La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 28. Un trato #5
92%

28. Un trato #5

—Neve. Neve fue quien ocultó la profecía que la señalaba —concluyó la joven.

Orias respondió de inmediato.

—Así es.

—Mantén el pico cerrado, Orias —lo amenazó Loire.

—¡¿Qué más da a estas alturas?! —exclamó Ivette, dándole la espalda al demonio y encarándose con las sirenas—. Hace un momento estabais peleándoos y lamentándoos porque no podíais hacer nada. Y ahora que tenéis la oportunidad...

—¿Qué oportunidad, Ivette? —Nélida la interrumpió con voz dura—. ¿Pretendes que vayamos al antro de Azazel y nos enfrentemos a él? No sabes de lo que es capaz. No sabes lo que tiene preparado allí abajo.

—¿Qué va a hacerle? —Temía la respuesta, pero no pudo evitar preguntar—. A Neve, ¿qué quiere de ella?

—Ha ido a morir, joven Rackstorm. Tan sencillo como eso.

Esta se giró abruptamente hacia Orias y, en varios pasos, rompió la distancia con el demonio.

—Ivette, ¡no! —oyó gritar a las sirenas, pero las ignoró. En ese momento, lejos del agua y con tan solo la arena bajo sus pies, la chica lo encaró.

—¿Cómo que a morir?

—Ellas prometieron a Neve que no irían tras ella a rescatarla.

—Orias señaló con la cabeza a las dos sirenas y después las miró a todas ellas desde una altura intimidante—.

En cambio, tú eres libre y, por lo tanto, tienes poder en tus manos.

Puedes salvar a Neve O’Shea, Ivette Rackstorm, y no solo por el bien de la pirata, sino por el bien de todos .

»¿Qué harás, Ivette? Según tengo entendido, casi mató a tu padre. Técnicamente, te has librado de ella.

La muchacha empezó a respirar con dificultad y se alejó de él, negando con la cabeza y dándose cuenta del repentino peso que tenía sobre los hombros.

Era la única que sabía aquello. Si no se daba prisa, no podrían hacer nada por Neve.

«¿Ahora quieres salvar a la asesina de tu padre?», le recriminó una voz en su cabeza.

—Esto no está bien —dijo para sí misma.

—¿Acaso tu moralidad hará que tus sentimientos por ella cambien? ¿O ya han cambiado? Oh, el dulce sabor de la indecisión... de lo complejo... de lo irresoluto —murmuró Orias, cruzándose de brazos.

—Dime qué hacer entonces. Ella no se lo merece.

—Creía que habías intentado matarla.

Ivette no respondió. ¿Cómo podía saberlo?

Pero lo que más rabia le daba era que Orias llevaba razón; sus sentimientos respecto a Neve habían evolucionado.

Y había sido en contra de su voluntad, pues era fácil llevarse bien con la capitana.

Aunque era evidente que Neve se ocultaba, incluso no dejándose llevar a la hora de conectar con la gente, Ivette había visto a alguien que tuvo sus motivos para intentar matar a su padre.

Motivos que ella ignoraba hasta hacía unos días.

Pero... también había algo más; algo que Zóferas le había compartido y que había hecho que cierto rencor por la capitana volviese.

Algo que involucraba tanto a Neve O’Shea como a su padre.

Algo de lo que ninguno de los dos era consciente todavía.

Y en ese momento, con ella desaparecida...

«Papá».

—¿Quiénes se la han llevado, Orias? —preguntó con apenas un hilo de voz.

El demonio menor empezó a retroceder y sus bordes se difuminaron.

Estaba desapareciendo.

—¡Dame respuestas! —exigió esta con un grito gutural.

El demonio arqueó las cejas.

—Volveremos a vernos, Ivette Rackstorm.

En un parpadeo, el tenebroso ser se esfumó.

Y la joven volvió a quedarse a solas con las sirenas en aquella playa.

Poco a poco se giró hacia estas, que, en ese momento, la miraban hasta con cierta súplica.

—¿Qué harás, Rackstorm? —preguntó Nélida con tono abatido—. Nosotras le juramos no hacer nada..., pero tú puedes hacer algo al respecto.

La chica giró sobre sí misma y miró las botas de Neve.

La decisión fue inmediata.

—¿Cómo podré localizaros en caso de que necesitemos vuestra ayuda? —planteó enfrentándolas una vez más.

Las sirenas intercambiaron una mirada rápida y Loire fue la que habló, sus escamas verdes brillando bajo la luz del ardiente sol.

—Póntelo al cuello. —De su mano salió una especie de colgante donde una pequeña caracola descansaba—. Métete bajo el agua con él y sopla por el orificio como si fuese un cuerno. Apareceremos lo más pronto posible.

—Estaremos bajo estas aguas, joven Ivette —declaró Nélida, a lo que el resto de las sirenas asintieron, en ese momento puestas en una formación que la humana pudo apreciar.

La joven Rackstorm asintió, poniéndose el colgante con presteza.

Y sin despedirse, se dio la vuelta, recogió las botas de Neve y corrió hacia Dría, dejando la macabra escena atrás.

Corrió y corrió, su corazón desbocado, su aliento inestable, el peso de aquella información amenazando no solo con ahogarla, sino con convertirla en culpable de cómo el destino pudiese cambiar a continuación.

Para su sorpresa, la última conversación que tuvo con Neve se repitió en su cabeza. Las últimas palabras que le dedicó.

«Tienes a gente que te echará de menos, Ivette. Hay una gran diferencia entre recordar a alguien y extrañarlo. Y a mí solo me profesarán lo primero».

En el momento, la joven no había entendido aquellas palabras.

