28. Un trato #3
Al instante, Orias rompió la distancia, los cogió por los brazos y, sin darles más opción, declaró:
—La Séptima se ha entregado, y por desgracia eso significa que hemos perdido.
Y, envueltos en un humo oscuro, se precipitaron al vacío.
Esa noche no tuvo pesadillas.
Y se despertó junto a la persona por la que había pasado un luto de diez años.
Ambos estaban tendidos en aquella cama, pero sin tocarse, separados tan solo por unos centímetros. Arendar seguía profundamente dormido, su corta melena ondulada y blanca ocultándole parte del rostro.
No recordaba en qué momento se habían dormido mientras se contaban historias, sobre todo él.
Índigo le escuchó narrar cómo había subsistido tras la caída de la monarquía en la que había crecido, cómo años después había empezado su nueva vida en el Indomable poco antes de que Neve acabase con Reinhard y cómo todo aquello le había dado una perspectiva muy distinta de lo que era la piratería.
Luego le había tocado el turno a ella, que tuvo que esforzarse mucho para encontrar las palabras correctas para no revelar demasiado, pues, aunque en parte le alegrase sobremanera saber que Kristopher no estaba muerto, su situación y circunstancias seguían siendo delicadas.
Arendar no hizo muchas preguntas, se limitó a escuchar..., hasta que los párpados les pesaron demasiado y cayeron rendidos uno junto al otro.
En ese momento los rayos del sol entraban en la enfermería a través de las dos escotillas y, por la intensidad de la luz, se dijo que debía de hacer horas que había amanecido.
En medio de aquel silencio particular, se dedicó a observar al hombre que tenía delante y, con cierta reticencia, le apartó un mechón de la cara con el dedo corazón, dejándola por completo al descubierto.
Él no se percató del gesto y ella corrió a esconder la mano bajo su mejilla, apoyándose en esta.
No fue consciente de los minutos que estuvo así, absorbiendo la imagen de Arendar en aquel íntimo ambiente en el que solo ellos parecían existir.
Le recorrió el cuerpo con los ojos y pudo apreciar al hombre que era: sus largas y fuertes piernas bajo la tela de los pantalones, su torso y brazos musculosos, su pecho, que subía y bajaba sosegado al compás de su respiración.
Tenía la boca entreabierta, los párpados cerrados.
A diferencia de sus cejas, que no eran del mismo color que su pelo, sus pestañas sí eran blancas y tan largas que le rozaban las mejillas sonrojadas.
Sin duda, era una belleza digna de la realeza.
¿Cómo no se había dado cuenta antes?
Índigo soltó un sonoro suspiro, relajada como no lo había estado en mucho tiempo.
Se fijó en el escaso espacio que los separaba..., y una idea le pasó por la cabeza, una que consideró absurda y para nada sensata, pero decidió acercarse a él, lista para acurrucarse en su pecho.
Solo sería un momento.
Un fugaz instante.
Justo cuando iba a hacerlo, el silencio se vio interrumpido por un sonido demasiado familiar.
Reconoció el graznido y supo que eso solo podía significar una cosa.
«Sage. Raven».
Apartándose de Arendar, se levantó de la cama con cuidado y lo dejó allí dormido.
Con paso ágil, salió de la enfermería y cruzó el primer piso del Luz del Alba , pasando por la despensa y la estancia donde solían dormir.
Subió a cubierta y se encontró con un día radiante que contrastaba con la gran tormenta de la noche anterior.
No había ni una nube en el cielo y el sol brillaba tanto que Índigo tuvo que cerrar los ojos unos segundos para recuperarse de la ceguera momentánea que le había ocasionado a sus delicados ojos azul cristal.
Y de nuevo el graznido, justo encima de su cabeza.
Posado en el palo de mesana, uno de los cuervos de Raven esperaba órdenes.
Trix.
Índigo bajó la vista hacia el mar, esperando ver el Indomable en el horizonte, pero la decepción tiñó su corazón al ver que no había rastro del barco y, por lo tanto, tampoco de Sage y Raven.
¿Dónde estarían?
¿Habrían conseguido infiltrarse en su antiguo hogar?
Índigo había intentado no pensar mucho en el hecho de que sus dos amigas y compañeras tuvieran como misión investigar a su padre y había entendido por qué Neve no había querido que fuese ella.
Por supuesto, tampoco se habría ofrecido.
No quería saber nada de esa vida que ya no le pertenecía.
Soltó un silbido y extendió el brazo como Raven les había enseñado, y Trix descendió enseguida para posarse en él.
De su pata derecha colgaba una pequeña cadena con una llave que iba a examinar cuando algo, o más bien alguien, la interrumpió.
La madera crujió y Arendar no tardó en aparecer.
Se había recogido la corta melena en un moño y en su cara se podía detectar todavía cierto cansancio.
En cuanto la vio, le dedicó una sonrisa dulce e íntima, lo que provocó que, por primera vez en muchos años, Índigo Alarie se sonrojase.
—Hola —murmuró él cuando estuvo cerca.
Ambos se miraron y Arendar se puso frente a ella, pero sin tocarla.
—Hola —contestó ella en el mismo tono, alzando un poco la cabeza para mirarlo.
—¿Y esto? —preguntó él al ver a Trix y la llave que portaba en la mano—. ¿Sabes lo que es?
