30. Vasilak Rackstorm #4
De algún modo ya conocía la respuesta. Aun así, necesitaba oírlo, saber la verdad, que se lo dijeran de una vez por todas.
—Eres uno de los nuestros. Tu ser pertenece tanto a la superficie como al mar, por lo que, como Neve y como yo, puedes caminar por la tierra y nadar hasta las profundidades.
—Sé que puedo respirar bajo el agua —explicó el pirata—. Lo hice. Neve... me lo explicó y fui a investigar las murallas de Noros cogido a ella.
—Puedes hacer mucho más, mortal. Y te lo puedo mostrar si lo deseas.
—¿Eso significa que puedo ir a por ella? —Pronunció aquellas palabras en un susurro que solo pudo oír el dirigente acuático, quien contestó con un simple asentimiento de cabeza, examinándolo con curiosidad.
—Si estás listo para enfrentarte a lo que te espera allí abajo, sí. Podemos partir ahora mismo.
Hacía un rato tenía las manos vacías y estaba desesperado por no poder hacer nada...
y, de pronto, parecía que las puertas del cielo se estaban abriendo ante él al ofrecerle la oportunidad de tomar el timón de la situación y lo que implicaba: dejarlo todo atrás, abandonar la superficie, abrazar esa nueva naturaleza que formaba parte de su ser y utilizarla para devolverla a ella a su hogar.
Para salvarla de un ser que solo le estaría haciendo daño.
La mera idea hizo que su ira e impotencia fueran a peor, por lo que solo quedaba algo que lo retenía, algo que lo mantenía en tierra.
Sintió las manos de dicha persona acariciarle el brazo y se giró hacia su hija, que lo miró con seriedad.
—Sé que estás dudando —dijo la joven Ivette, sus ojos verdes fijos en su padre sin pestañear—. Míralo de esta manera: le vamos a devolver el favor que le debemos, todos ellos, en realidad. Al final, que yo le disparara también acabará beneficiándola.
Vasilak se giró para encarar a su hija y fue a agacharse para estar a su altura, pero ella negó, cogiéndolo de los brazos y obligándolo a erguirse de nuevo.
—Ve. Te doy mi permiso.
—Sabes lo que puede pasar.
—Lo que puede pasar si no la vas a buscar puede ser mucho peor. Que él —señaló a Ardath con la cabeza— se haya presentado aquí significa que algo mucho peor se avecina si no actuamos. Si hay una profecía y podemos hacer algo para que se cumpla a nuestro favor, que así sea.
—¿Segura? —insistió Vasilak por última vez.
—Como nunca —sentenció su hija y, durante un instante, la vio.
En la forma de mirarlo, la postura, el mentón y los ojos. Vio a Azari de vuelta.
—¿Vas a ir a por ella? —planteó Índigo más allá.
Todos los demás habían sido testigos de la conversación y la contramaestre fue la primera en intervenir.
Vasilak solo le lanzó una mirada silenciosa y asintió antes de girarse hacia Ardath.
—Pongo bajo tus órdenes toda la flota que tengo disponible por si la batalla acaba librándose más tarde aquí, en la superficie, ya sea en el mar o en tierra —declaró Vasilak, ya frente a frente con el tritón—, pero de momento...
Llévame contigo, Ardath. Llévame allí donde ese hijo de puta la tiene prisionera.
—Despídete de los tuyos y te llevaré ante él.
—Dame unos minutos.
Ardath asintió y volvió junto al enorme hipocampo, que le lanzó una vibración de bienvenida.
Vasilak vio que todas las sirenas lo observaban curiosas, sus siniestros físicos convirtiéndose en algo cada vez más corriente para él, más familiar.
Se giró hacia los piratas, que lo miraron expectantes.
—Voy a ir a buscarla —afirmó con convicción, mirando a cada uno de ellos, la última Ivette—, y la devolveré a su hogar.
—¿Por qué vas a hacer tal cosa? —quiso saber Índigo, confundida ante el ofrecimiento del capitán—. La odias.
—Piensa lo que quieras, contramaestre —replicó él con firmeza—, pero, el día que Neve O’Shea me salvó de las nereidas, me regaló algo.
Algo que, sin saberlo entonces, ahora me ayudará a rescatarla.
Y le debo más de un favor. —Sus ojos volvieron a su hija durante un instante—.
Y como capitán del Indomable y, por lo tanto, hombre de palabra, es mi deber saldar las deudas para que no queden pendientes.
Esta vez no fue Índigo la que habló... ni tampoco Arendar, para su sorpresa.
No.
Lo hizo Zatran.
—Vas a jugarte la vida —pronunció Garret con preocupación, rompiendo toda distancia con su capitán, pues quien hablaba no era el arquero, sino el amigo que lo había acompañado desde su niñez—. ¿Qué pasa con Nyaria? ¿Y con las alianzas con el resto de los piratas?
—Como he dicho, le debo más de una a Neve, y recuerda que seguimos bajo el pacto de Cráneo Negro y...
Sus ojos pasaron a Arendar, quien, apretando la mandíbula, asintió.
Su contramaestre era el único que sabía la verdad, y un alivio gigantesco lo atravesó al ver que lo aceptaba y lo entendía.
—¿Cuáles son las órdenes durante su ausencia, capitán? —dijo este. En su voz y en sus gestos, Vasilak pudo detectar una clara preocupación.
—¡¿No vas a decir nada?! ¡¿Estás de acuerdo con esto?! —exclamó Garret, girándose hacia Arendar.
—Son órdenes de tu capitán —se limitó a contestar.
