La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 28. Un trato #7
93%

28. Un trato #7

No me extenderé, pues mi última vela está a punto de extinguirse y escribo esto horas antes de marcharme. No temáis por mi destino, porque estaba sellado desde hacía demasiado.

Entregarme solo ha facilitado las cosas para todos.

Para mí, ser pirata era sinónimo de ser una heroína, pues protegía a los más desfavorecidos de aquellos que ejercían el poder y el abuso...

, hasta que me di cuenta de que yo misma era el poder y que terminaría corrompiendo todo cuanto tocara.

Aun así, me tragué mis propias mentiras e intenté alterar la realidad siguiendo mis más profundos deseos y ambiciones, creyendo de verdad que, ocultando la profecía, sería capaz de escapar de ella.

Escapar del hecho de que yo soy la Séptima. La séptima descendiente de la diosa de la luz, Gradhella.

Este poder que hay en mí no es un regalo, sino una condena de la que no puedo huir, y la palabra «heroína» debería estarme prohibida, casi como si no tuviera derecho a pronunciarla.

Por eso, como última voluntad, consciente de quién y qué soy, he decidido que hacer un trato con el Emperador, Azazel, y entregarme es lo más sencillo.

Azazel quiere mi poder. Lo quiso en su día y por ese motivo engañó a Gradhella para atraerla a su mundo, pero ella consiguió escapar y por eso estoy yo aquí ahora.

De todos modos, tranquilos, no logrará extraerlo de mí, aunque él no lo sabe.

Ignora que, cuando intente hacerlo, moriré, pues, a diferencia de ella, soy mortal, y la luz morirá conmigo.

Eso es bueno. La amenaza que supondría y todo lo que busca se habrá terminado.

Como dice la profecía, yo acabaré con esto.

Mi muerte traerá el inicio de una era distinta, y es un alivio saber que mi fin llega ya a mis costas.

Llevo esperándolo mucho, desde que supe de la profecía con diez años, y por eso he disfrutado la vida al máximo...

, aunque confieso que me dejo unas cuantas cosas por hacer que, tal vez, en otra existencia tendré la oportunidad de cumplir.

Os he dejado una carta a cada uno sin excepción. Por favor, no tengáis en cuenta las diferencias de extensión, pues algunas llevan escritas años y otras son muy recientes, producto de la urgencia y lo inesperado.

Estoy muy lejos de ser la mujer que todo el mundo cree, tanto por parte de los que me aprecian como por parte de los que me odian, pero eso ya tanto da, porque lo he dejado todo bien atado para que dejéis las enemistades atrás y honréis la memoria de Cráneo Negro, quien, por cierto, fue antepasado mío...

, pues se casó con Laverne, la hija de Gradhella, lo que la convierte en la Primera.

De todos modos, explicaros ahora mi árbol genealógico de poco serviría.

Recuperad el Comité Pirata. Unid no solo al archipiélago, sino también los otros mares en los que hay disputas.

Que la piratería siga siendo un ejemplo de que, con esfuerzo y empatía, se puede vivir en paz.

Izad las banderas con orgullo y cuidad el Luz del Alba.

Surcad los mares por mí.

Y no olvidéis.

Neve

Llegó a Dría sudorosa y respirando con dificultad, pero, aun así, apretando las botas de Neve contra su pecho. En cuanto la selva se tornó piedra y avistó a los primeros guardias, estos corrieron al ver que la futura líder de su pueblo parecía muy alterada.

—Señorita Ivette, ¿qué...?

—Un caballo —exigió esta—. Necesito un caballo ya.

Minutos después estaba subida a uno, el sol del mediodía cerniéndose sobre ella a medida que cruzaba las calles de la ciudad hacia la playa sin descanso.

Galopó hasta que vio el Luz del Alba en el puerto, donde en cubierta había gente.

Reconoció a su padre de inmediato.

Una multitud se había congregado alrededor del navío al oír los gritos desgarradores de Índigo, a quien Arendar intentaba calmar.

La chica cabalgó entonces hasta el muelle donde estaba amarrado el navío.

—¡PAPÁ!

El grito fue suficiente para llamar la atención no solo de Vasilak Rackstorm, sino del resto de los piratas del barco y de su bisabuela, Zóferas, que seguía con una expresión sombría en el rostro.

Ivette bajó del caballo y corrió hacia la pasarela de acceso al Luz del Alba , cayendo en cubierta en un salto rápido y ágil.

—¿Ivette?

Su padre se detuvo al posar sus ojos en las botas que aún aferraba contra su pecho.

—Neve. Sus botas. —Esas palabras provenían de Índigo, que casi se abalanzó sobre la chica. Arendar la paró a tiempo, agarrándola contra él—. ¿Dónde las has encontrado?

—He visto cómo se la llevaban, hace poco más de dos horas. —Todos se miraron entre sí excepto Vasilak, quien, quieto como Ivette nunca lo había visto, la observaba fijamente—. La tiene el Emperador, papá, y si no hacemos algo... la matará.

La respuesta de Vasilak fue sencilla, pero con un tono que puso los pelos de punta a su hija...

, pues prometía algo oscuro, primitivo y lleno de una venganza como ninguna otra antes había llevado a cabo un Rackstorm.

Y lo hizo en un susurro en su idioma natal, para que solo ella lo oyese y entendiese, haciéndole saber que, al fin, había abierto los ojos.

—El único que puede acabar con la vida de mi mujer soy yo.