Capítulo 3 “La Huida”
En el mismo instante en que mi maestro se precipitaba al vacío desde el puente, la mirada de plomo del cardenal Barbo se clavó en mí. Había comprendido a la perfección la última orden que Fernando me había gritado entre el tumulto: correr y proteger el libro.
Sentí sus ojos inyectados de odio clavados en mi nuca durante una fracción de segundo que se me hizo eterna.
De manera puramente instintiva, mis manos se aferraron con fuerza al morral de cuero donde reposaba el manuscrito.
Aquella mirada cruel, una sombra helada que jamás podré borrar de mi memoria, actuó en mí como un resorte.
La parálisis que me había maniatado los músculos apenas unos segundos antes se desvaneció de golpe; mi cuerpo entero respondió a la señal de peligro.
Giré sobre mis talones y eché a correr como jamás lo había hecho en mi vida.
Mis botas golpeaban con furia el empedrado irregular.
Perdí la noción del tiempo. Me abrí paso a empujones por las calles de Roma, esquivando carros, saltando sobre los despojos de la estampida y cruzando callejones laberínticos, con el eco de la revuelta resonando a mis espaldas.
Mis pulmones parecían estallar y las piernas me temblaban de puro terror, hasta que, al fin, dejaron de responderme.
Caí desplomado, sin una sola onza de fuerza, en un rincón sombrío.
Solo entonces me atreví a mirar atrás. Con un profundo vuelco en el pecho, comprendí con gozo que el Cardenal no había sido capaz de seguirme el ritmo en medio del caos; por el momento, estaba lejos y a salvo.
Tras recuperar el aliento de forma atropellada, me levanté con cautela. Al reanudar la marcha, vi a un grupo continuo de personas que se desvanecía por el portalón de una iglesia que más tarde supe que era la basílica de Santa María de la Minerva.
Cruzar su umbral fue como abandonar de golpe el caos del mundo terrenal.
A diferencia de las amplias y luminosas basílicas romanas que había visitado durante mi peregrinaje, aquel templo me recibió con una solemnidad sobrecogedora y oscura.
Era una rareza en el corazón de Roma: sus imponentes arcos apuntados y sus bóvedas de crucería se elevaban hacia las alturas con una severidad puramente gótica.
El aire allí dentro era denso, impregnado de un penetrante olor a incienso y cera quemada que contrastaba con el polvo y el sudor de mi huida, aplacando de inmediato mis latidos desbocados.
Se susurraba entre los romanos que el templo había sido erigido sobre los cimientos de un antiguo santuario pagano dedicado a Minerva, la diosa de la sabiduría.
De algún modo, el peso de aquellos siglos de devoción, secretos y misterios parecía flotar entre sus recias columnas de piedra.
Pensé que aquel refugio sagrado, silencioso e imponente, me iría bien para sentarme un rato, descansar y ordenar mis ideas antes de decidir qué hacer.
Me deslicé al interior, camuflado entre los muchos peregrinos, busqué un banco apartado en la penumbra y me dejé caer. Permanecí allí sentado un largo rato, inmóvil, mientras el murmullo de los rezos y la voz de un sacerdote oficiando una misa distante intentaban devolverme la paz.
La realidad, sin embargo, era implacable: me encontraba completamente solo en una ciudad inmensa que apenas conocía.
El cardenal Barbo seguramente estaría buscándome y ya tendría a sus hombres peinando cada rincón en esa labor.
Tenía que tomar una decisión acertada y rápida si no quería caer en sus manos.
¿Cómo habíamos llegado a esto? No sabía exactamente qué había pasado aquella mañana.
Fernando me había pedido que lo esperara fuera, en la plaza de San Pedro, mientras él acudía a una audiencia privada con el Papa Nicolás V.
Horas más tarde, había salido apresurado, me había entregado el manuscrito y me había ordenado mezclarme con los peregrinos que regresaban a la ciudad, antes de internarse de nuevo en el Palacio Vaticano.
Cuando volví a verlo, yo ya me encontraba en este lado del puente, mientras él huía desesperado del Cardenal.
Ignoraba por completo qué había ocurrido en aquella reunión.
Ni siquiera sabía si mi maestro había llegado a reunirse con el Santo Padre para hablarle sobre los descubrimientos que exponía en el manuscrito que ahora yo apretaba contra mi pecho.
Pero una cosa tenía clara: el cardenal Barbo estaba enterado de la existencia de este libro, ardía en deseos de apoderarse de él y no pararía hasta arrebatármelo.
Estaba angustiado y envuelto en esta marea de pensamientos cuando una voz me sobresaltó desde atrás:
—Bartolomé.
Me giré atemorizado, con el corazón en un puño, pero descubrí un rostro amigo: era fray Diego.
Se trataba de un fraile franciscano que habíamos conocido en nuestro viaje de peregrinación desde España y que viajaba con otros monjes.
Era natural de San Nicolás del Puerto, cerca de Sevilla, y desde el primer momento en que se unió a nosotros en el camino, comenzó a cuidar de mí y forjó una buena amistad con mi maestro.
Al verme allí encogido, me reconoció al instante.
—Pero, Bartolomé, ¿qué haces aquí solo? —preguntó extrañado, sentándose a mi lado—. ¿Dónde está Fernando? ¿Qué ha pasado?
