La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 30. Vasilak Rackstorm #3
99%

30. Vasilak Rackstorm #3

Recorrieron las calles de Dría al galope camino del puerto, con la adrenalina inundando las venas de ambos Rackstorm...

, sobre todo las de él, quien, con la mano en el pomo de la espada que llevaba ceñida a la cintura y sintiendo cómo el espejo chocaba con su pecho sobre la cicatriz, estaba listo para lo que su padre le había entrenado.

Estaba listo para la guerra.

No habían abandonado el Luz del Alba desde hacía tres días, pero no es que hubiesen intercambiado demasiadas palabras entre ellas.

La mayor parte de ese tiempo, Índigo se había encerrado en el castillo de popa, sola, y cuando el cansancio podía con ella, caía dormida sobre la carta que Neve le había dejado.

Hazel había preferido refugiarse en la enfermería, su rincón seguro del barco, aunque salía de allí de vez en cuando. Ella también había releído la carta que su capitana le había escrito como despedida mil veces.

En ese momento, en la tarde del tercer día desde que todo parecía haberse derrumbado, la curandera estaba en cubierta, comprobando que la puerta del castillo de popa seguía cerrada a cal y canto.

Índigo no había salido de allí desde la noche anterior, a pesar de la cantidad de veces que su compañera había intentado convencerla.

La espera era agónica. Habían mandado a Trix con un mensaje para el Indomable informándolos de que estaban allí. Un mensaje simple que Índigo había escrito frente a Hazel y que luego había atado a la pata del cuervo.

Hazel solo quería que Sage y Raven volviesen al Luz , a casa.

Contarles lo que había pasado.

E idear algún plan milagroso para poder ayudar a Neve, rescatarla.

¿Cómo podían hacerlo cuando estaba en la zona más profunda del océano y a merced de un dios oscuro?

Guardando su carta en el bolsillo del pantalón, Hazel se dispuso a llamar a la puerta cuando vio que esta se abría de pronto.

Índigo salió, con la misma ropa de dos días atrás, una coleta desaliñada y la tez pálida y demacrada. Tenía los ojos rojos y los labios secos de tanto llorar.

Fue hacia ella como un fantasma, dando tumbos y con la mirada perdida. La curandera se mantuvo callada, esperando a que su amiga rompiese el silencio. La conocía bien y, si lo hacía ella, sería mucho peor.

Índigo se paró frente a ella y, con voz rota, susurró:

—Lo odio.

Hazel le ofreció la mano, que la contramaestre aferró con fuerza, como si comprobase que estaba viva y no era una alucinación.

—¿Qué odias, Indi?

—Este dolor. —Se llevó una temblorosa mano al pecho—. El precio a pagar por amar a la gente que se ha ido.

—Ese dolor es una prueba de que hubo amor. Mucho peor sería el vacío de una vida falta de cariño, amiga.

Índigo negó, cayendo de rodillas frente a ella y hundiendo su rostro en el vientre de Hazel.

—Me cuesta respirar de solo pensar que no está; que tendremos que contárselo a Sage y Raven cuando lleguen. Yo... —Se detuvo y tomó aire con dificultad—. Me está matando, Hazel.

Esta la abrazó fuerte contra ella y, sin poder controlar el dolor que también la estaba consumiendo, susurró con la voz entrecortada:

—A mí también.

—Por fin... —Índigo levantó la vista hacia ella—. Sé que de cara hacia fuera lo llevas mejor que yo, porque no gritas ni te desesperas ante los demás, pero sé que lloras igual que yo cuando estás sola, que sufres, porque te conozco.

Hazel apretó los labios, asintiendo secamente.

Se conocían demasiado bien.

—Llora conmigo —le susurró Índigo, tirando de ella y obligándola a ponerse de rodillas a su lado.

Entonces, una frente a la otra y con la cercanía del cuerpo de la chica de cabellos oscuros del que emanaba tristeza pura, el labio inferior de Hazel tembló y sus ojos pardos se inundaron de lágrimas—. Grita si es lo que quieres.

—Si empiezo a gritar, no pararé —le advirtió la curandera con dureza—. Y una de las dos tiene que estar algo entera cuando lleguen Sage y Raven.

La chica de ojos cristalinos dejó caer sus párpados y sus mejillas se volvieron a humedecer, dos lágrimas limpias rodando por estas. Hazel tragó saliva y, tragándose el dolor, abrazó con fuerza a Índigo, que aceptó el gesto como si fuese un regalo caído del cielo.

—Ni siquiera se despidió —musitó la contramaestre en el hombro de la curandera, sollozando—. Se fue sin más.

Hazel asintió, aumentando la presión de su agarre.

—Lo sé, Indi. Lo sé.

Pasaron así unos segundos, hasta que Hazel rompió de nuevo el silencio.

—Necesitas un baño con urgencia.

Índigo detuvo su llanto para soltar una leve risa, rompió el abrazo y asintió sin mirarla.

—Lo sé. Debo de apestar.

—Solo un poc...

El barco se tambaleó de forma repentina, desequilibrándolas. Un instante después, oyeron el sonido potente y lejano de unos cuernos, sin duda provenientes de las laderas de Dría.

Una clara advertencia de que algo ocurría.

El barco volvió a zarandearse y ambas se pusieron de pie de un salto, en posición defensiva. Las aguas, a menos de una milla de la costa, se abrieron, y de ellas emergió un ser desconocido sobre un hipocampo mucho más grande que Haxos.

