La profecía olvidada Capítulo 2 “El Hallazgo”
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Capítulo 2 “El Hallazgo”

(Tibhirine, Argelia)

El Renault 11 de alquiler frenó en seco, levantando una densa polvareda ocre que tardó varios segundos en disiparse. Rají, el guía local que habían contratado en Médéa, abrió la puerta de un golpe y saltó al exterior con una energía que contrastaba con la pesadez del ambiente.

—¡Hemos llegado! —gritó con una sonrisa radiante, pateando el suelo seco—. ¡Aquí lo tienen, caballeros!

La visión que se abrió ante ellos cortó la respiración.

Perdido en las entrañas de las montañas, en las inmediaciones de Tibhirine, el Monasterio de Nuestra Señora del Atlas se alzaba majestuoso como un fantasma de piedra en medio de la desolación.

Sus muros ocres, rodeados por huertos ahora silenciados por el abandono, resistían el paso del tiempo como uno de los escasos reductos de la cristiandad en suelo argelino.

Fundado en 1938 por religiosos cistercienses, el complejo llevaba años sumido en un silencio sepulcral.

Desde la tragedia de 1996, cuando la sombra del terror arrebató la vida a los monjes trapenses que lo habitaban, el tiempo pareció haberse congelado entre sus claustros.

Hoy, solo un guarda local velaba precariamente por las ruinas para evitar la rapiña de los oportunistas.

Paulo, el reportero, ajustó la correa de su bandolera. Sabía bien que, a pesar de contar con los salvoconductos oficiales, cruzar aquel umbral exigía algo más que burocracia: requería diplomacia y, sobre todo, efectivo.

—Déjamelo a mí —murmuró Paulo a sus compañeros.

El equipo al completo —Raúl, el meticuloso técnico de sonido; Samuel, el operador de cámara; y José Manuel, el veterano director de fotografía— observó la escena en tensa expectativa.

Tal y como Rají había pronosticado, bastó deslizar un billete de quinientos dinares.

Los ojos del guarda brillaron con una codicia repentina; los dedos curtidos arrebataron el papel con rapidez felina, ocultándolo en el bolsillo interior de su chilaba como si temieran que los extranjeros se arrepintieran en el último segundo.

Las pesadas puertas crujieron al abrirse, liberando un olor a humedad, polvo milenario y encierro.

Poco a poco, con la cadencia de un ritual largamente ensayado, el equipo comenzó a desplegar su arsenal tecnológico: trípodes que se extendían con chasquidos metálicos, cámaras listas para devorar luz, reflectores y micrófonos direccionales.

Cada uno asumió su rol en un silencio respetuoso.

Primero la capilla, de altares desnudos y ecos solemnes; después el refectorio, donde las mesas de madera carcomida aún parecían aguardar el rezo comunitario; la lavandería; y los huertos exteriores, testigos mudos de una autosuficiencia extinguida.

—Atentos aquí —indicó José Manuel, encuadrando con la cámara la enfermería—. El guarda dice que los hermanos trataban a todo el mundo por igual, sin importar credos. Había una comunión muy fuerte con el pueblo.

Tras horas de capturar planos detallados, polvo en suspensión danzando bajo los rayos de sol que se filtraban por los ventanales rotos, y sombras alargadas recorriendo los pasillos, el grupo comenzó a explorar las celdas monacales.

Eran estancias claustrofóbicas, reducidas a la mínima expresión: un catre de hierro oxidado, una silla coja y un crucifijo vaciado en la pared.

En la planta inferior, una puerta de roble semioculta llamó la atención de Paulo. Apuntó con la barbilla hacia ella.

—Rají, pregúntale si podemos echar un vistazo dentro.

El guía intercambió unas breves y ásperas palabras en árabe con el guarda. Tras un gesto displicente de este último, la llave giró en la cerradura con un chirrido metálico.

Era una biblioteca pequeña. Las estanterías de suelo a techo soportaban el peso de hileras interminables de libros devorados por los ácaros, revistas teológicas y archivadores metálicos que guardaban entre otros datos la contabilidad de la orden.

Más arriba descansaban tomos de misiones en el continente africano, biblias en latín y varias ediciones del Corán.

Pero fue un volumen descolocado, casi oculto en la balda más baja, lo que detuvo en seco los pasos de Paulo.

Estiró la mano y rozó la cubierta. Lo extrajo con extrema delicadeza, conteniendo la respiración, y acercó el libro a sus labios. Exhaló con fuerza. Una densa nube de polvo grisáceo se disipó en el aire, flotando como una niebla espectral bajo la luz de la tarde.

Al abrir las pastas crujientes, comprobó que no se trataba de una publicación moderna, sino de un manuscrito.

Sus páginas, de un pergamino amarillento y quebradizo, estaban repletas de una caligrafía pulcra pero febril, redactada íntegramente en latín.

En la primera página, a modo de portada, destacaba un título escrito con tinta descolorida:

“De Prophetia Oblitus”

Los rudimentos de latín universitario que Paulo arrastraba de su juventud acudieron de golpe a su mente, decodificando las palabras de manera automática: “Acerca de La Profecía Olvidada”.

Abajo del todo, trazado con una elegante y sombría letra gótica, leyó una firma que erizaba la piel: Bartolomé Sánchez de la Vega.

Paulo alzó la vista despacio. A través del dintel de la puerta, vio cómo Rají y el guarda discutían acaloradamente, gesticulando con vehemencia.

Sin mediar palabra, el reportero abrió su maleta de viaje, sacó otro billete y se lo deslizó disimuladamente al guía.

Un nuevo intercambio de miradas cómplices y disimuladas sonrisas aprobatorias selló el pacto: el guarda volvería a mirar hacia otro lado.

El libro desapareció en el fondo de la maleta, tragado por la lona oscura.

El resto de la jornada transcurrió entre cables, baterías agotadas y el zumbido constante de las cámaras grabando testimonios para el documental.

Sin embargo, la mente de Paulo ya no estaba allí.

El peso del manuscrito en su equipaje quemaba como un carbón encendido.

El reportaje sobre la convivencia interreligiosa se había desvanecido de sus pensamientos; ahora, su única obsesión era descifrar qué secreto milenario guardaba aquel título y cuáles eran los verdaderos designios de aquella profecía sepultada en el olvido.