de la celda. Aquella fue la última vez que le vi con vida.

Cuando terminé un frugal desayuno en el refectorio, corrí hacia la biblioteca.

Pregunté al hermano Marsilio por el paradero de mi maestro.

El monje me contestó, sin levantar la vista de sus escrituras, que Jacobo acababa de abandonar el convento a paso rápido tras pedir un permiso especial al superior, pero que no había dejado dicho su destino.

A media mañana, habiendo concluido las escasas tareas que se me habían encomendado en el huerto, regresé a mi habitación. Al entrar, noté algo extraño.

Sobre la rugosa manta del jergón reposaba una pesada bolsa de cuero, que tintineaba a monedas, y un pliego de papel lacrado.

Conté el interior de la bolsa: había veinte florines de oro, una auténtica fortuna.

Con las manos temblorosas y un nudo asfixiante en la garganta, rompí el lacre y comencé a leer la misiva:

Querido Bartolomé:

Siento mucho despedirme de esta manera, pero la gravedad de la situación lo requiere.

Si Dios es justo y todo va bien, estaré de vuelta esta noche y tendremos razones para regocijarnos.

En caso contrario, si cuando caiga la noche no he regresado de mi visita al Vaticano, debes asumir lo peor. Tienes que huir de Roma inmediatamente.

Te dejo el dinero que heredé de mi padre y que guardaba como última prenda.

No se lo menciones a nadie. Guárdalo con cuidado y no lo malgastes.

Abandona el convento en secreto, al amparo de las sombras, y huye hacia Florencia.

Dirígete al convento de Fiésole y preséntate ante el Prior.

Dile quién te envía, entrégale esta misma carta, pues reconocerá mi letra, y él te dará asilo.

Por lo que más quieras, esconde el manuscrito de Fernando y no se lo muestres a ningún hombre. Ese libro tendrá que permanecer sumergido en las sombras para que tú puedas conservar la vida.

Sin embargo, presiento que algún día, cuando ya no te quede nada que perder en este mundo, tendrás la obligación de mostrarlo a la luz. Es muy posible que solo en ese momento los hombres estén preparados para aceptar la verdad que Fernando, ha descubierto.

Continúa tus estudios. No desaproveches el intelecto que el Creador te ha regalado. Muéstrate bondadoso con los caídos, comparte con los menesterosos y no dejes que el odio envenene tu corazón.

Y, te lo ruego, acuérdate siempre de este viejo testarudo que ha llegado a quererte profundamente, como al hijo que nunca tuvo el privilegio de engendrar.

Tuyo siempre bajo la gracia de Dios-

Jacobo di Viccio

Aquella misma tarde, cuando las campanas llamaban a vísperas, un indigente aterrado se presentó a las puertas de Santa María de Ara Coeli.

Traía una noticia espeluznante: en un recodo fangoso del lecho del río, había aparecido el cadáver de un anciano.

Según su relato, parecía obra de vulgares ladrones, pues le habían rajado las vestiduras antes de clavarle una larga daga que le había atravesado el corazón limpiamente.

Pero yo sabía que no habían sido simples rateros.

El hombre asesinado era Jacobo di Viccio, el sabio bibliotecario de nuestro convento.

Antes de que el anochecer de aquel aciago día lo cubriera todo de negrura, el terror me obligó a huir del que había sido mi cálido hogar durante seis meses.

Llevé conmigo, como único equipaje en esta tierra, la carta de Jacobo empapada por mis lágrimas, la bolsa con los veinte florines de oro y el libro maldito de mi maestro escondido en el fondo del morral.

Me deslicé por la puerta de servicio de las cocinas. Un ruidoso carro cargado de berzas, rábanos y frutas, que acababa de descargar provisiones y se dirigía de vuelta a las afueras de la ciudad, se convirtió en mi desesperada salvación.

Me encaramé al cajón trasero, cuidando de no ser visto por el carretero, y me acurruqué bajo unos ásperos y húmedos fardos de lona que apestaban a tierra mojada. Temblé bajo aquella precaria protección durante todo el interminable traqueteo de la huida, rezando para que nadie detuviera el carruaje.

El hombre guiaba a sus bestias sin sospechar la carga que llevaba. Continué oculto, escuchando el rechinar de las ruedas de madera sobre los adoquines, hasta que el campesino tiró de las riendas y detuvo el tiro para descargar parte de la mercancía. Aún no había anochecido del todo.

Justo en el preciso instante en que el hombre levantaba la pesada lona que me cubría, el pánico se apoderó de mí.

Salté del carro como un animal asustado, rodé por la tierra y eché a correr despavorido hacia la espesura del camino, dejando a mi espalda a un campesino estupefacto que comenzó a dar voces y a maldecirme en un rudo dialecto que jamás logré entender.