28. Un trato #4
Lo siguiente que invadió el barco fueron los gritos desgarradores de la contramaestre del Luz del Alba .
Pasear sola era algo que Ivette Rackstorm amaba con toda su alma, y sobre todo en su hogar, donde casi nunca había cabida para los imprevistos o las sorpresas.
Y eso había hecho poco antes del alba, en cuanto la tormenta escampó, salir a dar una vuelta hasta una de sus playas favoritas para disfrutar de un amanecer espectacular.
Se encontraba lejos de Dría, en la zona este de la isla, justo al lado contrario. Caminando se tardaban casi dos horas, pero no le importó.
Había descubierto esa cala hacía cosa de dos años y era su lugar seguro, aquel al que iba cuando necesitaba desahogarse o estar sola.
Al llegar descubrió unas pisadas recientes en el limbo entre la selva y la arena, donde la playa empezaba, por lo que supo que alguien se le había adelantado.
Por eso mismo miró alrededor y decidió esconderse tras unos arbustos, atenta a lo que pudiera escuchar, pues, por primera vez en mucho tiempo, no sabía cómo actuar.
Había varias criaturas en la orilla, justo en el punto donde el mar se unía con la tierra: al menos una decena de nereidas, dos sirenas y una humana.
Bueno, Neve O’Shea no era del todo humana.
Así se lo había contado su padre.
«Me confesó que lo hizo por ti. Me salvó la vida porque no quería dejarte sola».
Ivette tragó saliva, confusa ante lo que aquellas palabras le hacían sentir porque, de alguna manera, cambiaban su perspectiva de la pirata en ese momento rodeada de aquellos habitantes del océano.
A la joven le llamó la atención que Neve estaba descalza, sus botas impecablemente colocadas en medio de la playa, como si las llevase puestas un fantasma.
¿Por qué se las habría quitado?
Por instinto, llevó su mano a la culata de la pistola que colgaba en su cadera, pues, para su desgracia, seguía siendo más hábil con ella que con una espada.
Desde su escondite, vio cómo Neve apretaba los puños, señal evidente de que aquello no era algo que le agradase, que quisiese; todo aquello, aquel encuentro, fuese lo que fuese, era en contra de su voluntad.
Estaba a punto de levantarse para ir en su ayuda cuando vio que una de las nereidas comenzaba a contorsionarse y, de pronto, el ambiente cambió, tornándose tan frío como si el otoño hubiera llegado a pesar de que aún quedaban varias semanas.
La piel de Ivette se erizó y se escondió aún más, observando la escena a través de dos grandes hojas del enorme arbusto tras el que se resguardaba.
Entonces empezó a oír la voz perturbadora de esa criatura que se comunicaba con Neve y le chocó que no fuera femenina...
Parecía de un hombre, profunda y ancestral, impregnada de un poder y una autoridad que la pusieron todavía más en alerta.
Apenas fue capaz de percibir las palabras que intercambiaron desde tan lejos, pero sí entendió una que le dio suficiente contexto.
Trato .
La había pronunciado él, e incluso estando de espaldas a ella, Ivette vio que Neve, tras intercambiar unas palabras más, respondía asintiendo con la cabeza y apretando aún más los puños.
La conversación continuó durante los siguientes minutos, hasta que la nereida se volvió a contorsionar y el aura de poder que había emanado de ella desapareció por completo.
El frío que los había envuelto también se esfumó y el asfixiante calor de verano volvió a rodearlos.
El ser que la había invadido, fuese lo que fuese, se había ido y solo quedaba la criatura acuática, que se dirigió de nuevo a la pirata. Esta giró sobre sí misma, observando sus alrededores, y al fin pudo ver su rostro, lo que este reflejaba.
Despedida.
Volvió a girarse y, poco a poco, se sumergió en las aguas transparentes, las nereidas rodeándola sin dejarle escapatoria.
Las únicas que no se les unieron fueron las dos sirenas, que se pasaron unos minutos discutiendo entre ellas en un idioma que Ivette no reconoció.
Sacaron las garras, los dientes, y aunque no llegaron a tocarse, pues se notaba el respeto que se profesaban, destilaban rabia e impotencia en sus movimientos.
Pasó el tiempo y el sol se elevó sobre el horizonte, pero ni Neve ni las nereidas regresaron.
En cambio, más sirenas aparecieron poco a poco, posicionándose en las rocas y escuchando en silencio la batalla verbal de las dos sirenas que ya estaban allí.
Necesitaba saber qué ocurría.
Y adónde se habían llevado a Neve.
Salió de su escondite y caminó por la arena hasta llegar a las botas de la capitana del Luz . Se agachó y las tocó con delicadeza y, cuando volvió a levantar la mirada, se quedó helada.
Todas las sirenas presentes en aquella playa la estaban observando, pero la joven Rackstorm no se amedrentó. Se incorporó con rapidez y, reduciendo la distancia con ellas, se les encaró.
—¿Adónde se la han llevado? —exigió saber.
Una de las dos primeras sirenas, la de tonos verdosos, replicó:
—¿Qué has visto, muchacha?
—Todo —declaró esta, sus zapatos mojándose al alcanzar la orilla—. ¿Qué era esa criatura? La que se ha metido en la nereida. ¿Qué trato han hecho?
