30. Vasilak Rackstorm #2
Azari rio a carcajadas negando con la cabeza. Su cabello castaño claro estaba recogido en una trenza gruesa que le caía por el hombro izquierdo.
—Creo que ser tu mejor amiga es mucho peor —siguió la broma, pero en sus ojos verdes se instaló una determinación que Vasilak conocía demasiado bien—.
El futuro líder de Nyaria solo se puede casar una vez, Lak.
Y tienes que hacerlo con la que sea la lideresa de este lugar, al que deberá respetar incluso más que yo, valorar y amar sus costumbres y tradiciones, hablar el idioma y saber tanto del mar como lo haces tú.
—Mi orgullo no soportaría que alguien pudiera sentir todo eso por mi hogar tanto o más que yo.
—Cuando se ama, el orgullo desaparece, Vasilak.
Durante un tiempo uno se olvida de cómo es para convertirse en aquello que la otra persona necesita, y viceversa, hasta que lo que sienten el uno por el otro se convierte en un hogar común sobre el que construir la vida juntos.
Eso y muchas cosas que desconoces, pero que espero que algún día descubras, es el amor, Lak.
Azari pronunció aquellas palabras mientras miraba su barriga con un amor que Rackstorm solo pudo definir como maternal. Cuando lo miró a él de nuevo, el sentimiento que reflejaron sus ojos fue muy distinto.
Muy lejos de ser romántico.
Vasilak y Azari se querían a su manera, pero nunca de esa en concreto.
—Tu hija me está dando mucha guerra hoy —comentó entre risas tocándose la barriga.
—¿Y si es varón? —planteó el joven pirata.
—No lo dudes: Serás padre de una preciosa niña, Vasilak.
Él rompió la distancia que los separaba en el sofá y, con cuidado, le acarició el vientre. Notó bajo la palma que el bebé se movía, casi como si quisiera responder al contacto, como si no pudiese esperar para conocerlo.
—Sin duda, un movimiento tan fiero solo puede ser el de una mujer —declaró este, a lo que Azari arqueó una ceja.
—Entonces, ¿estás de acuerdo conmigo?
—Jamás te llevaría la contraria, vieja amiga.
Azari puso su mano sobre la de él, regalándole una sonrisa más que sincera.
Y en un susurro íntimo, dijo una sola palabra que cambiaría a Vasilak para siempre.
—Ivette.
Él abrió los ojos sorprendido. No habían hablado de nombres en todo el embarazo.
Hasta ese instante.
—Ivette Rackstorm Duststream. Suena precioso.
—¿Mantendrás mi apellido? —preguntó con esperanza Azari.
Él asintió, apretando el agarre en ella.
—Es lo mínimo. Si hubiese dependido de mí ofrecerle un heredero al cabrón de mi padre, ya te digo que estaríamos dentro de veinte años en las mismas.
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas, parpadeando para que estas no mojasen sus mejillas. Ante el último comentario, se mordió el labio inferior, negando con la cabeza.
—¿Sabes? Espero poder conocerla.
Vasilak frunció el ceño, extrañado y de repente preocupado.
—¿A Ivette? Más te vale. No pienso perderte en el parto.
Azari rio por lo bajo, negando con la cabeza.
—No, Lak. Espero poder conocer a la mujer que trastoque tanto tu corazón que consiga robártelo. Aunque creo que, si eso pasa, será de la manera más inesperada y loca.
»Y la amarás tanto que te odiarás a ti mismo durante un tiempo. Después, dudarás acerca de si te corresponde. Y, al final, besarás el suelo que pise y no habrá nadie más para ti.
—¿Y por eso solo quieres conocerla? ¿Para reírte con ella de mí?
—Sé que, de un modo u otro, la conoceré. Y me caerá bien. Pero, sobre todo, os querrá a ti y a esta pequeña. Lo sé.
Oyó unas pisadas que reconoció por el ritmo y la forma de arrastrar los pies, por lo que se mantuvo en la misma postura.
—Ivette —susurró el nombre, dejándole claro que sabía que estaba allí.
—Papá.
No habían hablado desde esa aciaga mañana. Y no porque su hija no hubiese intentado comunicarse con él, sino porque Vasilak estaba tan perdido, confuso y dolido, se sentía tan impotente, que llevaba encerrado en su habitación todo ese tiempo.
¿En qué clase de líder y capitán lo convertía aquel retiro?
En uno despreciable, sin duda.
—¿Cuánto hace que lo sabes? Que Neve y yo nos casamos, sin saberlo, según el rito nyeriano.
—Desde que la abuela me lo contó. Se dio cuenta en el momento en que la vio bajar del Luz del Alba , según me dijo.
— ¿Cómo? —gruñó Vasilak, aferrando aún más el espejo. Los bordes irregulares y afilados se le clavaron en la piel.
—No es nuestra guía espiritual por nada, papá. —Ivette caminó hasta él y le puso una mano en el hombro—. Estoy preocupada por ti. Nunca te había visto así.
—Solo lo sabe Arendar y por una casualidad demasiado vergonzosa. Por ahora prefiero que no se entere nadie más.
—Así será, entonces.
Vasilak se pasó las manos por el pelo, nervioso.
Desquiciado.
—Tengo que hacer algo.
La voz se le quebró, y los sentidos de la joven se pusieron aún más en alerta.
—Por supuesto, debes hacerlo. ¿O es que pretendes dejar que otro lleve a cabo la venganza por ti?
