La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 29. El Emperador #3
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29. El Emperador #3

— Estábamos esperando a que llegaseis. Podéis empezar cuando queráis.

Dicho esto, Neve imaginó que la cecaelia se marcharía, pero, por el contrario, se quedó a un lado, flotando cerca de la torre.

Y Neve supo que se acercaba. El final, al fin.

Azazel tiró de ella, obligándola a mirarlo, pero manteniendo todavía la distancia entre ambos. Pudo ver cómo la examinaba..., y no solo en lo físico, sino más allá, como si su forma metafísica le revelara mucho más que lo tangible que tenía frente a sus ojos.

El dios oscuro levantó la mano derecha con lentitud, la otra metida en el bolsillo de sus pantalones en una postura casi despreocupada. Aun así, Neve supo que estaba haciendo eso con una determinación única.

Fuera lo que fuese, iba a comenzar.

— ¿Para qué necesitas este ejército? —La pregunta se le escapó antes de que pudiera controlarla.

Aun sin tocarla, notó las garras de Azazel en la cara y gimió, sorprendida y dolorida. Era como si no solo quisiera arrancarle la piel, sino todo su ser, a tiras. La carne le ardía, se desgarraba, y las primeras gotas de sangre tiñeron el agua.

— Porque, tras el portal que crearé con tu poder —respondió Azazel segundos después—, me espera una venganza que llevo mucho tiempo ansiando.

— Eso significa que te irás a otro lugar, ¿no es así? —Neve sollozó bajo aquel insoportable calvario—. Este ejército no atacará este mundo, ¿verdad?

Él asintió solemnemente.

— Tienes mi palabra.

Sin añadir nada más ni pedir permiso, empezó.

Entró en ella a través de aquella mano oscura y milenaria de forma asfixiante, el dolor naciendo del centro de su rostro y extendiéndose a todas partes: a su cabeza, sus brazos, su pecho. Se le retorcieron las entrañas, su garganta se cerró y Neve gimió.

No pudo verlo, pero lo sintió. El calor que se derramó por su cara, cómo sus ojos dejaron caer lágrimas de sangre a medida que ese ser se metía en ella buscando lo que ella misma había venido a ofrecerle.

Fue como sentir a dos poderes antiguos peleando en su interior: la oscuridad y la luz.

La primera invadía su ser, buscando el rescoldo de su poder, ese que tanto ansiaba, mientras que la segunda se escondía en lo más profundo de ella, pequeñita e indefensa, sintiéndose traicionada por lo que la pirata había hecho.

«No. Para. Déjala, no la toques», pensó Neve en medio de los gemidos y gritos de dolor.

Comenzó a mover la cola debido a los grandes espasmos y los brazos le temblaban tanto que le costó acercarlos a su pecho, que ardía como puro fuego.

— ¡Este es el poder que llevo tanto tiempo buscando! —exclamó Azazel, y el ejército a los pies del palacio fortificado rugió, las vibraciones llegando a ella como una promesa cruel.

«Pronto acabará. Deja que el frío te engulla».

«Deja que la muerte llegue».

Lo siguiente que oyó fueron sus propios huesos crujir y cómo algunos músculos se le desgarraban. El lamento de dolor y el alarido fueron inmediatos.

Lo había esperado y en cierto modo le parecía lógico: que se fuera en silencio no era algo que Azazel estuviese dispuesto a permitirle.

Debía exhibirse ante los suyos.

Debía seguir demostrando su poder.

El dolor se extendió y Neve sintió que aquella pequeña luz dentro de ella se resistía a la oscuridad de Azazel como una pared impenetrable.

Percibió entonces que él también se había percatado de aquello y al momento vio que levantaba la otra mano y en su rostro se dibujaba la confusión.

Una horrible señal.

Con un movimiento rápido, la acercó a él y la cogió por el cuello, cerrándolo con fuerza. Neve gritó asombrada y aterrada.

— ¿Por qué te estás resistiendo?

Ella intentó negar y puso los ojos en blanco ante el tremendo dolor que experimentaba, una agonía como nunca había sentido.

— No estoy haciendo nada. Yo...

De repente una esfera de luz cegadora salió de Neve, del centro de su cuerpo, y estalló entre ella y Azazel como una bomba que los separó y los lanzó a ambos hacia atrás, provocando que se estamparan contra las almenas.