—No hables tan alto, jovencita —le ordenó la otra sirena, la de tonos azul oscuro—. No querrás acabar muerta, ¿verdad?
»Bastante hizo Neve al salvarle la vida a tu padre para que no acabases sola como para que ahora lo tires todo por la borda.
—Nélida, no te pases —le recriminó la otra sirena.
—No he dicho ninguna mentira.
Ivette echó un veloz vistazo a las otras sirenas; algunas se habían movido de nuevo al agua, dejando tan solo sus ojos a la vista, vigilándola.
—¿Fueron ellas? —quiso saber, dirigiéndose a Nélida—. Las que atacaron esa noche el barco y fueron a por mi padre.
—Así es —respondió la sirena azulada.
—¿Y por qué se la han llevado ahora? —exigió saber de nuevo—. Ella no quería irse. Neve no quería irse.
Las sirenas se miraron, apretando sus labios en una fina línea.
No parecían dispuestas a contarle gran cosa, así que la joven pirata dio un paso hacia delante.
—Contadme toda la verdad o...
—Es interesante ver cómo la vida, a veces, nos lleva a ciertos lugares, ¿no creéis?
No estaban solas. Las sirenas e Ivette se giraron en dirección a la voz que salió de entre las sombras de la selva como un espectro.
Un escalofrío recorrió a la chica a la vez que las sirenas, justo en el borde del agua, se ponían en formación, rodeando a la humana casi en un semicírculo protector.
—No te alejes del agua, Ivette. Si lo haces, no podremos protegerte como es debido.
—No tenéis que prot...
No lo pensó, como siempre le sucedía en esas situaciones.
Sacó la pistola y disparó, dándole justo en el centro del pecho al recién llegado.
La bala lo atravesó como si fuera una sombra y el ser se miró a sí mismo, sorprendido.
—Ivette Rackstorm. He oído rumores sobre ti. Te han preparado bien para ser la futura líder de este lugar, ¿verdad?
—¿Qué narices eres? —murmuró la chica con la voz rota y temblorosa—. Mi bala...
—Como he dicho, buena puntería, jovencita, pero yergue la espalda y quítate ese pavor que inunda tu mente, cuerpo y espíritu. No tienes nada que temer de mí. Solo mato cuando es necesario e, irónicamente, a ti te necesito.
—Vuelve al infierno, demonio —rugió Nélida y todas las sirenas gruñeron al unísono, con unos chillidos que casi hicieron estallar los tímpanos de Ivette.
—¿Demonio? —susurró esta tan bajito que creyó que solo había podido oírlo ella misma—. ¿Qué demonio en concreto?
—Soy Orias, el general de los ejércitos del infierno. Lamento no haber aparecido antes, pero tenía que dejar a un par de personas en un sitio, lo que me ha dejado agotado. Este reino consume mis energías de una manera que hacía tiempo no experimentaba y desvanecerse es algo complicado.
—¿Para qué me necesitas? —exigió saber Ivette irguiendo la espalda—. ¿Qué ha pasado?
—Algo que no tendría que haber pasado —respondió este, con su cabello blanco hacia atrás y sus oscuros ojos fijos en ella—. Y creo que en esto estamos de acuerdo, comandante Nélida y subteniente Loire.
La humana miró a las dos sirenas, y la primera contestó con un tono que dejó entrever el monstruo que en realidad era.
— ¿A qué has venido, Orias?
—A intentar recuperar a la Séptima para nuestra causa —masculló este, impulsándose hacia delante sin caminar, flotando en un humo negro y denso.
—Neve se ha entregado por propia voluntad. La Séptima está con el Emperador.
—¿Tanto miedo tienes de decir su nombre? Es Azazel . Y es un traidor a mi señor y a todos los demás dioses.
«El Emperador. Azazel. Dioses».
«La Séptima y Neve».
«Neve es la Séptima».
A Ivette le iba a estallar la cabeza y el corazón.
—¿Qué significa que Neve sea la Séptima? Creíamos que era una reliquia —demandó saber confusa la joven.
La que habló esta vez fue Nélida.
Y la información que fue saliendo de sus labios la iba dejando helada a medida que iba calando en ella.
—Neve es la Séptima mujer descendiente del linaje que Gradhella comenzó una vez que abandonó a Azazel en el fondo del mar y se enamoró de aquel humano.
Engendró a Laverne y esta se casó con Gideon Cráneo Negro, el fundador de la piratería como se la conoce ahora.
No fue hasta varias generaciones después que nació otra mujer que heredó el poder de Gradhella y su capacidad de transformarse en sirena, lo que la convirtió en la Segunda. Laverne fue la Primera.
»Neve es la Séptima generación y la que se dice cumplirá la profecía que fue ocultada.
Ivette se tambaleó hacia atrás, negando con la cabeza y cerrando los ojos, intentando aclarar sus pensamientos. De forma inconsciente, se aferró aún más fuerte a la pistola que descansaba en su cadera derecha.
—Lo de Laverne y Cráneo Negro... Eso fue hace unos trescientos años —dijo, recordando las historias que su padre le había contado sobre ese pirata y el pacto de Nahulla—. Además, ¿qué profecía? ¿Y quién la ocultó?
Ante aquello no hubo respuesta, por lo que Ivette lo tuvo claro: sabían la verdad y, o bien no querían, o bien no podían contársela.