—Imagino que de Raven y Sage. Es uno de nuestros cuervos mensajeros y se fueron con ellas, por lo que... —Dejó al ave en uno de los barriles que rodeaban el palo mayor.
En cuanto el pájaro se vio libre, voló para instalarse en lo alto del palo mayor, justo al lado de la bandera dorada con la calavera blanca en medio, lacia debido a la falta de viento.
Índigo se concentró en la llave y sintió un escalofrío. Frunciendo el ceño, la examinó y se cercioró de que estaba en lo cierto.
—¿Ocurre algo? —preguntó preocupado Arendar.
—Esto... esto no viene de Sage y Raven. Esta llave... es de Neve. Yo misma la he usado muchas veces, es de su escritorio... —Su voz se difuminó y corrió hacia el castillo de popa, Arendar siguiéndola de cerca.
Usando la llave, abrió el tercer cajón, el único que tenía cerradura, y se detuvo en seco al ver la caja. Era muy sencilla, de madera y de un tamaño mediano. Respirando hondo, la contramaestre la abrió y ambos se miraron extrañados al ver lo que contenía.
Lo primero que vio fue un gran sobre.
Frunciendo el ceño, lo sacó y se dio cuenta de que, además de que debía de contener una extensa carta, pues era grueso, estaba lacrado con el sello personal de Neve, bien cerrado.
—Pero ¿qué narices...?
Volvió a mirar dentro de la caja y se percató de que había varios sobres más pequeños, sin duda cartas, todas del mismo tamaño, y al fijarse en la primera vio que el sobre no estaba desnudo, ya que en él figuraba un nombre.
«Índigo».
Con el corazón en la garganta, dejó el gran sobre y cogió la carta dirigida a ella. En la de debajo había escrito «Hazel».
—¿Qué es todo esto? —murmuró Arendar, igual de confundido que ella.
—No lo sé. —El hilo de voz que salió de la contramaestre del Luz fue incontrolable y una a una sacó las misivas.
«Sage».
«Raven».
«Arendar».
«Garret».
«Nasir».
«Barak».
Y la última, la que estaba más abajo...
«Vasilak».
Había una carta no solo para ellas, sino también para los Demonios del Mar.
Algo no iba bien.
La chica miró consternada a Arendar, que compartía su preocupación, se le notaba en la expresión de su rostro.
—¿No deberíamos esperar a los demás, Índigo?
Sabía que lo decía para intentar tranquilizarla, pues le temblaban las manos.
—Necesito leerla —declaró sujetando la carta sin destinatario que llevaba el sello personal de la pirata—. Es de Neve.
Él apretó los labios y asintió.
—Estoy aquí contigo.
—Lo sé. —Ella le ofreció una sonrisa triste, en parte agradecida de no estar sola.
Cuando terminaron de leer la carta, los invadió un silencio sepulcral y su respiración se volvió agitada, como cuando intentas correr en sueños.
Cuanto más se intenta, peor es el resultado.
Arendar se acercó a ella inquieto e intentó que se girara hacia él, pero se detuvo cuando ambos oyeron el crujir de la madera de cubierta y vieron que Hazel y Garret corrían hacia las puertas abiertas del castillo de popa, jadeando con dificultad.
—¡Ya sabemos qué es la Séptima! —gritó la recién llegada nada más entrar, pero, al ver la expresión desolada de su compañera, se frenó en seco, alarmada—. ¿Indi?
La contramaestre intentó pronunciar el nombre de la curandera, pero la voz le falló. Empezó a hiperventilar, los sollozos no tardaron en llegar y sus mejillas y ojos pronto se inundaron de lágrimas nacidas de la más absoluta tristeza.
Tras Hazel, Garret, en silencio, intercambió una mirada de consternación con Arendar, que negó con la cabeza.
No había dicho nada desde que habían leído la carta.
Ante la falta de respuesta de ambos contramaestres, Hazel le arrebató la carta de las manos a Índigo, que salió tambaleándose a cubierta seguida de cerca por Arendar, que antes intercambió unas cortas palabras con Garret.
—¿Qué pasa, hermano? —dijo el arquero.
—Es Neve —le respondió, y antes de salir añadió—: Lee la carta, Garret. Y ayúdame, porque no sé qué hacer.
Esa última petición alarmó todavía más al chico, pues Arendar siempre sabía qué hacer.
Lo que los rodeó después fue el silencio. A través de sus lágrimas, Índigo vio que Hazel salía poco después del castillo de popa también tambaleándose, con la mirada perdida y los lagrimones cayendo de sus verdosos ojos hasta sus pecosas mejillas.
Tras ella, Garret apareció poco después, blanco como la nieve.
—Vasilak —declaró, mirando al contramaestre del Indomable —. Ve a buscar a Vasilak, Arendar.
El contramaestre le lanzó un fugaz vistazo a Índigo, debatiéndose entre hacerlo o quedarse con ella, pero al final bajó corriendo la pasarela de acceso, cruzó el puerto a una velocidad vertiginosa y se perdió ladera arriba.
Índigo cayó de rodillas en cubierta a la vez que Hazel se echaba hacia atrás para apoyarse en el palo mayor.
Garret fue hacia la curandera, pero esta se apartó, negando con la cabeza y abrazándose a sí misma.
De pronto, dentro de Índigo, la terrible confusión y pena infinita se transformaron en algo mucho peor.
En ira y rabia.