—¡También es nuestro amigo! ¡Nuestro hermano, Arendar! —vociferó de vuelta.
—Recuerda tu lugar, Zatran —lo reprendió con dureza el contramaestre, mirándolo a los ojos con frialdad.
Vasilak sabía que le dolía actuar así, pero, sin duda, era lo más sensato.
Garret apretó la mandíbula con enfado y pateó la arena mientras se alejaba varios pasos, apretando los puños en un ataque de ira controlado.
—¿Órdenes? —preguntó otra vez Arendar devolviéndole la mirada a Vasilak.
Este miró a su hija de inmediato.
—Nombro a Ivette Rackstorm Duststream líder de Nyaria y capitana temporal del Indomable ...
Todos se giraron para mirar a la joven, que se mantuvo con gesto serio, como si, de alguna forma, se hubiese estado preparando para lo que venía.
—¿Qué quieres que haga yo en tu ausencia?
Esta vez, Vasilak dirigió sus ojos a Índigo y, acercándose a ella, declaró:
—En ausencia de la capitana, la contramaestre se convierte en ella.
Esta asintió con firmeza, sin apartar sus ojos cristalinos del pirata, con expresión grave y cuerpo rígido.
—Quiero que reunáis a todos nuestros aliados, a los de Neve y a los míos. Convocad un nuevo Comité Pirata, tal y como nos pidió Neve en la carta que nos dejó a todos..., y tal y como debería haberse hecho hace mucho tiempo.
»Necesitaremos un ejército tanto en la superficie como en el mar. Ardath —se giró para señalarlo— nos ofrece lo segundo. Facilitemos nosotros la otra parte.
—Una vez que recuperemos a la Séptima, mis ejércitos bajo el agua serán vuestros —aseguró el tritón con vehemencia.
El resto de los piratas intercambiaron miradas entre sí, preocupados y estupefactos ante lo que estaba ocurriendo.
—Quieres que nos preparemos para la guerra... —dedujo Hazel, y Vasilak asintió.
—Ya estamos en una.
—¿Y si no vuelves? —inquirió Índigo con voz dura.
«La pregunta prohibida».
Ivette se tensó a su lado, pero, para su propia sorpresa, dio un paso adelante, encarando a la nueva capitana del Luz del Alba.
—Volverá. Mientras tanto, yo me encargaré de todo. —Su hija lo miró, con orgullo y dolor en los ojos—. Me está preparando desde pequeña para ello.
—No tengo intención de morir, Índigo.
—Puede que lo hagas —insistió ella con voz seca.
— No lo haré .
Vasilak se giró hacia Arendar y Garret, borrando la distancia con ellos y mirándolos con seriedad.
—Os dejo a cargo de Ivette.
Arendar asintió, Garret aún con los labios apretados en un gesto frío.
—Más te vale volver, cabrón —soltó este, dándole un golpe en el pecho—, o te mataré yo mismo.
—No puedes contra mí, enano —le respondió con una mezcla de tristeza y diversión Vasilak.
—Eso es verdad —afirmó Arendar, con una media sonrisa.
—Cuando vuelvas de tu paseo submarino, lo comprobamos. ¿Trato hecho?
Vasilak miró la mano que le tendía y se la estrechó sin dudar.
—Trato hecho.
Un instante después, lo atrajo a su pecho y lo abrazó con fuerza.
Garret le devolvió el gesto con ganas, temiendo que aquella fuese la última vez que pudieran hacerlo.
Después le tocó el turno a Arendar y, cuando las despedidas terminaron, Rackstorm se giró hacia los guardias que seguían apuntando desde varios puntos de la playa y la ladera a Ardath.
—¡Bajad las armas! Todo está bajo control —dijo en su idioma natal. Luego se dirigió a su pueblo—. Volved a Dría y esperad órdenes de mi hija.
Sus hombres bajaron los arcos y, poco a poco, empezaron a dispersarse, despejando la playa y los alrededores con rapidez y agilidad.
Vasilak miró a Índigo y Hazel.
—La próxima vez que me veáis será con ella. Es una promesa —pronunció.
Ambas asintieron y pudo ver que Garret y Arendar se ponían tras Ivette, en un gesto de lealtad y aceptación hacia su nueva capitana y lideresa temporal.
Padre e hija intercambiaron una última mirada, y esta asintió con firmeza.
— V’ila.
«Ve».
No miró atrás. El hombre se dirigió a Ardath, que se había montado ya en el impresionante hipocampo. A su lado, para sorpresa de Vasilak, Haxos había aparecido junto a él, ofreciéndole su espalda para llevarlo.
El mortal no dudó.
Se sentó sobre el caballo de mar de Neve y, una vez que se agarró a su cuello, miró a las sirenas y, por fin, a Ardath.
—Lo primero es enseñarte lo que eres, Vasilak Rackstorm. Sígueme.
Con un movimiento rápido, Ardath se sumergió en el agua y Vasilak sintió que Haxos se disponía a hacer lo mismo.
Por instinto, cogió aire, aunque supo que no lo necesitaba.
Y cuando el océano lo cubrió por completo, se aferró con fuerza al hipocampo a medida que rodeaban la isla y se alejaban de Dría y de todo lo que Vasilak Rackstorm amaba.
Y fue minutos después, cuando los cinco piratas todavía seguían en aquella playa asimilando lo sucedido, cuando algo apareció en el horizonte... en alta mar.
Vasilak no lo supo, ya con un nuevo objetivo que cumplir por delante.
Pero Índigo y compañía, de pie en la arena, pudieron apreciar que el futuro se convertía en presente.
El Indomable volvía a casa.