Hazel e Índigo se dirigieron a la borda de cubierta para ver mejor a la criatura marina que, a una velocidad vertiginosa y con lo que parecía ser un ejército de sirenas tras él, se acercaba a la isla.

—Prepara las dagas, Hazel.

Esta la miró y un escalofrío la recorrió al ver el tono de voz que había usado su amiga; el de líder, algo que sin duda necesitaban en ese momento.

—Siempre voy preparada, contramaestre.

Con aquella respuesta se ganó una mirada de aprobación de Índigo y ambas bajaron hacia la playa, listas para recibir a aquella inesperada amenaza.

Vasilak e Ivette se apearon de los caballos nada más pisar la playa, el resto de los piratas ya en formación frente al ser que, con la cercanía, comprobaron que tenía cierta apariencia humana.

El pueblo de Dría se había reunido cerca de allí, intrigado por ver qué sucedía, a la vez que cientos de guardias apuntaban con sus arcos y flechas a la desconocida criatura.

Vasilak mantuvo a Ivette a su lado y se abrió paso entre sus compañeros hasta ser el cabeza de aquella formación.

No fue hasta que lo tuvo delante que pudo apreciar bien a lo que se enfrentaban.

Sobre el intimidante hipocampo de color negro y ojos blancos montaba un tritón de piel azulada y escamosa, rostro fino y cabello azul de un tono más oscuro. Sus ojos dorados eran lo que más destacaba de su cara aparte de que, allí donde deberían estar sus orejas, había dos aletas pequeñas.

Llevaba una coraza de oro que le cubría el torso y la espalda. Sus muñecas también estaban protegidas por ese mismo metal.

No parecía que llevase armas encima, algo que, en parte, lo convertía en un peligro en sí mismo..., pues el arma era él .

El capitán Rackstorm se llevó la mano a la envainada espada... cuando una voz cortó el silencio.

—No es un enemigo, Vasilak —afirmó Índigo señalando a la derecha del gran tritón—. Viene con nuestras aliadas.

—¿Lo conocéis? —inquirió él sin apartar la vista del forastero.

—Eso es lo que me escama. No tenemos ni idea de quién es —respondió Hazel.

—Chicos, cubridme y estad atentos.

—Sí, capitán —respondieron al unísono, Arendar a su derecha, Garret a su lado, y las tripulantes del Luz junto a Ivette a su izquierda.

El capitán del Indomable dio unos pasos hacia delante y, como había hecho en muchas ocasiones, se puso la máscara de hombre despiadado y temible, ganándose la reacción de algunas sirenas, que se echaron hacia atrás.

Nunca fallaba.

—Soy Vasilak Rackstorm —pronunció alto y claro, con voz grave y profunda—, líder de estas tierras que osas pisar sin mi consentimiento. ¿Quién eres?

El tritón sonrió de medio lado y por fin rompió su silencio.

—Técnicamente no he salido del agua, así que sigo en mi territorio.

Con un movimiento ágil, bajó del hipocampo, que no apartó sus ojos de Vasilak en ningún momento.

El pirata le devolvió la mirada desafiante a la criatura acuática, pero un instante después concentró toda su atención en el tritón, que entonces avanzaba hacia ellos, su cola transformada en dos largas y fuertes piernas.

—Me presento, mortales. Soy Ardath, el último líder de las cortes submarinas, y vengo a ofreceros mi ayuda a cambio de que vosotros me ofrezcáis la vuestra.

—¿En qué puedes ayudarnos tú ?

—En rescatar a Neve O’Shea.

Todos se conmocionaron ante tales palabras y Vasilak dio un paso más al frente, su corazón latiendo con fuerza.

— ¿Sigue viva? —preguntó Índigo, que se aferraba a Hazel como si quisiera evitar caer. La curandera no apartó los ojos del tritón, de pronto llenos de esperanza.

—Sé por una fuente fiable que así es, pero ignoro por cuánto tiempo.

La honestidad de Ardath incrementó la angustia de Vasilak, cuyos pensamientos iban a una velocidad vertiginosa.

—¿Qué nos ofreces? —exigió saber el capitán.

—A todo mi ejército. Lo que queda de él —aclaró, con un deje nostálgico en la voz—. Mi marido es mi lugarteniente y quien dirige esas tropas, y las tiene a punto y esperándonos a la salida de nuestro reino bajo el mar.

—Espera un momento... —Índigo dio un paso hacia él, pasando su mirada del tritón a las sirenas, que estaban a lo largo de la orilla vigilando la situación, alerta—. Es a él a quien respondéis, él es quien gobierna a vuestro pueblo, ¿verdad?

—Es quien nos ha protegido de Azazel durante el último milenio —explicó Loire con su timbre angelical, sus escamas verdes brillando con el sol de la tarde—. Los otros tres señores del mar cayeron ante Azazel y Ardath es el único que ha conseguido sobrevivir.

—La Séptima no solo salvará los mares, sino lo que hay sobre ellos —intervino de nuevo el tritón, haciendo un gesto de agradecimiento hacia Loire—. Necesitamos a Neve. Es la única que puede acabar con el Emperador.

Fue entonces cuando hizo una breve pausa y, dando dos pasos, redujo la distancia que lo separaba de Vasilak.

Este apretó los puños, pero no se movió.

—Veo que Neve te otorgó algo, líder Rackstorm. —Lo miró de arriba abajo, como si admirase lo que tenía delante—. Solo los seres superiores pueden conceder lo que tú tienes.

—¿A qué te refieres?