La profecía olvidada Capítulo 4 “La Perla Negra” #2
14%

Capítulo 4 “La Perla Negra” #2

—¿Conoces a alguien capaz? Alguien en quien podamos confiar ciegamente.

Ysabella esbozó una sonrisa que tenía algo de perversa y mucho de orgullo.

—Conozco al mejor de todo el país. Y es la única persona en el mundo de la que me fío: mi abuelo.

¿Conoces la Librería Antigua de la Gran Vía?

—He pasado por la puerta cientos de veces, pero nunca he entrado.

Dicen que es un laberinto. —Su dueño es Lorenzo Cortés.

Es mi abuelo, y un maestro absoluto en lenguas muertas y manuscritos.

—¿A qué esperamos? —Paulo se puso en pie de un salto y dejó un billete sobre la mesa—. Vamos a verle.

Quince minutos después, un taxi los dejaba en plena Gran Vía. El asfalto mojado reflejaba los neones y los faros del denso tráfico madrileño, pero al cruzar el umbral de la Librería Antigua, el ruido ensordecedor de la capital desapareció, tragado por el silencio de miles de páginas.

El interior era un viaje en el tiempo. Un aroma inconfundible a vainilla, polvo, cuero viejo y papel envejecido saturaba el aire.

La librería, enmarcada por enormes ventanales de madera noble, era un auténtico caos organizado.

Había libros por todas partes: en estanterías que trepaban hasta el techo, apilados en columnas precarias sobre mesas victorianas, e incluso formando barricadas por el suelo a la espera de ser clasificados.

En la parte trasera, tras un imponente mostrador de caoba tallada, el zumbido de una moderna fotocopiadora desentonaba con el entorno. Imprimía apuntes para los estudiantes universitarios, la fuente de ingresos que permitía al viejo librero mantener vivo su verdadero refugio.

Lorenzo Cortés había entregado su vida al estudio de los clásicos.

Dominaba el latín, el hebreo y el griego, y era de los pocos eruditos en Madrid capaces de leer arameo fluido.

Durante décadas fue un catedrático reverenciado en la universidad, hasta que la edad y una cruel artritis reumatoide devoraron sus articulaciones y lo apartaron de las aulas.

A sus ochenta y cinco años, su mundo se reducía a aquel bosque de papel.

Y a su nieta, a la que había criado y transmitido su pasión tras dejarla huérfana de madre.

Al ver entrar a Ysabella, el anciano se levantó de su butaca. Sus movimientos eran torpes y dolorosos. Caminaba arrastrando ligeramente los pies, apoyando sus manos nudosas en el mostrador, pero al mirarla, sus ojos acuosos se llenaron de vida.

—¡Qué alegría verte por aquí, hija mía! —exclamó con voz cascada, abrazándola y besándole la frente mientras acariciaba su melena—.

¿Cómo estás? —Abuelo, la última vez que nos vimos fue la semana pasada —respondió ella con cariño, medio en reproche.

—Para un viejo, una semana es una eternidad, Ysabella.

Tienes que venir más, aún me quedan muchas cosas que enseñarte.

Ysabella se apartó levemente para presentar a su acompañante.

—Abuelo, este es Paulo, un amigo para el que estoy trabajando.

Paulo se adelantó y le ofreció la mano. El apretón del anciano fue débil, pero su mirada escrutadora fue tan incisiva como la de su nieta.

—Es un honor, señor Lorenzo. Ysabella me ha hablado maravillas de su conocimiento.

—Exageraciones de una nieta devota, hijo —sonrió Lorenzo, negando con la cabeza—. ¿Qué os trae hoy a mi cueva?

—Abuelo, traemos algo importante. Queremos que nos des tu opinión experta —dijo Ysabella, asintiendo hacia Paulo.

El reportero sacó el manuscrito y lo depositó sobre el mostrador de caoba.

Lorenzo se ajustó las gafas de media luna. Sus dedos temblorosos y deformados por la artritis rozaron la cubierta con infinita reverencia. Leyó el título. Leyó el autor. Abrió la primera página.

Y entonces, el aire pareció huir de sus pulmones.

El anciano comenzó a hiperventilar. Su pecho subía y bajaba con espasmos rápidos; el color abandonó su rostro de golpe, dejándolo ceniciento. Las piernas le fallaron y, si no llega a ser por Ysabella y Paulo, que saltaron para sostenerlo, habría caído al suelo.

—¡Abuelo! ¡Dios mío, abuelo, siéntate! —gritó Ysabella, aterrorizada, llevándolo en volandas hacia la butaca de cuero junto a la ventana. Paulo le aflojó el cuello de la camisa. —¿Se encuentra bien? ¿Llamo a un médico?

