La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 30. Vasilak Rackstorm
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30. Vasilak Rackstorm

Vasilak Rackstorm

—No es normal que no hayamos recibido respuesta.

No apartaba los ojos del horizonte, el Indomable , en ese momento, detenido en medio del mar bajo el sol de la tarde.

Sage se aferró con fuerza a la borda del barco, los músculos de sus delgados brazos marcándose con el gesto. Raven estaba a su lado, vigilando también el cielo y esperando con ansia el regreso del cuervo que habían mandado a su capitana.

Todavía no habían recibido respuesta del Luz del Alba . La angustia, la tensión y la impotencia empezaron a apoderarse de la artillera, que apretó los dientes, inquieta.

—¿Y si les ha pasado algo? —soltó sin poder evitarlo, mirando con preocupación a Raven.

Esta rompió la distancia y le enmarcó el rostro con suavidad.

—Lo único que podemos hacer es esperar y seguir navegando en la misma dirección en la que voló Trix. Sé que es duro, pero no podemos hacer otra cosa, cielo.

—¿Por qué no coméis un poco? —sugirió Nasir, señalando la mesa que habían preparado para ellos y Lamya, que no abandonaba el Indomable hasta que caía la noche y regresaba al Dos Lunas para dormir—. Comeros la cabeza no...

—¿Acaso no te preocupa que le haya pasado algo a Vasilak?

—No confundas mi calma con indiferencia, Sage. —El médico se acercó a ella, pero no con enfado o rabia, sino con una tranquilidad y empatía que, en parte, molestó aún más a la joven—. Estoy tan preocupado como tú, pues si Neve no ha respondido es lógico pensar que les ha podido pasar algo a todos .

—Nasir... —le advirtió Raven.

—Es duro, pero es así —replicó enseguida—. Todos sabíamos a qué nos enfrentábamos aceptando participar en esta aventura de la Séptima. Y ahora encima, gracias al Oráculo, sabemos que hay una profecía. Puede que ellos ya hayan descubierto algo y...

El chico se interrumpió cuando sintió que la princesa de Derus posaba una mano en su hombro, intentando reconfortarlo, ya que, sin quererlo, había comenzado a hablar cada vez más rápido y alto, perdiendo el temple y la serenidad que lo caracterizaban.

—Mantengamos la calma y no perdamos los estribos.

—Lamya posó la mirada en cada uno de ellos, también en Barak, que se había acercado en silencio desde el timón—.

Sin duda cabe la posibilidad de que, sí, les haya pasado algo malo, pero es posible que sea al revés.

Puede que, precisamente por haber encontrado pistas o respuestas a este acertijo, les esté llevando más tiempo contestar. Paciencia, piratas.

—Comamos algo y después retomaremos nuestro viaje hacia el norte —dijo Barak.

Ese era el rumbo que habían seguido desde que habían dejado el archipiélago de Bhyeria atrás. Esa mañana, mientras fondeaban, Barak los había informado de que estaban al menos a un día de la tierra más cercana, aunque no había especificado cuál.

Sage sintió que Raven rozaba sus dedos con los suyos y la miró.

En su rostro vio un mensaje claro: «Descansemos un rato».

Devolviéndole la caricia y sonriéndole, asintió, y los cinco se acomodaron en la mesa que habían preparado en mitad de la cubierta.

Todos estaban agotados tras la visita al Oráculo: el descubrimiento de la profecía que había sido ocultada había roto todos sus esquemas al principio, y habían empezado a encajar de forma dolorosamente perfecta el resto de las piezas del rompecabezas.

De repente, oyeron un graznido claro y alto a lo lejos.

Todos se giraron a la vez, incluso el resto de la tripulación que se hallaba en cubierta.

Lamya fue la más rápida, cogiendo su catalejo y apuntando en la dirección de la que procedía el sonido.

—¡Es Trix!

Raven silbó con fuerza y el cuervo respondió con un graznido y voló directo hacia su dueña. Aterrizó en el brazo de la espía con elegancia y todos vieron el pequeño pergamino doblado que llevaba atado en la pata derecha.

Sage respiró con dificultad mientras Raven dejaba a Trix encima de la mesa sin importarle la comida, y luego se hizo con el mensaje.

Cogiendo del brazo a la espía, leyó la nota junto a ella.

El mensaje era corto y directo.

Venid. Estamos en Dría, Nyaria.

Índigo

—¿Qué dice? —quiso saber Lamya.

Sage no levantó la vista de aquellas seis palabras, releyéndolas una y otra vez. Barak y Nasir se acercaron y leyeron también la nota.

Nasir lo hizo en voz alta y Lamya rompió la distancia, sin creerse tampoco lo que decía.

—Están en el hogar de Vasilak —comentó Barak, y en su voz había verdadera sorpresa—. ¿Por qué irían allí? Rackstorm no habría llevado a Neve allí por voluntad propia ni por asomo.

—Estoy de acuerdo contigo, y eso significa que algo no ha ido como esperaban —intervino Nasir, que reflejaba la misma preocupación que su compañero.

—¿Es normal que sea Índigo quien responda? —inquirió Lamya, mirando a las tripulantes del Luz del Alba.

Sage seguía con la vista fija en la nota, sujetándose a sus pistolas con fuerza a la vez que Raven negaba con la cabeza.

