La profecía olvidada Capítulo 4 “La Perla Negra”
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Capítulo 4 “La Perla Negra”

El vuelo desde el Aeropuerto Internacional Houari Boumedienne hasta Madrid fue un ejercicio de contención para Paulo.

Horas antes, tras atravesar en coche la polvorienta distancia que separaba las montañas de Tibhirine de la capital argelina, el equipo se había despedido del guía Rají.

Pero la mente del reportero no estaba en el éxito del documental, sino en el bulto rígido que latía dentro de su mochila de equipo fotográfico.

Cruzar la aduana argelina había puesto a prueba sus nervios.

Por suerte, la legendaria burocracia del país se había suavizado gracias a unos cuantos billetes de dinares estratégicamente deslizados.

Los guardias ni siquiera abrieron la lona donde descansaba el manuscrito.

Solo cuando el tren de aterrizaje del avión golpeó la pista de Barajas, pasadas las nueve de la noche, Paulo se permitió, al fin, respirar con normalidad.

Madrid los recibió con un cielo plomizo y una llovizna fría que barnizaba el asfalto.

Una furgoneta de la productora los esperaba en la terminal para repartirlos por la ciudad.

La camaradería y las bromas del equipo se habían apagado, ahogadas por el peso del agotamiento; a ninguno le apetecía otra cosa que no fuera el refugio del hogar.

Cuando la furgoneta lo dejó a los pies de su edificio, Paulo se despidió con un gesto cansado y subió en ascensor hasta la octava planta. Al girar la llave y abrir la puerta de su apartamento, lo envolvió una sensación de paz y familiaridad que Argelia le había negado durante más de una semana.

A sus treinta y tantos años, su complexión atlética y las horas de gimnasio le permitían aguantar jornadas maratonianas sin apenas inmutarse.

Era un hombre enérgico y extrovertido. Sin embargo, aquella noche sentía el cuerpo de plomo.

Sabía que no era un cansancio físico; era la tensión psicológica, la extraña gravedad que emanaba del manuscrito rescatado del olvido del Monasterio de Nuestra Señora del Atlas.

Tras una ducha hirviente que le devolvió parte de la cordura, se dejó caer en el sofá del salón.

Se sirvió dos dedos de Jack Daniel's y, con extremada lentitud, sacó el volumen ajado de la mochila.

Lo desenvolvió sobre la mesa de cristal y se quedó observando sus pastas cuarteadas, la pátina de mugre y misterio que lo recubría.

—¿Qué secreto escondes? —susurró para sí mismo en la penumbra—. ¿Qué tienes que contarme?

Tras hojearlo durante un buen rato, incapaz de descifrar nada más allá de palabras sueltas, los párpados comenzaron a pesarle como losas. Se quedó profundamente dormido con el vaso aún en la mano.

A la mañana siguiente, tras varias llamadas a antiguos contactos de la universidad, Paulo consiguió lo que buscaba: el número de la mayor experta en latín, griego y hebreo que su colega conocía. Alguien brillante y, sobre todo, de absoluta confianza. Su nombre era Ysabella María Cortés.

Marcó el número esperando escuchar una voz académica, pero saltó un contestador automático con una voz asombrosamente dulce y melódica.

Paulo, que odiaba hablar con las máquinas, estuvo a punto de colgar, pero la necesidad pudo más.

Dejó un mensaje escueto pidiendo sus servicios como intérprete y bajó a comprar la prensa para matar la ansiedad.

La respuesta no se hizo esperar. Quedaron esa misma tarde en una céntrica y bulliciosa cafetería cercana a la Puerta del Sol.

Paulo llegó antes. Sentado en una mesa apartada junto al ventanal, observaba el ir y venir frenético de los madrileños bajo el cielo encapotado, apurando su café. Fue entonces cuando la vio entrar.

El mundo pareció silenciarse por un instante.

Era una mujer de aproximadamente un metro setenta y cinco, dueña de una elegancia innata que no necesitaba de estridencias para acaparar miradas.

Llevaba una larga melena negro azabache, recogida en una coleta tirante que despejaba una frente perfecta y unos pómulos marcados.

Vestía unos vaqueros blancos inmaculados y una gabardina de cuero color café de un corte exquisito.

Caminaba con una seguridad arrolladora, esquivando las mesas sin mirar a su alrededor, como si el espacio le perteneciera. Paulo sintió un latigazo de fascinación.

Se dirigió directamente hacia él.

—Usted debe ser Paulo Marín —susurró ella, con aquella misma voz deliciosa del contestador.

Automáticamente, Paulo se puso en pie, alisándose la chaqueta en un gesto delatador.

—¿Señorita Cortés? Tome asiento, por favor.

Ella sonrió levemente y extendió una mano suave y firme que Paulo estrechó con delicadeza. El perfume de ella, una mezcla sutil de jazmín y madera, lo envolvió.

—¿Qué desea tomar, Ysabella? —preguntó él, esforzándose por mantener el tono profesional. —Un café solo, por favor. —Que sean dos —le indicó Paulo al camarero que pasaba por allí.

Ysabella se cruzó de piernas, apoyó los codos en la mesa y lo evaluó con una mirada afilada. —Así que... ¿no aprendió usted latín durante sus años en la universidad, señor Marín? —preguntó con un toque de elegante sarcasmo.

Paulo sonrió, sosteniéndole la mirada. —Es lo que se espera de un caballero, ¿no? Ella arqueó una ceja, intrigada. —¿No entiendo?

