La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 29. El Emperador #2
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29. El Emperador #2

Confusa, Neve mostró dicho sentimiento en su rostro de manera tan explícita que surtió efecto y Azazel continuó.

— Ese trozo no es el último vestigio del espejo del que formaba parte..., aunque seguro que es lo que imaginaste al encontrártelo en mitad del océano.

Neve asintió, incapaz de articular palabra, temerosa de que interrumpirlo la alejase más de las respuestas. Y mientras Azazel hablaba, ella se preguntó adónde la estaría llevando, porque el pasillo se tornaba cada vez más oscuro y estrecho.

— Ese pedazo es parte de algo extraordinario y está hecho del mismísimo poder de Gradhella. Es normal que no lo hayáis podido usar, pues, si no se repara con la misma fuerza con la que fue creado, tan solo es eso: un trozo de un viejo espejo.

— ¿Y para qué sirve exactamente?

Tras su pregunta, ambos se detuvieron frente a una pequeña puerta con inscripciones que Neve no fue capaz de descifrar. Con un simple movimiento de la mano, el dios la abrió y, soltándola al fin, le hizo un gesto para que pasase primero.

Neve lo olía. La muerte.

Estaba allí.

El agua parecía más densa allí dentro, más antigua. La puerta se cerró a su espalda; lo supo porque, aunque no hizo ruido, Neve notó las vibraciones.

Se giró y no habría sabido si sentir alivio o desazón al ver que el Emperador seguía allí, tras ella.

Los dos guardias tritones que los habían acompañado debían de haberse quedado fuera.

De repente, varias luces azules, iguales a las que iluminaban algunas partes del palacio, ofrecieron algo más de claridad al lugar... y Neve se quedó atónita por demasiadas cosas a la vez.

La primera, por lo gigantesca que era la estancia a pesar de lo pequeña que era su entrada, ya que incluso habían tenido que agacharse.

La segunda, porque no había ninguna abertura, por lo que debía de tratarse de una enorme caverna con un techo alto más que de una habitación.

Y la tercera, porque en el centro había un marco idéntico a aquel donde había encontrado el espejo.

No tardó en atar cabos: aquel lugar se parecía demasiado a la prisión de Gradhella. Así que, poco a poco, se giró para enfrentarse a Azazel.

Quien había desaparecido.

Retrocedió, asustada, pero no tardó en oír su voz dentro de su cabeza.

— He tardado años en recrear lo que ella tardó apenas unos segundos en hacer. Aunque, claro, está inactivo. Y ahí es donde entras tú. Una simple semidiosa.

Como un torbellino de humo oscuro, Azazel volvió a aparecer junto al marco, apoyándose en él, como si no le diera la menor importancia.

Entonces lo entendió, lo que tanto anhelaba Azazel de su poder, lo que solo Gradhella podía conseguir.

Lo que esta había logrado crear para escapar.

— Un portal —susurró la chica, pasando sus ojos del dios a la estructura en la que se apoyaba—. Gradhella te creó un portal.

— Uno que usaba muy a menudo, y que me arrebató.

— El trozo de espejo que encontré formaba parte del portal que creó para ti y que usó para huir —murmuró más para sí misma que para él.

— ¿Ves como eres una chica lista? Eso facilitará mucho las cosas.

— Hay algo que no tiene sentido.

En un abrir y cerrar de ojos, el Emperador pasó a estar en el centro de la inmensa caverna, justo frente a sus ojos.

Ella dio un respingo, pero él la sujetó por el brazo de forma posesiva.

— Mi magia es pura luz. ¿Cómo voy a crear un portal?

— Es muy sencillo: los portales se crean a base de energía y tienen diferentes naturalezas. Los soles son estrellas, Neve, y están hechos de energía. Tu luz es energía pura, y es lo que necesita un portal.

— Entonces, Gradhella no solo era conocida como la diosa de la luz, sino... también... como la diosa de los portales.

Si hubiese estado en la superficie, a Neve le habría costado respirar.

— Voy a tomar tu poder, Neve. El sufrimiento será ínfimo y pronto la muerte te llevará con ella.

— Espera —se atrevió a hablar y, por unos segundos, Neve sintió cómo su verdadero yo, el imprudente, el valiente, salía a pasear—. ¿Qué pretendes hacer con el portal?

Ante la pregunta, la espeluznante sonrisa que formaron los milenarios labios de Azazel hizo que la muerte le pareciese un final de lo más atractivo.

— Voy a mostrártelo, querida. Mereces ver lo que tengo entre manos antes de tu partida.

Dejaron atrás la sala con el portal inactivo y volvieron sobre sus pasos y los dos guardias tritones se convirtieron en cuatro, que los escoltaron en una formación cuadrangular perfecta.

Atravesaron más corredores y subieron escaleras y, por hábito, Neve fue haciéndose un mapa mental del lugar, aunque supiese que no saldría de allí.

Los pasillos se encontraban escalofriantemente vacíos, pero, en alguna que otra esquina, Neve notaba las vibraciones de las otras criaturas, el rastro de algunas burbujas, prueba de que alguien o algo había pasado por ahí... o se estaba ocultando.

