La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 28. Un trato #2
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28. Un trato #2

—Si quieres, te lo puedo volver a demostrar..., por si anoche no te quedó del todo claro.

—Garret... —murmuró ella a modo de advertencia.

Por la posición del sol, hacía horas que había amanecido. Debía de ser casi mediodía.

—Eso no ha sido un no, Belladona.

Él se inclinó y empezó a besarle el cuello, despacio, dejando que su lengua bailase húmeda por su costado, haciéndola suspirar.

—Deberíamos volver —susurró ella, y Garret, abstraído, soltó un gruñido en contra de esa idea—. Se ha hecho tarde y se preguntarán dónde estamos.

—Puedo encargarme de la bronca de Vasilak más tarde. —Subió hasta su oreja, mordiendo el lóbulo y haciéndola gemir—. Eso es lo que quería oír.

— Capullo.

Pasó sus dientes por la mandíbula de ella, rozándole lo justo para provocarle aún más escalofríos. Hazel abrió los ojos y se encontró con el rostro de Garret frente a ella, que se humedeció los labios mientras se empapaba de la imagen que tenía delante.

Subió más la camisa, y sus pechos casi quedaron al aire.

Ahí estaba, una invitación.

Y ella era la que tenía que aceptarla o no.

—No creo que nos echen de menos.

Garret sonrió victorioso.

—La que me echará de menos serás tú cuando todo esto se acabe —respondió con voz ronca.

—¿Cómo te lo tienes tan creído?

Él no contestó, sino que, con una expresión prepotente, se acercó a sus labios y Hazel sonrió, inclinándose hacia él para darle la bienvenida; para disfrutar de aquel momento y alargarlo solo un poco más.

Justo antes de cerrar los ojos vio que Garret miraba algo tras ella... y aquellos ojos que solo un momento antes estaban llenos de deseo parecieron aterrados.

La inundó un sentimiento familiar, porque reconoció el origen de ese terror aunque todavía no lo hubiera visto.

Y supo que ya no había vuelta atrás.

A toda velocidad, el arquero los levantó a ambos con un movimiento ágil y la puso tras él. Hazel se aferró a su espalda, aún sin ver a lo que Garret se estaba enfrentando..., aunque tampoco le hacía falta.

—¡No te muevas! —gritó amenazante el Demonio del Mar.

La voz que respondió era gutural y dolorosamente conocida.

—Apártate, mortal. Vengo a hablar con ella.

—Como se te ocurra ponerle las manos encima —dio un paso al frente, los músculos de su espalda tensándose—, te juro que...

Hazel actuó veloz, poniéndose delante de él e interfiriendo en el ataque, pues vio que el recién llegado levantaba la mano hacia él.

«No. Él no».

—¡Para! —le gritó, y sus oscuros ojos le devolvieron la mirada mientras arqueaba una ceja, blanca, igual que su pelo, corto y repeinado hacia atrás—. Dame un segundo.

—Sabes que mis apariciones no son nimias, Jeanne.

Tras él, Hazel notó que Garret se tensaba y, con un gruñido, se echaba hacia delante.

—¿Cómo la has llama...?

—¡Garret! —La pirata se giró y, poniéndole las manos en el pecho, lo obligó a detenerse, pues percibió la rabia que irradiaba, como un volcán a punto de entrar en erupción.

Con sus delicadas manos todavía en su torso, intentó llamar su atención, pero él no apartó la vista de su enemigo—. Zatran, mírame.

No hizo caso y Hazel tuvo que ponerse de puntillas para enmarcarle la cara y obligarlo. Al final cedió y sus ojos se encontraron.

—Esto es entre él y yo. Déjamelo a mí, ¿vale?

El arquero apretó la mandíbula y volvió a mirar al desconocido para luego asentir secamente.

—¿A qué has venido? —Hazel irguió la espalda y miró al recién llegado sin un ápice de miedo.

¿Miedo de él ? Jamás.

—Lamento haberte interrumpido en una situación tan privada, pero era imperativo que viniese. —Sus profundos ojos fueron de ella a Garret, al cual inspeccionó de arriba abajo—. Tiene buen espíritu, un alma pura..., tal vez demasiado.

Dicho esto, caminó hacia delante. Seguía igual de alto, tanto que superaba algo a Garret. Vestía ropajes sencillos y oscuros, sin extravagancias. Llevaba las manos unidas a la espalda, mostrando una confianza que dejaba entrever lo poco que le preocupaba que lo atacasen.

Y Hazel sabía por qué.

Quien lo hiciese estaba muerto.

—La Séptima se ha entregado, hija. La profecía se ha cumplido, pero no como esperábamos.

Fue instantáneo. El sentir cómo Garret se tensaba aún más tras ella al oír la palabra clave: hija . Pero no podía dejar que preguntara y que se involucrara en la conversación; debía conseguir mantenerlo al margen.

Y después vino la confusión tras darse cuenta de lo que había dicho, de lo que había mencionado: aquello por lo cual se encontraban en aquella tesitura.

—¿La Séptima? No puede ser, nosotros... estamos buscando la Séptima, padre. Es imposible que se haya entrega...

Hazel se tambaleó hacia atrás, la realidad de lo que esas palabras significaban golpeándola de repente.

—¿Quién es?

—Ven conmigo y te llevaré al lugar donde encontrarás respuesta a todas las preguntas que tienes en la cabeza.

—Está bien. —Cogió al arquero por el brazo, en un gesto de clara posesión—. Pero él viene con nosotros. Forma parte de esto.