Lorenzo levantó una mano temblorosa para detenerlos, tomando grandes bocanadas de aire con los ojos cerrados.

—Es... es solo la emoción, hija mía —susurró, con la voz rota—.

Anoche dormí poco... No es grave. Pero cuando volvió a abrir los ojos, clavados en el libro sobre el mostrador, estaban inyectados en un terror reverencial.

—Decidme... por lo que más queráis, ¿de dónde habéis sacado ese libro?

—Lo encontré en un monasterio en Argelia, señor Lorenzo —explicó Paulo, aún con el pulso acelerado por el susto—. Estaba en los cajones sucios de un viejo escritorio, cubierto de polvo. Me llamó la atención lo antiguo que parece.

—¿Antiguo, dices? —El anciano soltó una carcajada seca y carente de humor—. Este libro sobrevivió al año mil cuatrocientos. Es un milagro que haya llegado hasta aquí. —¿Tiene entonces un gran valor? —insistió Paulo.

Los labios de Lorenzo temblaban al pronunciar las siguientes palabras.

—Posee un valor incalculable e infinitamente peligroso, hijo mío.

Había oído hablar de él en los círculos más oscuros de la academia, pero jamás soñé con tenerlo frente a mí.

—El anciano los miró a ambos con suma gravedad—.

Este manuscrito es la llave para encontrar La Perla Negra del Vaticano.

—¿La Perla Negra del Vaticano? —repitieron los dos jóvenes al unísono.

Lorenzo acarició el lomo del libro como si estuviera apaciguando a una bestia dormida. —Sentaos. Prestad mucha atención a lo que voy a contaros.

Ysabella y Paulo arrastraron dos taburetes y se sentaron, hipnotizados.

—Existe una leyenda —comenzó el anciano, con tono solemne— sobre un libro que la Santa Madre Iglesia ha considerado siempre una aberración absoluta.

Un texto tan temido que ni siquiera figura en el Index Librorum Prohibitorum.

Durante siglos, los jerarcas de Roma han buscado erradicar la única copia existente, cuyo original se supone custodiado en los Archivos Secretos del Vaticano, bajo llave, en las estancias personales del Papa.

El silencio en la librería era tan espeso que solo se escuchaba la lluvia golpeando los cristales de la Gran Vía.

—Para evitar que ese conocimiento saliera a la luz, hace siglos se creó una sociedad secreta: La Hermandad de la Profecía.

Una estirpe de guardianes asesinos, cuyos miembros son sustituidos en secreto al morir.

Desde sus orígenes, esta hermandad no ha escatimado en medios ni en sangre para destruir este rastro.

Este libro que habéis traído es la única clave que existe para hallar el texto original.

Por tanto, tenerlo es una sentencia de muerte.

Hemos de mantenerlo en absoluto secreto; nuestras vidas dependen de ello.

—¿Pero ¿qué contiene exactamente la Perla Negra?

—preguntó Ysabella, fascinada. —Fue escrito por un monje dominico.

Según la leyenda, en sus páginas se revela un conocimiento letal: una prueba material, científica e inequívoca que demuestra la existencia de Dios.

Y el libro que tú has traído, Paulo, fue escrito por su discípulo para dejar constancia de dónde ocultó "La Profecía Olvidada", que es el verdadero nombre de la Perla Negra.

Absortos, los dos jóvenes se quedaron mudos. Paulo se frotó el rostro con las manos, intentando procesar la magnitud del hallazgo. Se puso en pie y caminó unos pasos entre las estanterías antes de volverse hacia el anciano.

—Señor Lorenzo... hay algo que carece por completo de sentido.

Le estoy dando vueltas y no me encaja. —Dime, muchacho.

—Si ese libro demuestra la existencia de Dios de manera tan rotunda...

¿por qué demonios iba la Iglesia a querer destruirlo?

¿No sería lo lógico publicar esa información a los cuatro vientos para dar al mundo la certeza absoluta de que el Creador existe?

El anciano asintió lentamente, aprobando la perspicacia del reportero. —Es una pregunta brillante, joven. Pero reconozco que carezco de la respuesta. Imagino que todo depende de la naturaleza de esa demostración.

Ysabella, que había permanecido petrificada, se levantó lentamente.

Sus ojos brillaron con la chispa de una intuición aterradora.

—Porque... —susurró, terminando el pensamiento de su abuelo—, tal vez, la forma en que se demuestra la existencia de Dios...

dejaría a la Iglesia Católica como una auténtica farsa, ¿no es cierto, abuelo?

Lorenzo la miró con tristeza infinita. —A juzgar por los ríos de sangre que han derramado para ocultarlo... no vas mal encaminada, Ysabella. Pero me temo que no tendremos la certeza absoluta hasta que encontremos el libro original. Si es que aún existe.