Azazel, situado a su derecha y tan solo unos centímetros más adelantado que ella, no le había ofrecido el brazo esta vez, lo que le dio a Neve más libertad. Sabía que él estaba disfrutando sobremanera de lo que se disponía a mostrarle.

Llegaron al acceso de una alta torre y, siguiendo a los dos tritones que abrían el paso, empezaron a ascender.

Subieron y subieron, y sus latidos fueron a más. Sentía la presión del agua, la energía que desprendía Azazel, oscura y drenante, y el estado de alerta de sus poderes.

Había logrado mantenerlos a raya hasta entonces, pero le gritaban desesperadamente que huyera, como si les quedara la memoria de lo que intentaron hacer con ellos en el pasado.

«Puedes abrir portales, Neve».

El pensamiento fue pesado y confuso a la par que tan doloroso y asfixiante que la chica no supo qué hacer con él más que aceptar los hechos y la realidad. Y aunque de alguna manera sabía que la hacía única, no por ello se sentía orgullosa.

En parte, lo aborrecía aún más.

Pero, si ese poder posibilitaba que Azazel se fuese para siempre a otro lugar, dejando el archipiélago de Bhyeria tranquilo y el mundo submarino en paz, su muerte por la vida de millones le merecía la pena.

Morir merecía la pena.

Llegaron a lo alto de la torre, donde una puerta cerrada los esperaba. Los dos tritones que los precedían se apartaron, y los que guardaban la retaguardia se habían quedado en la entrada de la torre, escaleras y escaleras más abajo.

Con un simple gesto un haz de luz del mismo color azulado que el de las tenues luces que iluminaban el palacio brotó de la mano derecha de Azazel y, como una anguila de mar, se introdujo en la cerradura de la puerta, que se abrió despacio.

Él la franqueó primero y Neve lo siguió.

La parte alta de la torre, como toda ella, era circular y Neve se tuvo que recordar que aquel imponente edificio había sido el palacio de Noros hacía miles de años, antes de su destrucción...

, antes de que Azazel lo tomase como suyo, hundiese la ciudad, matando a todos sus habitantes, y lo convirtiese en una ruina submarina para el famoso Emperador.

Él era el Emperador y lo que más ansiaba era lo que ella tenía dentro de sí.

Neve dejó el miedo atrás, algo que había tenido que hacer durante demasiados años y que se había convertido en una tarea rutinaria y familiar.

Las almenas que rodeaban la parte descubierta de la torre eran altas, pues le llegaban a Neve por el pecho.

Nadó hacia una de estas y se agarró a la fría y musgosa piedra, desgastada por el tiempo que llevaba allí, hundida en la oscuridad.

De alguna manera, le trajo cierta tranquilidad tener una superficie a la que agarrarse y, cuando posó ambas manos sobre el bloque de piedra, sus ojos fueron de forma fugaz a la pulsera de su muñeca izquierda, la caracola flotando bajo el agua.

Apartó los ojos de ella con cautela, para no revelar nada, pues aunque no la miraba, notaba que Azazel estaba controlando cada uno de sus movimientos, por lo que siguió la mirada del Emperador.

Al principio no supo lo que estaba viendo, hasta que decenas de luces azules diminutas empezaron a encenderse a los pies del palacio en una gran explanada que iba mucho más allá.

Primero fueron decenas.

Luego centenares.

Hasta que el fondo marino se llenó de tanta luz que Neve vio con claridad lo que tenía delante.

Miles de tritones y nereidas aguardaban en formación, ataviados con armaduras y armas.

Al fondo del todo, junto a Caribdis, que flotaba tranquila como cabecilla de todo aquello, vio también una enorme hidra a sus pies, sus tres cabezas en movimiento mostrando una sonrisa y dientes afilados en el rostro.

Un ejército.

Una milicia como ninguna otra.

Y, en medio de todo ello, Neve distinguió a una gran cecaelia, una criatura con torso, brazos y cabeza de mujer y, de cintura para abajo, cuerpo de pulpo.

Esta «bruja de mar», como también se las conocía, se acercó a ellos nadando a una velocidad vertiginosa.

Dejó un rastro de burbujas tras ella y su mera presencia hizo que Neve, superado el primer impulso de querer huir, sintiera cierta curiosidad por un ser mitológico del que solo había oído rumores, no en vano no había muchas cecaelias en el océano y tenía una ante sus ojos.

Sus tentáculos largos, gruesos y oscuros se aferraron a la torre, y su medio cuerpo humano se inclinó ante Azazel.

— Mi señor.

— Brixta.

La piel de la parte inferior de su cuerpo era de un tono púrpura, con escamas que brillaban en aquella luz azul; tenía la cabeza calva; la cara y el cuello, delgados y afilados, con gruesos labios del mismo color que sus tentáculos, y unos ojos azul claro que parecían casi blancos.

En sus manos, unas garras potentes amenazaban con desgarrarte con un mero roce discreto.

— Nevedhia, te presento a la general de mi ejército, Brixta. Lleva sirviéndome muchos años, incluso desde antes de la huida de Gradhella.

— ¿Esta es la humana que tanto ansiabais encontrar? —La criatura observó a Neve de arriba abajo con detenimiento—. A primera vista no se aprecia, pero ahora sí. Siento su poder.

— ¿Están todos listos? —preguntó Azazel, a lo que Brixta asintió.