La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 29. El Emperador
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29. El Emperador

El Emperador

Hacía mucho que ya no se podía distinguir dónde estaba la superficie del océano. Se encontraban a tanta profundidad que la oscuridad era total, y, de haber entrado un mínimo de luz, esta habría sido engullida con tanta facilidad como un huracán al llevarse volando una hoja.

Neve siguió aferrándose a la pulsera que llevaba puesta en la muñeca izquierda.

Se habían pasado más de dos horas nadando bajo el agua a gran velocidad..., hasta que reconoció las murallas de Noros. Caribdis los esperaba en el limbo y, aunque no se acercó a ellas, la pirata pudo sentir su mirada amenazante, una que transmitía un mensaje bien claro.

«Me vengaré».

Fue a medida que descendían las murallas hacia la ciudad perdida, sumergida a más de tres millas de la superficie, cuando oyó en su cabeza la profunda y lejana voz de Caribdis.

— Te dije que alguien te estaba buscando, querida.

La bilis amenazó con subirle por la garganta, pero siguió nadando, aferrada por las nereidas.

El frío iba aumentando y percibía que las criaturas marinas que moraban en aquel lugar no eran las amigables que se podían encontrar más cerca de la superficie..., aunque también había algunos seres vivos aterrados de lo que habitaba allí que se escondían como podían.

Nadie se libraba de su presencia y poder.

Descendieron hasta que al fin llegaron a los pies de las murallas y la antigua y gloriosa ciudad de Noros les dio la bienvenida.

Neve sintió un dolor nostálgico en el corazón que casi la hizo llorar.

Por lo poco que pudo ver echando un rápido vistazo al entorno y, sobre todo, por lo que pudo percibir, nadie habitaba las ruinas de Noros, sino más allá, donde Azazel seguía rigiendo en silencio.

El palacio era escalofriante, gigantesco, con dos grandes alas orientadas de este a oeste y una majestuosa torre que se erguía sobre el edificio principal que le recordó las tres torres que aún asomaban en la superficie.

Dicho edificio estaba iluminado tan solo por unas luces azuladas, aunque en realidad no era necesario.

Se trataba de una auténtica exhibición de poder, concebida para dejar claro a sus enemigos que, si alguien se atrevía a desobedecerlo o a enfrentarse a él, pagaría las consecuencias.

Desde la ciudad de Noros hasta el palacio había un largo camino en el que, cada pocos metros, esas luces azules daban algo de claridad y, aunque la forma sirena de Neve se había acostumbrado a aquella falta de luz, algo dentro de ella lo agradecía.

No tuvo tiempo de sentirse aliviada, pues, esperándolos en la entrada de palacio, estaba él.

Oyó reír a las nereidas cuando notaron que se le tensaba el cuerpo, pero mantuvo la vista al frente. Los peces más pequeños que nadaban a ras de suelo huyeron despavoridos.

Avanzaron un poco más hasta que su voz se extendió por el agua.

— Soltadla .

Obedecieron al instante y retrocedieron, excepto Inna, que se mantuvo a su lado, presumiendo del trofeo que había conseguido para su líder. Neve mantuvo una postura relajada, sumisa, sus ojos a los pies de unas escaleras que le parecieron inútiles bajo el agua.

¿Tal vez un tributo del lugar de donde provenía a aquel al cual se estaba entregando?

«Es un dios. Un dios oscuro, Neve. No lo subestimes», se dijo a sí misma una y otra vez.

— Nevedhia, los dioses nos miramos a los ojos entre nosotros.

Ella mantuvo la mirada clavada en sus oscuros zapatos. Llevaba zapatos, el hijo de puta.

— Obedece —gruñó Inna a su lado.

— Sé más hospitalaria.

De reojo, Neve apreció cómo la nereida se inclinaba.

— Por supuesto, mi señor.

Con un esfuerzo sobrenatural, Neve levantó el rostro, encontrándoselo cara a cara a tan solo unos metros de ella.

Era hirientemente humano y sabía que lo había hecho a propósito. Podía adoptar la apariencia que más le interesara, pues así eran los dioses: no tenían forma, podían ser humanos, un animal, un objeto o un monstruo.

Tenía el pelo oscuro peinado hacia atrás, unas facciones muy marcadas en una tez blanquecina y los ojos...

Eran negros, la córnea opaca.

Una combinación letal: figura humana con mirada de monstruo.

Azazel se había presentado en una forma tan mundana que Neve quiso arrancarle la cabeza.

— Noto hostilidad en ti, mi querida invitada.

No le iba a dar el gusto de regodearse en su triunfo. Había ido hasta allí a morir. Y eso haría.

— ¿Todas tus invitadas llegan arrastradas así a tus puertas?

Inna, a su lado, la miró con odio, enseñando dientes y garras en una clara advertencia. A su vez, Azazel la miró con curiosidad y, sin negarlo, empezó a acercarse a ella.

Los dos tritones que lo escoltaban avanzaron al mismo ritmo y Neve pudo sentir cómo las nereidas, a su espalda, suspiraban de placer.

«Patéticas».

— ¿No habéis conseguido el espejo?

La pregunta iba dirigida a Inna, a quien, por primera vez desde que la había conocido, Neve vio temblar. Incluso bajo la admiración, el miedo siempre se abría paso.

— No, mi señor —su cuerpo temblaba, pero su voz sonaba firme—. No sabemos dónde lo ha ocultado, pero...

