La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 28. Un trato #6
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28. Un trato #6

Pudo sentir que su pueblo lo miraba y bajaba la cabeza en señal de respeto mientras descendía hacia el muelle, dejando atrás su hogar, que había sido testigo de una revelación que lo había trastocado hasta lo más profundo de su ser, de su alma.

En otra ocasión les hubiese devuelto el saludo, pues siempre lo hacía, pero aquella vez, y sin saber cómo, Vasilak regresaba al mar con un enorme pesar sobre los hombros, algo que jamás pensó que sucedería.

El mar, para él, como para todo pirata, era un lugar seguro.

Un lugar donde poder ser uno mismo..., aún más en aquella isla donde su pueblo, a diferencia de lo que pasó cuando su padre Reinhard ascendió como líder, lo aceptaba, respetaba y quería, y él se lo devolvía tratándolos como era debido; ya no como súbditos, sino como iguales, pues lo eran.

Habían sido su familia mucho antes de que ejerciera aquel papel y el de capitán del Indomable , por lo que entendió los rostros de confusión y preocupación que vio en algunos.

De todos modos, el apoyo más importante para él en aquel momento, el que había logrado estabilizarlo gracias a su infinita paciencia, bondad y compostura, era el de Arendar Norman, no ya su contramaestre, sino su viejo amigo y hermano.

El príncipe Kristopher Bastian Aranus de Zesthia, en teoría fallecido y relegado al olvido —ya que Vasilak conocía su secreto desde que lo aceptó en su navío, pues él se lo confesó y por eso lo hizo contramaestre— caminaba junto a él como una presencia de apoyo constante mientras Vasilak estaba perdido en sus pensamientos, en el dolor de su herida.

El mar estaba tranquilo. Las olas alcanzaban la playa con suavidad mientras se dirigía al puerto de Dría. Todo lo contrario de lo que ocurría en la mente de Vasilak, donde se había desatado una tempestad.

«Cómo has podido hacerme esto», pensó mientras la imagen de Neve despidiéndose de él la noche anterior se repetía una y otra vez como lo había hecho en sus sueños.

«Adiós, capitán Rackstorm».

Entonces ya lo sabía. Sabía que iba a sacrificarse, que se iba a ir.

¿Cuándo lo había decidido? Durante la cena le había dado la impresión de que le gustaba estar allí, en su hogar...

, y el sentimiento de satisfacción que le generó tras la sorpresa inicial fue tan enorme para Vasilak que se atrevió incluso a tocarla; a llamar su atención rozando su suave y definido muslo, que se había tensado bajo su tacto.

Y sus ojos dorados llenos de nerviosismo, algo ínfimo en comparación al orgullo que también los había teñido.

Un desgarrador grito de rabia llenó el aire y Vasilak levantó la vista hacia el barco, en cuya cubierta se encontraban Índigo, Hazel y Garret, la primera agarrada a la borda, los ojos enrojecidos, la cara congestionada de tanto llorar...

Suyo había sido el alarido, al que siguieron otros mientras pegaba potentes golpes contra la madera del barco.

Mientras subían al navío por la pasarela de acceso, Zóferas en primer lugar, pues los había acompañado, Vasilak pudo ver que Hazel se mantenía detrás de su contramaestre, quieta como una estatua, cerca, pero sin tocar a su amiga.

Una vez que estuvieron todos a bordo, tan solo se oía el llanto furioso de Índigo, que en ese momento ocultaba su rostro entre los brazos apoyados en la borda, sollozando como si no hubiese nadie más allí.

Aquella escena —Índigo llorando desesperada y Hazel demasiado en shock como para hablar o reaccionar— lo sacó de su propia miseria, que no desapareció del todo, y le sirvió para que la rabia aumentase, llevándose todo lo demás.

Vasilak vio que Arendar daba un paso hacia delante, pero luego se detenía, controlándose, al tiempo que apretaba los puños a sus costados. Más allá, en la puerta del castillo de popa, estaba Garret, cruzado de brazos, con el rostro sombrío y sin apartar sus ojos de la curandera del Luz del Alba .

Justo en ese instante el arquero levantó la vista y, al verlo, su expresión fue todavía peor. Con la boca apretada, se acercó a él con paso firme y quiso decir algo, pero las palabras se quedaron en el aire.