—En realidad, estoy parafraseando al escritor Oliver Wendell —se justificó él, recostándose en la silla—. En una ocasión dijo que lo que distingue a un caballero no es saber latín, sino haberlo olvidado. Y me temo que ese es exactamente mi caso.

Ysabella esbozó una sonrisa de medio lado, un gesto que iluminó su rostro. —Y... ¿qué es lo que distingue entonces a una dama, según usted?

Paulo no titubeó. —Lo que distingue a una dama es la elegancia y la inteligencia de las que usted hace acopio, señorita Cortés.

Un ligero rubor asomó en las mejillas de Ysabella, traicionando su fachada de hielo. Carraspeó suavemente, recuperando la compostura. —¿No me habrá citado usted aquí para tirarme los tejos, ¿verdad? —Por supuesto que no. Pero ante una pregunta directa, la mejor respuesta es la sinceridad, ¿no cree?

Ella asintió, dándole la razón, y su mirada descendió hacia la bolsa que Paulo guardaba celosamente sobre sus rodillas. —Demos el tema por zanjado. Supongo que tiene algo ahí que requiere mi atención.

—Así es. Pero antes, señorita Ysabella, no creo necesario recordarle que necesito absoluta discreción en este asunto. —Por supuesto. Ya le dije por teléfono que puede contar con ello. Me gustaría que no dudara de mi profesionalidad.

El camarero sirvió los cafés. Una vez solos, Paulo deslizó la mano en la bolsa y extrajo el manuscrito con lentitud reverencial, depositándolo sobre la mesa.

Ysabella contuvo el aliento. Lo tomó entre sus manos delgadas como si fuera de cristal. Echó un vistazo a la encuadernación de pergamino y a la cubierta trasera. —Parece muy antiguo... Sin duda —murmuró.

Sin mediar otra palabra, lo abrió por la primera página y comenzó a leer.

Los siguientes minutos se le hicieron eternos a Paulo.

Ysabella apartaba la vista del libro, miraba a la nada procesando la información, tomaba un sorbo mecánico de café y volvía a sumergirse en la lectura.

Lo hizo repetidas veces durante siete largos minutos, abstraída del ruido de las tazas y el murmullo de la cafetería, hasta que advirtió que su taza estaba vacía.

Solo entonces levantó la vista. Sus ojos azules, que a Paulo le parecieron ahora océanos insondables y hermosos, brillaban con una intensidad febril.

—Señor Marín... me temo que voy a necesitar otro café.

Paulo levantó la mano para llamar al camarero.

Pidió un café para ella y, sintiendo que lo iba a necesitar, un brandy para él.

Mientras esperaban, no pudo evitar observarla.

Sus parámetros de belleza siempre habían sido estrictos, pero en ese instante, Ysabella Cortés le pareció la mujer más fascinantemente sublime que había cruzado por su vida.

—¿De dónde ha sacado esto exactamente? —preguntó ella, cortando sus pensamientos. —De un monasterio en Argelia —respondió con rapidez—. ¿Qué piensa? ¿Es auténtico? ¿De qué habla?

Ysabella se inclinó sobre la mesa, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro íntimo.

—Señor Marín, este manuscrito tiene probablemente más de cuatrocientos años.

Solo por su antigüedad, un coleccionista pagaría una verdadera fortuna en el mercado negro.

—¿De verdad lo cree? —Los ojos de Paulo se iluminaron, pensando en los miserables dinares que había pagado al guarda.

—Pero no es eso lo que me preocupa —le cortó ella, con una seriedad gélida. —¿Y qué es lo que le preocupa?

—Según el autor de estas páginas, existe otro manuscrito.

Un libro que él mismo ocultó durante más de cincuenta años y que costó la vida a innumerables personas.

El texto que tenemos sobre esta mesa es, en realidad, un mapa.

En él se revela el lugar exacto donde está oculto ese otro libro y la manera de encontrarlo.

—Ysabella hizo una pausa dramática—. Suponiendo, claro está, que siga allí, que nadie lo haya destruido y que el tiempo no lo haya devorado.

Ensimismado por el peso de sus palabras, Paulo solo acertó a susurrar: —Estoy impresionado. ¿Me dice que hay un libro aún más valioso escondido, y este nos dice cómo encontrarlo? —Exacto. Esa es la situación.

—Por favor, tutéame. Si vamos a estar juntos en esto... Ella asintió lentamente. —De acuerdo, Paulo.

—¿Y qué cuenta ese otro libro para que se haya derramado sangre por él? Ysabella tragó saliva. —La manera de demostrar la existencia de Dios.

Paulo soltó una carcajada incrédula, corta y nerviosa. —¿Cómo? ¿Demostrar la existencia de Dios? Seguramente será otro enredo filosófico, algún tratado teológico al estilo de las cinco vías de Santo Tomás de Aquino, ¿no crees?

—No lo sé —respondió ella, negando con la cabeza—.

Y me temo que no lo sabremos hasta que lo tengamos delante.

Pero piénsalo, Paulo: nadie ha matado por ocultar los escritos de Santo Tomás.

Y en lo poco que he logrado descifrar, el autor deja muy claro que hay hombres poderosos dispuestos a asesinar para evitar que ese libro vea la luz.

Ysabella se quedó pensativa, tamborileando los dedos sobre la madera. —Hay expresiones, giros verbales en este latín medieval que se me escapan. Necesitamos a alguien que conozca a fondo las variantes de esta época.