— Me he entregado a cambio de que dejéis la superficie en paz y, por consiguiente, ese trozo de espejo. Sé que quieres mi poder, Azazel. Te lo estoy dando, ¿no te parece suficiente?

— ¿No sientes curiosidad por saber por qué lo deseo tanto?

Si era honesta consigo misma, sí, se lo había preguntado en más de una ocasión, pero no había podido llegar a ninguna conclusión sensata ni concluyente. Así que suspiró encogiéndose de hombros con total sinceridad.

— No hace falta que respondas. Lo leo en tu rostro . —En sus ojos negros, Neve pudo advertir algo tan antiguo y primitivo que sus instintos más primarios le indicaron que saliese despavorida de allí—. Puedo contártelo mientras te enseño tu nuevo hogar. ¿Un paseo?

Con un movimiento elegante y calculado, Azazel le ofreció el brazo izquierdo con una expresión calmada que a Neve le hizo sentir todo lo contrario. Tras unos segundos, aceptó su ofrecimiento, y el Emperador le hizo un gesto con la cabeza a Inna para que se retirase.

Las nereidas desaparecieron a una velocidad vertiginosa, dejándolos a solas con los dos guardias. La joven se preguntó si viviría alguien más allí, pues aquel oscuro palacio parecía de lo más solitario.

Esperó sentir algún tipo de calidez al tocar a Azazel y, aunque notó su presencia, fue como acariciar a un muerto.

Frío y sin vida.

Aún en su forma humana empezó a nadar, o más bien a flotar hacia delante, llevado por algún tipo de poder que Neve desconocía.

— Ya que has hecho tal sacrificio, me gustaría contarte mis profundos deseos para con tu poder, Nevedhia. ¿Te apetece oírlos antes de morir?

— Me sentí muy orgulloso cuando vi la herida que le hiciste a Caribdis, sobre todo teniendo en cuenta la inexperiencia que tienes para con tu poder. Además, la dejaste ciega durante un rato un par de veces, impresionante.

Neve fue lo bastante lista como para mantenerse en silencio. Una vez que accedieron al tenebroso interior del palacio por la entrada principal, esta se cerró tras ellos.

— Además, debes de ser una espadachina buenísima. No hay duda de que tus padres te entrenaron bien.

Quería matarlo. Quería arrancarle la cabeza y las extremidades y acabar con él de una manera cruel por osar mencionar a sus progenitores.

— Espero que seas lo bastante inteligente como para no usar ninguna de esas habilidades contra mí, Nevedhia. No soy compasivo con aquellos que intentan herirme, en eso me comprenderás.

Sus ojos sin alma se encontraron con los de ella. Era un dios, y Neve se preguntó si acaso carecían de ella..., y si, por consiguiente, ella, al ser una semidiosa, también.

— Sería una estupidez por mi parte.

Azazel chasqueó la lengua con aprobación.

— Buena chica.

Siguieron avanzando por el inmenso pasillo, que parecía solitario, aunque, cada ciertos metros, en las entradas a habitaciones y salones, Neve distinguía en la negrura a tritones y nereidas que vigilaban, tan quietos como estatuas.

Cuando llegaron al final, una gran puerta les dio la bienvenida y, tras esta, más escaleras que llevaban a una oscuridad aún más siniestra que parecía susurrarles una inquietante melodía de recibimiento.

Azazel siguió adelante y lo mismo hizo Neve.

— No te pareces en nada a ella.

Esta vez, Neve sí habló.

— ¿A quién?

— Ah, ahí está, la curiosidad. —Vio que, con la mano derecha, Azazel daba palmaditas algo lentas a la mano con la que Neve se aferraba a él, como si la viese como a una simple cría—. A Gradhella. A mi amada Gradhella.

»Lo más seguro es que heredases esos rasgos dorados de vuestro linaje humano, ese por el que Gradhella me traicionó. Hubiese sido más fácil localizar a sus herederos si hubiesen tenido ese cabello blanco y los ojos violeta que la caracterizaban.

Neve intentó ocultar el vuelco que dio su corazón. El trozo de espejo, la mujer que vio allí, la dama blanca.

«Sol».

Era ella, Gradhella.

«Sácame de aquí», repetía una y otra vez.

¿La habría encerrado él en esa cárcel?

La mano sobre la de Neve la aferró más fuerte y ella sintió una ligera molestia que no rozaba el dolor, pero que podría haberlo hecho si Azazel hubiese querido.

— Seguro que era muy hermosa —susurró ella, intentando complacerlo.

— Lo era; por eso y por otras virtudes me enamoré de ella y la saqué de aquel lugar...

incestuoso. Pero te seré sincero —llegaron al final de las escaleras y a otro pasillo algo más amplio y con ventanales que mostraban el oscuro fondo oceánico, en el que nadaban criaturas abisales—.

Aún no he perdonado su traición, pero tú la estás enmendando.

Y eso te honra, Nevedhia. Estás devolviendo algo muy valioso.

— Puedo entonces preguntar...

— Lo que desees, querida.

Otro apretón de su mano. Esta vez, sí que sintió dolor.

— ¿Por qué anhelas tanto mi poder?

— Es simple: lo necesito. Pero seré generoso y te compartiré también que, hace siglos, Gradhella me arrebató el único regalo que me hizo en todos los años que estuvo conmigo, un regalo vital para la tarea que me ocupa. Y tu poder es la única vía que tengo para seguir con mis planes.