Neve fue resbalando por el muro y cayó al suelo, tan aturdida y dolorida que empezó a perder la consciencia: se estaba yendo...

Y en ese segundo entre la vida y la muerte, tuvo una fugaz visión.

Abandonó la oscura y aterradora torre para entrar en otro escenario, disociada de la realidad.

Se encontró en una gran explanada cubierta de una espesa niebla que apenas dejaba ver nada.

Allí, una figura femenina con multitud de ojos se presentó ante ella saliendo de esa bruma blanca y, agachándose frente a la chica, pronunció una simple frase.

—Todavía no, Neve O’Shea.

Se mantuvo allí acuclillada frente a ella y Neve se preguntó si al fin estaba muerta. Si esa presencia era la de quien tenía que llevarla al más allá, fuese lo que fuese.

—¿Estoy muerta?

Las decenas de ojos de esa mujer parpadearon a la vez.

—Nadie te ha dado permiso para morir aún.

El grito de Azazel que vino tras aquellas palabras hizo que temblara aún más, y vio que los ojos de la extraña se llenaban de preocupación.

—¿Dónde estás?

Neve intentó volver a hablar, pero la sangre brotó de su garganta y con ello una tos que hizo que todo su cuerpo se convulsionase... y que su poder la iluminase.

La mujer se echó hacia atrás, sorprendida.

—No puede...

Al instante se había desvanecido, como si nunca hubiese estado allí, llevándose con ella el escenario con niebla, la torre volviendo a ser una realidad.

Neve miró a su alrededor confundida, pero no tuvo tiempo de procesar lo que acababa de pasar, pues unas manos la agarraron de la base de los tentáculos que cubrían su cabeza y se vio arrastrada de nuevo como una muñeca de trapo.

— Te he advertido que no me gusta que me ataquen, Nevedhia. —Las palabras salieron como un rugido de él y la torre tembló con ellas.

Incluso Brixta se apartó.

— Yo... —Otro gemido de puro dolor salió de sus labios—. Por favor, mátame ya. Llévatelo, no lo quiero.

Una súplica.

La primera en toda su vida.

El agarre aumentó, las garras de él perforando las escamas de su cabeza, y Azazel acercó su rostro al de ella con una ira que casi hizo que Neve se lo hiciese encima.

— ¿Qué. Crees. Que. Estoy. Intentando?

— Mi señor.

La cecaelia interrumpió aquel intercambio con un tono tan neutro que la pirata supo que estaba más que acostumbrada a enfrentarse a ese lado espeluznante de Azazel.

Pero ¿acaso tenía lado bueno y malo?

Neve no se atrevió a apartar los ojos de él; el negro de estos se había extendido en forma de pequeñas venas por su rostro, como tinta en un lienzo blanco, otorgándole un aspecto todavía más siniestro y cruel.

El Emperador se giró hacia Brixta, quien, de manera inteligente, mantuvo cierta distancia con el dios oscuro.

— Más vale que lo que vayas a decir sea lógico, Brixta. No me gustaría tener que malherirte como la última vez.

— La muchacha tiene un amarre y parece que alguien se lo ha impuesto sin que ella lo supiera. No creo que haya venido hasta aquí con la intención de usar sus poderes, que es evidente que apenas controla, para atacaros.

»Si quiere su poder, debe romper el amarre.

— ¡Es casi imposible romper un amarre! —rugió él, y la arrastró consigo todavía cogida del cuello. Neve no tuvo tiempo de reaccionar, tambaleándose tras el dios oscuro mientras se acercaba a la general de su ejército—. Para ello tendría que acceder a su alma y romperlo desde ahí.

«Su alma».

— Sois Azazel, mi señor. Podréis lograrlo, estoy segura de ello. Podemos esperar un tiempo más a que consiga su objetivo. Somos pacientes.

— ¿Sabes lo que pasa, Brixta?

Con un movimiento rápido, el Emperador la levantó por los aires y, esta vez, Neve se agarró al brazo del dios de manera instintiva. Entonces vio que parte de ella ya estaba magullada y llena de sangre.

— Que la paciencia es algo que aborrezco.

Los ojos de Azazel la volvieron a encontrar.

— Lamento informarte de que, debido al amarre, no puedo extraer tu poder, Neve, por lo que matarte sería contraproducente para mis planes.

Con un movimiento feroz, la empujó hacia Brixta, que la sujetó al momento contra ella.

— Llévatela a la sala del portal. Y esperadme allí.