30. Vasilak Rackstorm #5
Ardath los llevó hasta una apartada cala de la isla, no muy grande, la selva empezando pocos metros más allá. Antes de detenerse, pero ya en la superficie, pudo ver que había pisadas en la blanca arena. No eran recientes, pero alguien había estado allí no hacía mucho.
Con el corazón en un puño, Vasilak descendió de Haxos a toda prisa y se encaminó hacia el punto donde estas parecían estar más hundidas, como si alguien hubiese estado horas de pie allí.
—Es aquí de donde se la llevaron —murmuró el capitán Rackstorm, apretando los puños con rabia mientras se agachaba a rozar la arena con la punta de los dedos—. Es aquí donde te entregaste.
—Tu hija fue rápida en informarte —oyó que decía una de las sirenas tras él—, y muy valiente. No mostró un ápice de miedo ante nosotras.
—No hay tiempo que perder —dijo Ardath a su lado, pero Vasilak no se movió, dejando que la arena se le escapase entre los dedos—. Capitán.
Este reaccionó al fin, poniéndose en pie de nuevo y mirando con determinación y de frente al tritón, situado en la orilla.
—Voy a enseñarte cómo acceder a esa parte de ti y una vez que estés listo...
—Iremos a por ella —terminó Vasilak por él con una convicción que no había sentido desde hacía demasiado tiempo.
Ardath asintió de una manera que le hizo recordar que seguía siendo una criatura acuática.
—Está dentro de ti. Puede que muy escondida, incluso puede que huya de tu naturaleza humana, pero no la dejes escapar. Desde que Neve te dio ese regalo, forma parte de ti. Acéptalo y únete a ella.
Vasilak asintió, esperando órdenes.
—Relájate y cierra los ojos, Rackstorm.
Obedeció, sintiendo que todo él estaba tenso: su espalda, su cuello, sus piernas... Le estaba costando relajarse, por lo que intentó pensar en algo que le trajese paz.
Y entonces rememoró el momento en el que Neve le pidió que le pusiese la pulsera que él acababa de regalarle.
Se aferró a ese recuerdo, reviviéndolo en su cabeza, y, de pronto, empezó a percibirlo todo.
Los rayos del sol, la arena bajo sus pies, el calor reinante en contraste con el frescor que traía la brisa, el aire impregnado de salitre...
, y notó la gravedad y el peso de su propio cuerpo, pero también algo más.
Lo oyó y lo sintió, frente a él y bajo sus botas mojadas.
El mar. Las criaturas que habitaban en él.
Las olas en la superficie y las corrientes submarinas que bailaban en las profundidades.
Sintió la calidez de las aguas bañadas por el sol arriba, pero también el frío de los abismos que, como la última vez que estuvo bajo el agua con Neve en las murallas de Noros, le resultó familiar...
, pero no de la forma dolorosa y reacia que lo había invadido por dentro la primera vez.
Todo aquello era nuevo.
Y entonces lo sintió... Oculta en lo más hondo de su ser, una especie de aura azul que lo estaba esperando.
Se quedó quieto, pero en su mente alargó la mano hacia esa luz, ofreciéndole la oportunidad de mostrarse al mundo de una vez por todas.
Esa energía pareció dudar unos instantes, hasta que, a una velocidad impresionante, chocó con su pecho y lo sintió.
Que todo su ser cambiaba.
No hubo dolor.
Solo una expansión y un sentimiento de hogar que lo sobresaltó, obligándolo a abrir los ojos.
Lo vio, que su piel cambiaba, las escamas abriéndose paso por sus brazos, sus piernas y pies.
Presenció cómo le nacían aletas grandes y poderosas y notó cómo ganaba fuerza en su espalda y tras sus gemelos y antebrazos.
Todo él fue adquiriendo un tono azul oscuro, y la piel de sus costillas se abrió para dejar espacio a las branquias que le permitirían respirar mejor y durante más tiempo bajo el agua.