Fue el propio Vasilak quien rompió el silencio.

—¿Dónde están esas cartas?

Vio cómo Garret tragaba saliva y miraba a su izquierda, a Zóferas, que se había mantenido callada durante todo el trayecto y parecía tener la intención de permanecer así.

¿En qué debía de estar pensando su abuela? En aquel momento, era, sin duda, un misterio.

Después, los ojos turquesa de Zatran fueron a Arendar, y Vasilak supo que mantenían una conversación silenciosa.

Él había sido el último en enterarse, carcomido por sueños reveladores demasiado dolorosos al despertar.

Arendar fue el primero en moverse, yendo hacia Índigo con un caminar preciso. Se inclinó hacia ella con delicadeza y le murmuró algo. Ella levantó la vista, y sus ojos cristalinos lo eran todavía más bajo aquella luz. Asintió y al fin se percató de la presencia de los demás.

Sobre sus cabezas graznó un cuervo y Vasilak levantó la mirada hacia el ave posada en el palo mayor, por encima de la bandera que colgaba inmóvil y escondía el emblema de la casa O’Shea por falta de viento, como si, de alguna manera, el barco estuviese de luto.

—¿Tenemos que ir al castillo de popa?

Todos se giraron hacia Zóferas, e Índigo asintió, incapaz de hablar.

En marcha lenta y pesada, los piratas y la guía espiritual fueron hacia allí, entrando uno a uno en la queda estancia. Se colocaron alrededor del escritorio de nogal y fue Índigo la que cogió una carta cuyo sobre estaba abierto y no tenía destinatario.

Vasilak se percató entonces de que encima de la mesa había más sobres y, en el reverso de estos, los nombres de casi todos los que se encontraban allí.

Y, en el centro, el suyo, «Vasilak», escrito de su puño y letra, una que conocía muy bien.

«Ni capitán, ni Rackstorm, ni capitán Vasilak Rackstorm..., solo Vasilak».

Tragó saliva, la herida doliéndole de nuevo y su corazón encogiéndose cada vez más. ¿Dónde estaba el odio? ¿Dónde había quedado el rencor?

¿Dónde estaban esos sentimientos que habían alimentado su sed de venganza y que parecían haberse desvanecido por completo?

Prefería la venganza al dolor, pues este amenazaba con acabar con él de manera lenta y tortuosa.

No podía estar muerta, se negaba incluso a imaginárselo. No podían haberle robado la oportunidad de quitarle él mismo la vida.

«Tendría que haberla matado yo. Ese era mi deber».

«¿Matar a tu propia mujer? ¿Estás seguro?».

Las contradicciones crecieron en su cabeza y, aunque debería haber cogido el sobre destinado a él, no lo hizo y nadie más se movió.

Pero sí que habló, dirigiéndose por primera vez, con voz suave, a la contramaestre que tenía delante.

—Índigo, por favor...

Esta no lo miró, apretando con manos temblorosas la carta que había sacado del sobre. Vasilak deseó arrebatársela y leerla por sí mismo.

—Puedo leerla en voz alta si quieres, joven Índigo —dijo Zóferas saliendo al rescate una vez más y, sin mirarla aún, sus ojos todavía clavados en el pergamino, la chica negó secamente.

Y, al fin, lo miró.

—Será mejor que la lea él, así podrá disfrutarlo..., porque debes de estar contento, ¿verdad? —escupió con veneno—. Te han hecho el trabajo sucio, enhorabuena.

Con un movimiento seco, se la entregó.

Y Vasilak, tragando las palabras de Índigo una a una como penitencia, la cogió despacio y la giró hacia él.

Al verla de cerca, dedujo que esta había sido escrita con calma, por la ausencia de manchas de tinta salpicando el pergamino, habituales con las prisas, y los trazos regulares, limpios y con caligrafía perfecta...

Sin duda se había tomado su tiempo para pensar lo que iba a decir y volcarlo en esa carta.

Porque una despedida premeditada es mil veces peor que una inesperada.

Vasilak empezó a leer.

Si leéis esto es que la paz ha llegado... y yo estoy muerta.