De pronto sentía que ella era la única que podía parar aquella cuenta atrás.

Aunque hacía años que no soñaba con aquel momento, sabía lo que venía, por lo que estaba preparado y no se alteró demasiado.

Primero, el cuerpo de su padre ya muerto cayendo y, después, una ensangrentada Neve con ojos llenos de sed de venganza.

A continuación, llegaba el estacazo y el arma lo atravesaba.

—¿Por qué me obligas a actuar como un monstruo, Rackstorm?

Recordaba demasiado bien las que, en teoría, deberían haber sido las últimas palabras que tendría que haber oído.

Se preparó para despertar, pero el sueño continuó..., cosa que nunca antes había sucedido.

Lo siguiente que vio fue el día que se reencontró con ella, acorralada en aquella cueva y con esa mirada y postura de guerrera a pesar de estar en clara desventaja.

La escena siguiente fue el pacto en Cráneo Negro, cómo él mismo caminaba hacia el altar, donde ella lo esperaba, y cómo unían sus manos...

Y, en ese preciso instante, el pecho le empezó a doler. Vasilak se lo miró y vio que la herida, en lugar de estar cicatrizada, sangraba como si fuera reciente.

Levantó la vista, sintiendo la calidez de sus manos unidas a las de Neve y cómo sus labios, de forma involuntaria, repetían el juramento que el sacerdote les había indicado.

Después, cayó al fondo del mar.

Y de nuevo la tuvo enfrente, pero en su otra forma, su rostro invadido de preocupación e iluminada por esa luz tan cálida.

Y, otra vez, sus labios sobre los de ella.

Sabía que lo estaba salvando; que le estaba transmitiendo su aliento para que no muriese.

Sin embargo, todavía se le hacía tan extraño e inconexo el hecho de que el principio del sueño fuese ella intentando acabar con su vida y, de pronto, la misma capitana pasara a exponerse de la manera más brutal y vulnerable posible para salvarlo...

Y, una y otra vez, la secuencia se repetía.

La herida.

El pacto.

El beso.

La herida.

El pacto.

El beso.

La herida.

El pacto.

El beso.

Herida. Pacto. Beso.

Herida-pacto-beso.

Herida-pacto-beso.

Tenía que despertar, salir de ese bucle.

Era una... ¿pesadilla?

No. No lo era.

Era él al fin abriendo los ojos.

«Abre los ojos, Vasilak. Abre los ojos».

Y lo hizo. Pero antes de salir de aquel estado, lo último con lo que soñó fue la última conversación que había mantenido con ella horas atrás.

Y las últimas palabras que le dirigió.

«Adiós, capitán Rackstorm».

Vasilak se despertó gritando el nombre de Neve O’Shea.

Se despertó sudoroso, temblando y agitado. Quiso levantarse demasiado rápido, pero se enredó con las sábanas y cayó al suelo.

Lo primero que hizo fue mirarse la cicatriz del pecho, que seguía igual que siempre.

No. Nada seguía igual.

Tenía que hablar con ella. Tenía que verla.

Maldiciendo, vio que el sol estaba alto, lo que indicaba que no solo había pasado el mediodía, sino que ya era bien entrada la tarde.

¿Tanto había dormido?

—Vasilak.

Al levantar la vista, se encontró con Arendar, pálido y con gesto serio.

—¿Dónde está?

Se dejó ayudar por su contramaestre, que lo cogió del brazo para que se pusiera de pie.

—Vasilak, siéntate, por favor.

—Arendar, ¡¡¡¿que dónde está?!!!

Este frunció el ceño, sorprendido.

—¡¡¡Dime qué cojones le ha pasado a Neve!!!

—¿Cómo sabes que...?

— No le hables así a tu amigo.

Ambos se giraron ante la imponente voz de Zóferas, situada en el umbral de la puerta de los aposentos de Vasilak, con expresión sombría y unas considerables ojeras bajo sus sabios ojos.

Algo pasaba. Algo grave.

—Veo que por fin estás despierto —añadió la anciana.

—¿Dónde está, Zóferas?

Esta miró a Arendar y Vasilak siguió su mirada, los puños de su contramaestre apretados, tenso por las noticias que traía.

No pudo controlarlo, y en parte se odió a sí mismo por ello. Vasilak lo cogió por la pechera, acercándolo a él, sus ojos repletos de ira.

—¡¡¡Vasilak!!! —El grito de Zóferas no fue suficiente para detenerlo—. ¡¡¡Suéltalo ahora mismo!!!

—No te tengo miedo, hermano —declaró Arendar, un apelativo que había usado en pocas ocasiones, pero que, según el mismo Rackstorm, se había ganado—. Será mejor que vengas conmigo. Te lo explicaré todo por el camino, te lo juro.

—Antes tengo que saber dónde está mi... —Las palabras salieron de sus labios veloces e inconclusas.

—¿Quién? —preguntó Arendar, confuso. ¿Estaba preguntando también por su hija, por Ivette?

—Vasilak... —había advertencia en la voz de Zóferas—, no te precipites. No cuando aún no está cerrado.

Pero fue demasiado tarde. Y la herida le empezaba a quemar sobremanera.

—¿Dónde está mi mujer ?

Pisar el Luz del Alba sin ella a bordo era como pasear por un hogar cuyo dueño ya no está.

El sol le parecía tortuoso y, en cierta manera, cruel. Ella no estaba, ¿cómo podía brillar así? ¿Cómo podía ignorar el hecho de que la que en ese momento era su esposa sin que ni él ni ella lo hubiesen querido ni buscado se había ido, sacrificándose, seguramente para morir?

La cuestión era: ¿por qué?