—Fray Diego... ¿No se ha enterado usted de lo que ha pasado en el puente de San Pedro? —atiné a decir, compungido.
—Claro que lo sé, muchacho... La noticia ha corrido como la pólvora por toda la ciudad. Dicen que ya son más de ciento cincuenta los muertos que... —El fraile se quedó mudo un segundo. Una mueca de repentino asombro y terror cruzó su rostro—. No me digas que Fernando...
—Sí, fray Diego. Mi maestro era uno de ellos, aunque aún no tengo la certeza de que se haya ahogado —dije rompiendo a llorar.
Me abracé a su hábito áspero y lloré amargamente, mientras él me tranquilizaba susurrándome palabras de ánimo.
Minutos después, decidimos salir de la iglesia.
Sentados en una plaza pequeña, no muy lejos de allí, le conté todo lo que había presenciado en el puente: cómo había huido del cardenal Barbo y cómo este me había perseguido con la mirada.
No obstante, recordando las estrictas órdenes de mi maestro, no mencioné absolutamente nada del manuscrito.
Fray Diego frunció el ceño. Me confesó que no entendía las razones del Cardenal para actuar con semejante violencia, pero que seguramente tenían mucho que ver con una interpretación que Fernando hacía sobre una profecía bíblica.
—Ya habíamos hablado de ello —murmuró el fraile, acariciándose la barbilla—.
Yo le advertí a Fernando que tuviera mucho cuidado.
Su manera de ver el asunto quizás no encajaría con lo que piensa la alta jerarquía católica.
Eso, en los tiempos que estamos viviendo, es muy peligroso, querido Bartolomé.
Quizás el cardenal Barbo solo quiera asegurarse de que tú no piensas igual que Fernando, o comprobar simplemente que no sabes más de la cuenta.
Tu maestro —continuó explicándome fray Diego con voz pausada— era un hombre muy inteligente, y tenía un conocimiento muy elevado de las Santas Escrituras.
Dominaba perfectamente varios idiomas, entre ellos el hebreo y el griego.
Sin duda, era un hombre muy preocupado por las cuestiones teológicas que, cada vez más, están abriendo brechas en la fe católica.
Cuando coincidimos en nuestro peregrinar cerca de Tarragona, me pareció un hombre sabio y, al mismo tiempo, amoroso y tierno por la forma en que te trataba: como a un hijo más bien que como a un sirviente.
Algunas semanas después de caminar juntos, supe que había algo en su interior que lo agitaba.
Una noche, mientras todos dormíais junto a la lumbre, estuvimos hablando un largo rato.
Fue ahí donde me habló de la conclusión a la que había llegado investigando ciertas profecías.
Sostenía que una de esas conclusiones podía demostrar de manera clara y sin ambages la existencia de Dios.
Recuerdo que le advertí contra la idea de exponérsela al Santo Padre.
Era muy probable que este no compartiera su opinión.
Pero él ya había tomado una decisión y estoy seguro, por lo que tú me has contado hoy, de que eso es exactamente lo que ha provocado esta amarga situación en la que nos encontramos.
En ese punto de la conversación, el fraile dejó de mirar al suelo. Clavó sus ojos en los míos, me cogió la mano con firmeza y me lanzó una pregunta directa que me pilló desprevenido:
—Dime, Bartolomé... ¿te habló Fernando de un manuscrito? ¿De un libro donde explicaba esta teoría y esa conclusión a la que había llegado?
Tragué saliva, pero mi respuesta fue tajante.
—En ningún momento —mentí, sosteniéndole la mirada—. ¿Por qué lo pregunta, fray Diego?
—Porque cuando hablé con él me comentó algo de un manuscrito que estaba escribiendo, o que tenía pensado escribir, y en el que seguramente expondría su interpretación acerca de esa profecía.
—¿Y está usted interesado en la interpretación de mi maestro acerca de esa profecía, fray Diego? —pregunté, tratando de desviar la conversación hacia un terreno más ventajoso para mí.
El fraile esbozó una sonrisa cansada y negó con la cabeza.
—A decir verdad, tanto como deberías estarlo tú, Bartolomé.
Yo no soy hombre de teología ni de ciencias.
Es más, ni tan siquiera sé qué profecía es esa a la que se refería Fernando, ni conozco las Escrituras como él las conocía.
Esos temas no me quitan el sueño, muchacho.
Lo que de verdad me preocupa es servir a los demás, entregarme y sacrificarme por ellos.
Ese es mi interés principal y mi única preocupación: servir a otros.
Fray Diego hizo una pausa y cambió el tono a uno más práctico.
—Y tú, Bartolomé, ¿qué piensas hacer ahora con tu vida? ¿Cuáles son tus metas?
Me quedé pensando un momento, sopesando mis escasas opciones en medio del desastre, antes de responderle:
—Mi preocupación principal por ahora es saber qué ha pasado con mi maestro. Y si la desgracia se hubiera cernido sobre él de forma irremediable, entonces... salir de Roma y escapar de la mano del cardenal Barbo, fray Diego.
El franciscano asintió con gravedad y se puso en pie de un salto, dándose una palmada en las rodillas.
—En esa labor puedes contar con mi ayuda. Anda, vamos, levántate. Tienes que cambiarte esas ropas de inmediato, porque los hombres del Cardenal estarán removiendo Roma con Santiago para encontrarte.