—¿Estás segura de que él quiere venir?

La chica miró al pirata y lo que encontró la dejó helada.

Desconfianza. Y miedo.

Miedo en los ojos de Garret, que se apartó de ella y dejó un vacío peor que la tormenta que los había atrapado la noche anterior.

—¿Adónde? —quiso saber él, pasando la mirada de padre a hija—. ¿Adónde nos va a llevar?

—No me interesas lo suficiente como para llevarte a mi hogar, mortal, así que no temas por tu vida.

Garret se dispuso a contestar, pero Hazel se le adelantó, consciente de que no sería una réplica agradable.

—Nos llevará adonde yo le diga —le aseguró la chica—. Garret, ven, por favor.

—¿Qué eres, Belladona?

El apodo. La había llamado por su apodo, lo que era buena señal. Hazel intercambió una mirada con su padre y este inclinó la cabeza, intrigado por lo que haría.

—¿Se lo cuentas tú o tengo que sacarte yo las castañas del fuego?

—Garret... —Hizo una pausa, poniendo en orden sus pensamientos antes de proseguir—. Esto solo lo sabe Neve, y tuve que contárselo porque no me quedó otra, pues es algo que prefiero reservarme y no tener que explicar..., sobre todo porque pone en peligro a quien lo sabe.

Dio un paso hacia delante y vio que el pirata se quedaba quieto y la miraba como si no la reconociese.

El corazón de Hazel se encogió de dolor.

—Por eso te lo preguntaré solo una vez: ¿quieres la verdad o no?

—¿Qué ocurre si digo que no? —respondió el pirata.

—Que te borraré la memoria en un abrir y cerrar de ojos, mortal. —Esta vez fue el padre de Hazel quien habló, dando un paso al frente, desafiante—. Tú eliges.

La tensión era pesada, cortante y asfixiante. Por primera vez desde que lo conocía, Hazel miró a Garret con preocupación, con angustia. La mirada turquesa del pirata pasó del extraño hombre a ella, y la mantuvo durante unos segundos, los que se tomó para contestar.

—No pienses que estoy dudando de la respuesta, pues es un claro sí. Quiero la verdad. —Garret fue hacia ella, pasando junto a su padre e ignorándolo por completo—. Pero dímela tú, Hazel: ¿Qué eres?

Ella lo supo entonces: que él tenía claro que ese ser, su padre, no era humano.

La joven respiró hondo.

Y, por segunda vez en su vida, se vio pronunciando aquellas palabras en voz alta.

Pues la primera había sido el día que salvó a Neve en aquella playa, después de que Damir casi acabase con ella.

—Me llamo Jeanne de Clisson. Soy hija de Corinne de Clisson, una campesina del Continente Oeste que murió al darme a luz. Y él es mi padre, Orias. —Lo señaló, mirándolo durante un instante en el que pudo comprobar que la estaba observando con verdadera curiosidad—. Él es...

—El general de los ejércitos del infierno —terminó de decir Garret por ella con tono gélido, sin dejar de mirarla.

Hazel asintió y mantuvo la compostura a pesar de que lo único que quería era que Garret la volviese a mirar como antes.

Por desgracia, todo había cambiado.

—Eres un demonio.

No fue una pregunta, sino la constatación de un hecho.

A lo que la pirata asintió.

—Medio demonio, en realidad, pero sí. —Orias habló por ella y, esta vez, Hazel lo agradeció, pues era incapaz de encontrar su propia voz—. Mi sangre corre por sus venas.

—¿Eres inmortal, entonces? —Otra pregunta formulada con tono vacío.

—Se lo he ofrecido más de una vez, pues puedo transformarla —explicó de nuevo Orias por ella—. Pero...

—Lo he rechazado. En todas las ocasiones —lo interrumpió ella, dando al fin un paso hacia delante. Respiró aliviada al ver que no se apartaba—. Garret, te juro que estoy diciendo la verdad.

Él la miró y, poco a poco, levantó su mano derecha. Hazel cogió aire al sentir cómo le acariciaba el rostro y que no solo la estaba mirando, sino que la veía , como si en ese momento volviesen a estar a solas en esa casa del árbol y el demonio menor que tenían a su lado no estuviera.

El nudo en su garganta se hizo más grande y Garret le ofreció un asentimiento de cabeza en señal de que entendía lo que sentía, lo que para ella fue más que suficiente.

Ya le estaba pidiendo demasiado en esa situación.

Acunó su cara entre sus manos y Hazel cerró los ojos, sumergiéndose en la calidez de ese gesto, pues sabía que sería el último en mucho tiempo.

—Tenemos una conversación pendiente —susurró él, y Hazel abrió los ojos para ver que se había acercado a ella, su aliento acariciándole el rostro.

Asintió.

—Lo sé. Te prometo que la tendremos.

Ella no se movió, pero él sí.

La besó delante de su padre, como si no le importasen las consecuencias.

Fue dulce, delicado y rápido, pero suficiente para templar sus nervios. La atrajo hacia sí y, mirando a Orias con expresión seria, habló.

—¿Por qué motivo ha venido, general Orias?

—La profecía que llevábamos esperando desde hace siglos se ha cumplido, pero no como creíamos.

—¿Qué profecía, padre? —quiso saber Hazel, más que confundida.

—La que fue ocultada hace años. En el infierno decidimos llamarla «la profecía olvidada», pues ningún ser de este mundo la recordaba. Menudo gran hechizo consiguió llevar a cabo la persona que se encargó de borrarla de la memoria de todos para que cayera en el olvido.