—Suele hacerlo Neve. Al menos, entre nosotras. Índigo suele comunicarse con otros aliados de Neve en su nombre, eso sí.

—Barak —Sage fue hacia él, cogiéndolo de la camisa—, pon rumbo a Nyaria. Ahora.

La desesperación en la voz de la artillera fue suficiente para que el capitán temporal del navío asintiese, apretándole el brazo durante un instante que la conmovió.

Un claro gesto de empatía y cercanía que Sage no habría esperado de él.

Pero parecía que las capas de los Demonios del Mar no eran tan duras.

Y lo que habían vivido, además de lo que les quedaba por vivir en aquella aventura, los había cambiado y los cambiaría aún más.

—Estaremos allí mañana al amanecer —le prometió, a lo que ella asintió.

Barak llamó a Nasir para pedirle que avisara a la tripulación que estaba descansando en el interior del navío. El médico asintió y, bajando las escaleras, empezó a gritar órdenes que se pudieron oír desde el exterior.

Sage, al momento siguiente, sintió el abrazo cálido de Raven, que la atrajo hacia sí y cerró los ojos durante un instante. Ya le importaba bien poco lo que pensaran.

—Índigo está bien. Piensa en eso, cielo —susurró en su pelo, y la artillera respiró con agitación.

—¿Y Hazel? ¿Neve?

—También lo estarán, tranquila. —Lamya se acercó a ellas, el viento moviendo el elegante vestido de color blanco roto que llevaba puesto—. Aunque estoy segura de que, en caso de que la situación se ponga fea, tus balas serán de gran utilidad.

Sabía que buscaba reconfortarla. No podía culpar a la princesa por intentarlo.

Aun así, no pudo evitar contestar.

—Hay balas peores que las que porto conmigo —susurró, sintiendo de fondo que la tripulación del Indomable se ponía en marcha para aparejar el navío—. Esa nota y lo que nos espera en Nyaria son una de ellas. Y todos deberíamos prepararnos para eso.

Minutos después, con las velas abrazando todo el viento posible y Barak a cargo del timón, el Indomable surcó el mar de nuevo.

Y, por primera vez en muchos años, Raven y Sage, cogidas de la mano, sintieron que el miedo les inundaba el corazón.

Ni un solo plan.

No tenía ninguna solución, ningún remedio a toda aquella pesadilla que los había engullido en los tres últimos días.

Y, a cada segundo que pasaba sin saber dónde estaba ella , parecía que la herida de su pecho se abría más y más...

Sin embargo, cada vez que se miraba en el espejo, la cicatriz seguía igual, inalterada.

El aire entraba por los grandes ventanales del dormitorio y le agitó con suavidad la melena, suelta y húmeda por el baño que se acababa de dar.

Se había sentado frente a las ventanas y, con los antebrazos apoyados en los muslos e inclinado hacia delante, tenía la mirada fija en el objeto que sostenía en sus manos.

Un objeto que había guardado a buen recaudo y del cual no se había podido separar desde hacía dos noches. La primera había apartado el trapo que lo cubría casi sin pensar, por lo que el susto al ver el reflejo fue más que evidente.

El reflejo de Neve en el trozo de espejo.

Tan solo se veía una parte de su rostro, pero a Vasilak le daba igual y lo sostuvo frente a él toda la noche, sin retirar la vista y parpadeando lo justo, temeroso de que, si lo hacía, ella se desvanecería.

—Estás viva —había murmurado en la oscuridad de su dormitorio—. Tienes que estarlo, O’Shea. No puedo descubrir lo que somos y la misma mañana...

«Perderte».

La palabra no salió de su boca al darse cuenta de lo que aquello podía significar.

De la tesitura que suponía para él.

Qué irónico era que lo que más hubiera deseado hasta hacía unas semanas fuese perderla, terminar con todo aquello y cobrar su venganza.

En aquel momento, le pareció un sinsentido y le dolió.

¡Cómo había cambiado todo de esa manera!

Y volver atrás era inverosímil y, desearlo, una gran pérdida de tiempo.

Aun así, en el fondo, anheló que el reflejo respondiese, que dejase de hacer los mismos movimientos una y otra vez como una repetición constante de un instante detenido en el tiempo, que ni retrocedía ni avanzaba, atrapado y congelado.

Esa noche soñó con Azari. En concreto, con poco antes de que diera a luz a Ivette..., pero más que un sueño le pareció un recuerdo rescatado del pasado.

Se encontraban en el salón de casa de Vasilak, sentados en el sofá, ella acariciando su barriga al aire, ya tan redonda y grande que parecía que podría ponerse de parto en cualquier momento.

Vasilak se lo había propuesto de nuevo, pero Azari se había negado.

—Te servirá de protección —insistió él una vez más.

—Estoy protegida aquí —había replicado la chica norteña, pues ella no era de Nyaria—.

Por ti, por tu padre y por los tuyos, tu pueblo.

Voy a tener a tu primogénita, que un día liderará estas tierras; esa es razón suficiente para que levanten sus espadas por mí...

, además de que yo también podré hacerlo una vez que esta bolita esté fuera de mi cuerpo.

—¿Tanto te horroriza ser mi esposa? —bromeó un joven Vasilak de diecisiete años, arqueando una ceja.