La profecía olvidada Capítulo 1.-En Roma.
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Capítulo 1.-En Roma.

24 de diciembre del año del Señor de 1450.

—Año declarado de Jubileo—

Después de haber recibido la bendición del Papa Nicolás V y de contemplar La Verónica, los peregrinos que durante toda la mañana habían abarrotaba la Plaza de San Pedro —satisfechos por ver recompensado el esfuerzo y el sacrificio que conllevaba una peregrinación a Roma— volvían a la ciudad y se

disponían a cruzar el puente de Adriano, o Puente de San Pedro, como también se le conoce.

Debido a la ingente afluencia, en aquel momento estaba saturado, repleto de almas.

Yo había cruzado el puente media hora antes y me encontraba en la orilla opuesta del río Tíber cuando los gritos y el vocerío llamaron mi atención.

Al volver la cara en dirección al paso, pude distinguir entre la algarabía y la multitud a mi maestro, Fray Fernando, corriendo hacia mí con el rostro deshecho, abriéndose paso a grandes zancadas y con enorme dificultad a través de los peregrinos.

Detrás de él, siguiéndolo de cerca, el Cardenal Barbo montado en su caballo bramaba: «¡Detenedlo! ¡Detenedlo!» .

La muchedumbre comenzó a comprimirse y a gritar en el momento en que el prelado trataba de cruzar con su alazán.

Fue entonces cuando, a mi entender debido a la confusión y al estrépito, el animal se desbocó y comenzó a lanzar coces furiosamente.

El pánico se desató de inmediato: los peregrinos empezaron a correr en masa, atropellándose unos a otros, mientras los que ocupaban los flancos se aferraban desesperadamente a las balaustradas para evitar ser arrollados.

Bajo aquella presión colosal y simultánea, los pretiles cedieron y se rompieron, provocando que decenas de personas cayeran al vacío hacia las frías aguas del río Tíber.

El Cardenal Barbo, que había sido lanzado al suelo por su caballo, logró levantarse maltrecho y comenzó a caminar con paso rápido, abriéndose paso a golpes entre los peregrinos aterrorizados.

Mi maestro, que ya había logrado cruzar más de la mitad del puente, me buscaba con la mirada gritando mi nombre, y fue en ese preciso instante cuando varios peregrinos desatados se agarraron a él, arrastrándolo y empujándolo.

Mientras era arrastrado hacia el abismo, me gritaba al tiempo que gesticulaba con desesperación:

—¡Corre! ¡Vete!… ¡Guarda el manuscrito… guárdalo!

Aunque mi pretensión fue correr hacia él para ayudarle, mi cuerpo no pudo responder al mandato de mi voluntad.

Me quedé allí, mirando, paralizado, como si alguna fuerza oculta me inmovilizara los pies y me obligara a permanecer inactivo, incapaz de moverme.

No pude hacer nada por socorrerle antes de que cayera al río desde el puente, junto con algunos de los peregrinos que desesperadamente se aferraron a su hábito mientras se precipitaban al agua.

La voz de mi maestro pidiéndome que huyera y guardara el manuscrito se perdió entre el escándalo y el desconcierto general. Mientras tanto, las frías aguas del Tíber arrastraban a un sinnúmero de cuerpos que desaparecían agitando los brazos y elevándolos por encima de la superficie.

Fueron casi doscientos los peregrinos que murieron aquel día. Entre ellos, Fernando López de Baeza, mi maestro.

Y aquellas palabras que he mencionado fueron sus últimas órdenes para mí: guardar el manuscrito que nos había llevado a Roma y que fue la causa de su propia muerte.

Yo he cumplido con ellas… hasta hoy.