—Ya no se trata de eso —declaró exasperado Vasilak—.
Nos hemos casado, Ivette. Sin ser conscientes de ello, sin quererlo ni buscarlo, hemos seguido las tradiciones matrimoniales de mi pueblo y ahora es mi mujer.
Y yo su esposo. Nuestras almas, en algún punto, se unieron y según Zóferas...
los espíritus lo aceptan. Han aceptado esta unión.
Se levantó de la silla, llevándose el espejo hacia el rostro antes de dejarlo con cuidado sobre un sillón. Ivette echó un rápido vistazo al objeto para después devolver la atención a su padre, sin haber pasado por alto el gesto.
—Mi deber es protegerla —continuó él, viendo cómo Ivette lo miraba con dureza—. Y además porque también es...
—Ni se te ocurra decir que es «la líder» —lo cortó ella, acercándose.
—Técnicamente lo es. No me casé con tu madre porque ella no quiso ser la líder de Nyaria junto a mí.
—La mención de Azari clavó a Ivette en el sitio—.
No pertenecía a nuestro pueblo, no hablaba nuestro idioma, no conocía demasiado bien el mar...
, y por eso se negó, para que, si en el futuro yo llegaba a amar a alguien, pudiese darle la oportunidad de ocupar ese puesto junto a mí.
—Pero tú no amas a Neve O’Shea, papá.
—Puede que no la ame, pero...
Ivette arqueó las cejas y una expresión de consternación se asentó en su cara.
—Pero ¿qué?
—La respeto. La admiro .
Desde el día en que fue presentada por sus padres, hacía más de diez años, en el último Comité Pirata pacífico, antes de que Reinhard Rackstorm llevase a cabo su maléfico plan.
Hubo algo especial en la forma en la que la antigua tripulación del Luz del Alba aplaudió cuando anunciaron que era la futura capitana, la heredera de los O’Shea.
El resto de los barcos también pareció sentir esa aura que desprendía una niña de tan solo quince años y, aunque Vasilak había tenido que oír los comentarios negativos de su progenitor en la oreja todo el rato, al ser entonces su contramaestre, sus ojos no se habían apartado de la chica de cabellos rubios...
y, desde entonces, la consideró una contrincante merecedora de su atención.
Alguien a quien sin duda no solo debía temer, sino respetar.
Y si había respeto, había admiración.
—No lo entiendo, papá.
—Con el paso de los años, lo harás —le aseguró él en ese tono de voz que solo usaba con ella—.
Alguien te hará ver cosas que jamás creerías posibles y te cambiará de tal manera que la rabia te consumirá por no poder volver atrás.
Pero, al final, acabarás viendo que lo que te ha sido dado es lo que debía ser.
—Todo se ha ido a la mierda —gruñó Ivette ante las palabras de su progenitor.
—Necesito saber que lo aceptas, cariño —insistió Vasilak, cogiendo a su hija por el rostro con ternura—. Que aceptas lo que ha pasado.
—No es que lo acepte o no, es que no me queda otra . —Su voz se tornó rasposa en las últimas palabras, como si le costase pronunciarlas—. Está hecho y es irreversible, a menos que...
No acabó la frase al ver la expresión de su padre, pero era evidente lo que iba a decir.
«A menos que ya esté muerta».
—No lo está —aseguró Vasilak, acariciándose el pecho.
Vio que Ivette cogía aire y apretaba la mandíbula.
El capitán del Indomable no se esperaba las siguientes palabras.
—Es una semidiosa. Dudo que pueda morir tan fácilmente.
Sirena. Semidiosa. La Séptima. Capitana. Pirata. Enemiga. Aliada.
Neve O’Shea.
Neve.
«Esposa».
—No quiero ni imaginar lo que le pueda... —empezó a decir Ivette, a lo que el corazón de Vasilak dio un vuelco de puro dolor.
«Lo que le pueda estar haciendo el Emperador».
—Le haré pagar por ello —respondió en un gruñido gutural que puso los pelos de punta a su hija.
La chica lo miró con cierto orgullo, aunque seguía reprimiendo sus sentimientos, ya que no aceptaba del todo la situación de su padre con la capitana del Luz .
—Lo sé, papá.
La conversación se vio interrumpida por un sonido conocido: los cuernos que avisaban de que alguien forastero llegaba a puerto. Padre e hija se miraron alarmados y salieron al balcón para otear el mar.
A menos de una milla de la costa, una criatura emergió de las profundidades montada en un hipocampo mucho más grande que Haxos, el de Neve, oscura e intimidante.
—Prepara esas pistolas, Ivette.
La joven Rackstorm sonrió satisfecha, pero su padre estaba con la mirada fija en la escena, por lo que no lo vio.
—Siempre lo están, capitán.
Por fin la miró y el siguiente gesto vino desde la más absoluta devoción y también desesperación. Vasilak se inclinó para darle un beso en la frente y estrecharla contra su pecho, y ella se lo devolvió con gusto.
—Te quiero, pequeña.
—Y yo a ti, papá. —Ivette rompió el abrazo para mirarlo, sonriendo con cariño—. De mi corazón hasta las estrellas.
—De las estrellas a mi corazón —musitó él como respuesta.
Le besó de nuevo la frente y se pusieron en marcha.
Vasilak cogió el espejo y se lo guardó en el bolsillo interior del chaleco. A continuación, con paso ligero, ambos salieron de su hogar, dirigiéndose al establo a por los caballos.