La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 29. El Emperador #4
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29. El Emperador #4

— Sí, mi señor.

No volvieron por las escaleras de la torre. Brixta la arrastró consigo, aferrándola con sus tentáculos con una fuerza que a Neve le pareció ridícula en comparación con la de Azazel.

Toda ella gritaba de rabia. Sus huesos y sus músculos, doloridos y rotos por la invasión de Azazel, empezaban a recuperarse gracias a su naturaleza de semidiosa, lo que no era una ventaja.

Cuanto más fuerte era la víctima, más violencia podía ejercer el torturador.

Neve tembló y, con las pocas fuerzas que le quedaban, se aferró a la pulsera con la mano derecha...

, a la única prueba que tenía de que, muy lejos de allí, había disfrutado de una vida que había sido real, que había sido suya, llena de claros y sombras, pues había sido amada y admirada, pero también odiada...

, tanto que la persona que se la había dado la había considerado una igual a la que enfrentar.

Él mismo se lo había dicho.

Entraron de nuevo en el palacio y todo aquel que encontraron en su camino se apartó ante la presencia de Brixta, que nadaba como un torbellino.

Cuando llegaron a la entrada de la sala del portal, los guardias tritones la abrieron al instante para dejar pasar a su general.

A Neve le pareció increíble que una criatura tan enorme pudiera cruzar una puerta tan pequeña, comprimiéndose y pasando los tentáculos uno a uno al otro lado, usando varios de anclaje ya dentro para dar un tirón y meter la otra parte del cuerpo.

Los grilletes no tardaron en llegar, atándola justo delante del portal, estos sujetos al cavernoso techo de la estancia.

Neve, casi desmayada por el dolor, quedó inerte sobre el suelo, sus branquias moviéndose con lentitud por lo difícil que le resultaba respirar.

— Deja que se lleve tu alma, chiquilla —le dijo Brixta, que se inclinó sobre ella, pero esta vez sin tocarla—. No sé quién habrá realizado este amarre, pero sin duda lo ha hecho bien.

— ¿Amarre? No... —gimoteó Neve, casi sin reconocer su voz—. No sé de qué me hablas.

— Lo sé. Seguramente sea la primera vez que oyes esa palabra, y déjame decirte algo: no es nada bueno.

La pirata miró hacia arriba, encontrándose con los cristalinos ojos de la bruja de mar.

— Alguien ha amarrado ese poder a ti, concretamente a tu alma. Si te matamos, ese poder morirá contigo, y eso es algo que Azazel no quiere.

— He venido a morir, Brixta. —Neve intentó levantarse, pero fue en vano a pesar de que sentía que su cuerpo empezaba a recuperarse—. Lo que me estás diciendo es que...

— Te espera algo mucho peor que la muerte. Por eso, chiquilla, deja que entre en tu alma cuanto antes y que rompa el amarre. Así, apropiarse de tu poder le resultará sencillo y te concederá una muerte rápida.

— No me mientas de forma tan descarada, general.

Esta mostró una mueca, dándole la evidente razón.

— Pero al menos todo acabará.

Sintieron su presencia mucho antes de que entrase en la estancia y Neve miró más allá de la cecaelia, que no apartó la mirada de la sirena-pirata.

— ¿Seguro que no sabes quién te ha amarrado? ¿El tipo de magia que ha usado?

Neve negó y entonces lo entendió.

No las llamaban brujas del mar por nada.

Brixta sabía utilizar la magia... y le estaba ofreciendo un atajo.

— No lo sé. Yo...

Brixta se apartó de manera inmediata, ocultándose en las sombras. Tan solo se le podían ver los ojos cuando Azazel entró en la caverna.

Uno de los tritones cerró luego la puerta, pero mientras lo hacía le echó un vistazo a Neve, y ella pudo ver solo una cosa en la mirada de aquella criatura marina: compasión.

— Alguien ha puesto un amarre en ti, Nevedhia, y esto no solo complica las cosas entre nosotros, sino que interfiere en mis planes..., que ya llevan detenidos demasiado tiempo.

»Ahora, dime, ¿quién ha sido?

Neve negó con la cabeza y, alejándose de él, musitó:

— No lo sé. Yo ignoraba que...

— Sé que no lo sabías, y por eso he intentado darte una oportunidad.

Caminó hacia ella y, cuando Neve quiso alejarse más, sintió que una magia invisible la inmovilizaba.

— Vas a dejar que acceda a tu alma, ¿verdad, Nevedhia?

El temor hizo que brotasen lágrimas de sus ojos, sus dientes rechinaron y sus ojos se enrojecieron, el dorado de su mirada aún más intenso.

Desde la esquina, Brixta presenciaba la escena impasible.

— Solo podrás acceder a su alma si ella te lo permite —musitó esta instantes después.

Azazel ladeó la cabeza, como un depredador a punto de cazar a su presa... y tomarse un largo y debido tiempo con ella.

— Estoy seguro de que Nevedhia me dará permiso.

Y Neve, por primera vez en su vida, cerró los ojos ante su enemigo.

El dolor, agónico, cruel, la atravesó como mil flechas, y fue peor, mucho peor, que lo que había sentido en la torre.

Gritó, desde lo más profundo de su ser, pero pudo sentir que Azazel no se acercaba ni siquiera un poco a la capa que protegía su alma y, por lo tanto, su poder.

— ¡DÉJAME ENTRAR, NEVEDHIA!

El grito retumbó en el palacio con una fuerza que movió los cimientos del palacio.

Y Neve gritó y gritó.

Pero nadie pudo oír sus plegarias.