Se tocó el pelo y se sorprendió de que se hubiera mantenido intacto, con aquel tono azabache único, y, al contrario que Neve, sin rastro de tentáculos. Por lo tanto, tan solo su melena oscura le caía por la espalda.
—Por todos los océanos —murmuró Nélida, atónita ante la escena que tenía delante.
Vasilak miró a Ardath, que lo observó de arriba abajo con una fascinación sobrecogedora.
—Tampoco era tan difícil, ¿verdad?
Durante unos segundos no se atrevió a hablar, temeroso de que su voz también hubiese cambiado.
Pero, finalmente, lo hizo.
—Esto es...
Ardath asintió, entendiendo a qué se refería.
—No reniegues de ello, pues quién sabe cómo podría servirte este nuevo yo tuyo en el futuro, Rackstorm.
Vasilak se giró a mirar a las sirenas, que seguían la escena con un asombro evidente.
—¿Luzco humano? —se atrevió a preguntar Vasilak.
Fue Loire la que negó, con una sonrisa de orgullo.
—En absoluto.
El capitán del Indomable asintió, levantando los brazos frente a sí para observar mejor en qué acababa de convertirse.
—¿Estás listo? —dijo Ardath, y la pregunta fue tan simple, pero a la vez tan compleja, que Vasilak lo miró.
Y tuvo que ofrecerle tal mirada que Ardath se tambaleó hacia atrás, estupefacto.
—Siempre lo he estado. Para lo que sea.
Vasilak se giró hacia Haxos, que se había mantenido inmutable en su sitio.
En aquella nueva forma, el hombre metió los pies en el agua y acarició a la criatura, para su sorpresa sintiendo lo firme que era.
Era alto e imponente y con un porte que le dejó claro que era fiero bajo las aguas por las que navegaba.
—Haxos no se deja montar por cualquiera, Rackstorm, así que no te tomes su decisión de permitirte ser su jinete a la ligera.
Vasilak dirigió de nuevo su mirada al plateado caballo de mar, que lo observaba con serenidad y un aura que dejaba entrever una experiencia de milenios.
— Surcaré las profundidades contigo para salvar a mi reina.
Vasilak retrocedió un poco al oír la voz de Haxos en su cabeza y, un instante después, asintió.
—Gracias por otorgarme tal privilegio.
Ardath asintió también, aprobando dichas palabras, y las sirenas sisearon con un gesto idéntico al tritón.
—Ya vas entendiendo cómo funcionamos los acuáticos.
—¿Qué puedo esperar encontrar allí?
Hizo la pregunta mientras montaba en el hipocampo con facilidad, y miró a Nélida y Loire.
Fue Ardath quien contestó.
—No lo sé con certeza, Rackstorm. Las que han estado más cerca de Noros han sido ellas. —Ardath señaló a Nélida y Loire—. Son mi comandante y mi subteniente de confianza.
—¿Qué crees que encontrarás allí, mortal? —planteó Nélida con voz seria.
—Dos cosas muy simples. La muerte o a Neve O’Shea. Y no será la primera vez que me enfrente a ellas.
Ardath y las sirenas intercambiaron una mirada de asombro mientras el cuchicheo de las otras sirenas presentes resultó audible. El caudillo del pueblo acuático lo volvió a mirar con aprobación.
—Está listo. Sí que lo está.
—Entonces, vámonos —soltó Nélida y todas las sirenas soltaron un grito de guerra, chapoteando mientras se sumergían.
Ardath se sumergió también, desapareciendo pocos segundos después.
Sin embargo, Vasilak se tomó un segundo más.
Cerró los ojos para apreciar el sol que acariciaba su piel, este poniéndose en un atardecer hermoso.
Después los abrió para mirar la isla tras él, el hogar que lo había visto crecer y convertirse en el hombre que era, en el padre de su hija, en el pirata que muchos temían...
Y en el tritón que acababa de nacer.
Respiró hondo y se dio la vuelta, enfrentándose al mar.
—Vamos, Haxos.
Este obedeció y, con un nado rápido, empezó a hundirse dejando aquella playa atrás.
Y Vasilak Rackstorm desapareció bajo las aguas.